Fotograma de ‘El caso Padilla’, Pavel Giroud dir., 2022
Fotograma de ‘El caso Padilla’, Pavel Giroud dir., 2022

Entre los estudiosos del llamado “caso Padilla” en Cuba, es decir, el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla y su esposa, la también poeta Belkis Cuza Malé, en La Habana, en 1971, y su liberación a cambio de una “autocrítica” y la implicación de otros escritores en “actitudes contrarrevolucionarias”, ante la comunidad intelectual de la isla, existe un relativo consenso. Me refiero al consenso de que la autocrítica de Padilla fue una deliberada mise-en-scène o parodia del discurso dogmático oficial.

Las interpretaciones y juicios sobre la performance de Padilla son muy variados y van desde la celebración hasta el repudio. En ensayos como Palabras del trasfondo (2009) de Duanel Díaz, El 71. Anatomía de una crisis (2013) de Jorge Fornet o Decirlo todo. Políticas culturales (en la Revolución Cubana) (2017) de Guillermo Rodríguez Rivera puede verificarse ese consenso y sus diversas lecturas. Incluso en la versión oficial más reciente de aquel fenómeno, en Fuera y dentro del juego. Una relectura del caso Padilla cincuenta años después (2021), de Abel Prieto y Jaime Gómez Triana, se suscribe la tesis de la parodia, para denostarla:

Es difícil calcular la dosis de histrionismo, astucia, simulación y cinismo que derrochó Padilla para fabricar su personaje, la “autocrítica” y toda la trampa en que cayó tanta gente dentro y fuera de Cuba. Hoy resulta obvio que la “confesión” respondía a un plan preparado por el propio Padilla. Aquella “gran maniobra promocional” contó con el apoyo entusiasta de la gran prensa y de los hinchados egos de muchos de los intelectuales extranjeros implicados.

Mi propia contribución a ese debate, en el capítulo dedicado a Padilla, su poesía y su política, en Tumbas sin sosiego (2006), ausente, desde luego, en la bibliografía del libro de Prieto y Gómez en Casa de las Américas, comparte la tesis de la parodia. Sin embargo, mi interpretación es exactamente inversa: lo que hizo Padilla fue una escenificación del terror totalitario, sobre su propio cuerpo, y un acto sofisticado de resistencia cívica. En aquel libro, editado hace diecisiete años por Anagrama, en Barcelona, escribí:

El texto donde mejor se plasma la fuerza del persistente argumento sobre el carácter foráneo y anacrónico de la disidencia de Padilla es su propia autocrítica: un documento que, despojado de sus múltiples ironías, también forma parte del dosier oficial. Allí el poeta admitía como su máxima culpa retórica “haber querido identificar determinada situación cubana con determinada situación internacional de determinadas etapas del socialismo, que habían sido superadas (en la URSS y Europa del Este)”. En ese mea culpa que, como entrevió Octavio Paz, no era más que la “autohumillación de un incrédulo”, se vuelven transparentes los motivos del poder.

El filme de Pavel Giroud, El caso Padilla (2022), me ha confirmado aquella interpretación. Por eso resulta desconcertante que la recepción de la película, en algunas zonas de la diáspora cubana, haya sido desfavorable no solo a Giroud sino al propio Padilla. En medios y redes del exilio cubano, la dimensión paródica se esfuma en la lectura del filme, y a juzgar por el silencio de la esfera pública oficial, pareciera que dentro de la isla la recepción tampoco es positiva o se estanca en los vericuetos de la interdicción o el tabú.

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La explicación de esta paradoja tal vez resida en que la película revela la filmación gubernamental de la autocrítica de Padilla ante la UNEAC y, al hacerlo, reproduce el habla y la gestualidad del poeta y los escritores delatados. Hasta ahora, la interpretación se basaba en la lectura del texto de la autocrítica, en diversas versiones como las de Casa de las Américas, Libre y las antologías de Lourdes Casal o el propio Padilla en la edición conmemorativa de Fuera del juego (Universal, 1998) en Miami. A partir del filme de Giroud, contamos con la oratoria y el estilo verbal del poeta.

