'La Ecuación de Mifflin', El Ciervo Encantado, performance en escena, 2022
'La Ecuación de Mifflin', El Ciervo Encantado, performance en escena, 2022

Era otra vez El Ciervo Encantado en su sede de Línea y 18. Eran otra vez Mariela Brito y Nelda Castillo desatadas en una performance que se alimentaba de peculiarísimas fuentes bibliográficas. A saber, y según su programa de mano: Manual sobre necesidades nutricionales del hombre firmado por la Organización Mundial de la Salud; Nuevos requerimientos de energía, por el Comité de expertos de la FAO/OMS/UNU; Seguridad alimentaria, seguridad nacional, de Felipe Torres Torres y Gestión de la seguridad alimentaria: análisis de su aplicación efectiva, de Juan José Francisco Polledo entre poco más de una decena de títulos similares.

Era, otra vez, una puesta en escena que, apostando más por la imagen que por la palabra, se instauraba ante el público con una rara e intensa locuacidad. Era La Ecuación de Mifflin (2022) y el sondeo en los interiores de la vida de un cubano cualquiera, una vida común y corriente dispuesta sobre una mesa de disecciones.

Parece morosa la performance en escena. Y lo es mientras Mariela y Nelda pesan y distribuyen con parsimonia, frialdad y rigurosidad de quirófano, sobre platos y vasos desechables, kilogramos, libras, onzas y mililitros de alimentos a los que mensualmente la población cubana tiene acceso a través de su Libreta de Control de Ventas para Productos Alimenticios o Libreta de Abastecimiento. Sí, una canasta básica subsidiada cuyo objeto, y no solo su composición, será parte de la “disección”.

Bajo el blanco de los uniformes de laboratorio –que incluye mascarilla, gorro, guantes, espejuelos y botas presumiblemente impermeables– ellas distribuyen equitativamente según la cuota prefijada por el Estado a través del Ministerio de Comercio Interior: 7 libras de arroz, 3 de azúcar refino y 1 turbinada, 115 gramos de café, 1 libra de pollo, 10 onzas de frijoles negros, 10 onzas de chícharos, un pan diario, 500 mililitros de aceite, 7 huevos.

Bajo el uniforme se desdibuja algo más que el género de quien ejecuta, a través de la Ecuación de Mifflin, el cálculo de la Tasa Metabólica Basal (TMB), entendida cual cantidad mínima de energía que un individuo necesita, en estado de reposo, para que su cuerpo lleve a cabo las funciones vitales y con ello el correcto funcionamiento del organismo, en función de su peso, estatura y edad. Con este cálculo se arriba a la recomendación de consumo diario de calorías según el sujeto analizado.

Una letra, que no un nombre, nos sirve para diferenciar a quienes ejecutan mediciones y cálculos: N y M. Sabemos que en la vida real la N es la letra inicial de Nelda, la M es la de Mariela. Pero sobre el escenario dicha letra paradójicamente borra la identidad.

En tanto nombres, ¿el uso de la N y la M habla de la distancia que separa al funcionario en la oficina del Ministerio, o en la del Gobierno, respecto del consumidor diluido al interior de la masa de consumidores? ¿Además señala una suerte de incomunicación, la no identificación, pone el foco sobre el individuo que desde el (micro/macro) poder no puede ser nombrado?

En esos uniformes también podría estar contenida otra clave de lectura: un control o contención de orden político, una suerte de ajuste previo del colectivo teatral para que la performance, en su parquedad, sea locuaz una vez que las imágenes junto con las cifras arriben “incontaminadas” al espectador, y operen en el territorio de las ideas. Porque literalmente el uniforme y el resto de los medios de protección se emplean para el control biológico. Ningún agente contaminante cruzará de los alimentos al cuerpo humano, como tampoco del cuerpo a las muestras pesadas y distribuidas en 31 platos y 31 vasos.

