Ilustración de Alejandro Cañer

9 de octubre de 1992

Presente

Estimado Roberto:

Bienvenido a Iowa. Espero que su visita entre nosotros sea fructífera.

Con todo el respeto que merecen mis colegas latinoamericanos organizadores de la conferencia, así como también los partícipes de la misma, creo es mi deber intelectual y moral, a causa de los temas de que trata y por representar un punto de vista alternativo, dirigirme a usted en esta carta abierta. Como profesor universitario usted mismo sabrá que la universidad como institución garantiza la libre discusión de múltiples puntos de vista.

Estando en Iowa tan lejos de los centros de la comunidad cubana, tanto de La Habana como de Estados Unidos, su presencia en nuestra universidad cobra significación especial, dada la coyuntura tan crítica que atraviesa Cuba hoy y el hecho de que la nación cubana está dramática y dolorosamente dividida. Su visita por lo tanto ofrece el motivo idóneo para abrir un espacio de discusión sobre la situación interna de Cuba. Considero tan importante que durante sus días en Iowa responda a una serie de preocupaciones que paso a detallar a continuación y que atañen directamente a la situación política y social de la isla.

Como carta abierta al fin, hago repaso del vínculo que hemos contraído a lo largo de los años. En ocasión del viaje a Cuba de la Brigada Antonio Maceo a fines de 1977 –el primero hecho por jóvenes cubanos exiliados– usted nos brindó puerta abierta a Casa de las Américas. El testimonio de la segunda generación en el exilio fue recogido además en las páginas de Contra viento y marea, libro escrito por el colectivo de la revista Areíto y que recibió el premio de testimonio en Casa de las Américas en 1978. Posteriormente, en 1980, y al calor de los acontecimientos del Mariel, nos reunimos en La Habana en un encuentro sobre literatura cubana contemporánea en el cual se discutió la cultura en la revolución. Durante el verano de 1989 usted me brindó la ayuda necesaria para conseguir una visa con el motivo de realizar un viaje de investigación a La Habana. Después de más de una década, muchos de los que formamos parte del grupo Areíto y de la Brigada nos hemos visto forzados, por convicción personal y amor a Cuba, a madurar lo que fue en aquel entonces un apoyo unánime a la revolución.

El tema de su conferencia está anunciado como “Calibán, quinientos años después”. ¿Cómo, sin embargo, hablar del neocolonialismo cuando la Cuba de hoy reproduce un régimen que, en su rigidez y autoritarismo, se asemeja a la administración colonial española del siglo XIX? Fidel Castro aparece como un nuevo “Capitán General” que asume todos los poderes y energías de la isla, y los cubanos hoy están reducidos a ser ciudadanos de segunda y tercera categorías en su propio país, condición que recuerda a la de los criollos. Si bien en el siglo XIX los esclavos africanos sufrían en carne propia las miserias del régimen colonial, el cubano de hoy ha sido reducido también a una especie de esclavitud. Mientras que extranjeros, visitantes, turistas y funcionarios tienen acceso a restaurantes y centros de recreación, y a hoteles de lujo construidos muchos de ellos con capital español, la mayoría del pueblo cubano está forzado a vivir no solo al margen de estos beneficios sino a luchar diariamente por la más básica supervivencia.

No hay descripción más elocuente de la situación por la que atraviesa el país que la que hizo el escritor y cineasta cubano Jesús Díaz en el diario español El País (12 de marzo,1992), artículo que fue reproducido también en La Gaceta de Cuba, revista de la UNEAC (mayo-junio, 1992). Afirma Diaz que “los logros emblemáticos de la revolución están en peligro. Los niveles de alimentación descienden día a día, la calidad de la salud pública se ha resquebrajado debido a la falta de medicamentos, el empleo pleno pronto será el desempleo pleno. Resulta cínico hablar de la dignidad de los cubanos de un país que ha establecido una suerte de apartheid entre sus nacionales, verdaderos ciudadanos de segunda, y los turistas”.

Esta situación límite, que adquiere proporciones cada día más dramáticas, ha motivado brotes de protesta popular que son sistemática y brutalmente apagados por la policía y agentes del Ministerio del Interior. Orlando Payá [sic.], activista de derechos humanos y residente en la Isla, ha declarado recientemente (junio, 1992) que “el Gobierno solo responde con más represión en vez de asumir su responsabilidad por esta crisis”. Señas de que la represión va en aumento son las llamadas “brigadas de respuesta rápida”, verdaderas turbas fascistas que golpean y atacan a individuos sospechados de ser disidentes u opositores al régimen. Toda esta red de represiones motivó el reciente voto de censura contra el gobierno cubano por parte de la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra este último marzo, voto al cual se unieron varios países hermanos.

Ciertamente la represión se ha desplegado con mayor saña y furor en el caso de los intelectuales disidentes. Acaso el más dramático sea el de la poeta María Elena Cruz Varela, quien en noviembre de 1990 escribió una “Declaración de Principios” a nombre del grupo Criterio Alternativo, donde expresa su desacuerdo con el rumbo autodestructivo que ha tomado la oficialidad. Por este solo motivo, “voluntarios” de las “brigadas de respuesta rápida” la sacaron de su casa, forzándola a tragarse los papeles donde había escrito la propia “Declaración”. Hoy, Cruz Varela está condenada a prisión en una cárcel de mujeres, destinada a criminales comunes.

El empecinamiento de Fidel Castro en el poder, dramatizado en consignas oficiales como “Socialismo o Muerte”, ha causado un estancamiento nacional sin precedentes. Aun a pesar del último Congreso del Partido Comunista celebrado en octubre de 1991, donde se discutieron los gravísimos problemas que afronta el sistema a raíz del derrumbe de la esfera socialista, en Cuba hoy no existen alternativas viables al poder centralizado y jerárquico del Partido Comunista. En resumidas cuentas, la resistencia a la fosilización del gobierno castrista se manifiesta cada día con mayor fuerza, empezando con las fugas desesperadas de miles de cubanos que diariamente se lanzan al mar en la espera de llegar a los Cayos de la Florida, y terminando con los dirigentes de derechos humanos quienes han articulado, desde dentro de Cuba, la alternativa política de una apertura democrática y la reconciliación nacional.

En este mismo sentido nos unimos desde el exilio a las voces de profesores universitarios, recientemente expulsados de sus respectivos recintos, por el solo hecho de decir “Queremos una Cuba donde creyente y ateo, comunista y no comunista, exilados y los aquí presentes, se respeten mutuamente y trabajen conjuntamente para el desarrollo de la nación cubana”. Si esta carta, escrita en el espíritu de diálogo y no de confrontación, provoca una sincera reflexión acerca del destino e inclusive la supervivencia de nuestro país, me sentiría satisfecha de que ha cumplido su propósito.

Por último, y como educadora en fin, reitero mi compromiso de divulgar entre nuestros estudiantes los cursos de literatura latinoamericana que este año se ofrecen en Casa de las Américas, por ser una vía de acceso tanto a la cultura caribeña como a la compleja realidad cubana.

Quedo de usted, muy atentamente,

Adriana Méndez Rodenas.
Profesora Asociada The University of Iowa.


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