Cómic de Tana Oshima

Esta entrevista quiere ser correcta pero no lo es. En ella hay falta de ética y falta de sentido común. No creo en el sentido común a la hora de enfrentarme a un libro o a una obra de arte o a quien sea que haya creado eso. Una mujer que ha soñado con la otra de diferentes maneras, femeninas, amistosas y sonrientes, no debiera entrevistarla. La entrevista quiere ser, además, muy literaria y muy poética pero tal vez tampoco lo sea. La entrevistada se dedica al cómic (entre otras cosas) y la entrevistadora querría que la única pauta posible en sus respuestas fuera la libertad, así que si a la entrevistada se le antoja responder con uno de esos borrones-pescozones que ella tan inescrupulosamente produce, podría hacerlo.

Tana Oshima ha dicho que es japonesa-camagüeyana y las personas se lo han creído. Ha engañado a medio mundo incluyéndome a mí, que después de soñar con ella tres veces, empecé a involucrarme con Tana Oshima de una manera mental y sensorial capaz de desaparecer la distancia geográfica que nos separa. A veces necesito ayuda de tipo creativo o de tipo práctico y cierro los ojos: “¿qué haría Tana Oshima en este caso?” A veces, incluso, he publicado fotos de Camagüey donde aparece Tana Oshima haciendo una pared de mano frente al cine Guerrero. La pared de mano que hace Tana Oshima es una de las posturas humanas más hermosas que yo he visto.

Cosas que escribí en un rollo de papel higiénico llegó al buzón de mi casa unos días después de nacer mi hijo. Sin dedicatoria, un libro para nadie, porque Tana Oshima quería enviarlo cuanto antes. Pero ni ella ni yo estuvimos conformes. Ambas necesitábamos esa dedicatoria como forma de celebración y de felicitación. Era el primer cómic de Tana y era el primer hijo mío.

Dos días después, el segundo ejemplar, con postal y dedicatoria incluidas: “Para Legna, Laura y Cemí, mis primeros lectores. Con mucho cariño, de Tana”. (Este librito me llegó de imprenta el día en que llegó Cemí.) Mayo, 2018. Pero más que esa dedicatoria, la nota que agregó Tana Oshima al paquete me dio un jalón en la cesárea, esa herida apaisada que llevo conmigo: “Queridísimos Legna, Laura y Cemí, envié el primer ejemplar de manera precipitada, sin cuidar el envoltorio ni nada, y sin postal, que es una estrategia de marketing (puaj!) que se me acaba de ocurrir, así que aquí lo envío otra vez, más digno de Cemí”.

Ahora el ejemplar excedente de Tana Oshima vive en el librero de Soleida Ríos. La estrategia de marketing de Tana Oshima vive en mi librero, dentro de un cuadrito de Ikea y delante de El imitador de voces, de Thomas Bernhard.

Lo lúdico, lo violento, lo incorrecto, lo kitsch, lo irónico, lo mordaz, lo ajeno y lo incompleto en la obra de Tana Oshima parten de una experiencia presente, configurada como un rollo de papel higiénico o de papel toalla, proliferación de elementos de consumo.

Cuando Tana Oshima se fue de Miami me llamó para despedirse. Yo estaba a punto de parir y le dije que fuera a la casa. La casa era un cuarto con dos ventanas. Tana Oshima tocó nuestra puerta, estaba anocheciendo. Traía un regalo para cuando el bebé naciera: una yukata japonesa original, eso dijo. Una prenda de vestir tradicional de un país del que provienen, además de una mística y de un poder, varios de mis escritores preferidos. ¿Qué haría Tana Oshima en este caso? Yo no sabía qué hacer, no sabía cómo reaccionar, todavía no sé qué hacer con esa yukata japonesa que simboliza otra cosa.

Legna Rodríguez Iglesias

El enlace donde vendes tus libros es una dirección llamada dostoievskiwife.bigcartel.com, tu último libro se llama Nabokova y en el año 2017 fuiste la primera en recomendarme la lectura suculenta de Ottessa Moshfegh. ¿Cómo incide la literatura en tus dibujos, siendo un hecho su incidencia?

