Piñera en la Ciudad Celeste (FOTO J. García)
Piñera en la Ciudad Celeste (FOTO J. García)

Publicada por vez primera en edición de su propio autor, en mayo de 1943, La isla en peso sigue siendo no solo uno de los pilares que sostiene la obra de Virgilio Piñera, sino uno de los poemas más radicales y controvertidos de nuestra tradición lírica. Las reacciones que desencadenó, en un periodo que marca uno de los momentos de mayor intensidad en la biografía de Piñera, se extienden hasta el día actual, a ocho décadas de su aparición: un acontecimiento que, para variar, ha sido ignorado en el repaso de la memoria cultural de su país, en este 2023 tan caluroso y agobiante como debieron haber sido algunos de sus versos más hirientes para ciertos lectores exquisitos. Entonces, y tal vez también ahora.

El 23 de octubre de 1969, cuando Piñera obtiene el permiso de Raquel Revuelta para ofrecer en la sala de Teatro Estudio una lectura de poemas, es La isla en peso el texto que dio arrancada a esa velada extraordinaria, precediendo a otros textos que el autor leyó, o que declamaron intérpretes de la célebre compañía, como Adolfo Llauradó o Isabel Moreno. En ese mismo año, Ediciones Unión había publicado La vida entera, el repaso muy personal que Piñera había establecido como una antología de su obra poética, y ahí, claro está, estaba el largo poema, dispuesto a enfrentarse a toda una nueva generación de lectores, que probablemente no hubiesen visto nunca la plaquette que él sufragó y que salió de las prensas de la Tipografía García. En esa edición príncipe, la extensa tirada que es La isla en peso viene precedida por una suerte de exergo, que luego no repiten las apariciones posteriores del poema:

Uno: –¿…alaba o maldice?–
Otro: … Eso no importa–

Esas líneas presagian las reacciones que el texto provocaría, y ya para esas fechas Piñera esperaba tal efecto. La isla en peso era parte de su maniobra como agitador del panorama cultural cubano, en el cual ya él había advertido los síntomas de adormecimiento que denunció en los dos únicos números de su revista Poeta, que vieron la luz entre noviembre de 1942 y mayo de 1943, coincidiendo la impresión del segundo y último con la publicación de La isla en peso. El autor que había mostrado su empeño más depurado con Las Furias, otra plaquette de 1941 aparecida como uno de los cuadernos de la revista Espuela de Plata, da un salto descomunal en términos de ambición y capacidad visionaria para extender ante nosotros un mapa sobre el otro, una isla sobre la otra, renegando de los lugares comunes que incluso para el vocabulario de la poesía moderna que trata de imponerse en ese ámbito, resultó chocante y contradictoria. Piñera, tal y como había evidenciado en Poeta, sobre todo en sus artículos titulados “Terribilia Meditans”, se alzaba como un crítico implacable y negado a hacer el juego de las concesiones, como una voz solitaria que conocía el precio de su atrevimiento, y que a la vez disfrutaba el resquemor y la incomodidad que su verbo provocaba entre aquellos adormilados de otras generaciones y aun de la suya propia.

En la página de cierre del primer número de Poeta, Virgilio Piñera intercala un breve texto: “Noticia para Ulises”, en el que apresura su diagnóstico acerca de lo que son, en aquel momento, varias de las glorias vivas (y para él, por lo tanto, discutible) de la lírica cubana. “Puede que Ulises –extranjero eterno, viajero eterno– nos visite.” Esta irónica línea de arranque parece extenderse con la aparición de ese “extranjero llegado de playas remotas” que “preguntaría inútilmente qué proyectos tenemos”, en uno de los pasajes más lúcidos de La isla en peso. En el mismo periodo, se afirma que Piñera termina su Electra Garrigó, no estrenada hasta 1948 por Francisco Morín, y la conexión entre su palabra poética y los parlamentos de su primera pieza teatral de importancia confirman el parentesco. La isla en peso funciona como un puente a través del cual Virgilio demuestra un grado de madurez que se amplía a sus ensayos de la época, sus primeros cuentos, a sus reseñas críticas, a las polémicas que ya en aquel instante sostenía con Cintio Vitier, Gastón Baquero y Lezama Lima (la mitificada bronca física entre ambos ocurrió ese año), en ese intermedio en el cual aún no existía Orígenes, pero ya se avizoraban las torres de ese reino, a las que el francotirador Piñera no dejaría de apuntar. La isla en peso era un preludio de esas batallas. Y los que se integraron al mundo letrado de Lezama no iban a dejar de responderle.

