Algunos tendrán respuesta a estas preguntas que seguramente se habrán hecho: la generación poética de los años 50, ¿ha llegado al cierre de su momento actuante? ¿Aún tiene algo que aportar, que no sea renta del pasado?
Que sean posibles tales preguntas hace a su vez posible replantear otras cuestiones suscitadas por esa generación que a mi modo de ver recibieron respuestas poco satisfactorias y apresuradas. El distanciamiento que da el haber llegado esos poetas al peligroso filo de las obras completas, ser casi más pasado que presente, permite hallar notas que los caractericen y agrupen con más precisión que la relativa coetaneidad y coincidencia en un momento histórico, y valores que, por comunes, atenúen la mutua diversidad y den lugar a su reconocimiento como generación literaria con identidad propia.
Diferenciarse es reconocerse. Por contraste con la generación anterior, con los riesgos que implica la generalización, podemos trazar nuestra figura de grupo así: no estábamos adscritos (programáticamente) a religión o filosofía alguna, a no ser un generalizado y urgente marxismo de prontuario, con la excepción no pregonada de uno o dos católicos, como para lograr la simetría. Comparativamente a Lezama Lima –por su representatividad de cabecilla–, nuestra escritura era mayoritariamente de más claro acceso, cuando no porque contábamos con un par de surrealistas y algunos más surrealizantes. Más que la esencia, nuestro objeto lo era la existencia, sea en su aspecto inmediato y común, sea con una implicación más trascendente pero siempre con un punto de partida realista; y, generación sin manifiestos ni ordenada a una meta consciente (esto último al menos en el momento de su irrupción), ni siquiera con una figura mayor que sirviera de ideólogo –salvo la ejemplaridad de Escardó–, no se proponía una búsqueda de la esencia de lo cubano y creo que de ninguna esencia, pareciendo sentirse escribir ya desde una situación, la de lo existencial cubano, y asumiendo, a partir de cierto momento, una ideología.
En el intento de precisar, entre los usos formales, uno que nos distinga y aglutine, encontramos dos respuestas. En el “Prólogo” a una primera antología, Poesía joven de Cuba, ya en 1960, se enumera una nota, el tono conversacional, como una más entre otras, que cito no en su orden:
[Nro.] 3 en todos, sin embargo, es dable percibir el intento de una nueva poesía. Y de esa nueva poesía, ¿podría establecer[se] un denominador común? Desde luego que no: estamos en los albores de ella; [Nro.] 6 la poesía, de vuelta de esas aventuras [esteticismo, metafísica, misticismo], penetra en la vida cotidiana, a alimentarse de ella –y a alimentarla. No se eluden el prosaísmo, el tono conversacional, la violencia, la efusión sentimental, la preocupación social o política (aunque no de modo mecánico y demagógico), el desdibujo, la impureza; [Nro.] 4 un manifiesto deseo de humanizar la poesía (sin olvidar las conquistas expresivas que son ya ganancia irrenunciable), de devolverla más a los menesteres del hombre, alejándola todo cuanto sea posible de las aventuras formales de la exquisitez o herméticas de la trascendencia; [y Nro.] 2 se reúnen en esta Colección poetas de tono conversacional, poetas que todavía sienten chisporrotear con violencia los “ismos”, poetas que no se han desprendido enteramente de los módulos herméticos…[1]
Subrayada una vez, dándole prevalencia sobre otros índices estilísticos, y otra vez no, la nota del tono conversacional se ve acompañada de otra de índole no literaria que me parece de mayor implicación, y por la cual se insiste en privilegiarnos con la categoría de generación más favorecida por la historia:
[ Nro.) 7 esta generación, en privilegiada situación histórica, halla en la historia misma lo que a otras durante la República les fue negado. […] le ha correspondido en plena juventud un esplendor histórico que viene a reconciliarla con su circunstancia…
Resumiendo, destacamos las frases una nueva poesía, que indica la voluntad de diferenciación y la incipiente toma de conciencia generacional; tono conversacional, “desdibujo, impureza”, que son indicadores estilísticos pero que simplemente “no se eluden”; y especialmente las frases “no se han desprendido enteramente de los módulos herméticos”, alejar de los cuales a la poesía todo cuanto les sea posible es su tarea, a pesar de que no deben “olvidar las conquistas expresivas que son ya ganancia irrenunciable”, y más aún la declaración de que no puede establecerse un denominador común de esta poesía, lo que hace ver la falta de una línea formal unívoca. Y hacemos un aparte de las frases humanizar la poesía, que se nos antoja tautológica, penetra en la vida cotidiana y “reconciliarla con su circunstancia” y, en fin, devolverla más a los menesteres del hombre, que sugiere su vocación de servicio, todas indicadoras del factor existencial.
