Miembros del Movimiento San Isidro colocan una bandera cubana en la sede de la organización

En los últimos días, mientras la última protesta del Movimiento de San Isidro se ha transformado de una lectura de poesía colectiva a un estado de sitio, ha surgido una pregunta importante sobre la prensa extranjera en Cuba. ¿Dónde están los periodistas de Reuters y Associated Press? ¿Por qué los corresponsales extranjeros parecen ignorar la situación? Estas son preguntas extremadamente relevantes que merecen una consideración seria y ya es hora de que los cubanos se las hagan públicamente. Digo esto como alguien que ha publicado docenas de artículos sobre eventos culturales cubanos en periódicos y revistas extranjeras desde los años ochenta, a quien el Ministerio de Relaciones Exteriores le ha negado visas, alguien que ha sido deportada de Cuba debido a mis alianzas con artistas y escritores independientes, y que, sin embargo, sigue escribiendo y haciendo películas sobre los esfuerzos de activistas en la isla.

Sin embargo, resulta desafortunado que la cuestión del silencio de la prensa se haya planteado como un fracaso moral. Las causas del silencio generalizado son mucho más complejas. Reducir el dilema a los principios personales confunde el papel del periodista, tratándolo como portavoz de un grupo de interés, y eso replicaría el papel actual de los medios oficiales de Cuba que sirven como ala de propaganda del Partido Comunista. Ningún periodista extranjero quiere considerarse rehén de los intereses políticos de sus fuentes de información. Mientras que el emergente sector de medios independientes de Cuba dedica mucha atención a los opositores del régimen para compensar la obvia mala representación de la disidencia en los medios oficiales, los periodistas extranjeros que escriben para los medios extranjeros están llamados a esforzarse por lograr un “equilibrio”, por más difícil que sea. Los periodistas extranjeros no ejercen un control absoluto sobre los temas de sus artículos o el contenido de sus informes, el proceso de toma de decisiones detrás de cada publicación es complicado y altamente político. Los editores de periódicos toman decisiones basadas en intereses y objetivos políticos y económicos más grandes.

No es ningún secreto que en los medios de comunicación dominantes fuera de Cuba existe cierta cautela en lo que respecta a caracterizar a Cuba como un Estado totalitario, precisamente porque este fue el estándar durante la Guerra Fría, y sigue asociado con una política exterior conservadora pro-americana. Esto explica en cierta medida por qué los medios extranjeros que suelen recoger historias sobre la represión en Cuba son los de extrema derecha.

Para muchos fuera y dentro de los Estados Unidos, la objetividad periodística se mide por la distancia que uno tiene de esa posición de línea dura. Los cubanos necesitan reconocer que, si bien puede ser un gesto radical para ellos llamar totalitario al gobierno cubano públicamente, ese epíteto es bastante anticuado fuera de la isla. Además, como argumentó la politóloga Claudia Hilb en su libro Silencio, Cuba: la izquierda demócrata frente al régimen de la Revolución Cubana, la izquierda latinoamericana se niega a criticar el historial de derechos humanos del gobierno cubano por un sentimiento de endeudamiento debido a haber estado protegida por Cuba durante las dictaduras militares de los años setenta. Incluso si dejamos de lado el legado de la Guerra Fría, el mandato más común para los periodistas en los Estados Unidos que cubren cualquier región es crear una ecología de cobertura que abarque desde artículos sobre procedimientos oficiales del Estado hasta historias de interés humano e informes investigadores. Dado que el gobierno cubano impide que los periodistas visiten lugares políticamente delicados como prisiones, tribunales y comisarías de policía y también penaliza las interacciones entre ciudadanos no autorizados y periodistas extranjeros, la posibilidad de elaborar investigaciones es prácticamente nula. En lugar de quejarse de que los periodistas extranjeros no investigan, los activistas cubanos pueden abogar por leyes de derechos civiles que legalicen el acceso a las instituciones estatales como servicio público.

Los periodistas y artistas independientes cubanos que han comenzado a señalar la falta de cobertura de la prensa extranjera han observado que sus corresponsales han sido expulsados de Cuba por publicar puntos de vista críticos. El ejemplo más conocido de este fenómeno es el caso del uruguayo Fernando Ravsberg, un periodista de izquierdas que pasó casi tres décadas escribiendo desde Cuba y fue expulsado de la isla por su informe sobre las negociaciones entre Cubana de Aviación y Global Air después del trágico accidente de 2016.

