'Uso legítimo de palabras ausentes para protesta anónima', Anyel Judith Goenaga
'Uso legítimo de palabras ausentes para protesta anónima', Anyel Judith Goenaga

Hay quien pasa por el ciclo del verso, por la sangre diluida en las opciones. Pasa ante los cuerpos despedazados por la rima, ante la libre arquitectura de un poema, ante el sentir renegado por nosotros los hambrientos, los necesitados de sueño y hondura. Hay quien pasa, pasa y sigue, marca su ruta, su revolución, su asma, su esencia nítida de futuro. Hay quien pasa, y luego vuelve.

Mentiría si dijera que consiento vagar por campos de resignación si al cabo no soy el culpable, si no fui quien propuso el matiz del verso o el goteo del párpado. Puedo decir que cualquier postulado estético discursivo que logre resolver a través de un cuerpo textual cierta línea de belleza, creatividad, ingenio y soltura es, sin dudas, un producto literario.

Pero la poesía va más allá, la poesía es un algo o un todo, nunca un nada, y los formalismos son dogmas atados a la redundancia de la enajenación, a la tautología estructurada que no lleva a ninguna parte, donde todos, en cierto modo, somos culpables. O el poema es un sumando de la realidad, o no es nada, apuntaría la pluma de Gastón Baquero. Así, apuesto por la situación lograda de la expresión poética, cual conduce a la trascendencia o la muerte.

La poesía es la vida, escribió Virgilio López Lemus. Para esa vida toda trabaja el poeta. Por mi parte, nunca he pretendido auscultar el pálpito de la muerte. Saberme al ritmo de un corazón apagado puede significar la situación pavorosa que el diario me niega constantemente. Mas pudiera señalar, en mí, el regreso de Lezama, como el paso frío de una voz ahogada, lívida, formalmente muerta y al tiempo potente, llena del intercambio sanguíneo y constructivo que solo consigue la vida.

A Lezama lo busqué en los rincones del poema, en las liturgias, en el andar centrohabanero. Corría tras el trino del poeta, tras su rugido. Cerré los ojos, tensé las manos. Tallé su nombre y varias palabras. Así, tuve la oración entre mi paladeo y su muerte, muerte imperfecta, muerte de poeta, pagada por los deudores del verso.

Lezama es un clavel que se escapa, una ola que regresa. Es la clave del cuerpo humano, uno encendido y sin miedo. Es su propia cosmología, el discurso imantado a sus fragmentos y humedades, a la resistencia devenida verso, arte, paranoia, ser. Es la angustia bella, el jadeo de la carne amorosa, la silueta más ancha, la comprometida a crecer junto al misterum de las cosas, junto al pasar, junto al volver.

'Uso legítimo de palabras ausentes para protesta anónima', Anyel Judith Goenaga
‘Uso legítimo de palabras ausentes para protesta anónima’, Anyel Judith Goenaga

Lezama huyó de las pretensiones somatizadas de su época. Del llanto atrapado en tendencias vestigiales, en reductos y galimatías. Armó su palacete simbólico, la morada de la potencia histérica, de la voz medular de una generación. Así, logró que el tiempo sellara en él el afecto divino de quien sabe construir.

En 1941 vio la luz su Enemigo rumor, síntesis cautiva del placer y la queja del poeta. La ruptura con el acomodo y el columpiamento anecdótico, al decir de Baquero. La idolatrada vuelta de un tiempo áspero, llamado a buscar la grandeza en nuestro suelo, en nuestro hacer, en nuestra poesía, en nosotros; la exaltación del y de lo cubano, como cuerpo y alma estética de la nación.

Lezama pensó un país, su país, agrietado por cultivar lo puro y lo profano, lo violento y lo violentado, lo intrascendente y lo asido al futuro. Posó sus manos en las raíces, en la cuna, en lo protozoario como cultivo. Vivió en escalada, sabiendo algún mañana en sus versos, los cuajados con dolor durante su habitar frente al espejo.

Enemigo rumor despega desde la sutileza, desde una flor de agua pensativa, melancólica por ser, o, simplemente, por saber cómo ser. Renuncia al sometimiento del régimen homogéneo y estático, apuesta por la vida del verso, por la estructura que relatará en esencia y cuerpo al después, al futuro. Anuncia advenimientos, desidias, fugas. Abre caminos entre laderas, puentes y fabulaciones en tanto se marchita y se duerme, al tocar la orilla, al saberse mohoso como el fondo de un barco.

Para Lezama, la responsabilidad del poeta reside esencialmente en generar imágenes, en tanto lo (se) reconoce como una construcción cultural de su tiempo. De tal modo concibió la literatura/poesía como una suerte sobrenatural responsabilizada con la imagen y esta, a su vez, con la realidad, en tanto es modificadora y condicionante de la misma.