Antes que nada quiero decirte que estoy entusiasmada con esta entrevista porque es una conversación que nunca hemos tenido, y que si por mí hubiera sido la habríamos tenido en el momento en que nos conocimos; habríamos intercambiado cerebros como quien intercambia cromos. Pero, bien pensado, esta conversación llega en el momento adecuado, cuando lo que podemos intercambiar es mucho más que un cerebro.

Ahora paso a responder a tu pregunta. En mi cabeza, en mi jerarquía de intereses, está primero la literatura. O más bien “la palabra”, y todo lo que la palabra escrita produce. Es de donde vengo, de la escritura. Me gusta escribir más que cualquier otra cosa, pero no disfruto escribiendo cualquier cosa. A menudo escribo cosas sueltas, sin más, casi siempre por necesidad. Esas cosas las utilizo luego como texto o pretexto para mis cómics. En esa jerarquía mental de la que hablo, el dibujo está supeditado a la literatura. Es casi un esclavo; palabra y dibujo tienen en mi mente una relación de amo y sirviente. Es una relación que no me gusta y que estoy intentando cambiar. Estoy intentando darle más poder al dibujo para que se emancipe y se valga por sí mismo. Eso pasa por ampliar mis recursos dibujísticos, que en mi caso no consiste tanto en adquirir más técnica (debería, pero no quiero dedicarle tiempo a eso) como en afrontar el dibujo con menos miedo y más libertad. Soy una dibujante autodidacta y limitada y he dedicado al dibujo menos tiempo y esfuerzo que a la literatura o la escritura. Pero el dibujo aporta una cualidad interesante a lo que escribo, o al menos me ayuda a llegar a lugares inesperados y deseados; me permite crear atmósferas al instante y dictar el tono en el que quiero que se lea el texto. Porque así como la palabra –sobre todo la poética– es abstracta y está abierta a interpretaciones, el dibujo que yo hago es concreto y apela a una semántica universal.

Por otra parte, sí me gusta incluir referencias literarias en mis cómics porque forman parte de mi universo y de mis intereses intelectuales y afectivos, y conceptualmente me interesa juntar los dos ámbitos que el canon se ha empeñado históricamente en separar y categorizar como “alta cultura” y “cultura popular”. El cómic es una forma artística de representar el mundo (interior y exterior) que sigue siendo despreciado tanto por el sector literario como por el del arte. Pero también es verdad que el cómic se autoexcluye a menudo y se atrinchera afirmando su identidad en un tipo de historias y narrativas que deliberadamente se rebelan contra lo que tradicionalmente se ha considerado alta cultura, y con las que yo no me identifico necesariamente. Así que me gusta plasmar en mis cómics las cosas tal y como yo las vivo, con Dostoievski o Merleau-Ponty o Legna Rodríguez Iglesias pululando en mi cabeza mientras pongo lavadoras. Me gusta trasladar esa superposición de ámbitos al papel, sin importarme si lo que estoy escribiendo es un cómic o un poema o una sentencia judicial.

A veces te imagino yendo a lugares inhóspitos con el único objetivo de narrarlos, dibujarlos. Pienso en un dibujo que publicaste que refiere a una escena vietnamita. Pienso en aquel dibujo de una mujer embarazada a la que apenas se le nota la barriga, que te pedí sin pensarlo y luego me dio vergüenza. ¿Dónde surgen tus historias? ¿Qué historias te gusta contar?

A veces me gusta ir a lugares inhóspitos, sí. Con el objetivo de narrarlos, pero la narración que viene después de visitar esos lugares es sólo una vía para canalizar una exploración que es más emocional que intelectual. Me atraen los márgenes, los lugares marginales habitados por personas marginales. Hablo de los márgenes en un sentido social. Me atraen porque me muevo con cierta facilidad entre esas personas y me gusta comunicarme con ellas. Me atraen los márgenes porque una vez estuve ahí, por motivos distintos a la mayoría de los que están ahí, y siento mucha empatía por esas personas.

