Algunas notas sobre la Copa Mundial de Fútbol 2026

Mi amor al futbol es inconstante, solo me arrebata cuando se juega la Copa Mundial.

-

Confieso por adelantado que no fui criado en ambiente futbolero. El haber nacido en Cuba y luego crecer en Puerto Rico me coloca en el mundo del béisbol y el baloncesto. Jugué ambos deportes bastante bien pero no con suficiente talento para aspirar a ser un atleta profesional. En mi adolescencia mis héroes deportivos no eran Pelé, Eusébio, Bobby Charlton o Garrincha, sino Roberto Clemente, Juan Marichal y Willie Mays en béisbol; Jerry West, Elgin Baylor y Bill Russell eran mis ídolos en baloncesto. Debo confesar otra cosa: no sigo el fútbol a nivel de clubes. Tercera confesión: mi amor al futbol es inconstante, solo me arrebata cuando se juega la Copa Mundial. A veces me embullo con la Eurocopa o Copa América, pero no sigo el torneo entero como hago con la Copa Mundial. Lo que ofrezco a continuación son unas notas de outsider sobre ese amor inconstante.

Para los fans de verdad el fútbol es un ritual de infancia, una cita dominguera compartida con familia y amigos. Javier Marías dice que “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia”. Y Juan Villoro añade “recuperar la infancia a voluntad por medio del juego o el arte permite que el adulto tome vacaciones de sí mismo”. Por certero que parezca el comentario de Marías, no aplica a mi caso. Mi infancia no estuvo marcada por el fútbol, pero se me ocurre que el balompié podría permitirme vivir una infancia que no tuve. Eso es licencia para desplegar la imaginación y podría extenderse mucho más allá de la cancha de fútbol. Por otro lado, creo que me basta con la infancia que tuve. No fue idílica –desde los siete a los diez años viví en cuatro países y cinco ciudades distintas–, pero tampoco áspera y traumática. Sin duda, el fútbol me permite tomar vacaciones de mí mismo y voy rodando como un balón gambeteado por Mbappé. Aunque no fue parte de mi infancia, el Mundial sí es algo de familia, ya que mi hermano mayor, John, ha ido a seis mundiales.

- Anuncio -

Yo, por mi parte, he asistido como espectador a las dos Copas que se han celebrado en EE. UU. En 1994, asistí a mi primer partido de la Copa Mundial en persona (con mi hermano John). Se trató del juego entre Argentina y Grecia en Foxborough, Massachusetts, sede de los New England Patriots, equipo de fútbol americano. Argentina se impuso de manera impresionante 4-0, con Gabriel Batistuta logrando un triplete. Ya desde el principio (a los dos minutos) Batistuta marcó su primer gol. Grecia nunca se recuperó y cuando Maradona anotó a los sesenta (3-0) ya estaba el juego decidido. Vi otro juego de Argentina que estuvo mucho más reñido, contra Nigeria. El equipo africano anotó primero, a los ocho minutos y los fans argentinos estaban nerviosos, pero catorce minutos después Claudio Caniggia empató el juego, después de un disparo de Batistuta que había rebotado de las manos del arquero. Y en un tiro libre poco después Maradona le pasó el balón a Caniggia que estaba solo por el lado izquierdo, avanzó y luego marcó un gol precioso a la escuadra derecha de la portería, que decidió el juego. Esta victoria de Argentina a que asistí fue el último juego para Maradona en la Copa Mundial, quien fuera suspendido una semana después por dopaje y Argentina, en consecuencia, eliminado por Rumanía. La de 1994 sería la Copa de Bebeto y Romario dándole a Brasil su cuarto título. Pero no pudimos despedir del Pibe de Oro.

