Teníamos once años y olisqueábamos cómo sería rozar al otro, y ganarle. Y todavía sin aliento de tanto correr, convertirte en su pérdida. Ahí, en el aire rápido de las azoteas, entre los tendederos con sábanas ondeando a la sombra de los tanques de agua. Nada más preciado que la aureola de esa paridad instantánea, él es mi amigo, en el cloro de las piscinas, en la levadura de la malta sobre los labios entreabiertos, en las camisetas rotas de jugar abracados… Todavía no era de noche y nos extraviábamos en las copas de los laureles indios, oíamos de lejos a nuestras madres vociferar nuestros diminutivos como locas a la hora de bañarnos. Nadie podría adivinar que hacíamos, tantas horas, escondidos en las copas de los laureles indios. Pero sabíamos regresar, sin duda. Siempre con las bocas partidas y los ojos turbios. Niños de barrio, ansiosos, queriendo sudar toda esa energía, con sonrisas de descaro, pulmones todavía delgados y unas manos demasiado anchas para nuestra edad.
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No recuerdo mucho de la juventud de mi padre. Ninguno recuerda mucho. Algunos un gesto raro. Un paseo juntos en la moto nueva. Un regalo. Yo, aquella noche. Él me sacó del restaurant a caminar el muelle y nos paramos en el borde a observar el brillo aceitoso del agua, ese desliz nocturno, perpendicular. No hubo una frase antes. Nada que explicara ese paseo ¿Por qué me sacaría, dejando sola en el restaurant a mi madre? ¿Por qué conmigo? Él, que nunca estaba conmigo. Habría algo terrible sucediendo en él aquella noche. Algo triste y desesperado, por su modo de esconderse en mí. No recuerdo ninguna situación previa, ninguna frase de mi madre, ningún gesto. Nos fuimos lejos, al último muelle. Tal vez se balanceaban los mástiles entre los reflejos partidos de la noche del trópico. No habría otra cosa. Solo el silencio de él, parado detrás, sus manos sobre mis hombros, sosteniéndome apretado en el borde de la tabla, viendo los dos el brillo ciego del agua negra abajo. Tal vez sucede un día. Un pánico. Y después, ya nada, esta sensación de lejanía, esta tristeza, esta incapacidad. Perdido en la rutina de un matrimonio tan joven. Sin amigos. En las noches: el peso invisible de aquel encierro. En el día: el vacío de todo lo que se espera de él. Tendrían nuestra edad, nuestro aire de estar lejos, este mismo desconcierto… y esta orfandad de ser padres.
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Yo recuerdo la anchura precisa, animal, de su arteria en el cuello, levemente azul, dilatada de gritar, irrigando desde lo profundo su torso empapado, a fuerza de discutir si la bola era foul, si había picado más allá de la base…. Yo discutía y discutía, a la contra, siempre porfiado, solo por ver su arteria hincharse. Solo por ver ese brillo sobre el flujo azul de la sangre agolpada. A sabiendas de que habría más. Otro flujo, en otra arteria, tendría otro motivo de pasión, otro vínculo de carne donde estallar, al ser confrontado y visto.
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Y en los ojos, ya traicionada, la mirada del pájaro que no parpadea.
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Está preocupado porque su hijo lo besa, quiere siempre besarle en la boca, y lo hace con una atención inquietante. No es un beso cualquiera. Le mira por largos minutos fijamente sus labios de hombre –que son carnosos, anchos, levemente morados–. Tiene 6 años y lo hace consciente de los tiempos de acercarse y volverse a alejar… “Incluso siendo un niño retraído, como su madre”, me dice. La pasión de esos besos de su hijo habla también de una fuga, de una no posibilidad, de una sequedad irreversible, en la boca de su augusta mujer.
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Señor, yo hubiera preferido no provocar esto. Al menos, no todavía. Perdone lo fácil que ha sido para mi distinguir en usted aquello que reta el merecimiento de dar lo mejor de mí. Ojalá usted se reponga sin abandonar este intento. Yo insistiría en ser su amigo, su más aplicado amigo. Ya le había anunciado de la intensidad inusual de haberlo advertido a usted. Siento no habernos dado más tiempo para que usted me conozca, para que se sienta libre en mí. Para que usted me disfrute con las pausas y las pequeñas alegrías con que yo le disfruto, en mi fascinación por la promesa de saber –de merecer saber quizá– quién es usted. Quizá ello hubiera salvado esta sospecha de abaratamiento. Este deseo no está hecho solo de carne. Créame. ¿Podría? Mi ataque de pánico ciertamente no estaría relacionado –como el suyo– con la evidencia moral de que esta atracción tiene cierta constatación corpórea. Aun cuando mi deseo ha sabido refinar –en el amor, siempre en el amor– su vocación de carne, y sabe disfrutar aquello que lo desvaría…. Esta emoción por usted tiene un sentido menos accesible que el que provee un deseo emergente, y exige de un mayor empeño que el que ofrece este placer súbito, demorado en el secreto tejido por este roce, de estar cerca suyo. Sin embargo, mi alegría de haberle visto ayer ha sido breve. Hoy no puedo evitar el desasosiego de tanto exceso de susto. Quizá usted se sienta lastimado, confundido, amenazado por mi facilidad por usted y se prevenga. Yo aspiraría con usted a una amistad más ejercida en aquello que nos entusiasma a uno en el otro. Mi miedo, diferente al suyo –por totalmente pagano, por totalmente solitario– procede de la dificultad para ir más allá, para sobrevivir este imprevisto, esta señal, y darle una consistencia a la alegría de acompañarle a ratos, de hacer juntos algo que nos revele esta dicha de estar aquí, vivos. No obtendrá usted de mi ninguna disculpa que pueda confirmar cierto recato moral hacia el impulso de desearle y perder mi control –o, sobre todo, de hacerle perder su control–, sino por el contrario lo que pretendo es evitar el equívoco, el hábito común de hacer de nuestros gestos de deseo un punto de fuga, una efusión sin destinatario y sin proyecto. Ojalá usted se conceda este valor y quiera perseverar en la confianza de mi entusiasmo. No me avergüenza decirle que soy ávido de serle cercano. Usted es lo suficientemente inteligente como para intuir que quien en este caso lo dice, ha podido decir algo así muy pocas veces. Hábleme cuando lo crea conveniente.
