Cuba: el rostro macabro de la resistencia

La resistencia de Cuba, dicho así, como quien no necesita especificidad alguna, con la aparente gravedad, pero profunda ligereza de las consignas, aquieta la conciencia de quienes no han querido darse nunca cuenta de que resistencia significa realmente aguante, normalización de la miseria, subordinación acéfala; una fábula miserable al servicio de los cómplices.

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Resistencia es de esos términos que he terminado por echar a la papelera de reciclaje. No tiene nada malo por sí mismo; ninguna palabra tiene nada de malo por sí misma, pero tampoco ninguna existe en el vacío, así que, en su más corta o más larga existencia, carga irremediablemente no solo con la carga de origen (la etimología) sino también con aquellas transformaciones que el uso le fue agregando. Leyendo sobre comunidades indígenas y afrodescendientes, he llegado a comprender que resistencia no logra transmitir de qué se tratan exactamente la voluntad y la acción de un pueblo por sostenerse, de acuerdo con sus propias premisas, frente a las fuerzas que pretenden eliminarlo. Algunas alternativas aparecen frente a esa limitación, como reexistencia, para implicar que no se trata de aguantar, y mucho menos de limitar el proyecto de existir con rostro propio a soportar los intentos de imposición y los ataques externos sino de reinventar, en condiciones casi siempre desfavorables, una forma de ser que sea digna de ser vivida.[1] O sea, se usa reexistencia en lugar de resistencia para implicar que hay un proyecto ulterior en la resistencia, que hay un más allá, un horizonte al que dirigir los esfuerzos que demanda estar vivos.

En los mundos urbanos contemporáneos, resiliencia fue otro intento de salida a la rigidez del término, enfocando la capacidad de soportar una situación difícil, a través del lente de la adaptación, aunque a diferencia de reexistencia, su alcance es el ámbito individual. Ser resiliente es ser capaz de adaptarse a través de estrategias generativas; de convertir el mero aguante en un hecho valioso, cuyo fin no se agota en sí mismo.

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Pero cuando escucho resistencia en el contexto cubano, estoy segura de que no hay en el término –en los usos que solemos darle cotidianamente– ni un proyecto ulterior más allá de la supervivencia misma, ni una capacidad particular de adaptación que no sea, en este punto, normalización de la opresión totalitaria, con todo y la violencia y el horror que eso conlleva. Hay posiblemente por el agotamiento que el uso instrumental, cosmético, o puramente propagandístico produce en las palabras, un lado oscuro de la resistencia, en la que termina significando realmente una capacidad para soportar el atropello más allá de lo que es humanamente permisible. Tal significado, que no viene en el diccionario, pero es reconocible para quienes habitan en ese universo del atropello normalizado, me quedó claro cuando hace unos meses la persona que más quiero en el mundo (aunque ya no está en él) me dijo, en referencia al tiempo excesivo que había tenido que esperar para un examen médico que requería ayuno: “Estos singaos nos han enseñado a aguantar hasta lo inaguantable”. La frase contiene no solo el significado, sino el origen de un significado que convierte a la resistencia, más que en una práctica, en una afección. La despoja también de cualquier pretensión ulterior; no se resiste para algo más, como medio para un fin, porque de esa resistencia vaya a emerger algo útil o significativo; se resiste porque sí, porque no hay de otra, y en esa retracción hacía ella misma, la resistencia se convierte en aguante de lo inaguantable.