Otros estudios posteriores insisten igualmente en la ya dicha nota estilística, como el de José Juan Arrom, del que destaco, en el
[Nro.] 5 […] Busca la apertura en el lenguaje sin trabas: el pan vuelve a ser pan y el vino, vino […]; prevalece la prosa dura, el verso conversado, la intención irónica, el humor iconoclasta, la parodia, el exabrupto, el absurdo; y en el [Nro.] 9 […] una poesía testimonial, conversada en un tono familiar y cotidiano, que desdeña la imagen, las rimas obligatorias y la rigidez de las formas estróficas cerradas.
Esa apertura a un lenguaje directo, sin trabas, si puede ser cierta como tendencia y aspiración límite de todos, no lo es en la particularidad de los casos, y hasta es inversamente comprobable en las formas estróficas cerradas que algunos cultivan puntualmente; y las atribuciones de “humor iconoclasta, el exabrupto, el absurdo”, etc., si tal como están formuladas no parecen del todo comprobables, hermanan a estos poetas en la afinidad con la actitud existencial de Virgilio Piñera.
En cambio, el prologuista de La generación de los años 50 utiliza escasas páginas para dilucidar lo que constituye a los antologados en generación y rechazar de paso, entre otras notas, la del tono conversacional como distintiva y común de su lenguaje, aunque no niegue su presencia, arguyendo que “si fuera la piedra de toque de esta generación” algunos de sus integrantes quedarían fuera, sin “refugio existencial”:
La simple lectura de estos poetas conduce al desconcierto si el consumidor se aplica los lentes del “lirismo”, del “hermetismo”, del “conversacionalismo”, porque de todo hay […]
Este descarte por afirmación se apoya en aquella aspiración general a un lenguaje sin trabas:
Sucede que el punto de unidad, donde la diversidad plurivalente de las expresiones poéticas personales incorpora la modernidad […] radica en su dominio del lenguaje sin esquemas preconcebidos […]. Se trata, en suma, de una concepción lingüística pluridimensional que no rehúye las estructuras particulares de las diversas formas del discurso humano.
En efecto, aun admitiendo que el tono conversacional esté presente, se hace imperceptible bajo el ademán señorial, la elegancia verbal de Pablo Armando Fernández (se nos hace difícil encajar dicho tono a un verso como “No he de alabarte, austero, noble anciano”); si lo cubre el lenguaje arcaizante de Pedro de Oraá (tratemos de incorporar a la conversación la frase “La plétora del oro redivivo”); la críptica expresión de Cleva Solís (“Los brillos/ de la parra del espíritu/ conversan,/ cabrillean en argentado mar./Y / el caracol eterno/ sigue en su carrillón/saltando sobre las puntas/ espinosas del versículo”); ennoblecido por el gesto bíblico de Carlos Galindo Lena (salmodiemos “sea para siempre tu nombre entre nosotros/ fuego del día justo”), por ejemplo.
Como este teórico fue capaz de concebir una especie de “razón poética”, tomando partido por cierto lenguaje cualificado por lo intelectual, propone:
Creo que si queremos asumir una definición, con toda la cautela que ello implica, puede caracterizarse el verbo de esta generación como un lenguaje crítico, entendiendo por tal una actitud ideológica que se verbaliza, adoptando formas concretas […] que valen estéticamente por las cargas semánticas que portan.
Si, con la misma cautela, podemos considerar crítico todo lenguaje en tanto su consistencia sea racional, es decir, capaz de formular juicios (sin que su carga semántica lo haga con necesidad valer estéticamente), ¿cómo aplicar esta definición al lenguaje no racional de nuestros surrealistas, a menos que sus valores comporten una actitud crítica y en la medida de la aptitud de tal lenguaje crítico para expresar valores y no sólo conceptos? Igualmente, ¿cómo aplicarla al de los poetas de derivación romántica o de raíz telúrica que, según el prologuista, cometen “verbalizaciones líricas o sentimentales”, o al de quienes cometen simples verbalizaciones por sí?
Lo insatisfactorio de la tesis del tono conversacional (y el empleo de la palabra “tono” es ya una atenuación de la determinación de “conversacional”) como denominador común de la generación, se ve en un intento residual de clasificar su expresión como un “nuevo realismo”, que más que a la manera, convendría a la actitud y por una razón u otra dejaría fuera a los herméticos y a quienes cometen las llamadas “verbalizaciones”, no importa si a su base esté como intención la realidad. Si “tono conversacional” apunta a denominar algo más que una llaneza de lenguaje no dejaría de ser una tentativa de definición por lo indefinido y amorfo.
