Todos los jóvenes interesados en el audiovisual nos hemos preguntado alguna vez, ¿a dónde va el cine que estamos haciendo, en qué medida colabora o representa algo dentro de la compleja realidad cubana actual, o simplemente, si lo estamos haciendo bien?
Hacer audiovisuales en nuestro país hoy es una batalla que solo libramos por un amor inmenso e inexplicable por ese arte. Son luchas que se desencadenan desde el momento exacto en que surge la idea para escribir un guion y que no terminan nunca, ni siquiera después de “distribuido” el material. Obstáculos de muchos tipos y dimensiones surgen de todos lados, crecen y se hacen infranqueables barreras, motivos de prolongados y molestos insomnios y como grano que colma el saco, de decepciones, desencantos.
No es por gusto que el motivo primero de casi todas las producciones de jóvenes y no tan jóvenes realizadores sea la realidad social cubana, puesto que es una realidad compleja, cambiante, interesante en sí misma como fenómeno. Además, es innegable que la mayoría de las personas hablan o filman sobre lo que saben y conocen, sobre lo que los rodea.
Basta echar un vistazo a nuestro alrededor para percatarnos de la cantidad de creadores que casi semanalmente emigran hacia otros países con el sueño, al menos, de realizar sus carreras fuera de Cuba. Si lo logran o no, si está o no bien hecho, no es el tema en este momento. Pero sí nos da la medida del desencanto general, de la apatía y la desidia de una generación que representa el futuro audiovisual de la Isla.
¿Qué pasa con ellos, serán los bichos extraños que quieren lanzarse a la debacle que significa hacer carrera en un medio como este, además, con la pesada carga del inmigrante? ¿Será que no sienten aprecio por el país que los ha visto crecer y los ha preparado como los seres humanos que son? No, creo que la mayoría de los creadores cubanos que emigran lo hacen por cansancio.
¿De qué se cansan? Sería muy pretencioso hacer una lista de las cosas que nos frenan, molestan, colman. La mayoría de nosotros estamos cansados de participar en conversatorios, reuniones, congresos, donde las personas a cargo de la dirección nos escuchan y parecen razonar, de donde salimos contentos y optimistas, para luego caer y entender, que nuevamente, nada sucederá. Lo que viene después se convierte casi en un problema de personalidad, están los que deciden seguir, participar en otras reuniones del mismo tipo y repetir las mismas cosas, luchar (como algunos aún le llaman) y los otros; los que se cansan y comienzan a mirarse al ombligo, a sobrevivir, a luchar también, pero para sí mismos. A ambos se le debe respeto. Claro, no hay que valorar al que, sin intentarlo, ya vive dentro de su burbuja productiva sin importarle nada más que mantenerla intacta.
Yo soy del primer grupo, del que todavía está dispuesto a decir lo que piensa y tiene fe (quizá no sea la mejor palabra o sí) en que las cosas van a cambiar. Del que no pretende la perfección, que reconoce que todos debemos trabajar en transformarnos constantemente, revolucionarnos hacia adentro antes que hacia afuera. De los que quieren participar activamente, que se nos tenga en cuenta para tomar las decisiones que luego definen nuestro futuro profesional y personal. De los que estamos conscientes del momento por el que atraviesa el país y consideramos que es el adecuado para cambiar todo lo que debe ser cambiado.
Soy del grupo de personas que está sufriendo sin juzgar, la decisión del excelente realizador Fernando Pérez de abandonar la presidencia de la Muestra Joven y creo entender las razones que lo han llevado a tomarla, pero no puedo dejar de preguntarme en este punto, ¿qué pasará con este espacio? No es para nadie un secreto que este espacio es el que mantiene vivo, con un montón de vicisitudes y obstáculos de todo tipo, el deseo de crear de los jóvenes. Por mucho tiempo ha sido el único espacio que nos muestra, es como si fueran ellos los únicos que nos ven y entienden de la importancia de la distribución de nuestros materiales, de lo imprescindible del intercambio, del diálogo, de acercarnos a las maneras de producir en el mundo revuelto y moderno en el que vivimos.
¿Podemos, después de que alguien como Fernando, se da por vencido, confiar que avanzamos? ¿O debemos tomarlo como un ejemplo de que no hay nada que hacer? Como me niego a pensar que debo quedarme quieta, llamo a todos los jóvenes a luchar por esa muestra, a apoyar, desde los frentes que tengamos a mano por su existencia, por su continuidad. Y no solo debemos pelear por eso, sino porque las cosas que han hecho que Fernando Pérez deje la Muestra, cambien. Quizá muchos piensen que es una guerra perdida de antemano, pero no por ello debemos dejar de echarla, hagámosle frente a lo que está mal hecho, al anquilosamiento, a las mentes cerradas. Solo así responderemos la pregunta del principio y sentiremos que lo estamos haciendo bien, que vale la pena quedarnos aquí, caminar con la frente alta por las calles y disfrutar de los créditos de nuestra película en los cines.
Créanme, tiene que valer la pena.