Presenciar un juego en persona es algo inefable: la energía, el entusiasmo, los fanes pintados de colores nacionales, el uso de sombreros estrambóticos o máscaras, las emociones que van desde el éxtasis y la pura alegría hasta el desencanto de un tiro errado o el desplome de la derrota, los sonidos (desde rugidos hasta gritos y desmayos), todo esto va formando un hechizo inconfundible. Y claro, todo en el ámbito de celebración o fiesta: aun los aficionados del equipo perdedor forman parte de la fiesta. Huelga decir que es contagioso. En un juego entre Bolivia y Corea del Sur en la Copa del 1994, arrastrado por el tira y jala del partido, me recuerdo gritando, brincando, tirando mi gorro en disgusto, insultando a los jugadores que habían hecho malos pases o infracciones innecesarias. Fui llevado por una marea de voces y emociones. Ya que Cuba (ni Puerto Rico) no pinta para nada en el fútbol le voy a los equipos latinoamericanos primero y entre los europeos a Portugal (por razones de familia). El partido entre Bolivia y Corea terminó 0-0, pero la anotación no dejó constancia de lo excitante y emocionante que fue el juego. Ni Bolivia ni Corea del Sur llegaron a octavos de final (ni se esperaba que lo hicieran) así que ese juego que vi era una nota a pie de página en cuanto a la historia del Mundial de 1994; yo lo recuerdo como algo sublime.

Para precisar mi amor al fútbol es necesario regresar unos veinte años más, al Mundial de 1974, ell de Franz Beckenbauer, Gerd Müller y Johan Cruyff. Admiraba sobre todo los cambios que trajo Cruyff (junto con Rinus Michels) al juego, el llamado “fútbol total”. Suena como algo inventado por Hegel (Cruyff es el alma del mundo cabalgando sobre el balón). La manera en que el equipo holandés manejaba el balón, cómo iban de un lado al otro de la cancha, abriendo espacios y usando un modo de ataque agresivo, era estimulante. Daba gusto ver a la Naranja Mecánica desplegar sus destrezas en el campo y el repaso que le dieron a Argentina (4-0) es un gran ejemplo su maestría en el césped. Pero aun así no lograron triunfar sobre Alemania (1-2) en el final ni sobre Argentina (1-3) en el 1978 (todavía en la época pre Maradona).

El Mundial del 78 lo seguí con menos entusiasmo ya que se celebró en la Argentina de la dictadura militar y estaba consciente de cómo el régimen estaba usando el torneo como blanqueo de su criminalidad. No era la primera vez que un sistema autoritario usó la Copa como método de encubrimiento: Italia (1934) lo hizo bajo Mussolini, y tanto Rusia (2018) como Catar (2022) hicieron lo mismo más tarde. El Mundial del 74 estuvo marcado por la Guerra Fría ya que se celebró en Alemania Federal, pero participó la RDA. Las dos Alemanias se enfrentaron y la RDA ganó 1-0, lo que no se esperaba. Más adelante, perdieron contra Holanda y empataron con Argentina, mientras la República Federal de Alemania se alzaba con el campeonato.

Perlas del Mundial: la manzana podrida
- Anuncio -

La Copa en EE. UU., México y Canadá

Por segunda vez EE. UU. ha sido la sede principal del Mundial: once ciudades fueron anfitrionas. Hubo gran expectación con el equipo de Estados Unidos con jugadores como Christian Pulisic, Mailk Tillman o Folorin Balogun. En su primer juego despacharon a Paraguay (4-1), luego a Australia (2-0), pero perdieron contra Turquía, aunque ese juego no afectó su entrada a la ronda de 32, donde eliminaron a Bosnia-Herzegovina (2-0). En ese juego Balogun recibió una tarjeta roja. Pero el presidente Trump intervino personalmente al comunicarse con el jefe de FIFA, Gianni Infantino, y la tarjeta roja fue anulada, lo cual permitió a Balogun jugar en el próximo partido contra Bélgica. La reacción pública fue inmediata y negativa, reflejando una vez más la corrupción de FIFA. No olvidemos que FIFA le otorgó un premio de paz a Trump en diciembre de 2025, una decisión unilateral de Infantino sin consultar el comité ejecutivo (que consta de 37 miembros). El premio es más controversial todavía a la luz de le guerra iniciada contra Irán menos de tres meses después. Para colmo, FIFA abrió una oficina en julio de 2025, ubicada en Trump Tower.

El equipo belga estaba furioso con la decisión de anular la tarjeta roja. El partido contra EE. UU. lo jugaron con un afán de probar que lo cuenta en fútbol es lo que pasa en la cancha y no en las intromisiones de quienes quieren orientar los resultados desde fuera. El propio Trump admitió que no sabía lo que era una tarjeta roja, otro ejemplo de su combinación desastrosa de ignorancia y arrogancia. Bélgica se desquitó pronto, anotando en el minuto 9 y, aunque EE. UU. empató, dos minutos después los belgas se volvieron a adelantar, para imponerse por 4 a 1. Y, si eso fuera poco, los jugadores belgas al terminar el partido se pusieron a bailar burlándose de cómo baila Trump y cantaron “YMCA” de los Village People, canción que se usa en los mítines políticos del presidente. El capitán de los belgas dijo con obvio sarcasmo: “¡Anula esto!”

Una pena porque por lo demás esta Copa se ha definido por su hospitalidad, alegría y buenas vibras. Es más, el aspecto globalizante de la Copa ha sido extraordinario, muy a la contraria del nativismo y xenofobia de las fuerzas antiinmigrantes del país. La Copa es un fenómeno complejo: por un lado, fomenta el nacionalismo (al apoyar tu equipo nacional), pero a la vez crea una pertenencia global (los equipos extranjeros y sus seguidores). En una mesa redonda del New York Times el poeta Rowan Ricardo Phillips dijo lo siguiente: “El nacionalismo del fútbol te pide que ames tu propio equipo; pero no requiere que le restes legitimidad al otro lado. La Copa no abole el nacionalismo. Nos enseña cómo vivir entre rivales. Y quizás es porque la Copa no está opuesta a la globalización sino es una de sus máximas expresiones. Cada equipo nacional ya es internacional. La Copa no resiste la globalización, la escenifica. Esa es la paradoja: el juego más global produce algunos de los sentimientos más fuertes de pertenencia nacional”.

Yo matizaría un poco esta afirmación. ¿El nacionalismo deportivo es igual al nacionalismo político? El primero exige que apoyes a tu equipo, que no es una exigencia muy complicada, es algo tribal y temporal (el juego se acaba en un par de horas). El segundo es más complejo, tiene que ver con aspectos de identidad, pertenencia a una comunidad, asuntos de ciudadanía. Es un proceso continuo sujeto a las contingencias históricas. El primera lucha contra rivales y después los jugadores se abrazan, intercambian camisetas. Incluso el juego puede terminar en empate. El segundo se enfrasca con enemigos, es una lucha sin tregua, donde alguien gana y el otro pierde. Obviamente, he simplificado un poco, creo que es posible crear un nacionalismo político capaz de no ver a otros países como enemigos sino como rivales (o amigos o indiferentes). Pero en países autoritarios o coercitivos se trata de borrar la diferencia entre lo deportivo y lo político, de usar el deporte como una medida de grandeza nacional o para distraer de la criminalidad política.

La afirmación de Phillips sobre que lo nacional es internacional se puede ejemplificar biográficamente. El goleador más efectivo del equipo mexicano en la Copa es Julián Quiñones, nacido en Colombia, pero contratado por Tigres UNL a los dieciocho años y con ciudadanía mexicana. Si repasamos la alineación francesa contra Marruecos, nueve de los once jugadores no son blancos. El arquero, Mike Maignan nació en Guyana Francesa, de madre haitiana y padre guadalupeño. La madre de William Saliba, uno de sus defensores, es de Camerún; su padre es libanés. El delantero Ousmane Dembelé tiene una madre de Mauritania y Senegal, mientras su padre es oriundo de Mali. Y su gran anotador, Kylian Mbappé, tiene un padre de Camerún y una madre argelina (de origen cabileña); es trilingüe, habla perfectamente el español y el inglés, además del francés. Cuatro jugadores, nueve países (diez si incluimos a Francia) trazan un mapa que va desde el oeste y el norte de África, el Medio Oriente, el norte de Suramérica, el Caribe y Europa.

- Anuncio -

Cuando Trevor Noah –en ese momento el anfitrión de The Daily Show– dijo después del Mundial en 2018 que Africa ganó la Copa Mundial, señalando que el equipo francés era principalmente de personas de descendencia africana, despertó una enorme controversia. Incluso el embajador francés en EE. UU., Gérard Araud, le mandó una carta regañándole, recalcando que los atletas eran franceses, no africanos. Los franceses no creen en identidades con guion, es decir, no describen a alguien nacido en Francia, cuyos padres son de Argelia, como franco-argelino. Son franceses, punto y aparte. La noción de ciudadanía francesa es muy universalista (ajeno a las particularidades de género, raza o preferencia sexual). Noah respondió en vivo (por televisión) preguntando ¿por qué los jugadores no pueden ser franceses y africanos? ¿Por qué hay que escoger? También añadió que cuando su población inmigrante hace algo indebido la gente quiere deportarlos alegando que no son “realmente franceses”, pero cuando son “buenos” (y ganan una Copa como en 1998 o 2018) entonces forman parte de la gran familia francesa.