Ese estilo, con todos sus componentes (el tono de la voz, el cuerpo reclinado sobre el micrófono, el sudor en el rostro, la mirada estrábica detrás de los lentes, el constante manoteo, el índice acusatorio, el balanceo de la cabeza) agrega al texto de la confesión más ambigüedad. La teatralización del gesto de Padilla se siente afectada, medio siglo después, y su mala imitación del lenguaje corporal de Fidel Castro y otros dirigentes históricos de la Revolución, desactiva los elementos resistentes del montaje.

La decisión de la autocrítica, como luego relataría el propio Padilla, no fue suya sino de la Seguridad del Estado. Esas confesiones eran ceremonias comunes en los regímenes del socialismo real en la URSS y Europa del Este, como se vio durante los años treinta, en los Procesos de Moscú, o en los sesenta con el caso de Siniavski-Daniel. En 1966, estos últimos se declararon inocentes, pero en 1937, Karl Radek, el legendario bolchevique judío-polaco, había admitido el inverosímil cargo de “trotskista y fascista”, lo que no lo libró de ser asesinado por un agente del NKVD en la prisión.

Las autocríticas fueron –o todavía son– prácticas habituales en todas las organizaciones del Estado cubano, no sólo del Partido Comunista, de ahí que sorprenda la extrañeza de tantos ante ese patético espectáculo. El aporte personal de Padilla fue su elocuencia e histrionismo, que lo llevaron a actuar el libreto oficial y convencer de su honestidad a los tramoyistas. Aquellas autocríticas debían culminar en una catarsis, donde los otros pecadores confesaban su mal, y se comprometían a purificar su espíritu.

Como se observa en los minutos finales del filme, cuando con José Antonio Portuondo a la cabeza, muchos escritores y artistas se acercan a Padilla para felicitarlo y abrazarlo, el poeta convenció. Sin embargo, dejó pistas de su parodia en el texto y en la escenificación de la autocrítica. De hecho, no era la primera vez que Padilla recurría al mismo método: en 1968, teatralizó una supuesta réplica a Guillermo Cabrera Infante, luego de haber defendido la novela Tres tristes tigres (1967), y cuestionar Pasión de Urbino (1967) de Lisandro Otero, en El Caimán Barbudo. Con tino, Cabrera Infante se refirió entonces a la “confundida lengua del poeta”.

Padilla sabía que su arresto y confesión eran suficientes para probar la existencia del estalinismo en Cuba. A su encarcelamiento reaccionaron algunos de los mejores escritores del continente (Juan Rulfo, Octavio Paz, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes…) en la primera carta a Fidel Castro y en la Declaración del Pen Club de México, en 1971. Luego, en la segunda carta, que firmaron figuras emblemáticas de la izquierda mexicana, como José Revueltas, Fernando Benítez, Carlos Monsiváis y Vicente Rojo, se denunciaba la confesión como “una penosa mascarada de autocrítica”, que recordaba “los momentos más sórdidos del estalinismo, sus juicios prefabricados y sus cacerías de brujas”.

Hasta hoy, como se desprende del libro de Prieto y Gómez, ese posicionamiento de los otrora “hermanos latinoamericanos”, ahora “hinchados egos de intelectuales extranjeros implicados”, o como diría Fidel Castro, “señores liberales burgueses del subdesarrollo”, irrita al poder en Cuba. El filme de Pavel Giroud viene a reescenificar un auto de fe, típicamente totalitario, en la política cultural cubana, que, lejos de generar extrañamientos, todavía produce suscripciones en la actual burocracia gobernante.

Tan reveladores de la degradación política del contexto cubano son esas recepciones incómodas del filme en la diáspora como el silencio deliberado del poder. Esa conjunción denota, una vez más, lo poco preparada que está la cultura cubana para asimilar los dramas de su pasado y su presente. Esa incapacidad para leer con sofisticación la historia actúa como un mecanismo retardador del tránsito democrático en la isla.

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RAFAEL ROJAS
Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros. Desde julio de 2019 ocupa la silla 11 de la Academia Mexicana de la Historia.

