De la serie ‘Diez días en Mazorra’, Damaris Betancourt, 1998

1

A pesar de que el uso de los “perfiles psicológicos” fueron práctica común en los partidos comunistas europeos del siglo XX –incluyendo los llevados a cabo por el estalinista Partido Socialista Popular (PSP) cubano en los años de la República–, como bien recuerda el historiador Julio César Aguilera en una entrevista reciente a propósito de su libro El soviet caribeño. La otra historia de la revolución cubana (2018),[1] no deja de ser también cierto que no es hasta 1959 –por lo menos en la isla– que la psiquiatría se convierte en dispositivo de estado, pliegue funcional de la máquina punitiva.

Esto último no sólo lo avala The Politics of Psichiatry in Revolutionary Cuba (1992),[2] el excelente estudio de Brown y Lago sobre todo el horror que tuvieron que vivir veintisiete presos políticos entre los años setenta y ochenta del siglo pasado en el Hospital psiquiátrico de La Habana (popularmente conocido como Mazorra, al haber sido fundado en 1857 sobre unos terrenos que llevaban ese nombre), sino documentos como los de la Conferencia Nacional de Instituciones Psiquiátricas del año 1963, donde se deja en claro el papel de la nueva institución y su sometimiento al modelo higiénico-ideológico que luchaba por poner en práctica el castrismo:

[…] es necesario que se trabaje conjuntamente con los compañeros del Ministerio del interior en este aspecto, en el proyecto de Ley, en el articulado futuro sobre la cosa de higiene mental, de cómo se debe prever en estas cuestiones; primero prever, y además cómo se debe tratar, cómo se deben definir estas cuestiones, para que la Revolución tenga un criterio definido, no el criterio del Ministerio de Salud Pública ni del Ministerio del Interior, sino un criterio total de la Revolución sobre estos temas […]. Nosotros creemos que por lo menos se debe dejar apuntado que se va a trabajar unidos, con todos los factores que tienen que ver con ello, en el tratamiento de estas cuestiones. Y, además, en la cosa de higiene mental, que indudablemente la higiene mental no puede estar, en un país socialista, separada de las condiciones de vida; o sea, no existe higiene mental sin superar las condiciones de vida. Así que se está haciendo higiene mental, de todas maneras, al hacer la Revolución e ir al socialismo. Pero inclusive eso hay que apuntarlo en la Ley.[3]

Modelo que –como es de sobra conocido– no sólo actuó contra las “zonas oscuras” de toda sociedad, es decir, allí donde el estupro afecta a la mayoría, sino contra homosexuales, disidentes, “elvispreslianos”, “hijos de burgueses”, personas que no querían trabajar, “enfermitos” y contra todos los que no encajaran en el territorio sacrificial, en la imagen pura del hombre puro (y revolucionario) que se exigía.

¿No había dejado muy en claro esta misma demanda Fidel Castro en su conocido “Discurso de clausura del VI aniversario del asalto al palacio presidencial”, pronunciado en marzo de 1963, donde no sólo pide más producción, sino que impone una suerte de horizonte de ofrenda, de devoción culposa ante el Moloch-revolución?

¡A trabajar con entusiasmo siempre, no importan los obstáculos, no importa la acción del enemigo, no importan los ignorantes! ¡La razón la tenemos nosotros, el derecho lo tenemos nosotros, la energía la tenemos nosotros, la iniciativa la tenemos nosotros, la historia la tenemos con nosotros![4]

Moloch que tendría entre sus principales virtudes la de reconducir al “pueblo” a través del castigo, el trabajo voluntario, la nula gratificación, la precariedad, la vigilancia colectiva y la censura…

A través del aplauso.

Razón, que si nos atenemos a las innumerables fugas por mar que se han venido realizando desde los años setenta, más Camarioca (1965), Mariel (1980), la Crisis de los balseros (1994), o las deserciones individuales y masivas en diferentes países…, ese pueblo nunca entendió del todo (al contrario, todas estas fugas se convertirán con el tiempo en una de las grandes tragedias económicas y simbólicas del totalitarismo), aunque en algunas áreas o comunidades aparentemente sí se haya impuesto.

Una de estas áreas será precisamente la salud mental.