No obstante las dimensiones internacionales del fútbol, que en este Mundial se ha expandido a 48 países, los campeones se han limitado a cinco países europeos (Italia, Alemania, Francia, Inglaterra, España) y tres países sudamericanos (Brasil, Argentina, Uruguay). Se trata de un club bastante exclusivo ya que todavía no ha triunfado todavía un país africano, del Medio Oriente, o de Asia. Y aun los países perdedores de la final (y que nunca han sido campeones) son europeos también (Checoslovaquia, Hungría dos veces, Holanda tres veces, Suecia y Croacia). La final de 2026 no cambia esto para nada, ya que los dos han sido finalistas y campeones.

Pese al cliché de la hermandad global supuestamente fomentada por el Mundial, hubo incidentes racistas. Harto conocido son los comentarios de la senadora de Paraguay Celeste Amarilla sobre Mbappé, que suscitó una respuesta muy franca, diciendo que no representaba a Paraguay, que sus comentarios eran atolondrados, racistas y que era incompetente. Tarjeta roja para la senadora Amarilla. Mariano Rajoy, ex primer ministro de España también hizo comentarios racistas sobre la selección francesa antes del juego entre Francia y España. Y no hablemos de los seguidores de la selección argentina que han vocalizado cantos racistas o subido a las redes sociales videos con contenido racista.

La Copa en Boston

Una de las sedes de la Copa fue Boston, donde se efectuaron siete juegos, cinco de la primera ronda, uno de octavos de final (Paraguay-Alemania), y uno de cuartos (Francia-Marruecos). Pude ver en persona (de nuevo, con mi hermano) el juego de Noruega e Iraq el 16 de junio, partido dominado por Noruega 4 a 1, en el cual Erling Haaland anotó un par de veces en la primera mitad. Iraq empató el juego a los 39 con un excelente cabezazo de Aymen Hussein, pero a la larga no pudieron contra un equipo mucho más diestro en la cancha. La presencia de los hinchas noruegos era notable y su forma de embullar a su selección era simular estar remando mientras hacían un gruñido (muchos de ellos con su casco de vikingo con los cuernos).

Pero fueron los escoceses que se ganaron la simpatía de los bostonianos. Llegaron más de 50,000 fans de Escocia a la ciudad, ya que dos de sus juegos de la primera ronda (contra Haití y Marruecos) se efectuaron en el estadio de Foxborough. Muchos de ellos vistieron con sus faldas escocesas y tocaron sus gaitas, pero sobre todo se lanzaron a los bares donde consumieron tanta cerveza (cuatro veces el consumo normal) que los negocios y licorerías tuvieron que hacer pedidos de emergencia. Los escoceses vinieron a fiestar y el jolgorio fue constante. No solo le iban a su equipo sino cuando jugaba Inglaterra le iban al equipo contrario. Incluso fueron a juegos de los Red Sox (béisbol) con sus gaitas. Además, tenían la costumbre irreverente de colocar conos de tráfico sobre distintas estatuas de la ciudad, lo que le dio un toque dadaísta a sus travesías. También donaron más de 60,000 dólares a varias organizaciones benéficas de Massachusetts y Rhode Island. A raíz de las estrechas relaciones entre los escoceses y los habitantes de Boston, ahora Glasgow y Boston son ciudades hermanas.

Las semifinales

Comenzando el Mundial, Francia era el equipo favorito, con una selección dinámica que anotaba, jugaba buena defensa y tenía una banca fuerte. Lidereado por su capitán Kylian Mbappé, Francia jugaba un futbol vigoroso, fluido, hasta elegante. Mbappé no decepcionó y terminó empatado con Messi en el mayor número de goles en el torneo (ocho), seguido por el noruego Haaland (siete), Harry Kane (seis) y Jude Bellingham (siete), ambos del equipo inglés. (Mbappé terminó con 10 goles y 4 asistencias para ganar la Bota de Oro. Los locutores de la emisora Fox que hacen análisis de los juegos antes de comenzar hicieeron predicciones de quién y por cuánto van a ganar. Los cuatro escogieron a Francia 1-0, 2-0, 2-1 y 3-0 en la semifinal contra España. Como ven, tres de ellos no calculaban que España anotara y uno creyó España iba a permitir tres goles, cosa increíble ya que sólo había permitido un gol en seis juegos (y Francia solo dos). España había anotado 13 goles en el torneo, Francia 16 (solo superado por Argentina con 17). Dos equipos formidables.