Sabemos quiénes son “estos singaos”. Esa expresión –“mala” pero certera, porque para quienes nos oprimen no podría haber palabra “buena” o correcta que los designara con precisión– es el plural para referirse a la cúpula dirigente cubana, esa élite parásita que se lo ha comido todo y lo ha matado todo, pero sigue repitiendo que el pueblo resiste, sobre todo frente al imperialismo. Frente al imperialismo, claro, porque la propaganda que emana de esa cúpula no podría reconocerse jamás como la razón que demanda la resistencia; para eso están el imperio, el bloqueo, el enemigo. Ni un mínimo de responsabilidad cabe a esos que han vendido como virtud la resistencia del pueblo al que explotan, y con ello han perpetuado la opresión a la que lo someten. Demandan resistencia, mientras se desentienden de las consecuencias. Pero el “nos han enseñado” implica además que no se trata únicamente de un uso perverso del término por parte de quienes imponen el sufrimiento; significa también que resistir ha constituido una parte deliberada de la forma de vida en “revolución”. Revolución es, sobre todo, resistir; resistir y sacrificarse en nombre de un futuro prometido que, ya sabe, nunca llegó y nunca llegará. Resistir y sacrificarse para el beneficio de quienes lucran luego con el resultado del sacrificio y además nos exhiben, literalmente, como víctimas sacrificiales.

Habría que empezar por decir que resistencia ha sido un término de uso privilegiado por parte de la cúpula y también por parte de la cohorte de intelectuales afines al régimen cubano, algunos obnubilados por sus promesas y ciegos a la realidad, otros convenientemente funcionales en virtud de los privilegios académicos. La noción de resistencia ha resultado central en la disolución de la separación entre la sociedad y el gobierno cubanos, sin la cual sería imposible hacer ese uso laxo y persistente de Cuba, como adjetivo en el que confluyen y se colapsan un Estado, un gobierno, un régimen político y una sociedad entera. Con semejante conflación, no es de extrañar que resistencia termine por aportar a ese conjunto un halo místico que impide una observación más precisa. Así, alguien como Pablo González Casanova puede escribir todo un artículo con una pregunta supuestamente objetiva al centro –¿por qué resiste Cuba?– y apelar a todo tipo de racionalidades –como cuando dice “fenómenos que los matemáticos consideran extremadamente no lineales”–, para responder desde el mismo inicio con la respuesta que un amigo le dio: “Cuba es la mejor prueba de la existencia de Dios”. Ni tiene mucho sentido dedicar tiempo a una elaboración cuya premisa misma es errada. La idea de que ha sido Cuba la que ha resistido, es de por sí suficientemente inconsistente como para perder tiempo intentando demostrar que ni Dios ni las matemáticas tienen absolutamente nada que ver con la respuesta a esa pregunta.

La resistencia de Cuba, dicho así, como quien no necesita especificidad alguna, con la aparente gravedad, pero profunda ligereza de las consignas, aquieta la conciencia de quienes no han querido darse nunca cuenta de que resistencia significa realmente aguante, normalización de la miseria, subordinación acéfala; una fábula miserable al servicio de los cómplices.

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Pero no fue suficiente para la cúpula parásita y criminal que gobierna Cuba, y que se toma además el atrevimiento de hablar en nombre de cualquiera que quisiera atreverse a reclamar el mismo sustantivo –¿acaso no es también Cuba el exilio, la diáspora, los grupos marginalizados y el largo etcétera de todo lo que no es el régimen?– invocar a la resistencia para construir el relato que impide mirar el sufrimiento. Intentó además ponerse a la altura no de los tiempos, sino del lenguaje de los tiempos, y añadirle a eso la supuesta creatividad que vuelve a la resistencia realmente invencible. “Resistencia creativa” es probablemente el único aporte lingüístico (y no necesariamente conceptual) que Miguel Díaz-Canel ha hecho a su autodeclarado designio de ser continuidad. Pudiera parecer delirio eso de que el sufrimiento no solo no es sufrimiento, sino que además puede ponerse creativo, pero en realidad es propaganda. En medio de esa propaganda irrumpe, en algunos momentos, alguna tímida lucidez que ilumina tan poco que ni siquiera echa sombra. Como cuando el propio gobernante dijo el 18 de junio, en el Pleno del Partido Comunista, que “hoy la resistencia no basta”. Unas semanas después, decía en entrevista a Folha de Sao Paulo, que Cuba no era un país en colapso porque la resistencia creativa lo evitaba. Entre la lucidez efímera y la insistencia en el delirio, lo único que medie sea quizás la conciencia del destinatario.