Enemigo rumor rompe su pórtico con el zigzagueo espectral de un reclamo, cántico de amor, desamor y misterio dado por el poeta a un ser innombrable, desconocido en los inicios tanto como sobre el mármol de la tumba. Abre esta “Filosofía del clavel”, en tono amargo, con un suspiro, con la solución indeterminada de la fuga al conteo de las definiciones.

Continúa entre cielos rodantes y oscuras praderas, por el trauma de un barco y de insectos invidentes enfriados por la nieve. Construye una idea del mundo a través del lenguaje, donde el propio mundo transmuta en reserva comunicativa. Así Lezama coquetea con la idea boquiabierta de hacer de la vida apéndice del verso o desatorar la encerrona de lo factual como único presupuesto asistido.

Al consolidar su autonomía verbal, el poeta hilvana un sistema mundo para su compendio poético. Lezama, el último absoluto de nuestras letras, como lo supieron varios autores, en Enemigo rumor, intentó narrar la poética del cubano, de su experiencia nacional, ubicando la metapoesía como núcleo y base. En tal esencia sostuvo la necesidad de emprender sus migraciones, aventuradas en seducir los metamorfóseos del lenguaje. Del lenguaje práctico y caótico, del lenguaje volátil, del lenguaje de todos.

“Un poeta que no se esfuerce en crear un mundo propio, es decir, una técnica de mirar y de expresar su experiencia del mundo, no es un Poeta”, sentenciaría Gastón Baquero. En el caso de Lezama, el decir del propio Baquero, logró, con Enemigo Rumor, el umbral de su obra poética presagiable, sin límite de gloria y destino. Consiguió llenar vacíos líricos epocales y completó nueva ruta de renovación para las letras cubanas, castellanas y del mundo.

'Uso legítimo de palabras ausentes para protesta anónima', Anyel Judith Goenaga
‘Uso legítimo de palabras ausentes para protesta anónima’, Anyel Judith Goenaga

Enemigo rumor sigue paso con sus “Sonetos infieles”. Universo oculto de significado por la abundancia de espacios y objetos, donde escapa el poeta a la belleza tradicional, las sonoridades, las estructuras. Se hace ente de inmersión, latiendo al tempo de la necesidad histórica ante los ojos del artista. Va de la génesis al renunciamiento, logrando lo que en poesía llamáramos salvación.

En esta zona del poemario, Lezama sacudió la uniformidad de la métrica, escribió al golpe de su respiración asmática, sin pauta, sin formal consonancia en la rima, sentado en ponencias desestructurales. Saboreó la libertad formal más al futuro que a lo dogmático, con proa en lograr contar lo situacional, lo inmediato, lo abultado en su mente, desentendido de moldes donde fraguar los versos.

La métrica es dogma de cierta belleza. Lezama escribía como respiraba, como vivía. Eso es parte esencial de su hacer. Obligarte a respetar al pie las estructuras, es prescindir de la sinceridad expresiva para acomodarte a algo, que bien puede, o no, soportar tu discurso. La estructura es respetable hasta cierto punto. Al fin y al cabo, la estructura sirvió como modo de autenticar el lenguaje, sello que en Lezama no tenía más cabida que en su vastedad.

Los “Sonetos infieles” ni son tan sonetos, ni tan infieles. Gozan de la libertad pulsadora del verso, de la esencia contraestructural y contrahegemónica de la poesía lezamiana. La poesía no es ciencia exacta o molde de pedigrí, es sino un modo más de decir, la médula estilística y simbólica del discurso del poeta. Ni los cuerpos versados libres, ni los estructurados, son poesía per se, sino simples herramientas, de lo contrario, cualquier tratado conformado en versos resultaría una verdad poética. Para Lezama las estructuras fueron solo formas, no poesía.

Enemigo rumor cierra su ciclo proponiendo una lectura creadora en contraposición a la alfabética, como lo relatara Baquero. Un latido espectral, fantasmagórico, alternando la majestuosidad del curso lezamiano con las cintilaciones limítrofes de la inspiración. Propone, según Baquero y posteriormente Ernesto Hernández Busto, una simbología suprahistórica, desuncida de la temporalidad y lo melifluo, asida a la reinvención, al presente, al misterio, al futuro. Ese último rumor solicita la paciencia y el vuelo, la creación como consistencia del ser, como alusión a la trascendencia.

Lezama y su Enemigo rumor son cuerpos tétricos sublimados a la belleza. Descreen cada mantra de encasillamiento, cada estela sin dibujo. Embelesados de una fragancia floral y húmeda, espectral y tenue, se sitúan al sudeste del verso, del sentir que huye a las brisas de las definiciones.

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