Pero antes que recordar los ecos de esa lipidia, valdría apuntar varias cosas sobre la edición príncipe del poema. Quien se tome el trabajo de localizar un ejemplar de La isla en peso de 1943, y lo lea a manera de espejo contra el texto que su autor reproduce en 1969 como parte de La vida entera, comprobará que se trata de dos versiones. Habría que hablar de una reescritura, más que de una simple revisión, teniendo en cuenta algunos de los cambios. Así como reescribió y revisó sus obras para que se publicasen en el Teatro Completo (Ediciones R, 1960) y La carne de René, según testimonio de Antón Arrufat, con vistas a la edición que luego aparecería en Alfaguara tras su muerte; las huellas de ese repaso crítico a su propia poesía se hacen evidentes en la segunda impresión de La isla en peso. No se trata solo de limpiar de alguna errata la primera edición, también la mano avezada del escritor maduro que es a sus 57 años Virgilio Piñera ajusta el tono enfático del poema para hacerlo menos sentencioso y más fluido, tensando versos, recolocando signos de puntuación, eliminando algunas reiteraciones, y dando una cohesión discursiva al poema que elige la variante que mejor resuena en el autor que ya era para ese entonces, y que deja fuera, por ejemplo, varias estrofas que desaparecen sin dejar rastro y que ya ninguna edición posterior a la de 1959 recupera.

El poema, que dibuja sobre la página ese otro mapa de la isla, cargado de sinestesia, de sonoridad, de sensualidad y de deseos primarios que procuran una respuesta mayor, atomizándose y reorganizándose sucesivamente a lo largo de unas 24 horas (desde el amanecer y el obligado café matutino hasta los olores y gestos de la noche antillana), llega al cenit del mediodía y Piñera, al arribar a esa hora de connotaciones terribles, lo describe así, en estos versos luego “desaparecidos”:

Es que comienza la reverberación,
es que comienza el sopor,
es que llega como una silenciosa pantera la invisible lava de la siesta.
La isla aviva sus fuegos y comienza la conflagración del mediodía banal.
Ningún cuerpo de pie.
Ningún cuerpo agitándose,
ningún cuerpo obrando,
ningún cuerpo presto a saltar.
Todos los cuerpos echados, arracimados,
en estado fundente, absurdamente pastoso,
como el licor prostático de un gigantesco falo;
Los cuerpos como una increíble melcocha se distienden hasta adquirir la delgadez de una tenia de
(miles de anillos.
Los cuerpos en la realidad del sueño aspiran el perfume de gigantescas corolas de las que brotas
(pájaros y flores y antiguas leyendas;
los cuerpos estallan ofreciendo el bello espectáculo de una lluvia de bilis,
la isla es una glándula que se pone a segregar siesta extensamente.
En este momento que el europeo cierra pesadamente las meditaciones cartesianas.

Un pueblo que duerme los trescientos sesenta y cinco días del año,
un pueblo como un enorme párpado cae pesadamente,
un pueblo vive confusamente bajo la oscura sensación de un viaje infinito,
de un viaje se hace en una nave que no toca puerto;
un pueblo que aún no se ha lanzado a sus playas para gritar:
¡El mar, el mar, el mar!

No son los únicos reajustes localizables en una lectura comparativa de las versiones, y confieso que me gustaría haber puesto ante el lector una edición que reestructurase ambas variantes, al menos como parte de lo que, a sus 80 años, La isla en peso merecería. Vale como un apunte para un trabajo mayor, en el que se advertirá de qué manera Piñera se releía, reescribía su propio dejo y su propio tono, ametrallando un texto que sabía fundamental dentro de su obra, al tiempo que se resistía a imaginarlo ya inmóvil, perfecto o intocable. Eso fue parte de su carácter, y tanto en vida como en obra Virgilio mantuvo el mismo gesto, como parte de una ética a la que fue indudablemente fiel.

