‘Firmeza’: una exposición antológica de Marta María Pérez Bravo

0
‘Prejuicios’, Marta María Pérez Bravo, 1999, impresión digital, 120 x 150 cm

Cuando alguien describe un sueño es extremadamente difícil –por no decir imposible– trasmitir en palabras y con algún grado de coherencia la emoción o la vivencia de aquello experimentado en el viaje hacia el mundo de lo onírico, de lo incomunicable. Las imágenes que ahí se nos aparecen son egoístas: prefieren no ser compartidas. Sin embargo, el ser humano es testarudo y levanta, de manera atrevida y retadora, el velo de silencio que lo separa de ese “otro mundo”: el inconsciente, los sueños, los espíritus. Los seres se alzan y nos llaman desde su muerte/vida con un susurro casi inaudible. La fiera presencia de lo ignoto asecha. Si ello (lo incomprensible, lo innombrable) permanece ahí afuera, me atrevería a decir que el eco de lo desconocido siempre deja huellas, signos.

Ese mundo que nos es ajeno, que asoma como un espacio vacío que parece un abismo insondable, adquiere luz, presencia y fuerza y obliga a mirar fijamente hacia sus entrañas oscuras. Precisamente, la dualidad luz-oscuridad, de larga tradición en el imaginario visual occidental, es utilizada por Marta María Pérez Bravo para replantear, desde una religiosidad muy personal y de marcadas referencias autobiográficas, la vorágine de tiniebla y claridad que enceguece a los hombres en su inestable travesía por la vida buscando la firmeza espiritual.

El recorrido de esta exposición por las piezas más significativas –como lo es la obra que le da título a la exhibición, Firmeza (1991)– de la producción fotográfica de Marta María Pérez Bravo invita al público concurrente a la sala temporal del Edificio de Arte Cubano a sumergirse en un mundo de símbolos, espectros y casas vacías. La apertura de la exposición tuvo lugar el pasado viernes 13 de marzo a las 4:00 p.m. y estará abierta al público hasta el venidero 15 de junio.

‘Firmeza’, Marta María Pérez Bravo, 1991, plata sobre gelatina, 50 x 40 cm

La exhibición abarca una amplia línea cronológica, teniendo en cuenta tanto lo formal como lo conceptual, que se extiende por tres décadas de creación de la artista. En total fueron elegidas cincuentaisiete fotografías y diez videoartes de la colección personal de la artista para conformar la que constituye su primera muestra personal en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.

La propuesta comienza con las primeras incursiones de Marta María en la fotografía, hacia mediados de los años ochenta, como medio para canalizar sus inquietudes sobre temas como el espiritismo, la maternidad y la desmitificación del culto a la belleza femenina (Para concebir, 1985-1986). Pero continúa hasta incluir obras más contemporáneas donde se explora el universo audiovisual con sugerentes videos —Dos retratos (2013), Corona (2017) y Lágrimas verticales (2019)–, que indagan sobre la naturaleza de la fe y la fuerza de las creencias religiosas para darle sentido a la existencia.

De la serie ‘Para concebir’, Marta María Pérez Bravo, 1985-1986, plata sobre gelatina, 40 x 50 cm

La disposición curatorial de las piezas me hace pensar en un desplazamiento simbólico por los cuatro elementos de la naturaleza –tierra, agua, fuego y aire– que constituyen el fundamento de cosmogonías religiosas, como la Regla de Ocha o el Palo Monte, de origen africano, y de cosmovisiones como el Espiritismo de tradición anglosajona. Estos elementos, por supuesto, no se representan visualmente aislados sino en una profunda interconexión. Cada uno hace nacer de su propia sustancia material al otro: la naturaleza y el espíritu como un todo entrelazado y críptico. Ambos, susceptibles de ser cuestionados por la insistencia y la duda de una artista en su empeño existencial por conocer el amplio espectro de ese lugar que se encuentra “más allá” de la racionalidad humana.

‘Autorretrato con aguas’, Marta María Pérez Bravo, 1985, plata sobre gelatina, 40 x 50 cm

El agua penetra la tierra con su serpenteante movimiento. Se cuela por cada resquicio y dejar correr su savia por la tierra, seca y resistente. En este sentido, el agua es una alusión muy clara a la fertilidad y a la invocación a las deidades yorubas que rigen estos dominios: Ochún y Yemayá. Ambas exigen sacrificios y devoción absoluta. Dar para recibir. El curso de las aguas hay que dirigirlo, y para ello no deben escatimarse esfuerzos. En Autorretrato con aguas (1985), la propia artista se expone como sujeto del lente y, sobre sus propios hombros, carga unas sogas que simulan el peso inconmensurable del agua. Líquido que da vida y que la quita. Las diosas son implacables.

