'Zola, ultrajado', Henry de Groux, 1898
'Zola, ultrajado', Henry de Groux, 1898

La reciente edición de Los setenta y cinco folios (Lumen, 2022), el manuscrito desperdigado en varios carnets de Marcel Proust, entre 1907 y 1908, y que muchos críticos habían anunciado como esbozos de En busca del tiempo perdido, viene a refrescar el debate sobre literatura y antisemitismo en el escritor francés y en la gran narrativa del siglo XX, que arranca con él.

El joven Proust fue un dreyfusard en 1895, más discreto que Émile Zola, pero más resuelto que Anatole France. De acuerdo con Léon Blum, en Souvenirs sur L’Affaire (1935), fue Proust quien convenció a France que firmara el manifiesto de L’Aurore, en apoyo a Dreyfus y a Zola, luego de la publicación de “J’accuse”. En aquellos días, Proust salió de su tradicional retraimiento y fue a salones, cafés y conferencias a combatir el antisemitismo.

En El hombre de la bata roja (Anagrama, 2021), Julian Barnes propone un paralelo entre el dandismo y el decadentismo francés e inglés, a fines del siglo XIX. Sigue la pista a personajes como el príncipe Edmond de Polignac, el conde Robert de Montesquiou y el doctor italiano Samuel Jean Pozzi. Los tres cruzaron el Canal de la Mancha varias veces en los años del caso Dreyfus.

Nacionalismo y antisemitismo se entrelazaron desde entonces en la historia de las fricciones entre Francia y Alemania. Dreyfus, la pérdida de Alsacia y Lorena o el desempeño actoral de Sarah Bernhardt eran causas frecuentes de duelos a muerte en la ciudad letrada francesa. El anciano Catulle Mendès y el joven George Vanor se batieron porque el segundo aseguró que Bernhardt, por su delgadez y su edad, era incapaz de interpretar a Hamlet. Mendès estuvo a punto de morir de una herida de espada en el peritoneo.

Por aquellos años se produjo el extraño duelo entre Marcel Proust y Jean Lorrain. Dado que todo estaba contaminado por el caso Dreyfus, difícilmente el motivo del duelo fue únicamente la reseña adversa y homofóbica de Lorrain sobre Los placeres y los días. De acuerdo con el relato de Barnes, los duelistas escogieron pistolas y dispararon a veinticinco metros de distancia. Ninguno resultó herido: los dos tiros fueron al aire.

En Los setenta y cinco folios, Proust retrataba a su tío judío Louis Weil, de sabiduría venerable, y también a su bisabuelo Adolphe Crémieux, un abogado y político profundamente involucrado en la defensa de los derechos de los judíos en la Francia de la III Republica. Más que en En busca del tiempo perdido, donde el caso Dreyfus se refiere como triste acontecimiento del pasado, aquí el rechazo de Proust al antisemitismo es más transparente. Describe con desagrado los estereotipos contra los judíos que se propagan en La Libre Parole y L’Action Francaise, a pesar de que Dreyfus había sido exonerado desde 1906.

En Desde dentro (2021), las memorias de Martin Amis sobre su amistad con Philip Larkin, Saul Bellow y Christopher Hitchens, uno de los temas centrales es el antisemitismo. Cita Amis a Ron Rosenbaum, en Explicar a Hitler, quien, a propósito de aquellos años del caso Dreyfus, asegura: “el antisemitismo francés fue bastante peor, mucho más virulento, arraigado y enconado que el de Alemania en el periodo de la Primera Guerra Mundial”.

El libro de Amis expone lateralmente la contradicción entre las figuras del padre literario, Saul Bellow, y el hermano literario: Christopher Hitchens. Mientras el primero era reconocido y agasajado en Tel Aviv y Jerusalén, el segundo era un crítico incómodo del proceso de asentamiento y colonización en territorios palestinos, presumía de su amistad con Edward Said y deploraba el militarismo y las alianzas diplomáticas de Israel con regímenes antiliberales.

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En su libro, Amis glosa y comenta puntualmente casi toda la obra de Larkin y Bellow, pero no hace lo mismo con Hitchens. En ese trato disparejo se unen las filias y fobias de Amis como lector: veneración de la poesía, respeto por la novela y subestimación del ensayo. Pero también el hecho de que Hitchens sea su contemporáneo, un hermano que muere a los 60 años, obligándolo a lidiar con la sobrevida.

Es conmovedor el relato de Amis sobre la muerte de Hitchens y sus notas sobre Mortalidad (2012) no podrían ser más honestas y pertinentes. Pero el lector se queda con ganas de saber más sobre la lectura de Amis de Imperial Spoils (1987), Juicio a Kissinger (1992), Cartas a un joven disidente (2003) y Dios no es bueno (2008). Tal vez, lo que Amis evitaba, con su no lectura, era enfrentarse a una crítica al antisemitismo que no fuera condescendiente con el militarismo y la política de Israel en el Medio Oriente.

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Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros. Desde julio de 2019 ocupa la silla 11 de la Academia Mexicana de la Historia.

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