Piñera, foto de pasaporte, años cuarenta
Piñera, foto de pasaporte, años cuarenta

De los versos breves y cortantes de Las Furias, y las elegías que escribió previamente, Piñera se lanza a la ambición de imágenes más amplias, en las que su afán oratorio (La isla en peso puede entenderse como un largo discurso de refundación) se mezcla con otras vibraciones, con una rebeldía que aunque protege el retrato verbal de lo que avizora, lo rompe una y otra vez mediante líneas alucinantes. Quien haya leído el poema no olvidará algunos de esos aciertos, que el muy teatral Virgilio dispone como quien despliega golpes de efectos: “Ahora no pasa un tigre sino su descripción”, “El perfume de la piña puede detener a un pájaro”, “Mi madre fue picada por un alacrán cuando estaba embarazada”, “Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste”, “¡País mío, tan joven, no sabes definir!”, son algunos de esos hallazgos, recordados por los fieles de La isla en peso casi a manera de mantras, ante la confirmación de esos delirios y visiones en una realidad que, asombrosamente, ha cumplido las mayores profecías del poema.

Si la poesía final de Piñera, la que redactó en los años más oscuros de su existencia, cuando se le redujo a la condición de no-persona, es de una tensión y lucidez que hoy mantienen y agrandan su vigencia, en varios momentos de La isla en peso, más allá de sus afanes retóricos, del anhelo del joven poeta que quería escandalizar y epatar a la manera de los vanguardistas a los que leía y a los a que acompañaba en una sensibilidad demoledora, se presagia el dominio de una visión sobre lo que somos que más allá de cualquier gesto histriónico, continúa siendo reveladora. Piñera supo prolongar esa raíz en sus textos más logrados, no en los versos fallidos de Oscar, el poeta de Aire frío, pero sí en la carga ácida y brutal de los parlamentos de su hermana Luz Marina. Y leída como parte de ese mundo opaco y no conformista que él imaginó, puede enlazarse con los pasajes delirantes de “La carne”, “La caída”, y otros de sus cuentos, como evidencia de su poderoso imaginario, a manera de una radiografía implacable del mito y las políticas de la cubanidad.

La estrategia de Piñera arrasa y deglute la ilusión que la Isla ha sido para la lírica cubana, desmontando un catálogo de lugares comunes (fronda, paisaje, frutas, ritmos, gestos, incluso las reminiscencias de la poesía negrista y social), que sustituye por un entorno más elemental, aún en formación, que no logra crecer hacia aspiraciones más altas, a sabiendas de que aún depende de fuerzas más telúricas, y de otros dioses. Es un poema que a los católicos del futuro Orígenes (y que en ese 1943 andaban publicando en Nadie Parecía y Clavileño) debe haber irritado, en su afán de sustituir las ensoñaciones que Lezama desplegaba casi al final de Enemigo rumor, con “Noche insular, jardines invisibles”, al que La isla en peso se opone sin recato. Virgilio establece su batalla desde el primer verso, que habla de “la maldita circunstancia del agua por todas partes”, y que ha impulsado tantas otras revisiones del mito insular a partir de su irrupción. La tesis de Piñera, más que el poema, insiste en rebajar nuestra visión idealizada a un territorio mucho más primario, en el que sin embargo (aquí sale su dejo romántico, por más que él lo negara) solo el amor podrá ser la clave unitiva. Es un poema que parece listo para ser declamado, una especia de arenga que no oculta su laboriosa teatralidad, su autoconciencia como grito de guerra.

A esa guerra respondieron de inmediato diversas voces. En La Gaceta del Caribe, Mirta Aguirre, para nada cercana a los retruécanos origenistas, afirmó: “La isla en peso es un cambio de rumbo, el inicio de un camino. Virgilio Piñera ha vuelto los ojos a otro país y lo ha percibido de golpe, en toda su belleza física. La Cuba de agua y tierra, de animales y flora, de blancos y negros, salta por todos sus poros. […] El peso de una isla en el amor de un poeta que comienza a verla”. Gastón Baquero se adelanta a denostar el poema, sin embargo, y en el Anuario Cultural de Cuba de 1943, le dedica varias líneas, como parte de su ensayo “Tendencias de nuestra literatura”. Ahí considera, enlazando elogios a medias con una dura crítica, que este poema “que nos parece ha de contar entre los mejores del año 1943 literario, viene a aportarnos una de las tendencias extremistas, negativistas, deformadoras intencionadas de nuestra realidad. Queriendo evitar la evasión, se realizó la evasión hacia la naturaleza, que no por esto es menos evasión que cuando se realiza hacia otra cultura”. Baquero, que líneas antes ha elogiado otro poema de Piñera, escrito en la línea cercana al origenismo que el autor luego no volvió a recoger en sus libros: “La muerte del danzante”, rechaza esa visión antillana que nos iguala a Barbados, Haití, al insularismo sin supuestas pretensiones de alta cultura, como si formásemos parte de otro contexto que no puede reconocerse en actos más sencillos ni denunciadores de lo que aún nos falta como Nación, por no hablar de cierto temor racista que se esconde entre esos reproches.

