Fotograma de ‘Mayor’, David Osit, 2020

En la película Mayor (2020), del norteamericano David Osit, hay al menos dos escenas memorables: una es cuando Musa Hadid, alcalde de Ramallah, la capital palestina administrada por la Autoridad Nacional liderada por Mahmoud Abbas, solicita un aparato de televisión para seguir las informaciones sobre la decisión del gobierno de Donald Trump de trasladar su embajada a Jerusalén. Uno supondría que el aparato debía estar ya en la oficina del alcalde Hadid, pero en Ramallah las cosas no son como en cualquier otro municipio del mundo: sin recursos, obligado a atender hasta las multas de tránsito por falta de personal, y agobiado entre los infinitos problemas domésticos y las incursiones arbitrarias del ejército israelí, el alcalde Hadid busca un televisor para hacerse un cuadro del momento. Una secretaria corre, un asesor mueve los brazos. Hadid, un hombre aplomado y bondadoso, incapaz de irritarse y perder la paciencia, espera en la oficina a que alguien traiga el maldito aparato para tener detalles de la maldita noticia.

Mayor fue estrenada hace justo un año en el festival de documentales True/False Film Fest, y la llegada de la pandemia obligó a distribuirla para su exhibición reciente a través de Film Movement (se puede ver en streaming vía Film Forum). La particularidad es que Mayor no es un film de guerra, tampoco uno sobre el conflicto palestino-israelí, y sin duda no es un film ideológico. Es una película sobre el acalde Musa Hadid y su esfuerzo por hacer de la ciudad un lugar de encuentro, trabajo, y habitación. Habitar, para Hadid, es cuidar lo propio y el mundo que te rodea, por mucho que a veces ese mundo resulte hostil. Lo curioso es que la condición que puso el alcalde para grabar Mayor fue que Osit no lo considerara como el personaje principal del film. El director estuvo de acuerdo pero solicitó volver a tratar el tema una vez rodada la película. Toda ella gira en torno a la idea de evitar los lugares comunes sobre el Medio Oriente, Palestina, su pueblo, el conflicto con Israel, la compleja vecindad e identidad de ambas comunidades. Para Osit, todo el esfuerzo estaba puesto en que la audiencia no relacionara el film con las imágenes arquetípicas y gastadas que se muestran sobre Palestina: milicianos encapuchados marchando para el combate, calles ardiendo entre neumáticos y piedrazos, soldados disparando, marchas, cielos nudosos y oscuros. Kitsch de izquierda, en el fondo, muy adecuado para el ojo occidental. En palabras del director, se trataba de “asegurar que la película no estuviera enraizada en la idea de un conflicto previo o de un relato político del lugar. El film es sobre un hombre que es alcalde de una ciudad, y mientras lo sigues a él, sigues la historia donde se desarrolla”.

Y la historia del conflicto llega, por cierto, pero en el modo y el momento en que se hace posible dejar fuera cualquier creencia ideológica o religiosa para ponerse del lado de Hadid para defender el hábitat de Ramallah. En una reunión municipal, una consejera propone instalar una pancarta promoviendo el activismo con la causa nacional palestina, y Hadid se opone: el gobierno de la ciudad es de la ciudad, dice, no tiene causas externas fuera de mejorar la vida real de las personas y tratar de solucionar sus problemas. Vienen luego los preparativos de Navidad con un juego de luces y agua en la fuente principal que tiene un difícil pronóstico de éxito, el anuncio de Trump sobre Jerusalén, las soluciones caseras para conseguir un televisor, las protestas contra Trump en las calles, Hadid disfrutando en su casa de unas cuantas horas de tregua. Más que una autoridad en el sentido tradicional, el alcalde de Ramallah es un cortafuegos, un técnico experto en conflictos y un plomero avezado en crisis y cañerías bloqueadas.

Viene entonces la segunda escena memorable del film: es de noche, la fuente de luz y agua ha logrado sortear las dificultades mecánicas, pero frente al edificio del municipio los jóvenes palestinos se enfrentan con los jóvenes soldados del ejército israelí. Es de noche y la situación es tensa fuera y dentro del edificio. Hadid decide salir a la calle. Es la autoridad del lugar, y exige respeto hacia las instalaciones de la alcaldía. La escena es memorable porque no tiene una pizca de odiosidad sino más bien convicción, asombro ante la descarada torpeza que muestra el gobierno de Israel para tratar con sus vecinos. Y Osit no pierde el pulso: reporteros de radio y televisión se acercan rápido al alcalde mientras los soldados se retiran lanzando bombas lacrimógenas en los alrededores del edificio. Entonces Hadid dice lo que todo espectador tiene ganas de decir: ¿Qué hacen esos soldados israelíes en ese lugar y a esa hora? ¿A qué vinieron? ¿Qué pretenden? ¿Dejar claro que Ramallah es una ciudad bajo ocupación? La palabra sale por boca de Hadid como un lamento escondido detrás de un insulto: incluso se corrige a sí mismo en algún momento para aclarar que se trata efectivamente de una ocupación.

Los días siguientes el municipio trabaja en reparar los daños dejados por la incursión de los soldados. La escena antecede a la celebración de Navidad. A diez minutos de allí, en auto, nació Jesús hace más de dos mil años, y Ramallah celebra su condición de ciudad cristiana con juegos de agua y luz en la fuente municipal. Los vecinos se reúnen alrededor con sus familias, lentamente, como convocados por la tonalidad azul que adquieren los chorros de agua en la noche de la plazoleta. Se trata de esto, nada más. De hacer ciudad, y convertir a los que la pueblan en ciudadanos del lugar.