Con el dibujo vietnamita creo que te refieres a una escena que transcurre en Karachi, Pakistán. Nunca he estado en Vietnam, ni siquiera combatiendo 😉 Ese dibujo forma parte de unas memorias gráficas que empecé el año pasado y que se centran exclusivamente en mis años de infancia en Lima, Perú. En ellas aparece Pakistán porque había viajado varias veces a Karachi siendo niña, y cuando nos mudamos a Perú, la pobreza que vi allí me recordó a la que había visto en Karachi, sólo que peor. (Cuando era pequeña y vivíamos en Japón, mi madre nos llevaba a mi hermana y a mí a España cada verano. Íbamos a  Zamora, donde vivían mis abuelos maternos. Lo más barato entonces era viajar con Pakistan Airlines, con parada obligada en Karachi. Hacíamos Tokio-Karachi y pasábamos en Karachi una o dos noches hasta el siguiente vuelo a París. Luego, pasábamos una noche en París y al día siguiente cogíamos un tren nocturno a Madrid. Pasábamos una noche en Madrid y al día siguiente nos montábamos en un autobús que nos dejaba por fin en Zamora). Fue en Karachi cuando vi pobreza por primera vez. Por aquella época Japón ya estaba en pleno boom económico, en vías de convertirse en el país más rico del mundo, o eso decían. Nunca había visto pobreza como la que vi en Pakistán, ni mucho menos como la que vi en Perú  poco después.

Pero a excepción de esas memorias gráficas, la mayoría de mis cómics se nutren del ahora, del presente más presente, aunque nunca son fieles a la realidad. Me gusta capturar momentos que vienen cargados de significado, congelarlos en el tiempo y expandirlos, porque puede que mañana ya no tengan significado, o que tengan otro. Pero intento huir de la literalidad. La realidad consensuada me resulta aburrida y simplificadora cuando la narro. Así que cuando escribo me tomo la libertad de alterar la realidad a mi antojo e indagar en lo invisible. Creo que esa es una versión más rica de la realidad, la que trae a la superficie lo oculto e intangible, la que hace evidente la compleja trama de realidades que subyacen a nuestra percepción. Eso es lo que hace el Arte al fin y al cabo, ¿no? (En Arte, incluyo la literatura y la poesía).

El caso del cómic sobre Perú es distinto, se basa en mis recuerdos acerca de una realidad objetiva o consensuada, la de un lugar políticamente, socialmente, económicamente y psicológicamente destruido por un conflicto sangriento entre el Gobierno y Sendero Luminoso, un episodio de la historia peruana que me tocó vivir siendo pequeña y que me marcó para siempre porque nunca había visto, ni he vuelto a ver, tanta miseria y degradación humana.

No sé si he respondido a tu pregunta.

Nos conocimos a través de una entrevista. Estábamos en posiciones inversas y recuerdo que me sedujiste alegando que la entrevista era para El Mundo. Eras una periodista flaquita sentada junto a mí en el único mueble de mi estudio. Esta entrevista, por el contrario, saldrá publicada en un medio independiente cubano que radica en un exilio rico sólo literariamente. ¿Qué crees de los medios independientes? Ese tipo de arte y literatura menor que siempre ha existido y que sólo se encuentra en espacios semejantes, ¿vale la pena producirlo y consumirlo?

Tu pregunta me ha hecho sonreír. Puede que Rialta sea pequeño al lado de El Mundo, pero es gigante comparado con los cómics que yo autopublico, cuya tirada no supera los 30 ejemplares. Los medios independientes, si los definimos como medios independientes de intereses políticos y económicos, me parecen más que necesarios, aunque la cualidad de independencia no sea garantía, en sí misma, de nada más que una contribución a la diversificación de voces en una determinada sociedad. En el caso cubano, que sólo conozco de lejos y a través de ti, me resulta fascinante. Es una maravillosa caja de resonancia que miro con envidia y estupefacción. Rialta, InCUBAdora, Hypermedia Magazine, incluso El Estornudo, que se publica desde allí, si no me equivoco, parecen cumplir con calidad, tesón y eficacia una misión concreta, la de dar voz a los intelectuales cubanos como contrapeso al silencio que se vive allí. O así lo percibo yo. La potencia de esa caja de resonancia, el sostén mutuo que eso implica para los que forman parte de ella, me resulta fascinante y envidiable. Pienso mucho en la fuerza unificadora del exilio. Puede que lo idealice o no lo entienda bien, porque yo no lo he experimentado nunca, pero lo que veo en esta red de medios independientes cubanos me parece maravilloso.