España juega un fútbol de control del balón y de muchos pases. La estrategia es clara: si tienes el balón el otro equipo no puede anotar. Francia, por lo general controla el balón, aunque es un equipo con más vértigo. Gracias a su dominante centro del campo (Rodri, Olmo, y Ruiz), España pudo reducir la efectividad de los delanteros franceses (Dembelé, Olise, Mbappé). Olise, el creador de juego de Francia, perdió el balón veinte veces durante el juego.

En el minuto 22, Lucas Digne cometió una falta contra Lamine Yamal dentro del área penal. Oyarzabal anotó el penalti (1-0). En la segunda mitad, un pase de Olmo a Pedro Porro que produjo el segundo gol (2-0). Francia dio un susto a los ochenta en una jugada donde el arquero español quedó distante de la portería, pero a la defensa española le dio tiempo para recuperarse y por fin atrapar el balón. En los últimos tres enfrentamientos entre estos equipos, España ha salido victoriosa. La semifinal de la Liga de Naciones de la UEFA (2025) entre ellos fue una fiesta de goles, terminando 5 a 4.

El partido entre Argentina e Inglaterra creó mucha expectativa. Los equipos se han enfrentado cinco veces antes de 2026 en mundiales, con Inglaterra ganando tres (1962, 1966, 2002) y Argentina dos veces (1986, 1998). En los cuartos de final en 1966 se enfrentaron las dos selecciones y a los 35 minutos el árbitro pitó una falta de Antonio Rattin, capitán del equipo argentino. Rattin quería discutir con el árbitro que era alemán, que no sabía español, ni Rattin el alemán. Rattin fue expulsado, pero rehusó dejar la cancha por varios minutos. Más tarde, Geoffrey Hurst anotó el único gol del juego y los argentinos alegaron que Hurst estuvo offside. Los argentinos llaman a este partido “el robo del siglo”. Hurst logró un hack-trick en la final contra Alemania (4-2), dando Inglaterra su único trofeo. Rattin murió hacia algunos días y, en su partido de cuartos de final contra Suiza, el equipo argentino usó brazaletes negros para honrarlo. Hablando de robos, el trofeo (nombrado en honor a Jules Rimet) del Mundial fue robado en marzo de 1966, meses antes del torneo. Los pillos pidieron un dinero de rescate, pero a los pocos días fue descubierto por ell perro Pickles debajo de un arbusto. Pickles se hizo una celebridad internacional. Brasil recibió el mismo trofeo al ganar el Mundial del 70 en México, pero en 1983 fue robado de nuevo. Cuatro personas involucradas en el hurto fueron apresadas, pero nunca se recuperó el trofeo.

El más famoso de los partidos entre Argentina e Inglaterra sucedió en los cuartos de final de 1986, con los dos goles de Diego Maradona, uno de ellos el famoso de la “mano de Dios”, seguido pocos minutos después por “el gol de siglo”. Maradona tomó el balón a media cancha y regateó a varios jugadores ingleses hasta marcar a pocos metros del arco. Pura magia. Este juego tomó lugar apenas cuatro años después de la Guerra de las Malvinas y la rivalidad entre los dos equipos fue electrizante. En el partido de 2026, entre las consignas que gritaban los hinchas argentinos se oía “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo” y “Malvinas argentinas”. Después del partido, los jugadores Giovani Lo Celso, Cristian Romero y Nicolás Otamendi desplegaron una bandera que decía “Las Malvinas son argentinas”. Por más que uno pueda simpatizar con los sentimientos nacionalistas de los argentinos no hay que olvidar que la derrota de en la Guerra de las Malvinas fue el comienzo del derrumbe de la dictadura militar que azotó el país entre 1976 y 1983.

