Crónicas mexicanas a lomos de un ‘Tren suburbano’: el título más reciente de Malpaís

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Cubierta de ‘Tren suburbano’, de Aldo Rosales Velázquez, Malpaís, Ciudad de México, 2019

Dos de los fundadores de lo que muy pronto sería Malpaís Ediciones viajaron de la Ciudad de México a La Habana por febrero de 2011, y no precisamente en tren. ¿Vinieron por mar, rones y delirios tropicales? En cualquier caso, se llevaron a México un cargamento de textos monteados por librerías y, en los oídos, todo lo que alcanzaron a captar por aquí y por allá. Ahora que leo el proemio de Benjamín Morales sobre el cronista de Tren suburbano (2019), el último de los títulos de su editorial (“Conocí a Aldo [Rosales Velázquez] hace muchos años. Una mañana de sábado entró sin demasiados saludos a un taller literario engastado en los linderos de una pirámide rodeada por avenidas. Y leyó. Desde ese momento supe que en él estaba la escritura más vigorosa y encarnada de su generación”), recuerdo que entre los gestos que distinguen a Malpaís está, precisamente, la avidez de sus radares: ese don de mirar y escuchar al otro con una capacidad de asombro a prueba de sismos, a prueba de balas.

El regodeo con la imagen gráfica es otra de sus marcas de agua, como lo indica la frase que han tomado de las arcas de Ulises Carrión: “En el arte viejo, el escritor escribe textos. En el arte nuevo, el escritor hace libros”. Esa casa editorial, que va para una década de existencia y tiene su enclave en la Colonia Narvarte, de Ciudad de México, apuesta por la “capacidad subversiva del libro como expresión artística unitaria y orgánica”, y explora con cada nueva pieza la creación de “una simbiosis entre texto y formato, entre plataforma y mensaje”, por tal de “vestir al texto con un traje a la medida” –de acuerdo con su web oficial–. Casi cuarenta autores que –si vivos– han estampado sus firmas sobre sus ejemplares numerados, y una versatilidad de intereses que los han hecho abrirse a cuento y ensayo, historia, arte, música y crónica, junto a colecciones como la de Poesía Actual y Archivo Negro de la Poesía Mexicana, entrañan los rasgos primordiales de este vivo retrato.

Si algo clave queda por decir es que Gabriela Astorga, Iván Cruz Osorio y Benjamín Morales –los escritores que cofundaron el proyecto editorial “autogestivo” Malpaís Ediciones, junto a los diseñadores Santiago Robles Bonfil y Santiago Solís– organizaron asimismo durante la pasada década el festival poético Vértigo de los Aires, y publicaron la revista de literatura y gráfica Viento en vela. Otra de las aventuras que los unen, desde 2012, es la emisora NoFm-Radio, un espacio construido “en comunidad” y en desacuerdo con “los medios convencionales” por “una pandilla eléctrica y digital” de “niños sin voz y rodeados de estática”, que se definen por el lema “Todo menos miedo”. La programación que transmiten ininterrumpidamente, de lunes a sábado, incluye lo imaginable e inimaginable: revistas noticiosas, deportes y entrevistas, historia política y económica, conversaciones inacabadas sobre arte y literatura, podcasts y playlists, archivos y memorias…

Detengo el dial sobre NoFm porque Tren suburbano fue, inicialmente, más que un sueño de los editores de Malpaís, un puñado de crónicas escritas a pedido, para publicarlas en esa emisora singular. Rastreándolo con su acostumbrado olfato para las delicatessen, Benjamín Morales supo que Aldo Rosales Velázquez (Ciudad de México, 1986) había publicado volúmenes de cuentos como Ciudad nostalgia (Abismos, 2016) y La luz de las tres de la tarde (Fondo Editorial BUAP, 2015) y lo espoleó esta vez a “Hablar sobre la vida en el Estado de México, hablar de su violencia, de sus huesos, de sus personajes. Hablar de todo eso que rodea esta burbuja llamada Ciudad de México, hablar de la vida que la rodea y la asusta”. Así nació este libro que contiene además una docena de páginas ilustradas al estilo de los mejores cómics, por Rosario Lucas –para muchos, Dinamita–, en cuyo perfil de Instagram podemos hojear algunas.

