Adiós a Broselianda Hernández, una de nuestras más inspiradas actrices

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La actriz cubana Broselianda Hernández

En la noche del pasado día 18 supe del fallecimiento de Broselianda Hernández. Un amigo, cercano a ella, me comentó las circunstancias en que aconteció su muerte. Aunque no la conocí, como sucede casi siempre con esas personas que han acompañado con su trabajo de alguna manera nuestra vida personal y profesional, me apenó enormemente saber la noticia. Murió con sólo 56 años. Ya no pude pensar en otra cosa. Cuba pierde una de sus más grandes actrices.

Como obsesivo espectador cinematográfico que soy, guardo en mi memoria (en mi memoria afectiva) algunos “momentos cinematográficos” que me han impactado especialmente. Entre ellos, conservo dos secuencias con Broselianda Hernández que, en su hora, me ayudaron a comprender la magnitud de la actuación como arte.

Resulta memorable la escena de Broselianda en Barrio Cuba (2005), el último filme de Humberto Solás. En los escasos minutos que la actriz aparece en pantalla, vemos de golpe cómo impone su marca en la película. Broselianda encarna a una mujer acabada por la vida, con quien se encuentra el personaje de Felito Lahera, en una especie de bar de mala muerte a donde ha ido una noche a mitigar sus penas. Esa mujer, que él conocía de su juventud y que no había vuelto a ver, lo invita a un trago. Durante la escueta conversación que sostienen, ella le entrega a Felito Lahera, y a los espectadores –con toda la humildad de que son capaces esos seres anónimos que andan por la vida apenas entrevistos por los otros–, el dolor y la desesperanza de una persona que añora la felicidad, que sufre por no haber conocido la plenitud de sentirse realizada al cabo de tantos años de vida.

Es verdaderamente conmovedora la intensidad de sentimientos con que Broselianda consigue filtrar la vida entera de esta mujer embriagada menos por el alcohol en el que se refugia que por la desdicha. Justo cuanto quería aquel personaje de Barrio Cuba era regresar a su casa para morir en paz. Sabía que iba a morir, y añoraba recuperar, antes, la inocencia, la plenitud que perdió cuando, siendo una joven, salió de su hogar para no volver. Broselianda resuelve con una densidad emocional, depositada sobre todo en la mirada y en la cadencia de la voz, el sufrimiento y la soledad que padece su personaje.

Uno no sólo se queda sin palabas cuando mira esta escena, sino que se olvida del mundo cuando la cámara se cierra sobre su rostro lleno de lágrimas y con la voz medio cortada dice: “Lo que quiero es llegar a mi casa, morirme en mi casa… si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué tú harías…?”. A uno se le estruja el alma gracias a la destreza con que Broselianda trabaja la mirada, en la que conjuga turbación, pánico, inseguridad… Impacta el instante en que ella, luego de bajar el rostro frente a tanta mediocridad –cuando conoce de la muerte de Marta–, levanta la mirada para confesar, entre la serenidad y la desesperación, que no ha hecho con su vida nada de lo que sentirse orgullosa.

Nadie se puede recuperar del modo en que Broselianda desnuda el alma de esa mujer en Barrio Cuba. La insondable consistencia dramática con la que da forma a su personaje, protegida en una admirable limpieza gestual, una sorprendente organicidad a la hora de manejar las inflexiones de la voz y un sutil uso de la risa que esconde también cierto reverso trágico, avisan rápido de que estamos ante una actriz excepcional.

Otro momento que no dejo de recordar, y que junto a esta escena he vuelto a ver una y otra vez antes de sentarme a escribir, es la secuencia donde Broselianda (en su personaje de Leonor Pérez) visita a José Martí en la cárcel, en el filme de Fernando Pérez José Martí, el ojo del canario (2010).

La situación dramática demanda ahí un enorme esfuerzo, siempre que Leonor –resuelta entre un carácter recio responsable de mantener la cohesión de la familia y una ternura destinada a proteger y salvaguardar a sus hijos– tiene que confrontar el destino de Martí mientras lo contempla entre rejas. Es un prodigio de construcción el modo en que Broselianda solventa su personaje, entregándose a pequeños detalles y a intrascendentes expresiones. En esta secuencia, ella consigue dominar toda una escala emocional a través de un perfecto control de las introspecciones y las gestualidades, además de enfatizar este o aquel movimiento o comentario para reforzar las intenciones afectivas o psicológicas que debe prodigar el personaje ante la situación en que se encuentra.

Este desempeño de Broselianda encuentra otros valores en la ansiedad y el desasosiego que se hacen depender acaso de una mínima acción o de determinado comentario ocasional, pero que proceden de un sentimiento o una herida profunda. Esa interiorización tan orgánica y ese derrumbe emocional hablan de la proeza interpretativa Broselianda Hernández.

Lamento no tener conmigo una grabación de las memorables actuaciones de Broselianda para el teatro. En las tablas, a Broselianda se le iba la vida en cada personaje. No había función en la que no ofreciera al público una clase magistral del arte del histrión. Todavía la gente recuerda su interpretación en los años noventa de la Cordelia de Rey Lear, y su María en Yerma, o luego su Escipión en Calígula. Poco importaba cual fuera el registro que demandara la puesta, ella parecía dominarlos todos.

Siempre que aparecía en escena, por muy dependiente que fuera la pieza de otros rublos, todo se reducía a la actuación, a la capacidad de Broselianda para incorporar a su desempeño la esencia misma de la obra. La prolijidad de recursos de esta actriz le permitió asumir los más disímiles personajes, en los que siempre hacía alarde de inteligencia. Resulta sorprendente la libertad con que transitaba de la extroversión a la introspección, desplegando incontables opciones expresivas que le permitían sembrar detalles y matices a sus personajes hasta hacerlos irrepetibles.

“Mi personaje no se puede morir. No puedo pensar que el tiempo transcurre sin que yo añada nuevos bríos, nuevas ínfulas. Es difícil explicar cómo lo consigo, cómo voy añadiéndole, despacio, curiosidades, detallitos, casi nimiedades. A veces hasta le añado caprichos que luego necesito agarrar muy bien, para que no se vayan por encima de mi fuerza”, comentó ella misma en una entrevista que le realizara Abel González Melo, refiriéndose puntualmente a su Julieta de El público.

Ese talento para pulsar tantos registros, para asumir con la misma habilidad un personaje que demanda mucha destreza gestual o uno que pide contención en el perfilamiento de las intenciones –o para construir ambos desde registros contrarios–, hacía de Broselianda un fenómeno de la actuación que ya no podremos olvidar.

Había que verla en el escenario para llegar a comprender qué es depositar las tensiones psicológicas de un personaje en la presencia del cuerpo en las tablas, o cómo hacer del vestuario, de los objetos, del espacio, un elemento contribuyente a la caracterización del estado interior, de la psicología. Las cualidades constructivas de esta mujer eran sencillamente descomunales; estaba dotada de un talento enorme y de muchísima inteligencia. Por esos sus actuaciones era actos plenos de comunicación.

Ahora se ha ido Broselianda Hernández, una de nuestras más inspiradas actrices, de un refinamiento y de una fuerza difíciles de encontrar. Nos resta estar agradecidos por lo mucho que dejó.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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