Es un milagro que Argentina haya llegado a semifinales. Para llegar allí tuvieron que vencer a Cabo Verde, Egipto y Suiza, lo cual no fue tarea fácil. Aunque Argentina marcó primero, Cabo Verde empató en la segunda mitad. El juego se extendió a tiempo extra y Argentina anotó (2-1), pero once minutos después Cabo Verde empató el juego. En el segundo tiempo extra un cabezazo de Romero se desvió en un jugador caboverdiano, produciendo un autogol que decidió el partido (3-2). Contra Egipto, Argentina remontó un 2 a 0 (Romero y Messi) en cuatro minutos para empatar casi al final del tiempo reglamentario. En la segunda mitad del tiempo extra, Enzo Fernández, con un precioso cabezazo, le dio la victoria a la albiceleste. Contra Suiza, Argentina anotó temprano (a los 10 minutos), pero en la segunda mitad Suiza empató y el juego de nuevo se fue a tiempo extra. No fue hasta el segundo tiempo extra que Argentina se impuso, anotando dos veces para ganar 3-1. Once de los diecinueve goles de Argentina se han lograron en el minuto 75 o después.

El patrón se repitió en el juego semifinal contra Inglaterra. La primera mitad fue reñida con una buena defensa de cada equipo y un buen número de faltas de ambos lados (y un par de amarillas). Argentina controló el balón, pero no hubo anotaciones, ni tampoco remates al arco. En la segunda mitad, el nuevo fichaje culé, Anthony Gordon, recibió un centro de Morgan Rogers y batió al Dibu. De nuevo, Argentina en desventaja. Mucho se ha comentado sobre cómo Tuchel, el técnico alemán de los ingleses decidió defender el resultado echándose atrás. El arquero de Inglaterra, el veterano Jordan Pickford (en su tercer Mundial) paró varios tiros, sino el juego hubiera sido una derrota más aplastante (para no hablar del cabezazo de Mac Allister que chocó con el poste). Realmente, la embestida de Argentina fue constante y a los 85 un pase de Messi a Enzo Fernández produjo un cohete que empató el juego. En el tiempo adicional, Messi de nuevo logró un pase perfecto que Lautaro Martínez cabeceó para darle la victoria a Argentina (2-1).

La debacle inglesa se puede entender con un par de cifras. En el minuto 72, Tuchel sustituyó a Gordon por Ezri Konsa; en los próximos diecinueve minutos Inglaterra solo pudo completar cuatro pases. Y después del minuto 63, Inglaterra no volvió a lograr una entrada exitosa. Argentina marcó a los 85 y 92: un periodista dijo que Argentina es un equipo que pierde en los primeros 60 minutos, pero gana el partido en los últimos diez. Y así fue con Inglaterra.

Las victorias a última hora de Argentina fueron excitantes y revelaron un equipo que jamás se rinde. Más significativo fue que en sus dos últimos juegos anotaron cinco goles, pero ni uno de Messi, lo cual indica que Argentina puede ganar sin que La Pulga anote. Es verdad que los dos goles contra Inglaterra fueron asistidos por Messi, Messi puede derrotarte de muchas maneras. Cuando él tiene el balón, le caen hasta tres o cuatro defensores encima, cosa que siempre va a dejar alguien libre. Tiene un gran olfato para lograr (o inventar) jugadas, un sexto sentido para burlarse de la defensa. Elegguá parece que lo acompaña, abriendo los caminos sobre el césped.

Final: Elegguá abandona a Argentina

El partido final no fue sorprendente, más todavía cuando se toma en cuenta cómo España derrotó a Francia en semis. Puedo abrumar el lector con cifras, pero hay una sola que revela el dominio español: doce tiros a puerta en los primeros noventa minutos por cero disparos de Argentina. Es la primera vez que esto ocurre en la final de un Mundial. Si no fuera por algunas buenas paradas de Martínez, el partido no se hubiera extendido a tiempo extra. De hecho, el Dibu estableció un récord para una final con once atajadas. Pero Elegguá no acompañó a Messi ni a más nadie en el equipo argentino.

La primera mitad se caracterizó por la típica posesión del balón española y su sofocante defensa. Mientras transcurría la segunda mitad era claro que la magia argentina se estaba esfumando. La ofensiva albiceleste había sido neutralizada por completo. El minuto 82 produjo una tarjeta amarilla (Enzo Fernández) que en el tiempo extendido (90 + 3) se repitió, dejando a Argentina con diez jugadores. La única esperanza era mantener el empate en el tiempo extra y ganar a tiros penalti. Pero España, que fue bien como se le negaban anotaciones por el virtuosismo del portero argentino, seguía amenazando. En el segundo tiempo extra, Pedro Porro tiró un centro un poco pasado que Nico Williams pudo salvar milagrosamente. El balón llegó a Ferrán Torres, quien colocó la pelota en la red. Uno a cero no parece una ventaja insuperable, faltando unos trece minutos, pero era lo suficiente ya que Argentina mostraba poca iniciativa ofensiva. La magia de los goles de última hora por parte de Argentina se había acabado.

