Imagen e imaginarios: seis fotógrafos cubanos en una exposición virtual

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De la serie ‘Energía’, Carlos Vilá, 2020

Todo el que escribe un diario piensa que es único en el mundo. Y muchos de los que disparan la cámara, también. Ambos gestos glosan y retratan el mundo, el “interior”, y el que nos pasa por delante. Con la exposición virtual Imagen / Imaginarios, que puede verse actualmente en el perfil de Instagram de Tunturuntu y Galería Taller Gorría (GTG), y que tuvo lugar durante la semana previa, el curador e historiador del arte Jorge Peré pretende tomarle el pulso a la joven fotografía de la Cuba de hoy. Su afán ha sido juntar en un retrato a esa generación escurridiza que no suele verse a través de prismas grupales y que si se “desnuda” para una lente… será porque va a hacerse una selfie.

Inaugurada el 31 de mayo a las 3:00 p. m., a través del Instagram Live de Tunturuntu y Galería Taller Gorría –en colaboración con Fonoma–, la exposición se centra en seis fotógrafos que nos traen, de la mano de su comisario, “De todo, como en botica!”: Alejandra Glez (La Habana, 1996), May Reguera (Cienfuegos, 1990), Gabriel Guerra Bianchini (La Habana, 1984), Evelyn Sosa (La Habana, 1989), César y Carlos Vilá (La Habana, 1992). Unas cinco fotos de cada fotógrafo han ido poblando el diario que se abrió en Instagram el domingo 31, con las videollamadas a Alejandra Glez, May Reguera y Gabriel Guerra, y que nos reservó, a modo de cierre, el sábado 6 de junio, otra conversación a la misma hora, esta vez con Evelyn Sosa y los hermanos Vilá.

En sus palabras al catálogo / catalejo de Imagen / Imaginarios, que pueden leerse en las presentaciones del corpus de cada fotógrafo en Instagram, la curaduría de Jorge Peré traza instantáneas, queriendo pescar en la obra numerosa de estos artistas –a ratos interdisciplinarios, como Carlos Vilá o Alejandra Glez– dominantes y regularidades. Sistematizar lo que los une o no en una época en la que, si bien los conmociona aún exponer en galerías de “carne y hueso”, el medio en que navegan como peces entre las burbujas de la virtualidad es ese reino de lo digital que tantas veces los auxilia e identifica su trabajo.

Lunes 1ro de junio: “La primera sensación que recibí de las fotografías de Alejandra […] fue […] que sostenía como principio naturalizar la desnudez para luego penetrar en la psicología y los dramas que asisten al sujeto femenino” –dice Peré bajo el post retrospectivo de la autora–. Revisitaciones que van de Buscando la luz (2017) y dos piezas de la serie La cabeza es el nuevo desnudo (2017) a Autorretrato (2020), pasando por Carmen (2018). De quien ha sido ampliamente reseñada por sus subversiones de “la colonización simbólica que ha ejercido el patriarcado” sobre los cuerpos femeninos, y ha incursionado más recientemente en la autorrepresentación, al voltear hacia sí la cámara –como señala Peré–, me interesa sobremanera justo la última foto que menciono.

Me inquieta en la muestra esa que nos lleva de la Alejandra Glez más difundida a otra distante de lo que creo su zona de confort. En la foto: una mujer obesa y desnuda se ejercita en su bici estática, mientras a la vera de su sudor se amodorra un gato. La rutina de Spinning modulada por el maullido, silenciada entre las panas del mullido sillón. Sin apuro, como si tuviera toda la cuarentena por delante, Carmen se mueve al compás de sus libras y la fotógrafa también nos da alcance así, citando y burlando los doctos (masculinos) referentes que Peré le endilga, como anunciando lo mucho que nos pudiera remover el diálogo, si la seguimos en el itinerario de sus pedaleos.

Martes 2: Blackout Tuesday

Miércoles 3: “Sin duda estamos ante un poeta visual. Uno surrealista […]. Sin embargo […] Gabriel […] se desliza en torno de una poderosa sensibilidad que le conduce a imaginar nuevos sentidos, y cuya virtud primera se expresa en solapar la dureza de lo cotidiano”. Las fotos de Gabriel Guerra Bianchini son todas de 2020: En nuestra intimidad, Hombre cayendo en la profundidad del cuerpo de una mujer que flota, La honte o la vergüenza, La reconciliación, Mi quimera. Como en el caso de Evelyn Sosa o los Vilá, las fechas cercanas o la predilección por una serie hacen que los significados se concentren por un solo cauce. En cambio, el curador apunta que con “la alegoría” y “el símbolo”, Gabriel lleva consigo al “fotógrafo documental”.