Allí termina Mayor, el film sobre el alcalde de Ramallah, y me quedo pensando en la entereza y el buen juicio de Musa Hadid frente a la mala suerte que tenemos los chilenos de que nos tocara el alcalde de la comuna de Recoleta Daniel Jadue como representante de facto de la comuna palestina. Miembro del Partido Comunista y candidato a la presidencia el próximo año, Jadue fue señalado por sus dichos entre los diez incidentes antisemitas de mayor gravedad durante el año 2020, de acuerdo al registro regular del Centro Internacional Simón Wiesenthal, una ONG con sede en Los Angeles y dedicada a denunciar la xenofobia, el racismo y el antisemitismo a nivel mundial. Para Jadue quizá la mención haya constituido un honor. Militante de Al Fatah, ingresó a la política a través de la causa palestina, pero se retiró del grupo de Arafat en protesta por los acuerdos de Oslo que en 1993 pusieron Cisjordania y la Franja de Gaza bajo la administración de la Autoridad Nacional Palestina, con Ramallah como capital política y cultural.

Paradójicamente, Jadue ha acusado desde su puesto edilicio a la comunidad judía local de “doble lealtad” y de servir como agentes de Israel para incidir en los medios de comunicación chilenos. Es la misma acusación que podría recaer sobre Jadue respecto de su biografía política en su relación con Palestina, primero, y luego con la Tercera Internacional que alineó a todos los partidos comunistas detrás del PC soviético. Donde está Recoleta en este recorrido sólo los votantes pueden saberlo. El caso es que Jadue ha sido un buen alcalde, exitoso en sus planes de farmacia popular y otras iniciativas comunales, al punto que subió al panteón de los presidenciables sabiendo que tiene dos aliados fundamentales: el Partido Comunista Chileno, y la mayor comunidad palestina en el mundo residiendo fuera del mundo árabe, con 350 mil miembros y una poderosa red financiera y comercial.

La doble lealtad sin embargo radica en los “sionistas”, como Jadue se refiere a los judíos que no están a favor de borrar a Israel del mapa (sionista, en el diccionario, es quien apoya la existencia de un Estado judío independiente, como los mapuches cuando luchan por una autonomía respecto del Estado chileno, o como los palestinos que luchan por un Estado propio vecino al estado de Israel). Es precisamente esa ‘doble lealtad’ esgrimida por Jadue sobre la colonia judía chilena la que gatilló la condena del Centro Wiesenthal, ya que la acusación está incluida en la definición de antisemitismo que utiliza la Alianza Internacional del Recuerdo del Holocausto (IHRA, por sus siglas en inglés).

Como fuera, las reacciones en Chile a la inclusión de Jadue en el top ten de los antisemitas del 2020 no se hicieron esperar. Desde el jefe del partido demócrata cristiano, Fuad Chahin, hasta una Red Internacional Judía Antisionista (sic), radicada en Argentina, y pasando por un grupo de 40 judíos progresistas afines a Jadue, la denuncia devino acusación sobre el Centro Wiesenthal por adoptar “de manera acrítica opiniones distorsionadoras de la realidad por parte de sectores de la ultraderecha chilena”, como dice la declaración de los judíos progresistas en su parte final. Reviso los nombres de los firmantes: algunos son amigos, otros muy amigos o casi hermanos por las vidas vividas, y por ahí algún pariente. Parafraseando al propio Jadue, que ha dicho reiteradamente que no tiene problemas con los judíos sino sólo con los sionistas, yo diría que no tengo problemas con los comunistas sino sólo con los antisemitas. Mi problema son seis millones de problemas, según cifras imparciales, que es el saldo dejado por el antisemitismo en el Holocausto, hace menos de un siglo. Incluso más: creo que la probada lealtad de los judíos comunistas hacia el partido no tiene ninguna relación de equivalencia con la del partido hacia los judíos de sus propias filas. Cuando el antisemitismo ha dominado el rumbo, el partido ha sabido separar con diligencia a los elementos desviados del rumbo que dicta la historia del proletariado triunfante.

Pero la cuestión es saber: uno, si el Centro Wiesenthal está siendo manipulado por la ultraderecha chilena; dos, si hay agentes de la Mossad infiltrados entre los l5 mil miembros de la comunidad judía chilena para incidir en las decisiones del Ministerio de las Culturas; y tres, si Daniel Jadue (un nombre hebreo donde los haya) mantiene su doble lealtad con la lucha palestina y actúa como caja de resonancia de Hamas en Recoleta. Como todas son hipótesis absurdas consideradas por separado, es mejor juntarlas bajo la teoría de la supremacía racial formulada por el propio Jadue en una entrevista de 2014 con Eduardo Muriel y publicada en España: “Los palestinos, y hablo del crisol de pueblos que conforman la cepa étnica, la familia palestina, que no es una unidad sino una mezcla absolutamente poliédrica y multicultural, han desarrollado una capacidad de resiliencia formidable. Uno ve las ciudades árabes y sabe que estaban ahí hace miles de años. Se han ido construyendo. Uno ve las ciudades israelíes y son un plano. No respetan la geografía, la historia, no tienen secuencia, nacen por generación espontánea. Es algo que no tiene una preexistencia, no se puede tirar de la hebra y buscar en los antepasados. En las ciudades árabes cada casa habla de la identidad de su propia familia. En Israel no hay una identidad, sino una estandarización absoluta”.

Ufff, la que nos espera con el presidente Jadue. La última vez que alguien habló así de su singularidad, la “cepa alemana”, fue un canciller que llegó al poder prometiendo la paz y se llevó a la tumba sesenta millones de almas, un diez por ciento de ellas almas judías. De un alcalde a otro, de Ramallah a Recoleta, de Musa Hadid a Daniel Jadue, hay uno que sabe dónde está su corazón y su gente, y hay otro que busca a sus enemigos con la espada de los santos inocentes.

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Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.

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