La religión es aquí un motivo subrepticio pero constante. Los elementos citados, la tierra y el agua, funcionan como símbolos representacionales efectivos para evocar el potencial creador y destructor de la vida y que las fuerzas de la naturaleza personifican.

La maternidad simboliza este principio de la naturaleza. La semilla que se siembra exige un precio. Y ella, Marta María, lo sabe. Los prejuicios pueden pesar sobre la conciencia (Los prejuicios, 1999). El nacimiento es una metáfora del primer paso que conlleva todo viaje espiritual. En ese sentido, el proceso del embarazo y la iniciación en la práctica religiosa se homologan: ambos pueden resultar dolorosos y problemáticos desde el punto de vista físico y existencial. Marta María, como mujer y artista, claramente se lo cuestiona. El acto de fe es también una expiación del alma.

Vista de la exposición ‘Firmeza’, de Marta María Pérez Bravo. Fotografías de la serie ‘Recuerdos de nuestro bebé’

En otro orden de cuestionamientos, podemos mencionar la obra Algo mágico (1985), un conjunto de siete piezas donde el protagonismo lo adquiere una vivienda en ruinas y deshabitada. La iluminación aquí no funciona únicamente como artificio estético y regodeo en el contraste de luces y sombras, sino como materialización de una entidad que habita la casa y cuya presencia sólo podemos intuir.

El tratamiento de la iluminación está subrayando un elemento de fuerte carga simbólica: el conflicto universal entre el Bien y el Mal. Ese ente sin rostro, sin nombre, puede ser maligno o benévolo y puede entenderse como una alegoría del crecimiento y desarrollo espiritual: un proceso en el que las certezas no existen.

El misterio de lo innombrable ronda esa estancia desolada y actúa como una entidad etérea pero real, cuyo hálito de vida deja marcas. La decadencia estructural de la casa puede ser un signo de los cambios que a nivel personal libra toda persona: la batalla por despojar al ego de lo superfluo. Destrucción, como símbolo de purificación, luego regeneración.

Entramos ahora en el dominio de los muertos. Ellos son el principio y el final de todo viaje espiritual. Nunca me abandonan (2001) es una de las piezas más inquietantes de toda la exposición. La impresión digital sobre el lienzo le confiere a la pieza un realismo que provoca cierto terror atávico, cierta reticencia frente a esas tres figuras que miran al espectador fijamente, sin compasión. El título resulta sugestivo y hace alusión a esos seres que nos acompañan, según la tradición espiritista, en nuestro camino: los llamados ángeles guardianes o comisión espiritual.

‘Nunca me abandonan’, Marta María Pérez Bravo, 2001, lienzografía, 152 x 89 cm

Este tríptico es una expresión visual de la encarnación de la muerte. Un concepto oscuro cuyo elusivo significado ha sido planteado desde todas las concepciones religiosas y metafísicas que los hombres han elaborado. Desde el punto de vista de la religiosidad popular (ya sea Santería, Palo Monte o Espiritismo), tópico que transversaliza toda la exposición, esas almas son el soplo divino que nos viene desde ese otro mundo inaccesible a nosotros, los espíritus encarnados. En la visión siniestra que nos devuelven estos tres seres fantasmáticos radica su principal potencia conceptual: la conciencia de la muerte. Ello implica una paradoja existencial que hace del ser humano un ser anhelante de inmortalidad que vive angustiado por la inevitabilidad de su condición finita.

Las obsesiones no son fáciles de exorcizar. La vocecilla neurótica que todos llevamos dentro nos repite una y otra vez las mismas letanías insidiosas que muchas veces no nos dejan dormir, no nos dejan vivir: el leitmotiv tortuoso de la existencia. Así son también las exposiciones antológicas: una búsqueda exhaustiva de los tópicos, los motivos iconográficos, las preocupaciones de orden estético y conceptual que atormentan al artista. Por ello, esta exposición antológica lo es por derecho propio. Su microcosmos refleja la más humana y universal de las repeticiones: la búsqueda de sentido.

Colabora con nuestro trabajo
Somos una asociación civil de carácter no lucrativo, que tiene por objeto principal la promoción y fomento educativo, cultural y artístico. En Rialta nos esforzamos por trabajar con el mayor rigor profesional en la gestión, procesamiento, edición y publicación de los contenidos y la información. Todos nuestros contenidos web son de acceso libre y gratuito. Cualquier contribución es muy valiosa para nuestro futuro.
¿Quieres (y puedes) apoyarnos? Da clic aquí.
¿Tienes otras ideas para ayudarnos? Escríbenos al correo rialta@rialta.org.
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments