Días de fútbol: El opio del pueblo

Siempre cargué con el complejo de culpa por hacer del fútbol una religión. Cómo explicarlo a quienes atacan al fútbol, ahora que el Mundial late con fuerza en el corazón del imperialismo. La religión es un arte de repetición, y la del fútbol se hace como práctica cotidiana que celebra su misa los fines de semana en las competencias locales.

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No sé si fue Marx o mi profesor de marxismo en Buenos Aires quien me aseguró que la religión era el opio del pueblo. Las masas iban a la iglesia y fumaban el opio del pueblo para olvidar su condición de explotados, y la religión cumplía entonces el rol de aceitar la máquina capitalista en su tarea de alienación universal. Logrado un primer paso, el rezo se transformaba en vicio y la trascendencia religiosa hacía desaparecer u olvidar la toma de conciencia necesaria para la liberación del pueblo en su tarea histórica de alcanzar el comunismo. Este era más o menos el planteo, y la enseñanza se quedó conmigo de un modo paradójico: como no tengo religión alguna por haber sido criado en una familia comunista, siempre cargué con el complejo de culpa por hacer del fútbol una religión.

Cómo explicarlo a quienes atacan al fútbol, ahora que el Mundial late con fuerza en el corazón del imperialismo. La religión es un arte de repetición, y la del fútbol se hace como práctica cotidiana que celebra su misa los fines de semana en las competencias locales. Durante los días laborales, la atención está puesta en los cambios en la tabla de posiciones, las lesiones de los jugadores, las réplicas del partido anterior ante el próximo que ya viene. El fútbol es redentor: cada fin de semana corrige los pecados cometidos el partido anterior. De chico, me acostumbré a hacer tablas paralelas con los equipos, eligiendo contrincantes y haciendo avanzar con los dados los resultados de cada plantel. Luego los comparaba con los resultados reales y esa mezcla resultaba embriagadora, como fumarse una pipa de opio. Una verdadera pérdida de tiempo. O mejor: una anulación del tiempo, como la vez que mi padre me llevó a ver el primer partido en la gradería norte del Estadio Nacional durante el Mundial de 1962 en Chile. Tendría no más de cinco años y es la imagen mental que me quedó del fútbol, con la grama verde dispuesta y los jugadores ingresando al campo con sus camisetas como en una procesión sacerdotal que, por efectos de la metempsicosis, se transformó también en mi memoria de todos los Mundiales.

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Pura religión y transmigración de las almas, en el fondo, porque no recuerdo quien jugaba contra quien, pero sí un momento de euforia colectiva en que todos se levantaron y tiraron los cojines al cielo y se abrazaron y felicitaron como si estuvieran en una fiesta familiar. Cuatro años más tarde, tal como sucede hoy en los recreos escolares, me hice fanático de las láminas de álbum mundialista de Inglaterra en 1966: juntaba y rellenaba las páginas, buscando dar con los rostros de Bobby Charlton y Eusebio, un goleador de Portugal que era el más difícil de obtener en los paquetitos de cinco láminas que vendían en los kioscos de Irarrázaval, cerca del cine Hollywood. Para el Mundial de México en 1970, se podría decir que ya era un opiómano irredimible. Desde entonces, creyentes como yo he encontrado en todos los sitios y las gentes más diversas. ¿Y qué es la religión sino esa suspensión de la lógica que domina al fútbol como el opio hace con la conciencia y la disuelve?

En un artículo del semanario en línea Mediapart, de Francia, Stéphane Alliès llama a reapropiarse del fútbol y cortar las amarras con los buitres del capitalismo internacional, devolviendo al pueblo la práctica sana y festiva de un deporte nacido en los barrios del proletariado industrial y convertido hoy en un espectáculo financiero. “Hace cuatro años, podíamos discutir legítimamente sobre el interés de boicotear o no la Copa del Mundo en Qatar, un concentrado de los excesos del capitalismo hasta el grotesco. Cuatro años más tarde, la quiebra del futbol profesional, tal como la FIFA ha decidido corromperlo sin límite alguno, nunca había sido tan evidente”, asegura Alliès.

Es poco probable que el autor del artículo haya asistido siquiera una vez a ese partido soñado, fraterno e ideal de los barrios populares en canchas de polvo y piedra. Esto por la sencilla razón de que ese partido no existe. El fútbol es lucha, fuerza, pasión. Camus dice que atajando goles como arquero de su club aprendió todo lo que sabe sobre moral. La mayoría de esos partidos barriales terminan en grescas violentas, algunos incluso a pistoletazos y otros con lesiones serias o con el árbitro colgado de un poste de luz. No hay religión que no sea violenta en un extremo de su libro de oraciones.

Despejada la utopía del partido soñado por la izquierda revolucionaria, queda la práctica real del Mundial que se juega en estos días, con los estadios repletos de fanáticos y mil razones para despreciarlo: hay demasiados países participantes, los jugadores que vienen de las competencias europeas están agotados, las sedes y múltiples traslados entre Estados Unidos, Canadá y México han provocado desorientación y cansancio, con la mayor cantidad de autogoles en la historia de la competencia. Aparte de que la FIFA se comporta como una entidad mafiosa que extorsiona a quien no se doblega a las condiciones impuestas, el VAR burocratiza el juego y las pausas de hidratación son excusas para insertar publicidad y convertir dos tiempos normales de 45 minutos en cuatro de 22 y fracción. Un escándalo por todos lados, con equipos de tradición fuerte como Brasil y Alemania sudando la gota gorda para empatar con Marruecos o ganarle a Costa de Marfil; con jugadores globales y famosos haciendo fila para entrar al set publicitario para vender zapatillas (Ronaldo), tarjetas de crédito (Pulisic), teléfonos celulares (Vinicius), relojes finos (Mbappé) y todo cuanto es posible anhelar mientras pasan el partido por el cable de la TV. En esta fiesta, como en otras, el jugador es el mensaje: personalidad, virilidad, simpatía, lujo, disciplina. Es decir que, además de lucha, fuerza y pasión, también hay dinero, mucho dinero. Pero ¿hay acaso alguna religión, una campaña política, algún medio de comunicación, alguna empresa del rubro que sea que funcione a pulso, con la pura beneficencia desinteresada de sus seguidores? Quien trabaje gratis en este mundo canalla que tire la primera pelota sobre Leo Messi y su cerveza Michelob.

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Esto hace que resulten discutibles algunos argumentos ante la leche derramada. Juan Villoro, refinado cronista y escritor mexicano, se lamentaba en un texto editorial publicado por el New York Times de la injusticia que significaba dejar a México con solo 13 de los 104 partidos programados en total, siendo el país con mayor tradición futbolística de entre las tres sedes mundialistas. Merecíamos mucho más, escribe Villoro. Pero la supremacía es un privilegio que insulta la movilidad en cualquier ámbito de actividad. Extremando esta línea de pensamiento, se podría sugerir entonces que los países sin suficiente tradición deberían formar grupo aparte y acaso jugar un Mundial B hasta adquirir la tradición suficiente. Pero Canadá y Estados Unidos no solo llevan años pujando por esa tradición, sino que además la están transformando. Es lo que sostiene Jody Rosen en su artículo sobre el futuro del soccer, publicado en el mismo NYT: para bien o para mal, esta Copa del Mundo cambiará para siempre el modo en que entendemos y disfrutamos del fútbol. No solo por el número de países participantes en los doce grupos de competencia en la primera fase, sino por la amplitud de las aficiones involucradas en cada una de las once ciudades norteamericanas que están siendo anfitrionas de este Mundial, con enormes comunidades de inmigrantes hispanos, asiáticos, africanos y del Oriente Medio que se han volcado a los estadios donde juegan sus equipos de origen natal. El fenómeno se repite en Canadá y, en menor medida, en México donde la inmigración es de pasada hacia el norte.