Un área manejada en Cuba desde la esfera psicopolítica –para usar uno de los términos de moda en la Cuba de los sesenta–, pero que como se infiere de lo expuesto con anterioridad, comenzó mucho más temprano, mucho mucho mucho más temprano incluso que esa Conferencia Nacional de Instituciones Psiquiátricas preparada por el Ministerio de Salud inaugurado sólo dos años antes, los servicios médicos del MININT y la –ya para aquel entonces– muy bien estructurada Seguridad de Estado cubana, construida desde el viejo ojo estalinista del PSP y el Servicio de Inteligencia Militar (SIM) creado por Raúl Castro en la Sierra Maestra; comenzó –podría asegurarse– con aquel reportaje de Bohemia en el mismísimo 1959, “El hospital de dementes de Mazorra: una vergüenza nacional”,[5] y su reducción de todo el pasado (toda la república) a un locus ocupado por el mal, una componenda de “hombres incapacitados y sin conciencia”.

Reportaje que, como bien matiza Pedro Marqués de Armas en Ciencia y poder en Cuba (2014), no era más que el “viejo discurso de la frustración cubana, ahora con particular énfasis en la oposición desvergüenza/adecentamiento, dueto que venía cobrando fuerzas desde la década del cuarenta.”[6]

[A propósito, en el editorial de ese mismo número de la revista Bohemia se llega a comparar al “régimen totalitario” de Batista con los campos de concentración de Dachau y Lídice].

¿No es precisamente esta tabula rasa, esta hipérbole ideológico-mental la que aprovecha el terror castrista para imponer su visión, su vampirización identitaria?

Esto es lo que sin dudas se puede ver en dos piezas de muy distinto corte que por casualidad se llevan a cabo por los mismos años:

―el documental de Jesús Muñoz, La revolución de Mazorra (1999); una película de agitprop del régimen para mostrar la “excelencia” de su institución psiquiátrica, con fragmentos penosos de esclavitud y caricatura, donde los pacientes reciben órdenes constantes y parecen Stajánovs de mentirita.

―Y la serie fotográfica de Damaris Betancourt, Diez días en Mazorra (1998); proyecto de alrededor cien imágenes que con casi las mismas personas y bajo condiciones muy parecidas logra un punctum muy diferente a La revolución… de Muñoz.

2

Lo primero que habría que decir es que Diez días en Mazorra, más que un recorrido por el Hospital psiquiátrico de la Habana (sus alrededores, sus “monstruos”, su tecnocracia, sus pabellones…), es un recorrido por esas zonas donde dejaron fotografiar a Damaris, donde no le prohibieron entrar.

Prohibición que se extendió no sólo a los conocidos pabellones[7] donde históricamente el comandante Ordaz, mano de hierro del psiquiátrico hasta su muerte y doctor y anestesista de profesión, encerró y trastornó a todo aquel que llegaba a “su” clínica a través de la Seguridad del Estado, esto es, por problemas políticos, sino a esas áreas donde a los pacientes les espera el electroshock, los arreos, las jeringuillas, los manguerazos, el agua fría, las celdas.[8]

Incluso el comedor, donde apenas pudo tirar dos o tres fotos y de donde inmediatamente fue sacada, casi no pudo ser documentado, ya que la jefatura del lugar lo consideraba área de acceso restringido.

A tal efecto la dirección del psiquiátrico le asignó una “sombra”: una persona –el historiador del Psiquiátrico– que la guió durante esos diez días por el hospital e indicó dónde podía fotografiar, qué lugares eran lisibles y cuáles no.

¿Puede leerse un hospital de la misma manera que se atraviesa un plano, se despieza un mapa, se cercena un texto?

Creo que sí.

Y lo que más me gusta quizá de esta lectura de Damaris Betancourt sea su hábitat, su ojo-laboratorio, su “odontología”.

Esos dientes que en algunas de sus fotos los enfermos enseñan, llenando la imagen de gran intimidad; o cierto contacto visual, corporal, lúdico, nicotínico, como si la fotógrafa fuera una paciente otra, alguien que más que documentar convive con ellos.

Esos dientes que no muerden, como decía Deleuze de algunos personajes de Artaud, que se ríen en sí y porque sí, fuera de toda matraquilla ideológica (compárese con la gravedad de los pacientes en la película de Muñoz, donde todos parecen y hablan como si fueran jefes de sindicato).

Esos dientes –casi todos rotos– que se abren desde su gran obscenidad.

¿No contrastan estas imágenes de Damaris Betancourt con todas aquellas que estamos acostumbrados a ver de los manicomios, tanto los del siglo XIX, tan bien leídos por Didi-Huberman en La invención de la histeria (2007), con aquellas enfermas-muñecos a las que gustaba de “agarrar por el útero” al doctor Charcot, o con Manicomio (2014), de Raymond Depardon, uno de los fotógrafos estrella de la agencia Magnun, quien durante cuatro años estuvo haciendo fotos en el hospital de la isla de San Clemente (cerca de Venecia) y quien en un texto que acompaña a su extraordinario libro clasifica precisamente como lugares de dolor (places of pain)?

Los enfermos de Damaris parecen que más bien han escapado de la burocracia de la locura, si es que algo así puede decirse.

De la burocracia psicótica y loca.

Sus enfermos –algunos de ellos con toda una vida de crisis e ingresos a sus espaldas–, responden a ese rubro que podría clasificarse como de locos exportables. Es decir, pacientes que siempre pueden ser mostrados por responder bien a la terapia ocupacional que se emplea en la isla desde los años sesenta –incluyendo la ergoterapia clásica–, o a la producción esclava a la que son sometidos.[9]

De manera que son los enfermos que no sólo la política de salud cubana utiliza como imagen en folletos y películas de propaganda, sino los que envía a competir internacionalmente o después deposita en centros de acogida, desligados territorialmente del hospital pero bajo la vigilancia del gran hermano sanitario-político.

¿No son a grandes rasgos estos pacientes el verdadero Hombre Nuevo socialista, ese que trabaja incansablemente sin que apenas se lo ordenen (como dice uno de los jefes de estos centros de acogida en el documental de Muñoz), que no exige nada (salvo su medicina), que repite de facto todos los lemas despóticos que le enseñan, que venera a los líderes de la revolución cubana y que nunca (nunca, nunca, nunca) se queja?

¿Un hombre, como quería el Che Guevara, fuera de “la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante el trabajo”?.[10]

3

Diez días en Mazorra es un libro de fotos directas.

No de fotos que intentan ilustrar a través del ambiente o la acumulación mínimos detalles, como hizo Roland Schneider en Zwischenzeit (1988), el fotógrafo suizo que documentó su propio tempo junto a la máquina psiquiátrica.

Tampoco es un libro de espasmos histéricos.

Su punto de valor –uno de ellos– es precisamente su frontalidad: hacer que un rostro “choque” contra la cámara sin muchos adornos, de manera natural además.

Mostrando no sólo ciertos gestos, cierta mirada, cierta boca, cierta rutina, cierto blablá…, sino la pose.

La pose que a veces sugiere calma o reposo, pero también la pose-ira, la pose-manoteo, la pose-artista, la pose-moco.

De hecho, cuando pensamos en el enfermo mental, casi siempre en lo que pensamos es en la energía de ese cuerpo; la manera en que se le hincha y deshincha la yugular y el rostro.

En las fotos de Damaris, más allá de esta energía (que también es un cortocircuito), la locura se proyecta sobre todo desde ese posado o reposado que hablaba antes, desde cierta complicidad.

Como si la locura fuera también una especie de calma o goce.

En su Diccionario amoroso del psicoanálisis (2019), Elisabeth Roudinesco dice que hay “varias maneras de pensar la locura”, y señala tres –para ella– fundamentales: la manera psiquiátrica, que es la que nombra, la que designa, la que fuerza a que encajen conceptos científicos (esquizofrenia, paranoia, etc.) con comportamientos y conductas; la cultural, que razona a partir de diferencias, de creencias y pueblos, como un apunte antropológico, pudiéramos decir; y la tercera, proclive a “escuchar al loco para desentrañar sus vivencias, su lenguaje, sus modalidades expresivas”, que es lo que todos hacemos, ejemplifica la Roudinesco, con Artaud, Hölderlin o Van Gogh.[11]

El cortocircuito de los personajes de Damaris tiene que ver sobre todo con la segunda y la tercera fase.

Sus locos –actores del espectáculo revolución, convertidos por obra y gracia de la dramaturgia clínica del comandante Ordaz en cuquitas patrióticas– son locos que hablan; que hablan ad infinitum incluso.

Locos que parlotean sin parar.

Y por eso levantan y bajan la mano, colocan en pose teatral el cigarro –como si de una película de Resnais se tratara–, ríen.

Locos que hasta pudieran contarte un cuento.

Locos que estudian, que hacen cola, que van a la escuela, que pintan, que trabajan, que se ponen gafas y se quitan gafas; que adoran retratarse junto a la bandera.

Patrióticos.

Que inclusive parecen empleados de una tabaquería.

Locos que se conectan y desconectan solos, o con una orden, como si el vicio fuera también una de sus zonas de control, uno de sus comandos importantes.

Locos maquinitas, que pintan un Che esqueleto pero sueñan con convertirse en ese Che, e ir a África y volar y regresar.

O que juegan a las muñecas, porque nada es tan importante para un loco como la infancia, ese lujo que alguna vez se tuvo y muchas veces es sólo un coso borroso o un sentimiento nómada dentro de la cabeza.

Locos donde la sexualidad o la coquetería o la violencia-sexo al final no ha podido ser anulada, ni por la vigilancia, ni por los fármacos, ni por la represión psiquiátrica.

Menos que menos por la jaula.

Tal y como escribe Nelly Richard sobre El infarto del alma (1994), el reconocido libro de Paz Errázuriz y Diamela Eltit sobre el hospital psiquiátrico de Putaendo, Chile:

Las mentes insanas de los internados en el hospital siquiátrico de Putaendo, que opera como un indigente lugar de reclusión para enfermos terminales, encuentran sorpresivamente en el amor una correspondencia sensible a su falta de lógica, a su desrazón. De la perturbación psíquica al desorden amoroso, una fuerza doblemente incoherente, desestructuradora, hace pedazos la unidad centrada de la persona. Sin embargo, en las fotos de P. Errázuriz, el amor junta los pedazos del yo que pasión y enfermedad despedazaron a través de la armadura fotográfica de la pose.[12]

Algo parecido, pudiéramos decir, ocurre en esta serie de Damaris Betancourt. En la mayoría de los casos el retrato (y la operación que conecta memoria con tecnología) los saca de su desrazón para ofrecerles un nuevo aire.

Uno donde no va a estar involucrado el hospital o el memorándum de una vida “rota”, como sería fácil escribir en el caso de un manicomio.

Una donde sólo va a existir rostro, ojo y flash.

Ese ojo que en el hombre-loco y la mujer-loca no descansa nunca: múltiple.

Un ojo que todo lo ve y todo lo interpreta, como una mosca.

Que todo lo prueba y todo lo sobrevuela, como una mosca.

Un ojo que todo lo resignifica.

Y vigila.

Y descompone.

Y acecha.

Sobre todo cuando la burocracia psiquiátrica está ahí para impedirte que abandones el control.

Ese ojo, podríamos decir, es el verdadero protagonista de los retratos de Damaris Betancourt.

A la vez, su némesis.

El ojo que de tanta vigilancia se vigila a sí mismo.

4

¿Existe institución psiquiátrica sin orden, sin castigos, sin camas, sin pastillitas, sin acecho?

Posiblemente no, y en esto tiene mucho que ver lo que quizá –sorna mediante– podríamos denominar como pabóptico, es decir, ese complejo de pabellones y/o salas donde, como escribía Deleuze en su libro sobre Foucault a propósito del invento de Bentham, se intenta “imponer una conducta cualquiera a una multiplicidad humana cualquiera”.[13]

O lo que es lo mismo: terapias, castigos, juegos, trabajos, camisas de fuerza y químicos.

A tal efecto, Damaris no sólo fotografía el perímetro hospital (ese “almacén de enfermos, donde sucedían escenas espantosas y muchas veces los pacientes morían de hambre y maltratos, al extremo de que algunos directores hacían negocios con las funerarias”, según informa cínicamente la web actual del hospital sobre el período prerrevolucionario),[14] sino que seguida de cerca siempre por su “sombra” incluye en su documentación los murales de pacientes más destacados, las aulas de aprendizaje (incluyendo un libro de quinto grado), la silla de ergonomía, los dibujos hechos por los enfermos, las hileras de camas, las filas para entrar al comedor (dentro de este –como referí antes– sólo pudo hacer dos o tres imágenes antes de que se lo “prohibieran”), las fotos de los líderes de la revolución en las paredes (o del mismo hospital antes de la revolución), los lugares de trabajo y, por supuesto, la oficina de Ordaz, con todos sus diplomas, sus medallas, sus teléfonos, sus sombreros.

Oficina que, mirada detenidamente, poco tiene que ver con la de un médico.

De hecho, con todas esas fotos del Che, esa artesanía de baja calidad y esas medallitas del Ministerio del Interior y el Consejo de Estado, esta oficina recuerda más a las de los cónsules cubanos en las embajadas de los países exsocialistas que al despacho de un médico o un jefe de médicos en un hospital.

Recuerda –y esto no es dato menor– esas recámaras que en la primera mitad del siglo XIX todos los locos que se querían parecer a Napoleón construían en su casa con fetiches militares.

¿Hay una subjetividad exagerada en los sujetos de poder que a determinada escala los haga igualarse al narcisista, al alucinado, al exaltado, al catatónico?

Posiblemente sí, aunque lo que puedo asegurar es que tanto estas imágenes como las que recuerdo de Bernabé Ordaz en algunos documentales, con sus guantes blancos y su barba siempre recortada en negro, me parecieron siempre más cercanas a algún tipo de trastorno clínico que a la de alguien centrado en su fábrica-hospital.

Al loquito de turno.

Loquito que no hubiera sido tan peligroso si no hubiera sido militar él mismo, si no hubiera convertido el Hospital Psiquiátrico de La Habana en uno de los salones de tortura de Villa Marista desde el mismo año 1959, y si hubiera estado menos omnipresente en la cabeza de los enfermos y en los pabópticos de Mazorra.

Ver a los enfermos venerar a Ordaz y limpiar su retrato de manera especial, tal como se ve en el documental de Muñoz, da, cuando menos, vergüenza ajena.

Vergüenza ajena y miedo.

Todo el miedo que uno se quita –por suerte– ante esta serie o reportaje o documento fotográfico de Damaris Betancourt, quien ya, a principios de los noventa, había realizado una excelente serie de retratos en algunos de los barrios marginales de La Habana.[15]

Barrios que, si nos vamos a poner severos, tampoco tienen muchas diferencias con Mazorra. En unos y otros la vida es dura, escasa y con poquita luz. En unos y otros, como escribiera Piñera, todo se reduce a “tomar pastillas y callar”.


Notas:

* Este texto es el epílogo a Diez días en Mazorra, de Damaris Betancourt, publicado por Rialta Ediciones, 2021, libro de la serie sobre artes visuales contemporáneas FluXus, que coordina el propio Carlos A. Aguilera.

[1] Cfr. César Reynel Aguilera: El soviet caribeño. La otra historia de la revolución cubana, Ediciones B, Buenos Aires, 2018. Dice Aguilera en entrevista con Felipe Lázaro: “Sin embargo, cuando empecé a investigar para el libro descubrí que hubo siempre una profunda relación entre la psicología (y la psiquiatría) cubana y el PSP [Partido Socialista Popular]. Para empezar, uno de los fundadores del Partido de 1925 es nada más y nada menos que Alfonso Bernal del Riesgo, el padre de la psicología en Cuba. Una vez leí un coloquio dedicado a Julio Antonio Mella en el que Bernal del Riesgo estableció una comparación entre eso que él llamó el “perfil radical” de Mella y el de Fidel Castro. Esa fue la primera vez que sospeché que el PSP sí pudo haber tenido capacidad para hacer perfiles psicológicos, una sospecha que confirmé después cuando leí en las memorias de Jorge Risquet que, siendo él muy joven, el Partido le hizo, mediante la doctora Aelia Dou (discípula de Bernal del Riesgo), un perfil psicológico que arrojó entre otras cosas, «que pese a ser un adolescente proyectaba claramente la necesidad de cambio y era un verdadero líder». ¡Solavaya!” (Felipe Lázaro: “Las cadenas vienen de lejos”, 14 y medio, 31 de diciembre de 2019).

[2] Cfr. Charles J. Brown and Armando L. Lago: The Politics of Psichiatry in Revolutionary Cuba, Transaction Publishers, New Jersey, 1992.

[3] Dr. Abdo Czanasí: citado en Pedro Marqués de Armas, Ciencia y poder en Cuba. Racismo, homofobia y nación (1790-1970), Verbum, Madrid, 2014, p. 312 (las cursivas son mías).

[4] Fidel Castro Ruz: “Discurso de clausura del VI aniversario del asalto al palacio presidencial”, 1963, [07-09-2020].

[5] El reportaje de Fabre y Carbonell (“El hospital de dementes de Mazorra: una vergüenza nacional”, Bohemia, n. 5, año 51, 1ero de febrero de 1959, pp. 54-57), con fotos de Miralles. Artículo inserto en la trilogía (de enero a marzo) de las llamadas “ediciones de la libertad”; ediciones que contaron con una tirada de un millón de ejemplares –según la misma revista– y se encargaron de manipular toda la información civil y política que se conocía hasta el momento en el país.