Sin embargo, sugerir, como se hizo en un artículo de Cubanet, que los corresponsales extranjeros que no cuestionan los límites de los derechos concedidos por el MINREX están sólo en Cuba para hacer turismo es puramente especulativo y no una manera constructiva de llegar a la comprensión de la situación. De hecho, muchos periodistas extranjeros han cubierto asuntos anteriores relacionados con la oposición, enviando informes sobre el Proyecto Varela, la Primavera Negra y las Damas de Blanco. Sin embargo, cabe señalar que durante y después del acercamiento orquestado por la Administración Obama, la cobertura general en los Estados Unidos se desplazó hacia un tratamiento periodístico “suave” de Cuba que apuntaba a llegar a un número más amplio de lectores estadounidenses que eran ingenuamente curiosos acerca de un lugar que se les había prohibido visitar durante décadas y de repente se les invita a reconsiderar. Además, como parte de un esfuerzo por demostrar un espíritu de buena voluntad estadounidense, los periódicos más influyentes como The New York Times enviaron equipos para reunirse con los medios de comunicación oficiales cubanos y publicaron decenas de artículos empalagosos sobre figuras gubernamentales como Mariela Castro, así como una serie de historias sobre los cubanos “típicos”, ingeniosos y valientes que hacen que los coches viejos funcionen y lanzan negocios en sus portales. En resumen, lo que los corresponsales extranjeros pueden publicar tiene mucho que ver con las políticas de los gobiernos de los que provienen y, en el caso estadounidense, ha ocurrido un cambio global en la información que se aleja de las noticias difíciles hacia historias de interés humano.

Hay todavía otras consideraciones para tener en cuenta con respecto a la escasez de cobertura extranjera de la protesta actual de MSI. El resto del mundo se encuentra en estos momentos frente a un segundo aumento de la Covid-19 y los conflictos sobre los resultados de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, que generan una inestabilidad económica y política generalizada. Para los cubanos esperar que la historia de una docena de activistas encerrados en una casa superaría el impacto de una crisis global es poco realista. A esto se suma que la Administración Biden entrante probablemente esté sopesando sus opciones con respecto a Cuba en este momento y, por lo tanto, no esté dispuesta a hacer declaraciones sobre los derechos humanos antes de reabrir las negociaciones bilaterales. Además, la dinámica entre el MSI y la Seguridad del Estado cubano se ha convertido en un círculo vicioso de acciones “artivistas”, hostigamiento, detención e intentos de activistas de documentar sus esfuerzos pacíficos para desafiar la represión policial. Si bien puede parecer desconsolador que los periodistas extranjeros no respondan a una huelga de hambre, es muy probable que sus editores estén mirando desde lejos y observando la escala relativamente pequeña de esta protesta en comparación con las protestas masivas contra los gobiernos en Perú, Hong Kong y Bielorrusia. De hecho, la pequeña escala de la oposición cubana es frecuentemente citada fuera de Cuba como un signo de debilidad, por inexacta que sea esa evaluación. Mis propios editores me han dicho más de una vez que no cubrirán las protestas cubanas hasta que sean más sustanciales.

En conclusión, cabe señalar que es muy admirable que en los últimos años los medios independientes cubanos hayan desarrollado una red vital de cobertura sobre la disidencia en Cuba, y es cierto que esta cobertura, junto con el creciente acceso a las redes sociales, ha permitido que más cubanos en todo el mundo estén informados sobre lo que ocurre dentro del país. Sin embargo, la naturaleza del disenso ha sido en gran medida reactiva en lugar de proactiva. Con esto quiero decir que los cubanos tienden a protestar por el maltrato y la detención de individuos. Los esfuerzos de artistas, periodistas y cineastas por impugnar el decreto 349 y el decreto 370 contrastan con esa tendencia, en el sentido de que se trata de esfuerzos colectivos encaminados a impugnar las leyes, y esos esfuerzos recibieron una amplia cobertura de los medios de comunicación extranjeros. No sería difícil cuestionar el procedimiento policial y judicial para revelar el racismo sistémico y la arbitrariedad como está incrustado en la práctica del Estado cubano. Ese enfoque, en lugar de la fijación en los individuos, podría convertirse en la base de una alianza entre activistas cubanos de derechos civiles y un creciente movimiento internacional antirracista, algo que, en mi opinión, hace mucho que debería haberse adoptado.

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COCO FUSCO
Coco Fusco. Artista interdisciplinaria, escritora y profesora. Ha recibido numerosos premios y becas, entre los que merece destacar una beca Guggenheim, una beca Fulbright y el premio de escritura Absolut Art, todo ello en 2013. En la 56.ª Biennale de Venecia se presentaron performances y vídeos suyos, al igual que en varias bienales del Museo Whitney de Nueva York. Su libro Pasos peligrosos. Performance y política en Cuba se ocupa del artivismo y otras formas de resistencia civil a partir del arte en la Isla.
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