Las cifras lo refrendan: en los Estados Unidos una revolución del fútbol está en marcha, socialmente inclusiva desde el punto de vista identitario y en oposición a las políticas conservadoras de los republicanos que históricamente han considerado el fútbol como un-American, contrario al espíritu del país y cercano al estatismo europeo y colectivista. Hasta hace un tiempo, odiar la práctica del soccer era tanto o más americano que el pastel de manzana, consigna Rosen, para quien el cambio sideral en la apreciación y recepción no vino de la mano de los esfuerzos realizados en infraestructura escolar, la creación de ligas locales, el perfeccionamiento técnico o el énfasis en la competitividad versus el entretenimiento. El vuelco, dice Rosen, vino gracias al ingreso del país a una cultura futbolística global vía streaming, que sintonizó con la Champions europea, la Premier de Inglaterra, la Liga española y los demás torneos donde fue posible seguir en tiempo sincrónico a las figuras-modelos del fútbol entendido como una religión sin fronteras. La muestra más elocuente fue la atención dada a la final de la Champions League este año, entre París Saint-Germain y Arsenal, y que fue seguida en vivo por audiencias multitudinarias en plazas y espacios públicos en las principales ciudades del país.

“El aspecto más llamativo del soccer norteamericano es la diversidad. Su audiencia es multicultural y plurilingüe. Sus seguidores tienen conexiones globales y vínculos trasnacionales, donde los inmigrantes constituyen la base de la afición”, explica Rosen, quien subraya la transformación que está teniendo al mismo tiempo el fútbol al ser adoptado como un modelo de negocios pragmático y utilitario. Así se explican también los cambios introducidos por la FIFA para ampliar el número de contrincantes, la inserción de bloques comerciales en las llamadas pausas de hidratación, y los contratos de hierro con las ciudades sedes y los estadios en aspectos relativos al marketing y el precio de las localidades. En retribución a estas facilidades otorgadas por la administración norteamericana, que instruyó al Departamento de Justicia para que desistiera de los casos de soborno que pesaban sobre la FIFA desde la era de Sepp Blatter, la organización encabezada por Gianni Infantino designó Premio de la Paz a Donald Trump durante la ceremonia de sorteo en Washington, quien aprovechó la oportunidad de aconsejar un cambio de nombre para la Liga de Fútbol Americano, la NFL, considerando que el soccer es, en rigor, el deporte que se juega todo entero con los pies. “Los norteamericanos no solo se han enamorado de un deporte extranjero; lo han hecho además porque ese deporte está cambiando substancialmente de naturaleza y está siendo rediseñado a imagen del capitalismo y marqueteado para ellos al estilo de un pastel de manzana”, escribe Rosen con frío entusiasmo respecto a lo que era la tradición de los clubes de barrio romantizados por Mediapart.

De poco sirve que Marcelo Bielsa dispare fuego por la boca ante las nuevas normas, que Thierry Henry se indigne ante la extensión de los bloques comerciales en las pausas de hidratación, que los equipos chicos destronen a los grandes y humillen a los héroes de la publicidad: todo forma parte del nuevo ímpetu que está experimentado la religión del fútbol en estos días. Es lo que, finalmente, plantea con toda honradez el venezolano Quico Toro, editor del sitio en línea Persuasión y residente en Japón (mi equipo favorito en este Mundial), quien compara la situación actual del beautiful game con la de aquella doncella rubia en manos de horrible King Kong en el film homónimo de 1933, cuando el gigantesco simio saca de su cama a Fay Wray y se la lleva consigo en una garra peluda hasta el Empire State de Nueva York. Para Toro, la Copa del Mundo es un caso de extraña belleza en la garra de un monstruo llamado FIFA. Tras dejar al desnudo los muchos negocios ocultos de esta Copa del Mundo, con exigencias millonarias sobre las ciudades sedes en seguridad, liberación impositiva, transporte público y refuerzo de infraestructuras, con cifras de retorno que varían entre 11 y 14 billones de dólares para una organización declarada sin fines de lucro en Suiza, donde la FIFA tiene su sede, Quico Toro cierra el maletín de acusaciones y enciende el televisor. No hay boicot que valga ni conciencia revolucionaria capaz de contener el opio del pueblo. Otra vez, dice Toro, como cada cuatro años, “veré el fútbol de la misma manera en que un adicto con conciencia social se mete cocaína por la nariz: con el pleno y nauseabundo conocimiento de que estoy financiando a algunas de las peores personas del mundo, pero siendo sinceramente incapaz de evitarlo”.

Es la alegría y la pasión de la religión, visto que la historia nunca gana el partido.

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ROBERTO BRODSKY
ROBERTO BRODSKY
Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.

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