Al oír tu apellido o leerlo en las redes uno se va directo al cine japonés. Específicamente a El imperio de los sentidos, aquella película maravillosa dirigida por Nagisa Oshima. Tal vez eres sobrina de Nagisa y nadie lo sabe. En cualquier caso debes ser japonesa de alguna forma. ¿Sí o no? ¿Qué significa Japón en tu imaginario tanto doméstico como narrativo?

No soy pariente de Nagisa Oshima, y, si lo soy, no me he enterado. Japón es mi infancia, con todo lo que eso implica. Japón es un lugar en mi mente que me reconforta y un lugar geográfico al que me gusta y puedo volver. Digo lugar y no país, ni nación, ni siquiera cultura o sociedad. Es un conjunto de sensaciones que me ofrecen el paisaje (las montañas), mis abuelos, mis tías, los sabores, los olores, la sonoridad del idioma, algunas costumbres, algunos gestos. El olor de los cedros, o de los arrozales, o de la sopa de miso a la hora de cenar; el canto de las cigarras en verano; la voz de las dependientas de una tienda 24 horas; el sabor del natto (soja fermentada), cosas así. Es un lugar que añoro a pesar de que voy bastante porque mis padres y mis tías y mis primos viven allí. Lo cual no significa que sea mi casa, o que me sienta como en casa cuando estoy en sociedad. A mí se me considera extranjera en Japón (y en cualquier otra parte del mundo). Este es un tema de gran peso para mí pero que he tratado poco en mi “obra”, porque no sé muy bien cómo hacerlo sin que se simplifique o caiga en el juego del victimismo. Ha habido racismo y xenofobia y exclusión en mi vida porque eso es lo que pasa por defecto cuando te consideran de otra “raza” (una raza peor o peligrosa) o cuando representas la alteridad, en general. Mi vida ha estado también marcada por el errantismo o el nomadismo, que es distinto a la inmigración y el exilio, aunque confluyen los mismos sentimientos de desarraigo. Mis cómics Vagabond y Filthy hablan de este nomadismo y mi condición permanente de extranjera.

En cuanto a lo de ser japonesa, claro, es una parte importante de mí. Japón es el único país en el que me he resistido a que me llamen extranjera. En el resto de países asiento y digo “sí, soy extranjera”. Aunque soy de madre española, me identifico más con lo japonés que con lo español, primero porque ese es el reflejo que me devuelve el espejo del mundo, y segundo porque a España no me fui a vivir hasta los 14 años, después de Japón, Perú y Argentina, y fue sólo por dos años; a los 16 me mudé a París. Para colmo, esos primeros dos años en Madrid los pasé en el Liceo Francés, donde todo transcurre en francés, y el contacto que tuve con España en aquel momento estuvo muy filtrado por la visión francófona y francófila, incluso chovinista, que dominaba en el colegio. No tenía ni idea de lo que era España más allá de algunos recuerdos exóticos que guardaba de los cuatro o cinco veranos que pasé en Zamora de niña. No descubrí España hasta que volví para estudiar en la universidad.

Viviste en el barrio de Coconut Grove en Miami y ahora vives en Nueva York. Cuando veo tus fotos y tus dibujos pienso: Tana Oshima debe haber vivido en más de veinte ciudades ya. ¿Vivir y crear en una ciudad ajena afecta de alguna manera tu obra?