España se encontraba entre los favoritos para ganar la Copa (junto con Francia, Argentina, Inglaterra y Portugal) pero tambaleó un poco en su primer partido, con Cabo Verde, que terminó en empate (0-0). España logró 27 tiros, pero el arquero caboverdiano Vozinha se lució haciendo paradas espectaculares. Cabo Verde fue el equipo sorpresa del torneo y el que ganó los corazones del público. Un pequeño archipiélago con apenas medio millón de habitantes logró dos empates más (contra Uruguay y Arabia Saudita) y perdió en su primera eliminatoria contra Argentina (3-2) en tiempo extra, en uno de los juegos más dramáticos del torneo. A partir del juego con Cabo Verde, España se lució, mejorando cada vez, y en los próximos siete partidos permitió un solo gol, anotando catorce. Para llegar a la final tuvieron que vencer a Portugal, Bélgica y Francia, de manera convincente.

Mucho se habla de la excelente defensa española (y con razón) pero su ataque era de primera calidad. Y eso que dos de sus mejores llegaban tocados: Lamine Yamal y Nico Williams. España no dependía de un goleador estrella como Messi, Kane o Mbappé, lo cual refleja el estilo colectivo del equipo.

Despedidas y duelos

Hay varios grandes jugadores que no volveremos a ver en un mundial: Cristiano Ronaldo (seis Mundiales), Lionel Messi (seis), Luka Modric (cinco), Neymar (cuatro) y Mohamed Salah (dos). Harry Kane ha jugado en tres mundiales y tiene treinta y dos años: ¿volverá para la Copa de 2030? Ojalá. Pero a su vez esta Copa nos dio nuevos (o no tan nuevos) héroes de la cancha: Lamine Yamal, Jude Bellingham, Bukayo Saka, Julián Quiñones, Vinicius, Jr., Oyarzabal, Erling Halaand, Ousmane Dembelé, Michael Olise y, claro, Kylian Mbappé. Eso sin olvidar los arqueros estelares como Jordan Pickford, Unai Simón, Emiliano Martínez, Diogo Costa, Orlando Gil o Vozinha, el mago caboverdiano.

El duelo es para la selección brasileña que empató con Marruecos, ganó dos juegos contra equipos inferiores (Escocia y Haití) y luego le ganó a Japón raspando. En los octavos de final perdieron contra Noruega 2-1, con sendos goles de Halaand. Después de ganar el trofeo en 2006, Brasil ni siquiera ha aparecido en un partido final. En Sudáfrica 2010 perdieron contra Países Bajos en los cuartos de final; en el 2014, en su propio terreno, fueron humillados por Alemania en la semifinal 7-1, uno de los juegos más bochornosos en la historia del fútbol brasileño, a la altura del maracanazo. En Rusia 2018 cayeron en cuartos de final (contra Bélgica) y en Qatar 2022 fueron vencidos por Croacia (por penaltis) también en cuartos. En 2026, casi la mitad de la selección tenía treinta años o más: es hora de renovar el equipo con jugadores más jóvenes. También les hace falta mejorar en el mediocampo y formar un equipo más cohesivo. Tiene jugadores buenos, hasta brillantes, pero carecen de la unidad y la cohesión de equipos como Francia, España y Marruecos. Para que el Mundial no sea el dominio de las selecciones europeas hace falta que Brasil represente a Latinoamérica como antes lo hizo. En los octavos de final, el único equipo latinoamericano era Argentina y solo un país más no era europeo: Marruecos.

Después del último pitazo

Es una obviedad afirmar que FIFA es una máquina de hacer dinero. Calcularon que la Copa 2026 iba a rendirles 11 mil millones, cifra que superaron. Al parecer, lograron ganar 15 mil millones. O sea, 144 millones por juego. Es una cifra obscena, pero a estas alturas la palabra obscena para describir a FIFA se queda corta. El organismo pretende expandir el torneo para que participen 64 selecciones. Este año hubo 48, en el 2022 todavía eran 32 equipos, cifra que había perdurado desde 1998. El hombre que pecó mucho (Maradona) dijo: “La pelota no se mancha”. Pero sí se mancha y el verde que campea no es del césped, son los greenbacks. Igual de obscena fue la presencia de Trump, que no quiso abandonar el escenario donde estaban los jugadores españoles después de recibir sus medallas y el trofeo. Marc Cucurella trató de indicarle para que bajara los escalones, sin éxito. Cuando sacaron la foto de Rodri alzando el trofeo, Trump estaba en el cuadro. Infantino por fin tuvo que guiarlo para que se fuera. Su narcisismo lo impulsa a las exageraciones norcoreanas de querer estar en todas partes, todo el tiempo.