Esas palabras tienen eco directo en lo que Cintio Vitier emplea para descalificar La isla en peso. En una carta de noviembre de 1943, ya le exponía al poeta de Las Furias varios de sus desacuerdos: “Porque mi patria, la que está formándose y yo estoy formando en mi medida, nada tiene que ver con esa pestilente roca de que hablas. Y no es que no haya pestilencia y mediodías como un ojo imbécil aquí, ni que yo deje de comprender que lo que nos falta para parecernos a la Guayana o a la Martinica […] lo iguala tu fantasía, tu necesaria vocación de cáncer…” Y Virgilio en otra misiva le pone los puntos sobre las íes, marcando la diferencia entre su poemario Sedienta cita y La isla en peso.

Carta de respuesta de Piñera a Vitier, diciembre de 1943
Carta de respuesta de Piñera a Vitier, diciembre de 1943

La línea de disentimiento perdurará cada vez que Vitier se refiera a Piñera, al que acusa de “pseudo-nativismo” cuando se refiere a La isla en peso en la nota de presentación que redacta para Cincuenta años de poesía cubana, en 1952, como hizo antes en Diez poetas cubanos. Si Lezama nunca abordó La isla en peso en sus escritos –aunque como sugiere Duanel Díaz pueden entenderse varias de sus palabras en la reseña elogiosa acerca de Extrañeza de estar, poemario del propio Vitier, como un ataque velado–; en Lo cubano en la poesía, el célebre curso de 1957, esta querella vuelve con más fuerza. Ubicando a Piñera en la misma lección en la que aborda al católico Ángel Gaztelu, Cintio Vitier arremete con más fuerza, recordando la deuda que tiene el poema cubano con Retorno al país natal, de Aimé Césaire, texto con el cual La isla en peso comparte referentes pero del cual también se distancia en su tesis, algo que señaló Roberto Fernández Retamar en La poesía contemporánea en Cuba: “Frente a la circunstancia histórica, Piñera es el único de estos poetas que ofrece una crítica directa en su obra”. Pero Vitier es frontal en su disgusto, que parece provenir no solo de su juicio estético, sino de otras discusiones anteriores:

La vieja mirada del exotismo, regresiva siempre en nuestra poesía, prolifera aquí con el apoyo de un resentimiento cultural que no existió nunca en las dignas y libres trasmutaciones de lo cubano. Trópico de inocencia pervertida, huit clos insular radicalmente agnóstico, tierra sin infierno ni paraíso, en el sitio de la cultura se entronizan los rituales mágicos, y en lugar del conocimiento, el acto sexual. Pero ni siquiera los valores de la carnalidad sobreviven, porque los copuladores son imágenes vacías, contornos de sombras. Retórica, pulpa, abundancia podrida, lepra del ser, caos sin virginidad, espantosa existencia sin esencia. […] Considero que este testimonio de la isla está falseado.

Las aproximaciones posteriores a La isla en peso provienen, así sea de modo oblicuo, de la pelea que se establece en esos párrafos de Vitier. Las disonancias entre Virgilio y el autor de Ese sol del mundo moral no se aplacaron nunca. “Ballagas en persona”, el más famoso ensayo de Piñera, es una respuesta directa, en 1955, a un prólogo de Cintio. Los años de la revista Ciclón se alimentarían también de esa discusión entre visiones antagónicas del rol crítico de la poesía, y perduran entre los lectores de uno y otro autor. Antón Arrufat, Abilio Estévez, José Prats Sariol, Enrique Saínz son algunos de los estudiosos que analizan y prolongan esa controversia. Cuando Saínz gana el premio Alejo Carpentier con un inesperado abordaje a la poesía de Piñera, resucita en cierto modo aquella bronca, al retomar la perspectiva de Vitier, lo cual le valió respuestas de Víctor Fowler y en particular, un texto de Antonio José Ponte, publicado en la revista Extramuros: “Reclamaciones equivocadas a Virgilio Piñera”. Ese artículo fue uno de los que acabaría desencadenando el recelo que acabaría en veto editorial contra Ponte, y que recuerda el que le impuso la Asociación de Redactores Teatrales y Cinematográficos a Piñera, tras la polémica desatada por el estreno de Electra Garrigó.