¡Noooo, no he vivido en tantas ciudades! Yo creo que sí afecta en cierta medida, porque cada ciudad inspira algo distinto, o a veces no inspira particularmente nada, aunque eso es raro que ocurra. Y si una ciudad ofrece un contexto cultural diferente, también me lleva a una forma de estar en el mundo que es diferente, lo cual puede influir en el tema de mis cómics o cómo lo abordo. Hay ciudades más vivas, más enérgicas y más opacas que otras, aunque puede que esta percepción sea muy subjetiva, porque la opacidad es relativa a lo que conocemos de antemano. Y también depende de lo que se espere de una ciudad. Yo he buscado en cada ciudad encontrar a personas que se hayan hecho el tipo de preguntas que me interesan a mí, y siempre las he encontrado. En Miami, en Nueva York y en San Francisco, por ceñirnos a Estados Unidos. Es ese contexto el que me impulsa a crear, y en ese sentido Nueva York es la ciudad que mayor impulso me ha dado, y casualmente o no, es aquí donde he encontrado una respuesta favorable a mis cómics. Pero son las personas, más que las ciudades, las que me inspiran el contenido de lo que voy a crear.

Existe una Tana mujer, una Tana madre, una Tana doméstica que se hace selfies en el laundry a donde lleva sus ropas y sus sábanas a lavar. Existe con seguridad una Tana cocinera y fregadora de platos sucios. Una Tana social y útil. ¿Cómo lidia una Tana con otro? Tengo curiosidad.

Jaja. Una Tana social, a veces. Útil, pocas veces.

La verdad es que no veo mucha separación entre la Tana doméstica y el resto de Tanas. No sé dónde empieza una y termina la otra, quizás porque le dedico poca atención a lo doméstico. En casa cocina mi marido, Carlos, y los platos sucios los friega una máquina. Paso la aspiradora casi a diario, eso sí, y es algo que me gusta y relaja, lo hago escuchando música. Y sí, una vez a la semana meto toneladas de ropa en dos o tres lavadoras industriales y luego repito la operación con las secadoras, aún más industriales. Es una experiencia que me resulta exótica y muy neoyorquina, porque para mí estar en Nueva York es como estar en plena Revolución Industrial, todo es tuerca, acero, andamio, vapor. Asbesto.

Casi siempre trabajo desde casa, sin tener que ver a nadie si no quiero. No sé, tengo momentos para las obligaciones y momentos de libertad y diferentes formas de relacionarme con el mundo según con quién esté. La maternidad me llena mucho, pero no me obsesiona. Me obsesionó en su momento, temporalmente, y no creo que fuera positivo. Pero es indudable que ha sido el cambio más importante de mi vida, y el de mayor impacto.

Sí es verdad que mi vida doméstica y familiar la dejo fuera de mis cómics. No siento la necesidad de hablar de ella y además lo que yo hago no es precisamente para niños.

Tus personajes no son héroes de ninguna batalla, no dan el ejemplo, no se portan bien. Tus personajes son antihéroes y el espacio donde se mueven se llama CAOS. Es un caos alegre en medio de mundo, eso sí. Un caos en el que yo estaría a pierna suelta y en el que Tana Oshima está a pierna suelta. Un caos gustoso, como dirían los brasileños. Pero hay sangre, desperdicios, lágrimas negras, cabellos mojados, orine, espinacas, Dostoievski. Cuéntame sobre ellos.

Hmm…, no he pensado mucho en mis personajes. Tendrías que preguntarles a ellos 😉 La “protagonista”, por llamarla de alguna manera, es casi siempre un alter ego mío, porque yo hago cómics principalmente para comunicarme con el mundo. (Con el mundo me refiero a las cinco personas que me leen). Por eso suelo ser yo la que narra, representada de una manera o de otra. En ese sentido mis personajes no tienen peso propio en la historia, sino que son una excusa para comunicar algo, una forma efímera que adopta la Idea para comunicarse.

s allá de ser una cuestión capciosa, algo tal vez evidente relacionado con el mercado, siento que te sientes cómoda escribiendo en inglés. ¿Qué pasa con el idioma, con la lengua materna y con las otras lenguas?

No me siento tan cómoda escribiendo en inglés. De hecho me cuesta y cometo errores. Pero vivo en un lugar en el que se habla inglés y si quiero relacionarme con este lugar como yo quiero, tengo que comunicarme en inglés. Casi siempre escribo primero en español y luego me traduzco a mí misma. El español es el idioma en el que más libremente escribo y en el que, paradójicamente, más atrapada me siento. Porque  de alguna forma siento que no le pertenezco, a pesar de que es mi lengua materna. Esto tiene todo que ver con mi no pertenencia a España. El hecho es que la lengua que mejor domino pertenece a un país en el que yo me confirmo como extranjera. No me pasa con el japonés, que hablo con mi padre y con mi hermana, porque es la lengua de mi infancia. Con el francés y el inglés tampoco me pasa porque son lenguas extranjeras para mí, aunque las hable, y yo soy extranjera para ellas. Pero con la lengua española, a la que le tengo un enorme cariño, tengo una relación complicada.

