La materia prima del ‘Jardin d’enfants’ de Alejandro Cañer

La materia prima de su trabajo huele a mural educativo intervenido con pegatinas de “afuera”, desobediencia con purpurina y simulacro. No le aburren los fetiches de una revolución socialista en el Caribe, más bien, los mastica y escupe los trozos en su taller de artista.

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La materia prima de su trabajo huele a catre, jarrito de plástico y moco.

Entre lágrimas y canciones se disciplina, el niño contempla los juguetes de papier-mâché que imitan a una lavadora y una cocina con horno desteñidas, sabe cuánto embellecería a esos electrodomésticos si pudiera sacarse el rosado chillón de sus sueños. Alejo se va a un rincón, arma una perreta, hace pucheros, quiere saber cuándo vendrán a recogerlo, después sonríe, se enamora de la crayola roja con la que otro niño dibuja en la pared una montaña a escondidas de la seño, otro día mastica una hoja verde del patio y escupe los trocitos ácidos sobre la bandeja y otro día besa la crayola roja y descubre algo salado y antiguo que le pone los pelos de punta.

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La montaña es una pirámide, un volcán y una teta. La montaña es la punta de una flecha, la punta de la pluma con la que dibujará en el futuro, el rascacielos de vidrio que han encasquetado en París, la primera ciudad de Europa que pisa, la boca de su novio si quiere ser tierno con él en una fiesta, el sombrero de papel que usa para dormir.

En Villa Dufraine recuerda aquellos huertos de la educación patriótica atestados de bacterias, ensayando la adultez de la fila, el saludo a la bandera, el himno nacional y la disciplina con reglas caribeñas donde los infantes aprenden rápido que cualquier consigna sirve como un as bajo la manga para salir ileso de los paripés Estado-nación.

La materia prima de su trabajo huele a mural educativo intervenido con pegatinas de “afuera”, desobediencia con purpurina y simulacro. No le aburren los fetiches de una revolución socialista en el Caribe, más bien, los mastica y escupe los trozos en su taller de artista. Alejo ha estado obligado a escarbar donde no se ve en esas narrativas de la historia y la estética del poder. Estira el brazo, agarra el plumón, baila con el índice, unta pegamento, borda, se encapricha con objetos que son testigos de la domesticación, guantes de trabajo, rastrillo, pala y guadaña. Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) no fueron solo un lapsus atroz del acoso y la persecución a las identidades queer en el proyecto “macho” de la revolución, sino el instrumento que justificó la vejación, la explotación y la humillación que se reproducen hoy. La extravagancia queer en Work Will Make You Men, la travesti, la femme y la denuncia del infante amanerado, flojo y maricón son parte de sus sueños. Sueña que la pulpa de lo que ha masticado sirve como mascarilla para la piel, para hacerse diva, para hablarle a los muertos y, sobre todo, para hablarle a su generación.

El trabajo del artista en una residencia de creación primero pasa por el salón de belleza donde maquilla su cultura material con fantasías, flecos y reclamos. Cuando pasan las semanas lejos de Cuba, piensa en su mala educación, en el principio de todo, en lo que extraña de allá y en lo que trajo de allá en la imaginación, y aparecen, entre esos árboles europeos con hojas que aún no se decide a devorar, la posibilidad de soñar despierto, de enorgullecerse estúpidamente por los contornos de las nalgas de un hombre o del uso que hizo de los diamantes para quitarle el filo a la espada. Señala con la uña de lazos, emoticonos y florecitas a los torturadores, les araña esos uniformes y esos mandatos aprendidos de memoria, se las clava a los verdugos que no resisten su hermosura o su insensatez. La materia prima de su trabajo es romántica a la manera del poeta Julián del Casal, naif como solo sabe serlo la actualidad, infantil y respondona como los que se portan mal. A veces se esconde en una lavadora de papel con sus amigas trans porque les han amenazado esa noche en la calle, a veces está solo y cierra los ojos sin dormirse porque su generación mastica el idiolecto revolucionario y lo que suelta es un tema de reparto que desvela para reproducirse infinitamente en el subconsciente. Se trata de hacer lo minúsculo visible, lo silenciado público, lo kitsch maniobra, la creencia de que esos objetos/lenguajes heredados se transforman con pintalabios, peluca y música para negarse a la reducción de la exotización o el menosprecio.

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La materia prima de su trabajo huele a autodefensa, saliva y rocío. Lo más bello que recuerda del círculo infantil es a la seño que cuidaba los viveros junto al busto de José Martí y la hora de la siesta en los catres donde no había que pestañear, se podía mirar como miran las muñecas de juguete. Ahora que el artista exhibirá parte de su obra en Francia, ha titulado la muestra, Jardin d’enfants, no se trata de una traducción parisina del círculo infantil, es una posibilidad de renombrar la experiencia del infante, “el que no habla”, mascullar su manifiesto en ese páramo del ser-otro con el que califica el mercado, el canon o la policía. Un Jardin d’enfants para contemplar instrumentos cansados de la tersura o la verticalidad, germinaciones listas para desfasarse y adelantarse, dibujos, chiripazos, su lugar aquí y acullá, siempre indisciplinado, siempre con algo en la boca, siempre en su documentación liminal: entre lo soñado y lo real.

Se acerca a la pared, despega con los incisivos la montaña de crayola, el sabor no es dulce como una golosina doblada por la mitad, tampoco amargo como nuestro vino, pero es agradable, embriaga como aquel “loto blanco de pistilos de oro” descrito por Casal a propósito de la pintura de Gustave Moreau. La materia prima de Jardin d’enfants es el ánima de estas devociones a destiempo, se traduce o se juega, se entrelazan los destinos, se danza, se calienta el cuerpo. ¿Cómo sobrevive una montaña de crayola en una pared durante tantos años? La materia prima de esta pregunta huele a todo el arte de Alejo Cañer, un hilo se curva y la hoz no lo puede cortar.


* Alejandro Cañer inaugura este 22 de octubre a las 19:00 horas la exposición Jardin d’enfants, que permanecerá abierta hasta el 30 de octubre, en el espacio Objectif, situado en el número 17 de la rue Saint-Gilles, 75003 París. La curaduría está a cargo de Roger Herrera.

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MARTHA LUISA HERNÁNDEZ CADENAS
MARTHA LUISA HERNÁNDEZ CADENAS
Martha Luisa Hernández Cadenas, Martica Minipunto (Guantánamo, Cuba, 1991). Teatróloga, poeta y performer. Coordinadora del Laboratorio Escénico de Experimentación Social (LEES). Entre su obra reciente se encuentran los performances Nueve (2017) y Extintos, aquí no vuelan mariposas (2018); las intervenciones La última ópera china (2018) y Las fundadoras (2019). Fundadora de la editorial independiente ediciones sinsentido. Ha publicado el poemario Días de hormigas (Premio David de Poesía 2017, Ediciones Unión, 2018). Ganadora del Premio de ensayo La Selva Oscura por su investigación Notas de un simulador. La crítica teatral de Calvert Casey (1960-1965) y del Premio de Teatrología Rine Leal por su libro ESTA OBRA HABLA DE TI Y DE MI. Ensayos para (des)a(r)mar la experimentación escénica en Cuba (2012-2018).

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