Cuando la Isla se cerró sobre sí misma, en el ahogo de los años noventa, el discurso de la insularidad reapareció con una fuerza inusitada, y la poesía de Piñera devino cardinal para muchos de quienes recuperaron tales aristas de una discusión mayor. Damaris Calderón repasó con agudeza ese panorama en su ensayo “Una poética para los años 80”, subrayando los elementos que otros estudiosos (Rafael Rojas, Carlos Espinosa, Jesús Jambrina, Alberto Abreu, David Leyva, Dayneris Machado…), también han desplegado en textos diversos: “La isla en peso mostraba otra visión de la nación, otro rostro del país y no dejaba de poseer una fuerte carga de futuridad, como se ha visto en su poder fecundador en los poetas de los 80, los que no solo continuamos desde aquí sosteniendo la isla en peso sino también soportando el peso de la isla…”.

Así pervive hasta hoy este poema que opera como un parteaguas. No se sabe aún si alaba o maldice, pero eso no es lo que importa. Lo que vale, a sus ochenta años, es su gran interrogante sobre el país, que ubica nuestra memoria, nuestro pasado, nuestro olvido y nuestro presente en una serie luminosa de rafagazos, en una incomodidad que nos obliga a salir del ensueño de Cuba (algo así recomendaba el propio Antonio José Ponte alguna vez), y que nos devuelve, de golpe, la lucidez de un poeta joven y seguro que se levanta con el deseo de ponerlo todo en discusión.

Revolución a su manera, La isla en peso no ha perdido ese carácter, no se ha plegado a lecturas fáciles, no se ha debilitado por mucho que se le imite en copias aguadas que ni remotamente se le acercan. Reaparece en espectáculos teatrales, en obras de la plástica y el cine: se expande más allá de sus palabras. El nervio del poema (suerte de Tierra baldía nuestra, sugirió Duanel Díaz, en una posibilidad de lectura que comparto) remodela sobre sí misma su conciencia crítica, latente en su anhelo de radicalidad, y tan útil para comprobar, en nuestra realidad de ahora mismo, cómo Virgilio se adelantó a esta hora. Su último poema es aquél en el cual el poeta, ya viejo y solitario, ausente de los grandes círculos literarios, sin recibir jamás la llamada de la rehabilitación, en 1979, se convierte en isla, precisamente. Vuelta al origen, al texto que lo identificó como un nombre a respetar y a temer, Piñera se redime en el amor y se vuelve isla él mismo. Acaso en la isla que habitamos ahora por encima de la crisis y el calor fundente, en la poesía amarga de un tiempo tan duro, que hace de sus palabras, más que poemas, confirmaciones y profecías. A 111 años de su nacimiento (vaya número cabalístico) y a ocho décadas de su poema más ambicioso y preclaro, lo que afirmó de él Reinaldo Arenas sigue siendo una verdad indiscutible: “El mundo de Piñera es el mundo de la intemperie, del acoso y de la maldición. Sobre ese mundo, La isla en peso es un exorcismo implacable y luminoso”.

Piñera en la Ciudad Celeste (FOTO J. García)
Piñera en la Ciudad Celeste (FOTO J. García)
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NORGE ESPINOSA
Norge Espinosa Mendoza (Santa Clara, Cuba, 1971). Dramaturgo, poeta y ensayista. Licenciado en Teatrología por el Instituto Superior de Arte de La Habana. Sus obras teatrales han sido puestas en escena por grupos como Pálpito, Teatro El Público o Teatro de las Estaciones, en Cuba, Puerto Rico, Francia o Estados Unidos. Entre sus textos destacan: Las breves tribulaciones (poesía), Ícaros y otras piezas míticas (teatro) o Cuerpos de un deseo diferente. Notas sobre homoerotismo, espacio social y cultura en Cuba (ensayo). Es un reconocido activista y estudioso de la comunidad LGBTQ cubana. Su poema “Vestido de Novia” se ha convertido en himno de las reivindicaciones de este grupo.

1 comentario

  1. Felicitaciones a Norge Espinosa por su tan sugerente exégesis de un poema esencial, imprescindible para la comprensión de Cuba, de su cultura y de sus maldiciones. Como no se lee para estar de acuerdo, sino para establecer un diálogo crítico sin los bostezos de la unanimidad, me gustaría oír la opinión de Abilio Estévez sobre esta recensión. Y me hubiese gustado una referencia a la hermosa reconciliación entre Lezama y Virgilio, en 1966, cuando sale Paradiso. Acabar con maniqueísmos, como hizo María Zambrano. Reitero mis felicitaciones al autor.

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