PS. Ayer ya no le enseñé mis libros de Jardín.
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Le decíamos simplemente las ceibas, pero no eran ceibas, sino laureles. Laureles de la India. Qué no habríamos hecho sobre aquellos árboles, con sus ramas cuando llegaba la temporada de ciclón y…
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Mientras nos bañábamos, y él me enjabonaba con un cuidado lleno de pequeños silencios, habló de cuando se duchaba con su padre, las largas horas duchándose de niño con su padre. Y tuvo un desliz que quizá habla de su interdicto de vivir este amor en el afuera: en lugar de decir “bajo la ducha con mi padre”, dijo “bajo la lluvia con mi padre”….
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El sabría de oídas de lo que yo, aún siendo un niño, era capaz, porque yo no recuerdo cómo estuvo aquel trámite. Sólo supe que de pronto en lo oscuro estábamos ahí, solos, desnudos, en aquella covacha al fondo de uno de los muchos patios que tenía su casa, que era una barraca enorme, expandida, armada de tablones y de planchas de latón. Daba a la Calzada, era parte de esas casas del fondo. Justo en el límite de mi barrio, un barrio que, aunque pegado al suyo, era un barrio de antes, con casas de dos pisos y terrazas y señoras de servicio. El tendría, ¿qué?, unos quince o tal vez diecisiete años. Se llamaba A. pero le decíamos F. Tenía muchas hermanas y todas las obligaciones de una familia ruda y pobre. Creo que fue solo una vez que nos desnudamos o ¿acaso dos? ¿Cómo pudo quedarse tanto tiempo tan nítida esta sensación? ¿Qué fue lo que hicimos? Debió haber sido su ternura, su voz ronca en mi oído, sus manos enormes sobre mi cuerpo pálido. Todavía hoy cuando toco, cuando toco a M., sé que hay algo en su cuerpo que copia a aquel F. Sé que hay una isla de mi deseo que habito ahí, en esa misma carne bronca, con su color aceituna, su bocota, sus caderas anchas, sus ojos oscuros…. Es en F. que siento este temblor, este desvarío, este vértigo al tantear en lo oscuro una verga tan ancha. La verga de aquel muchacho nueve años mayor que yo, que me pareció tan ancha, y cuyo nombre era F….
PS. M., tu verga no es tu verga. Tu boca no es tu boca. Tu ternura no logra nunca ser tu ternura.
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Yo pertenecía ya enteramente a esa vida.
Me buscaban. En el aire violáceo… “Todo tan expuesto a equívocos”, dije.
Aquellos a quienes se le aguan los ojos cuando hablan conmigo y me regresan en taxis, y descansan en mí su cabeza, desfallecidos por ese algo que saben no puedo no dar.
Nos tirábamos en la cama, un día después en la tarde, a comentar los detalles.
Yo no quería sino esa devoción, ningún tecnicismo, nada que implicara una costumbre de apareamiento acumulada.
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Lo recuerdo. Mi tío: el vulgar, el vividor. Caminando siempre desnudo por toda la casa, o salir de la ducha chorreando, o a medio afeitar. (Y mi tía, tan bien servida, sin saber cómo evitar.) Aquel mulato enorme, orgulloso de sus pies y de su risa; y de su afición al oro y al aire acondicionado. Hablando siempre de putas, sobre el vaho helado de la cerveza. Recuerdo su colección de zapatos italianos. Su desvergüenza, tan secretada, con la lengua dilatada al mirar. Su modo de cabalgar las piernas. Sus manos de médico preciso, sin pruritos, gozoso del caudal con que avasalla la naturaleza. Cuando ya yo había crecido (¿tendría 21 años, quizás?), fui a verle… a que me inyectara penicilina. Apenas preguntó. Yo sólo dije: “éramos tres”. Y él lo aprobó, con una risa breve, sin pestañear.