Por otra parte, lo de escribir en inglés también está relacionado con mi falta de esa caja de resonancia que mencioné antes cuando hablábamos de los medios independientes cubanos. Por eso decía que me parece envidiable. Yo no represento culturalmente a España. Y por esa razón o por otras, no pertenezco a ninguna red, a ninguna caja de resonancia correspondiente al idioma en el que escribo. De hecho me cuesta encontrar lectores en España. No siento que forme parte de una red de escritores o creadores de cómics españoles. Tampoco de los japoneses, porque no he publicado nada en japonés. Ni de los latinoamericanos, porque no soy latinoamericana. Así que apuesto por el inglés, porque la sociedad neoyorquina es más abierta y me ha hecho un hueco, por pequeño que sea, que no me había hecho en ningún otro lugar. Puede que me equivoque en mi análisis, pero es como lo percibo yo.

He sabido que además de madre, escritora, dibujante y periodista, eres también traductora. ¿Qué le interesa traducir a Tana? ¿Cómo?

Sí, estoy ahora con mi primera traducción literaria para una editorial española. Me parece un trabajo muy bonito, injustamente infravalorado y mal pagado. Me interesa traducir ficción, puede que poesía también. La labor de traducción me satisface en varios sentidos. Primero porque me gusta escribir, y traducir es reescribir una obra, más aún cuando se traduce de un idioma completamente distinto. Es algo que hablaba hace muy poco con una de las editoras. Segundo, porque me gusta tender un puente entre dos culturas que se conocen poco mutuamente. Cada idioma contiene un universo en sí mismo y para mí traducir es trasvasar ese universo en otro de la forma más rigurosa posible, y con rigor no me refiero a ser fiel a las palabras originales sino al universo en el que esas palabras se cargan de significado. Y para eso tengo que destruir primero y reconstruir después la obra, pieza a pieza. Lo difícil es que luego no se note el pegamento. En esas ando.

Has ilustrado libros para niños, artículos en revistas y libros de cómics que no son tuyos. Lo formal pesa en esas ilustraciones. Al verlas, la gente sabe que te pertenecen, que esas ilustraciones sólo pudo hacerlas Tana Oshima. Narrativamente también. Los diálogos en tus cómics sólo pueden haber sido escritos por ti. ¿Cuándo empezaste a dibujar y cuándo te diste cuenta de que ya habías conseguido ese estilo tuyo tan delicioso?

Gracias, Legna.

Siempre me gustó dibujar, pero ese estilo personal del que hablas, si existe, se empezó a definir en la última década, que es cuando empecé a tomármelo más en serio. Había decidido que no quería seguir en el periodismo y quería dedicarme a algo más artístico. Ese “estilo” surgió de no saber dibujar, por eso mis personajes son monigotes estáticos, porque se me da mal dibujar movimientos corporales. Tampoco me interesa dibujarlos, si te soy sincera. Irónicamente, aunque el cómic es por naturaleza secuencial, no me interesa dibujar secuencias visuales. Me aburre dibujar al mismo personaje en posturas similares de una viñeta a otra. Es más, me siento fraudulenta al hacerlo porque siento que cada viñeta debe sorprender, aunque no siempre lo consigo, ni mucho menos. A veces por el propio ritmo del texto no me queda otra que doblegarme a la secuencia gráfica.

Pero en realidad siento que “mi estilo” continúa todavía definiéndose, amoldándose poco a poco a lo que yo quiero. En esta última etapa estoy intentando que cada viñeta tenga identidad propia, dentro de lo posible. Que cada viñeta tenga su propia fuerza y lógica a nivel visual, independientemente del resto, aunque conectada con el resto.