Los raíles sobre los que se desplaza esta recua de páginas son más de dos. Y las ruedas se acompasan de Cuautitlán (ʻlugar entre árbolesʼ) a Teoloyucan, pasando por Tlazala, para visitar a una abuela. Como en los días de domingo en el DF, cuando frente al Bosque de Chapultepec se cierra la avenida para que transiten patines y patinetas, bicicleteros y carriolas, Aldo Rosales se mueve entre sus personajes con un poder de observación que encuentra su equilibrio ora aguzando un sentido ora aguzando otros. Sus instantáneas son profundas aun en su brevedad. Y cuando revela los negativos, deja un halo simbólico en los páramos, en los rostros que muestra, como iluminándolos desde dentro, sin externalismos; como colándose en los vericuetos de su pensamiento, sin trastabillar porque se conoce bien el musgo y la yerba reseca que abrigan los durmientes…

Pregones o puentes, la cortesía del saludo o el egoísmo del cansancio, ofrendas a los muertos y fuegos de artificio, norias de feria y vendutas, relojes despertadores y saltimbanquis con su música, asilos y hospitales, rings y combis, oficios por toda herencia y perros bordados contra el asfalto, la esclavitud del ritual de las horas entre la obreríada y el respiro de la fe entre los creyentes. Referentes míticos y bíblicos aderezan el terreno que peina con una perspicacia más que de flâneur, de reportero al pie de la horca. Como un observador participante –porque de antropología y sociología tiene también su trabajo documental– lo que retrata nos llega; le duele.

Al adentrarme en Tren suburbano pensé en dos de los libros que atesoro de Malpaís Ediciones y fui a buscarlos. No me sorprendieron los senderos que a todas luces los reconectaban con este que ahora leo, como puentes levadizos, como las líneas de la telaraña subterránea de ese metro en continua erupción que habita la Ciudad de México y que Aldo Rosales recorre como la palma de su mano. Uno vino a ser El paseante (2016), de Antonio Calera-Grobet, justo el autor y gestor cultural que maneja los hilos de Mantarraya Ediciones, que incluso en algún momento pensó prohijar las crónicas que hoy nos ocupan. El otro, vino a ser Nada aquí (2018), de Emmanuel Piña, quien lo dibujó de principio a fin para ilustrar un día cualquiera de desandaduras por el Centro Histórico de la otrora “Ciudad de los Palacios”.

El paseante tiene en la cubierta un perro callejero y viene encabezado por un prólogo de Aldo Rosales, quien pondera el caminar como ejercicio de creación y memoria. Nada aquí, que sólo intercala con sus trazos de color (verdirrojos, azules y naranjas, rosados o verdeamarillos) algunos tópicos (“vieja ciudad de hierro”, “el capricho”, “dos naciones”, “asalto chido”), abre y cierra con las palabras de Calera-Grobet, quien nos invita a abandonarnos por estas páginas “con el brío desenfadado de un perro vagabundo”. Las coincidencias me hacen sonreír al solazarme en esas redes asociativas que unen a los afines y me hacen recordar que pronto quizás me rinda al regalo de un amigo, que gusta de “caminar sus libros” por España y me ha retado a probar esa emoción –ahora que los audiolibros son el último grito de la moda–. Dudo que haya muchos en español, pero me encantaría encontrarme con títulos que tengan el sabor de lo que se cocina en los hornos de Malpaís, o el retintín de lo que eleva las audiencias de NoFm.

En las maletas de los Malpaís se fueron un día mis Huecos de araña (2009) y en algún resquicio de su memoria obnubilada por tantos soles, fueron también los jirones de mi manuscrito de “Ratas en la alta noche”. En octubre de 2011 caí de bruces en su catálogo como por arte de birlibirloque y fui a parar al festival Vértigo de los Aires. Allí, entre las jornadas y las lecturas, el vagar y el divagar por la urbe, en comunión con gestores independientes del libro de Chile, Perú, Puerto Rico, Guatemala y México mismo (Alquimia, Cinosargo, Atarraya Cartonera, Catafixia, Proyecto Literal), me salí de alguna fiesta y fui a parar a un tren suburbano.

Lo recuerdo remotamente. Eran casi las 12 y a medianoche cerraba el metro, de modo que si no llego a reaccionar rápido para comprar los boletos de regreso, me hubiera quedado varada en aquel limbo al que hoy vuelvo gracias a Aldo Rosales. Más que por el miedo de perderme, he guardado siempre con cierto orgullo bobalicón la anécdota de ese extravío porque intuí lo que este libro me demuestra hoy con creces. El umbral a una dimensión desconocida, tan al alcance y tan lejana; esa euforia escalofriante de conocer una ciudad más allá de las rutas mapeadas para el turismo, que aunque suelo perseguir, no siempre logro ver sin gafas de extranjera.

Yo no escarmiento –me digo al verme ya in partenza–. Como el cronista al estamparlas aquí, me dejo llevar –cabeza recostada en ventanilla– por la fumarola de estos vagones trotamundos. Con “los ojos y los oídos muy abiertos”, replegado el yo para dejar que se descorra el telón en mí –como sucediera ayer en él–, voy viendo entrar a sus habitantes y al Estado de México, que se me anuncia como protagonista principal de esta noche de rondas. Subirse al Tren suburbano, en su edición roja o amarilla, te deja en el estómago el mismo sobresalto de la montaña rusa. No dejes que te lo cuenten, mejor sal a buscarlo.


Nota: Una versión anterior de este texto se publicó con un error relativo a los datos de publicación del libro que aludía a una coedición con Mantarraya Editorial. El libro Tren suburbano (2019) es una publicación de Malpaís Ediciones.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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