[6] Pedro Marqués de Armas: ob. cit., p. 175.

[7] Generalmente se señalan las salas Castellanos y Carbó-Serviá de Mazorra como pabellones bajo el control de la Seguridad del Estado (Cfr. Miguel A. Faria, Jr.: “Psiquiatría en una utopía comunista”, Análisis Latino, 25 de mayo de 2002).

[8] El periodista Juan Manuel Cao ha contado en una entrevista con Abel Sierra Madero sobre su experiencia en Mazorra: “La sala Carbó Serviá es una cárcel dentro del manicomio. Allí encierran a los pacientes que han cometido delitos. En la Castellanos están las celdas de castigo. Por la noche, desde esa sala, salían unos gritos tan espantosos que helaban la piel. […] También fui testigo de una sesión de electroshocks que le propinaron a media decena de pacientes. Fue espantoso. Uno podría imaginar que eso era algo que realizaban en una habitación acomodada para semejante trance, pero no. Aplicaban las descargas delante de los demás. Algunos corrían y los enfermeros los perseguían por la sala, los maniataban a como diera lugar, y les colocaban un objeto en la boca: una boquilla de plástico o algo por el estilo. Así, delante de todos, sin el menor escrúpulo, los arrastraban, luego conectaban el aparato a la pared y los hacían retorcerse como muñecones inanimados. Luego, los dejaban tirados en el suelo, sangrando por la comisura de los labios, echando espuma o babeando. Los otros locos se acercaban con morbo, curiosidad o miedo. Hubo dos a los que costó trabajo atraparles, algunos pacientes participaron de la cacería, los acorralaron en el baño, y allí, sobre el piso mojado, les dieron los corrientazos. Juro que vi chispas saltar en el agua. No exagero ni el más mínimo detalle” (Abel Sierra Madero: “Hasta hoy, no sé quién me delató: Juan Manuel Cao”, Hypermedia Magazine, 21 de agosto de 2020).

[9] Una de las razones por la que los enfermos, como parte de una supuesta terapia, son involucrados en colonias de limpieza u otras labores en diferentes puntos de la ciudad, responde a que el Estado no cuenta con suficiente fuerza de trabajo a su disposición. Una cadena de salarios deficientes, condiciones pésimas y frustraciones de corte individual, entre otras, han hecho que la gente prefiera delinquir antes que realizar determinadas tareas. De ahí que bajo un supuesto plan de educación utilicen gratis a estudiantes de secundaria y preuniversitarios en áreas específicas de agricultura, empleen a presos en trabajos comunales o enrolen a enfermos psiquiátricos en labores que suponen un esfuerzo físico notable (como limpiar varios kilómetros de playa, por ejemplo). En el mismo documental de Jesús Muñoz –comentado antes– se puede escuchar cómo uno de los jefes de brigada de estas colonias dice preferir trabajar con los enfermos porque “por muy duro que sea el trabajo, el paciente psiquiátrico nunca protesta”.

[10] Ernesto Guevara: El socialismo y el hombre en Cuba, Ocean Sur, México D. F., 2011, p. 12.

[11] Cfr. Élisabeth Roudinesco: Diccionario amoroso del psicoanálisis, Debate, Madrid, 2019.

[12] Nelly Richard: Poéticas de la disidencia: Paz Errázuriz, Lotty Rosefeld, Polígrafa Ediciones, Barcelona, 2015, p. 19.

[13] Gilles Deleuze: Foucault, Paidós, Buenos Aires, 1987, p. 60.

[14] Hospital Psiquiátrico de La Habana “Comandante y Doctor Eduardo Bernabé Ordaz”: “Reseña histórica”, [02-10-2020].

[15] Me refiero a la serie Gente que no conocí (1990).

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Carlos A. Aguilera (La Habana, 1970). Escritor. En 1995 ganó el Premio David de poesía, en La Habana, en 2007 la Beca ICORN de la Feria del libro de Frankfurt, y en 2015 la Cintas en Miami. Sus últimos libros publicados son: Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos (monografía, 2020), Teoría de la transficción (antología, 2020), Archivo y terror. Operaciones entre literatura, política, teatro y arte (ensayo, 2019), Luis Cruz Azaceta. No exit (monografía, 2016) y Matadero seis (nouvelle, 2016). Codirigió la revista Diáspora(s) entre 1997 y 2002. Coordina en Rialta la colección FluXus. Reside en Praga.

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