 

Anoche cambiaste tu foto de perfil de Facebook mientras yo redactaba las preguntas que quería hacerte. Estaba redactando en mi blog de notas cuando apareció en el teléfono la banda de las notificaciones: Tana Oshima ha cambiado su foto de perfil. Enseguida fui a ver tu foto y me dio la impresión de que sabías lo que yo estaba haciendo. Me habías cogido asando maíz. Significa que me cogiste in fraganti. En la foto el paisaje es amarillo, Tana Oshima es amarilla y cualquier sensación que se derive de ahí acentúa el amarillo. Esos son los tipos de relaciones que me gustan de las redes sociales. ¿A ti, qué te parecen?

A mí siempre me dio la sensación de que tú lo sabes todo aunque yo no te lo diga.

Las redes sociales son curiosas. Un amigo mío dijo hace tiempo que Facebook es como la plaza del pueblo, un concepto que es muy español, puede que europeo, y que también se da, creo, en los países que fueron colonias españolas. En los pueblos de España la gente sale por la tarde a pasear y acaba en la plaza mayor y se sienta en los bancos a hablar con la gente. En la plaza te enteras de lo que pasa en el pueblo, de lo que han hecho Pepito y Juanito, de que Juanita se ha casado y a Pepita la han enterrado. También está lo que no se dice, lo que se chismorrea, está lo que se comenta en voz alta y en voz baja, están los que tienen muchos amigos y los que tienen pocos amigos. El símil con Facebook me parece bueno. Y, como tú dices, es bonito seguir el rastro de las personas que nos interesan y notar esa presencia silenciosa, ese interés mutuo, a través de la pantalla.

Pulp Friction es una historia de amor que empieza con una mordida. Los personajes se encuentran y ella lo muerde a él. Se habían conocido hacía veinte años y también entonces ella lo había mordido. Yo leo amor en cada cómic de Tana Oshima. ¿Amor mordido?

Jajaja. Pulp Friction son historias de amor locas y absurdas, de las que me divierte escribir. Es mi cómic más ligero, pero claro, es uno de los pocos que has podido leer tú porque después de Pulp Friction dejé de publicar en español por falta de lectores. De los cuatro cómics que vinieron después, que son los que publiqué el año pasado (en inglés), dos están cargados de amor, pero en ellos el amor no es un fin, sino el único mundo posible. Pienso en el amor como una forma plena de acceder a lo mejor de uno mismo y a lo mejor del otro, una forma de conocimiento que me parece única porque combina lo celestial y lo terrenal, lo concreto y lo abstracto, la teoría y la práctica, la idea y el hecho, lo espiritual y lo sensual. Todo a la vez. El amor erótico permite acceder a la realidad a través de los cinco sentidos simultáneamente, algo que no se da a menudo fuera de ese contexto (¿salvo cuando comemos algo muy sabroso?). Es una experiencia única y valiosa.

En el budismo zen, y concretamente en las doctrinas de Kukai, que fue un monje japonés del siglo IX, se dice que las cosas sólo existen cuando las ves, pero no con los ojos, sino con la conciencia, lo cual se consigue a través de una experiencia sensorial completa, con los cinco sentidos bien despiertos. A mí me parece que, a pesar del dicho de que el amor es ciego, el amor, bien entendido y bien ejercitado, nos eleva a otro nivel de conciencia.

¿Qué libros lee Tana Oshima mientras produce su obra? ¿Qué películas ve? ¿Qué música oye? ¿Qué comida come? ¿Qué quidos bebe?

En 2019 leí más poesía que novela, y he leído poco en español, lo cual lamento. Sí leí en español a una tal Legna Rodríguez Iglesias, porque sus libros los leo siempre, siempre. Y sus artículos también, aunque a veces lo haga con retraso. Leí a Soleida Ríos, a Dolores Reyes, a Ezequiel Zaidenwerg, a Juan Benet. En inglés, a Mark Strand, Bob Hicok, Elizabeth Bishop… Ahora estoy leyendo a Deleuze. Películas no he visto muchas, no he tenido tiempo. Vi algunas de las que me recomendaste tú y algunas japonesas: un par de Ozu y también La mujer de las dunas.