5 comentarios

  1. Hola Rafa, creo que muchos vieron en esta autocrítica de Padilla un show, como dice Cuza Malé, contra el poder. Juan Goytisolo en su libro En los reinos de Taifa (1999), ya habla de la autocrítica como un mecanismo subversivo, como una burla a los castros, y Goytisolo se preguntaba como los gobernantes pudieron caer en aquella trampa. Lo llama “un montaje teatral esperpéntico” , dice que su autocritica, era una “parodia que ponía al desnudo los mecanismos opresivos del régimen caudillista-leninista” de Castro.

  2. Claro, Jorge, por eso hablo de «consenso» en torno al sentido paródico de la confesión de Padilla. Ese fue el eje argumentativo de la segunda carta a Fidel Castro, que firmaron muchos más de los que firmaron la primera, que reaccionaba específicamente contra el arresto. Ahora, ante la recepción del film de Giroud, observo lecturas más literales de la autocrítica de Padilla, que enfatizan su complicidad y delación. Como si el sentido paródico se desvaneciera en una nueva gravedad o solemnidad política.

  3. Sí, aunque creo que podríamos delimitar este consenso con relación a la autocrítica. Están los que creen que es un espectáculo montado por el gobierno sin la complicidad del poeta para rebajarlo; 2) los que como Goytisolo creen que es la forma que Padilla usa para burlarse del poder; y una tercera que incluiría, 3) la ambigüedad de Padilla en relación con su actuación/confesión/ real, que nos obliga a decidir entre las dos primeras: complicidad o parodia. Definitivamente, el video pone todas estas valoraciones en una nueva perspectiva. Saludos.

  4. Muy interesante artículo. Me llega justo en momentos en que estoy tratando de entender al personaje, luego de ver el video de su discurso. No veo que este hombre esté aterrorizado cuando lo pronuncia. El terror hace enmudecer; no permite lucir ninguna elocuencia ni deja margen para una verborrea y un despliegue oratorio como el que realiza ahí, prolongadamente, Padilla. He pensado que para diagnosticar algo al respecto pueden ser útiles los ejemplos de «cambio repentino de camiseta» que algunos opositores a dictaduras han protagonizado luego de ser aprisionados. He pensado que Padilla no está diciendo eso por miedo, sino porque ya asumió el cambio de camiseta. En Uruguay tuvimos algunos, y su actitud fue muy semejante a la de Padilla. Me refiero a militantes de izquierda que fueron capturados por fuerzas de la dictadura, y no por un eventual gobierno de izquierda, pero lo veo como algo paralelo o «espejo» a lo sucedido con Padilla. Por ejemplo, hay un ex- militante de la Unión de Juventudes Comunistas de cierta jerarquía y terminó contando con una oficina propia en la Dirección de Inteligencia de la dictadura. Hizo aprisionar a muchos de sus ex-compañeros e iba en los Jeep del ejército a sus domicilios, así como andaba por las calles de Montevideo señalando militantes. No sufrió tortura: ante la posibilidad de sufrirla, rápidamente hizo su propuesta de colaboración e incluso de enseñanza a los policías respecto a detalles de organización de los grupos de izquierda, etc. Obviamente, puesto que la tortura es para obtener datos, no fue necesaria en su caso, ya que él aportó toda la información que podían exigirle, y mucho más. Luego, bajo el cobijo de la secta Moon y de organizaciones de ultraderecha, con una gran desenvoltura llegó a dar conferencias, a describir cuán engañado lo habían tenido los subversivos, y cuán equivocado estaba (igual que Padilla). Este personaje podía haber delatado a sus compañeros, pero sin buscar ni asumir un protagonismo en la represión. Sin embargo prefirió ese protagonismo y lo asumió para no aparecer como derrotado y para no reconocer que se hizo caca de miedo ante la posibilidad de ser torturado. Padilla podía haberse limitado a una vergonzante declaración renegando de sus ideas, pero no se limitó a eso, sino que optó por (o aceptó) un protagonismo semejante. Una cosa es ser vencido por la tortura y otra cosa es tomar la bandera de los torturadores. No sé…. Le confiaba hoy a un amigo que me ayudaría mucho contar con otras opiniones para entender cabalmente lo de Padilla. Pero no lo veo para nada aterrorizado. Su artículo me resulta esclarecedor. Gracias.

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