Elizabeth Bishop: “El iceberg imaginario”

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El enorme poder de la reticencia, que es la gran lección de Elizabeth Bishop.
Octavio Paz

Ciertamente, el espléndido laconismo de muchos de los poemas de la escritora norteamericana es un logro considerable, pero, en rigor de verdad, muchos otros poetas comparten este rasgo y no resultan tan fascinantes. Se vuelve necesario entonces buscar otra razón para explicar el excepcional interés que despierta la poesía de Bishop en nuestra época. Una de las respuestas posibles se encuentra en una extraordinaria carta enviada por la propia Bishop a uno de sus amigos en 1934, en la cual, en el contexto de una discusión sobre ciertos escritores barrocos ingleses, ofrece lo que podría ser una inmejorable definición de su obra futura (en ese momento apenas había publicado): “el propósito de estos escritores era representar, no un pensamiento, sino una mente pensando […] sabían que una idea separada del acto de experimentarla no es realmente la idea que fue experimentada. El ardor de su concepción en la mente es una parte necesaria de su verdad.”

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Esta sofisticada doctrina estética (que John Ashbery probablemente suscribiría sin reservas) es el fundamento de algunos de sus mejores poemas, como en “El iceberg imaginario”, donde Bishop elabora una complicada alegoría mediante la descripción de un paisaje mental de singular extrañeza

El iceberg imaginario

Preferiríamos tener el iceberg antes que el barco,
Aunque significase el fin del viaje.
Aunque se erigiese inmóvil como una roca
Y todo el mar fuese mármol que se agita.
Preferiríamos tener el iceberg antes que el barco;
Preferiríamos poseer esta jadeante llanura de nieve
Aunque las velas del barco se tendiesen sobre el mar
Como yace la nieve, intacta, sobre el agua.
Oh, solemne espacio que flota, ¿sabes acaso que
Un iceberg descansa sobre ti, y que cuando despierte
Tal vez pacerá sobre tu nieve?

Un marinero daría un ojo
Por esta escena:
Se ignora al barco. El iceberg se levanta
Y se hunde de nuevo; sus vítreas cumbres
Corrigen las elipsis en el cielo.
Esta es una escena donde aquel acostumbrado al mar
Se queda sin retórica. El manto de hielo tiene la ligereza suficiente
Para elevarse sobre cuerdas más finas
Que las provistas por la nieve.
La agudeza de estas cumbres heladas
Puede contender con el sol. El iceberg se atreve
A depositar su peso sobre un escenario cambiante
Y se eleva y observa con atención.

El iceberg pule sus aristas
Desde adentro.
Como una joya dentro de un sepulcro
Se salva eternamente a sí mismo
Y sólo a sí mismo se adorna, mientras la nieve
Que tanto nos sorprende, yace, quizás, sobre el mar.
Adiós, adiós, decimos, y el barco se dirige
Hacia donde las olas chocan con otras olas
Y las nubes se mueven en un cielo más cálido.
Le corresponde al alma ver así a los icebergs
(Habiendo sido formada, como estos, de los elementos
Menos visibles):
Monumentales, luminosos, indivisibles.

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UBALDO LEÓN BARRETO
UBALDO LEÓN BARRETO
Ubaldo León Barreto (San Antonio de los Baños, 1981). Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana.

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