Alain Robbe-Grillet (FOTO Ulf Andersen)
Alain Robbe-Grillet (FOTO Ulf Andersen)

Si la narrativa contemporánea tiene en Alain Robbe-Grillet (Brest, 1922 – Caen, 2008) a uno de sus popes, no es sólo por su literatura, aquellas novelas de construcción geométrica y frialdad asesina que hizo temblar a más de un rilkeano, sino, también, por su libro Por una nueva novela (Cactus, 2010). Recopilación donde reunió sus mejores ensayos publicados entre los años cincuenta y sesenta, y donde sentó, digámoslo con un estereotipo, las bases de lo que a partir de ese momento fue denominado nouveau roman.

Bases que no solo abrieron el camino a lo que vendría a posteriori (o a una de sus partes, ya que toda renovación sobrevive siempre inserta en medio de fuerzas reactivas), sino, al espacio posmoderno de los setentas y ochentas, con su juego de géneros, reflexión contrametafísica y escritura pulp, y a lo que poco a poco se ha instaurado hoy, un efecto que podríamos llamar de transnovela, más que nada por su búsqueda horizontal de espacios falso-nacionales y por un sentido del tiempo kitsch y de laboratorio, donde ya no se respeta ningún tipo de lógica.

Pero, para no alejarnos mucho, ¿qué habla Por una nueva novela? ¿De quién parla, qué escribe, qué narra, qué dice?

Por los ensayos de Robbe-Grillet desfilan de manera brillante autores como Raymond Roussel, Pinget y Beckett, fundamentales el primero y el último para entender mucho de lo que se está construyendo ahora mismo. Narradores particulares como Svevo, cuya obra magna, La consciencia de Zeno, hay que leerla más como un tratado de nicotina y psicosis que como el relato “moral” de un señor de provincias. Y surrealistas como Joë Bousquet, hoy totalmente olvidado.

Escritores que le sirven al autor de La celosía no sólo para defender algo que para el nouveau roman fue sagrado: la destrucción de la falsa profundidad, ese psicologismo que hasta los cincuenta era ley a la hora de entender la novela (marcada por Balzac y los rusos) y del que ellos se burlaron diseñando, sobre todo, personajes de quienes siempre sabremos muy poco, que parecen deambular por el afuera de la memoria y la fisiología. Personajes que solo observan y, cuando hacen otra cosa, son como cajones vacíos, muñecos…

Sino para dejar en claro otra de sus verdaderas batallas (como queda en evidencia en otro de los libros-manifiesto del “grupo”, La era de la sospecha, de Nathalie Sarraute): la de la banalidad absoluta del querer decir algo, la “mudez” innegociable del escritor.

¿No podríamos adelantar […] que el verdadero escritor no tiene nada para decir? Él posee solamente una manera de decir. Debe crear un mundo, pero es a partir de nada, del polvo.

Y de ese polvo, que también es juego, es que el escritor francés llenó sus libros y películas, algunas tan conocidas como El año pasado en Marienbad, filmada junto a Alain Resnais y verdadero ejemplo de la perfecta simbiosis que puede ocurrir entre escritura e imagen. O El espejo que vuelve, libro autobiográfico donde el de Brest logra observarse a sí mismo como un espacio en franca desconexión con su tiempo, a la vez, como alguien muy embutido en él (con su época, digo).

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¿Continúa siendo Alain Robbe-Grillet, el gran Robbe-Grillet, el pornógrafo Robbe-Grillet, autor de Las gomas, La casa de citas y de Le voyageur, essais et entretiens –libro que alguien debería traducir ya– nuestro contemporáneo?

Sin dudas. Sobre todo ahora que la transliteratura está cada vez más amenazada por el banal Houellebecq y el maratonista Murakami, ambos (¡ay!) tan antiguos. Ambos (¡ay!) tan soporíferos.

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