Como, según se ve, la nota distintiva de la generación no puede consistir en el lenguaje, pues generalizar una característica formal, cualquiera sea, que sólo está presente en alguna etapa de sus poetas, es intentar meter esta poesía en una camisa de fuerza, hallo más cierto poner el peso del problema no sobre la manera de decir sino sobre lo dicho y la actitud que implica, o, quizás más claro, sobre qué zona o forma de presentarse la realidad se ha escogido, y para ello me valdré de un párrafo del mismo prólogo:
El problema, en esencia, no es haber incorporado nuevas técnicas, sin perjuicio de apuntar que este proceso sí ha tenido lugar y no se ha detenido, sino el corporizar una nueva visión de la realidad en sus más íntimas verdades, no en sus apariencias fenoménicas. Y esto fue así a partir de que los pioneros de la generación volvieron a interrogarse sobre un ser humano concreto (el suyo propio y el de los demás) que en la sociedad capitalista estaba sujeto a la doble alienación material y espiritual. Lo que superficialmente puede parecer una presencia cercana del surrealismo (por ejemplo, en el primer Fayad, en los Oraá) revela una ansiedad física y espiritual, que Escardó supo objetivar de modo poético admirable. Estas interrogaciones no pueden establecerse exclusivamente en el campo del inconsciente, ni siquiera en las verbalizaciones “líricas”, por cuanto éstas (como pudiera ser el caso de Rafaela Chacón Nardi, Carilda Oliver Labra o Cleva Solís) revela un cuestionamiento existencial en el propio campo de la psiquis creadora, que no se retuerce en su nido solipsista en la medida que busca establecer un diálogo de esencias con el mundo circundante, aunque algunas de las palabras utilizadas puedan estructurarse aún a la manera postmodernista o “sentimental”.
He citado prolijamente para que se vea la puesta del acento, no sobre un tipo de lenguaje, sino sobre un ser humano concreto que se interroga sobre su situación existencial, con mayor razón si el signo de ésta es la alienación, no importándonos ahora si dichas interrogaciones pueden surgir o no en una conciencia alienada. Aunque cómodamente politizado, pues lo histórico se presta a servir de fácil punto de referencia para hacer converger esta diversidad de poetas y su diversidad de lenguajes, este prólogo admite que dichas interrogaciones se establecen también (“no exclusivamente”) en lo no consciente –de este modo la poesía sirve como vía de escape hacia la realidad, y para poner la realidad, a instancias no conscientes pero liberadoras– y admite que hasta las “verbalizaciones líricas” comportan dicho cuestionamiento. Se comprende que las actitudes neorrománticas puedan tener su punto de partida en una situación existencia, y encubran una respuesta, aunque oblicua; pero aun admitiendo, con el prologuista, que “el sujeto artístico es portador, consciente o no, de ideología”, si lo es de modo no consciente, ¿cómo puede ser “crítico” y serlo su lenguaje?
Incurriendo también nosotros en igual despropósito, postulamos lo existencial como punto de encuentro de la diversidad de notas caracterizadoras de estos poetas, cualquiera sea su lenguaje, abstruso o coloquial, por ser una categoría comprensiva tanto de su “situación histórica privilegiada” (es decir, su tarea en propiedad de hacer la revolución mediante la palabra) cuanto de la atención al lado menos heroico de la existencia; tanto de los surrealizantes como de los realistas, de los solipsistas como de los que se valen de un lenguaje de más claro acceso; de los que amalgaman concreciones verbales acríticas o de aquellos en quienes la función crítica predomina sobre el lirismo, siempre que su actitud sea movida por el complejo de lo existencial. Etcétera.
Vale aclarar que tal denominación, lo existencial, no es más que una muy sumaria y aventurada utilización de la primaria distinción entre esencia y existencia, sin que necesariamente implique una minuciosa congruencia filosófica, relevada sólo por contraste con la generación anterior y con un fuerte talante de no dejarse fácilmente comprobar en ejemplos. Hay una diferencia de bulto entre quienes presuponen esencias, de los que podemos decir que en general piensan platónicamente –recordemos la proposición lezamiana de la imagen que encarna en la historia, por ejemplo– y estos que sacan sus imágenes de la materialidad de la existencia, del juego combinatorio de la historia, a los que convendría la denominación de existenciales.
Creo que lo prueba una poesía a la que repugnan los temas generales –por el estilo de “al amor”, “a la luz”, “al invierno”–, temas que presuponen esencias, sino que aborda situaciones-existenciales concretas a las que muy bien sirve la anécdota y en las que los temas intemporales sufren una reducción a persona, lugar y tiempo –se particularizan como “mi infancia en el barrio tal”, “la muerte de Fulano en tal circunstancia”– y hallan su trascendencia en un contexto histórico, social y hasta político; por lo mismo, se trata no tanto de la plenitud o la precariedad vitales cuanto de la precariedad o plenitud de ciertas situaciones del existente; una poesía en la cual la naturaleza no se presenta como objeto por sí, sino en referencia existencial y cuyos elementos sirven cuando más de enlace metafórico. Consecuentemente, una poesía que no busca relación con una entidad trascendente, sino que se reduce a ser una indirecta comprobación de la libertad, y soledad, del hombre: el hombre es quien determina su historia y en la historia se enmarca su existencia.
Si descartamos este último intento de rotulación, y a la espera de otro, estos poetas restarán dispersos en sus modos de lenguaje, unidos sólo por su situación en la historia.
[1] Todas las citas son tomadas de la antología La generación de los años 50, prólogo de Eduardo López Morales, selección de Luis Suardíaz y David Chericián, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1984.