Pero no se pueden olvidar los goles sensacionales, desde Mbappé y Messi hasta Quiñones, Lopes Cabral y Álvarez… (Fue el primer Mundial que tuvo cuatro jugadores que anotaron siete goles o más (Mbappé, Messi, Bellingham y Haaland). O los juegos dramáticos como el de Brasil y Japón, Marruecos y Holanda, Bélgica y Senegal, o Argentina y Egipto. Curiosamente los partidos más excitantes fueron en las primeras rondas, salvo la semifinal entre Argentina e Inglaterra. Y luego estuvo el primer gol en un mundial de Curazao, el país más pequeño del mundial. Vozinha y Cabo Verde con sus sorpresas, el pato Merlin que se hizo la mascota de México (incluso conoció a Sheinbaum), los escoceses y sus conos. Por otro lado, ocurrió el suicidio de Jayden Adams del equipo sudafricano poco después de su participación en el Mundial, las controversias que involucraron el VAR y el tratamiento irrespetuoso al equipo de Irán.

El Mundial se acabó, pero el mundo sigue: no han mermado las deportaciones de millares de inmigrantes (cuando no mueren, sea adrede o no), la guerra en Irán no se acaba, el precio del petróleo vuelve a aumentar, de nuevo se imponen tarifas al mundo, Canadá está sujeto a amenazas de Trump, Putin sigue masacrando a los ucranianos, los fuegos consumen al sur de Europa, y Gaza padece bajo una ocupación letal. Pero tal vez, al volver a las miserias mundanas, podemos ver el fútbol en un contexto más amplio. También nos permite deshacernos de las metáforas y divagaciones filosóficas sobre el jogo bonito: se trata de una guerra, una religión, un ajedrez donde las piezas se mueven solas, un estado de ánimo, una ilusión, la vida, celebración, un enfrentamiento con el tiempo, una lección sobre el fracaso y el éxito, un delicado balance entre la excelencia individual y la eminencia colectiva. Pero como nos recuerda Javier Marías, para el niño no hay nada más serio que el juego. Seamos, entonces, niños en serio. Y, tranquilos, tenemos cuatro años para prepararnos. 

- Anuncio -
ALAN WEST-DURÁN
ALAN WEST-DURÁN
Alan West-Durán (La Habana, 1953). Poeta, ensayista, traductor y crítico. Ha publicado los poemarios Dar nombres a la lluvia (1994) y El tejido de Asterión (2000). De crítica literaria-cultural ha publicado Tropics of History: Cuba Imagined (1997) y Cuba A Cultural History (2017). Ha sido editor-en-jefe de African-Caribbeans: A Reference Guide (2003), Latino and Latina Writers (2004) y Cuba: A Reference Guide (2011). Ha traducido a Rosario Ferré, Alejo Carpentier, Luisa Capetillo, Nancy Morejón, y Nelly Richard. Es profesor en Northeastern University (Boston).

Leer más

Bestiario Miserable #29: Ubreseca

Bestiario Miserable, de la artista Camila Lobón, es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo.

Expediente | Diferendo Reinaldo Arenas vs. ‘Linden Lane Magazine’ (1983)

Esta expediente toma nota del diferendo entre Reinaldo Arenas y los directores de la revista ‘Linden Lane Magazine’, Belkis Cuza Malé y Heberto Padilla.

Saliva y martirio: el marido de La Machi habla con la prensa brasileña

Una hora con Miguel Díaz-Canel ante la cámara de 'Folha de S.Paulo', de la saliva de la apertura al martirio del cierre.
Premio Literario Lourdes Gil en Poesía 2026. Convocatoria de poesía para jóvenes de 15 a 25 años. Fecha límite: 30 de septiembre de 2026.

Contenidos relacionados

Deja un comentario

Escriba su comentario...
Por favor, introduzca su nombre aquí