La propaganda del régimen ha sido siempre doble; lo que se dice para el consumo de los aliados no es necesariamente lo que se dice para el consumo de quienes viven en el cautiverio. A veces incluso pueden confluir ciertas líneas: finalmente el término es el mismo, pero no pretenden producir el mismo sentido. Lo que se les dice a los resistentes es: ustedes tienen que aguantar. Y tienen que aguantar hasta hundirse en el mar, hasta dar la vida y ofrendar lo poco que queda de ella por la patria, que es en este punto dar la vida por los privilegios de la élite. Lo que se les dice a los simpatizantes es: sígannos defendiendo, sigan soñando con la utopía y no presten mucha atención al sufrimiento y la penuria; ese es el precio a pagar por la utopía y ellos (los resistentes) están más que dispuestos a pagarlo. Está tan naturalizado este estado de cosas que alguien puede decir, en un país como México, sin ruborizarse ni detenerse a pensar un momento lo que dice, que “Cuba tiene que resistir, porque para mí, Cuba es un símbolo al que no podemos renunciar”. Hay que hacer un esfuerzo y tragar en seco realmente después de semejante declaración. Y, a la vez, es posible entender que tal fervor revolucionario, por el cual esa persona no va a tener que dar la vida (para eso están los cubanos), no se detiene en pensar en las víctimas sacrificiales. Esa persona creció, militó, construyó su vida entera en torno a una abstracción que no tiene gente adentro. De ese nivel de deshumanización es el relato de la resistencia. Quienes resisten, en realidad no existen para quienes los demandan como parte del relato de la revolución invencible.

Pero los resistentes no quieren resistir ni un minuto más. No quieren ser los perfectos guerreros a los que Dios da las más duras batallas. No quieren ser la frontera final de la resistencia al imperialismo. No quieren dar la vida por el socialismo, ni hundirse en el mar antes de traicionar quién sabe qué gloria que se ha vivido, ni ser la Cuba que sirve al discurso de quien no tiene que vivirla, o la vive desde un sitio al que no llegan el hambre, la represión ni los apagones. Los resistentes están hartos; pidiendo, lo mismo por piedad que por justicia, que acabe esa larga noche del totalitarismo, que se pueda por fin vivir, sin pagar el precio de una abstracción que causó ya demasiadas tristezas, y sin que sigan mirándolos como quien mira al cordero insumiso que abandonó el rumbo, o al sumiso que se puede respetar, pero únicamente a condición de que esté muerto. Los resistentes son unos malos revolucionarios, porque han tenido la osadía de comportarse como no se espera de ellos, y porque la revolución se convirtió en una pesadilla, de la que habrá que salir inevitablemente. Los resistentes tienen hambre y sed de justicia, y ya inventarán qué nombre ponerle al deseo que hará que la larga noche ceda a la mañana.


[1] Cfr. Adolfo Albán Achinte: Prácticas creativas de re-existencia. Más allá del arte… el mundo de lo sensible, Ediciones del Signo, Buenos Aires, 2018.

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HILDA LANDROVE
HILDA LANDROVE
Hilda Landrove. Investigadora, ensayista y promotora cultural cubana radicada en México. Se ha dedicado durante años al emprendimiento social y cultural, y más recientemente a la investigación académica en temas de antropología política. Es Dra. en Estudios Mesoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Entre sus principales líneas de investigación se encuentran la acción política en contextos cerrados, los movimientos políticos de los pueblos amerindios y las dinámicas del poder y el contrapoder a través de las disputas narrativas en la esfera pública. Es profesora de Cátedra del Tecnológico de Monterrey (campus Querétaro). Conduce y coordina el podcast Caminero.

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