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Puesto a reseñar la obra he obviado el inicio de esta: la función no ha comenzado y ya hay un par de ganchos suspendidos sobre la mesa cubierta por una tela verde; ese verde propio de hospitales, clínicas dentales, laboratorios. De ellos, como si fuesen dos anzuelos al extremo de un par de hilos muy finos, penderá una pizarra cuando las actrices o performers finalmente entren a escena. A lo largo de La Ecuación de Mifflin de Mariela Brito, con dirección general de Nelda Castillo, algo inexplicable me obliga a no olvidar el par de ganchos.

Debo confesar que solo cuando acabó la función supe cuál era el objeto que, al mirar los ganchos, arribaba a mi memoria. Por sorprendente que parezca me recordaban los garfios de acero donde colgaban paletas, lomos, costillares y perniles en las carnicerías de antaño. Vivir para ver, ver para creer.

¿Acaso mi cabeza establecía tales asociaciones por adelantado, porque había visto una serie de fotos de La Ecuación… en las redes sociales? Sin lugar a dudas, eran spoilers, pero cada quién construye una realidad o subjetividad diferente con los mismos recursos, con los mismos materiales. Y me dejé llevar.

'La Ecuación de Mifflin', El Ciervo Encantado, performance en escena, 2022
‘La Ecuación de Mifflin’, El Ciervo Encantado, performance en escena, 2022

Transcurrieron los minutos iniciales, tremendos y bellos con aquel enorme telón de fondo agitándose. Mientras se escuchaba “MARS, The Bringer of War” de Isao Tomita (incluido en el disco The Planets), de súbito imaginé mi barrio de la infancia, mi ciudad, este breve país y el globo terráqueo sacudidos por sus cuatro costados a la manera de un hervidero de sonidos y objetos y personas en endiablado movimiento. Este es sin dudas el momento teatral, que no el único momento bello y rotundo y elocuente. Con la presencia de N y M se iría construyendo / confirmando mi veleidosa asociación: la del gancho. El resto de la performance opera en otra zona, una que descoloca, que parece dilatarse, desesperar. ¿Es lo que El Ciervo Encantado busca bajo aquel ambiente a todas luces antiséptico?

¿Se nos habla de toda una estrategia en el orden de lo kafkiano?

N y M llevan un registro minucioso de cada porción medida en gramos o mililitros convertidos luego en kilocalorías. Pesar, dividir, depositar meticulosamente en recipientes. No todos los alimentos podrán ser divididos y repartidos de manera equitativa en las 31 porciones diarias. Según transcurre el mes, los platos y vasos apenas contendrán un pan, unos gramos de arroz y frijoles. En los últimos platos los alimentos distribuidos operan casi en elipsis: solo pan y azúcar; visto así, la comida de la canasta básica habita más en el discurso sugerido que en el recipiente o la barriga.

Las kilocalorías correspondientes a las porciones distribuidas serán las variables a ubicar en la Ecuación de Mifflin junto a los datos ya sabidos del individuo en cuestión (talla, peso, edad). Sí, se miden y se reparten con exactitud en el laboratorio los alimentos que en el hogar se dividen y cuecen a ojo de buen cubero. A fuerza de haber vivido más de una vez la experiencia de “multiplicar panes y peces”, el espectador intuye hacia dónde se moverá la performance, cuál será su final. Pero quienes lo concibieron han escondido una carta bajo la manga: no habrá catarsis, al menos no en sentido convencional.

El resultado de la ecuación no sorprenderá. Los valores de la TMB del individuo elegido como muestra –un sesentón que solo está respirando, su corazón bombeando sangre, los riñones filtrando la orina, sus neuronas ejecutando la sinapsis– serán inferiores al valor ideal del consumo de kilocalorías de una persona en reposo. ¿Acaso no era el resultado que se esperaba? ¿Qué esperábamos toda vez que se nos advertía en el programa de mano performance en escena?

En tanto cuarta pared, o desde ella, vimos cómo tal categoría fue diluyéndose una vez los asistentes fuimos invitados a recorrer la sala de disecciones.