Me encanta escuchar música mientras dibujo. Tengo tendencia a escuchar lo mismo una y otra vez (The Velvet Underground, Magnetic Fields, Moustaki, George Benson) pero últimamente estoy escuchando cosas más variadas, cosas que me recomiendan. Me gusta la percusión. Ahora llevo cuatro días escuchando el Réquiem de Mozart, obsesivamente. Ir al supermercado se vuelve un acto absurdamente dramático cuando vas escuchando la Lacrimosa. Hay una elevación espiritual en el momento de poner las pechugas de pollo en la cesta porque en tus oídos hay un coro cantando “Aaaaaaaameeeeeeeen” después de haber pedido la salvación del alma de alguien que acaba de morir, que para mí es Mozart. No soy nada religiosa, soy anti-religión, pero aprecio el valor de lo espiritual y al mismo tiempo me gusta corromperlo un poco y yuxtaponerlo a unas pechugas de pollo expuestas en una vitrina bajo un tubo fluorescente.

Comida: cuando trabajo suelo estar sola y me alimento de cualquier cosa, le dedico un tiempo mínimo a la comida. Como ensalada, o sopa de miso con arroz, si tengo, o arroz con natto, si tengo (me encanta), o me hago un sandwich miserable, o pan con ajo y aceite de oliva, como hoy. Sandía si es verano. También me encanta comer patatas fritas con una lata de mejillones en escabeche, marca Vigo, $2,75.

Bebidas: té negro por la mañana, quinientas tazas de hojicha (un tipo de té verde japonés que no tiene cafeína) durante el resto del día. Muguicha (infusión de cebada) frío si es verano.

¿Cuál es el libro que estás escribiendo ahora, ese al que pertenecen las últimas escenas que hemos devorado en redes? ¿Cuál es el cómic que aún no has dibujado y que no te deja dormir?

El cómic que estoy haciendo ahora ya está escrito, en buena parte, pero no dibujado. Será un librito dedicado a Nueva York, historias que transcurren aquí, medio ficticias o ficcionadas. Como en Nabokova, hablo mucho del arte y del mundo que lo rodea, porque desde que empecé a colaborar con esta galería que se llama White Box he podido conocer un poco más de cerca un sector que tiene mucho peso en Nueva York, y que se caracteriza por algunas cosas atractivas y muchas cosas grotescas. Y, por supuesto, también habrá historias de amor en este nuevo cómic.

¿Algún cómic que no haya dibujado todavía y no me deje dormir? Que no me deje dormir, no creo. Me gustaría experimentar más con las dimensiones de mis dibujos, poder utilizar pinceles del tamaño de un brazo. Pero no tengo espacio en mi mesa para eso, ni mucho menos en mi piso diminuto.

Si te parece bien, podemos terminar la entrevista con una palabra. La primera palabra que te venga a la mente ahora mismo.

 

Miami-NewYork, 9-10 de enero del 2020
12:23

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LEGNA RODRÍGUEZ IGLESIAS
Legna Rodríguez Iglesias. Trabaja en sus labores. Escribe una columna irrelevante en la revista digital El Estornudo. Obtuvo el Premio Centrigugados de Poesía Joven, España, 2019; el Paz Prize, otorgado por The National Poetry Series, 2016; el Premio Casa de Las Américas, teatro, 2016; y el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, 2011. Es autora de varios libros como Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo, poesía, Ediciones Liliputienses, 2019; Spinning Mill, poesía, CardBoard House Press, 2019; La mujer que compró el mundo, cuento, Editorial Los Libros de La Mujer Rota, 2017; Mi novia preferida fue un bulldog francés, narrativa hispana, Editorial Alfaguara, 2017; Miami Century Fox, 51 sonetos, Akashic Books, 2017; Transtucé, poesía, Editorial Casa Vacía, 2017; Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta, teatro, Casa de Las Américas, 2016; Chicle (ahora es cuando), poesía, Editorial Letras Cubanas, 2016; Mayonesa bien brillante, novela, Hypermedia Ediciones, 2015; No sabe/no contesta, cuento, Ediciones La Palma, 2015; Las analfabetas, novela, Editorial Bokeh, 2015; entre otros.
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