Es elocuente lo que se ve bajo la gélida atmósfera. La mesa de disección parece avocada a toda una patogenia no ya del sujeto utilizado de muestra, sino del contexto que lo contiene. N y M manipulan los alimentos como se manipula un cuerpo muerto. Es la autopsia no tanto de la dieta del cubano, sino un corte en canal para asomarse al tejido interno de Cuba.

N y M son, en el abecedario, dos simples letras consecutivas. Bien mirado, también son dos funcionarios aparentemente intercambiables, sustituibles, y llegado el caso, totalmente desechables como sus uniformes; en tanto “forenses”, manosean parte de cuanto contienen las tripas de la nación: la comida. Con la comida se hace política: “¡¡Jama o libertad…!!”, gritó el otro Pánfilo, el negro, el que deambulaba por la ciudad, un alarido aparentemente situado en la locura amable.

'La Ecuación de Mifflin', El Ciervo Encantado, performance en escena, 2022
‘La Ecuación de Mifflin’, El Ciervo Encantado, performance en escena, 2022

Zapatos fuera y gorro mediante, podíamos incluso conversar con N y M al final de la performance. Parecía no contener una dramaturgia según el sentido clásico, como tampoco un final; se trataba de una acción que transcurre, que “contamina” una vez que salta el “control biológico” establecido por la cuarta pared.

En ese punto de giro acontecen las preguntas: ¿se habla de vulnerabilidad, de precariedad, de mercado negro, de enfermedades asociadas a la (in)seguridad alimentaria? Las preguntas atravesarán cual vectores un contexto económico y político, interrogarán las prácticas económicas, las estrategias de producción, importación y distribución de alimentos ejecutadas por el Gobierno a lo largo de poco más de seis décadas. Cuestionarán, desde lo ético y lo moral, la conducta de funcionarios y trabajadores de los servicios.

N y M parecen situar entre signos de interrogación decisiones y prácticas de sobrevivencia del propio público, un público o colectivo del que ellas mismas, a final de cuentas, forman parte. ¿N(elda) y M(ariela) nos han invitado a “su propia catarsis personal”?, ¿de paso nos ubican en un planteamiento retador: cómo solucionar por nosotros mismos el problema de la TMB? Un problema arduo en la Cuba post Covid, asolada por la inflación y el desabastecimiento incluso en las tiendas que operan con moneda libremente convertible (MLC), la falta de empoderamiento en buena parte de la población, entre otros factores.

Esos ganchos que en un inicio vi, y que secretamente conectaba con los garfios de acero de las carnicerías de antaño, no estaban en escena solo para que de ellos colgara la pizarra, esa superficie lisa en la que parece transcurrir la vida de un cubano común y corriente. De algún modo me vi atravesado por esos garfios, casi imposibilitado de todo, como un cuerpo trágicamente en reposo, un improbable trozo de carne salido a escondidas del matadero.

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Ahmel Echevarría (La Habana, 1974). Narrador cubano. Ha publicado los libros Inventario (Premio David 2004, cuento, Ediciones Unión, 2007), Esquirlas (Premio Pinos Nuevos 2005, novela, Editorial Letras Cubanas, 2006), Días de entrenamiento (Premio Franz Kafka de Novelas de Gaveta 2010), Búfalos camino al matadero (Premio José Soler Puig 2012, novela, Editorial Oriente, 2013), La noria (Premio de Novela Ítalo Calvino, 2012, Ediciones Unión, 2013; Premio de la Crítica Literaria de Cuba 2013), Insomnio –the fight club– (relatos, Letras Cubanas, 2015), y Caballo con arzones (Premio Alejo Carpentier de Novela 2017, Editorial Letras Cubanas, 2017; Premio de la Crítica Literaria de 2017).

2 comentarios

  1. Desde hace mucho tiempo tengo la severa convicción de que el ser humano (en este caso, el «ser cubano») no tiene problemas políticos, sino económicos. ¿Será que la política, a fin de cuentas, sí resulta la expresión concentrada de la economía?
    Excelente texto, excelente obra. No lo pensaría dos veces, de estar en La Habana, para degustar in situ de esta pieza.

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