Cuando estoy a punto de dejarme ganar por la única a color, donde una mujer casi briárea se desnuda / se desnuda / se desnuda… entre la vergüenza y el orgullo (¡divina!) me detengo en La reconciliación. Mi favorita –antes que el abrazo efusivo de En nuestra intimidad— me tienta por lo que se entremezcla en su fantástico encuentro. En La reconciliación, Gabriel recurre a uno de sus fantasmas de animales agigantados, esta vez un pájaro, en lugar de perros o gatos. El ave y una muchacha –también desnuda– se miran o se rozan frente a frente, con el mar de fondo. No hay eros; hay ganas de reunirse. Si en otras piezas, los cuadrúpedos que pululan variopintos por LaVana afianzan su presencia entre el juego y un llamado por sus vidas, aquí la escala es otra, y el tête à tête empuja a un mundo de horizontalidades. Allí donde todos seamos sueño y realidad, donde el diálogo y la imaginación estén a la orden del día y la naturaleza, en las agendas, en los diarios de cada quien, acontece este retrato.

Jueves 4: “May es mucha May, y poco reguero…”, “ha escogido (re)montarse a/en una tradición que si bien tuvo su día en la Isla, se fue disipando hasta caer en una crisis de estilo que derivó en ninguneo y ausencia. […] Por suerte (o desgracia), la rumba no es como ayer. Y eso lo prueba que existan jóvenes creadoras como Reguera intentando recuperar el sentido de un lenguaje autónomo y refinado como es la fotografía publicitaria”. De 2012 a 2020, su muestra nos lleva de El público a Cuba, pasando por Géminis, Roma y Barcelona. Otra retrospectiva que nos trae lo disperso en el colorido de Internet, para dibujarla diversa y no enclaustrada en un recodo: del vestuario y el glamour, sí, al desnudo de cuerpo entero, al rostro ¿enmascarado?, al collage.

Piteo. ¿Cuál prefiero? ¿Qué conozco de May si es que conozco a alguno de estos creadores, si es que capturarlos es creíble y no un sinsentido? ¿Qué la distingue (¿la música, la mujer recompuesta que nos mira desde sus senos, la ventana que corta a la silueta, lo trans?) y qué la abre a otros senderos? Sería fácil optar por el blanco y negro, pero me entrego a Géminis. Moda y color comedido, elegancia y simbolismo astrológico, estanque y césped, teatralidad versus naturaleza. Binarismos en los que otros verán más el afianzamiento de su firma que una línea de fuga. Sin embargo, como en el clásico mito de Narciso, me gusta llegar a ella por esta ventana dizque menos impactante en su espejeo de sutilezas, y contemplar su ironía sobre lo que es o parece, cuando se mira en las aguas ¿mansas? de las masas. La mueca de la bailarina reflejada –brazos abiertos, pie en punta lista para el salto– me lleva en andas de esta trampa de belleza que ríe más bien pícara, hablándonos de libertad, sacudiéndose todo hieratismo.

Viernes 5: “A veces pienso en cómo se recordará […] mi generación dentro del siempre polémico relato de la cultura. [..] esta joven ha perfilado el índice y el estilo definitivo de ese catálogo de retratos que posiblemente ojearemos en el futuro. […] nos sorprenderá la certeza de una subjetividad unitaria, que la historia visual de esta época se compuso a partir y no a pesar de nosotros. Y eso se lo debemos […] a la mirada atenta y meticulosa de Evelyn […] al hedonismo pulcro, noble, que cultiva en sus fotos. Le debo a la escritura una tesis respecto a un síntoma visible en un puñado de fotógrafos cubanos […] Ella […] me ha llevado a imaginarla: el non-fiction como subgénero o alternativa al documentalismo”. Si la autora ha sido aupada por la crítica de LaVana a New York, por el acabado y la profundidad de sus efigies en blanco y negro, la serie Love Portraits (2019) re(du)plica y complejiza la casilla en que ha sido uniformado su corpus, esa en la que ella ha labrado su nicho, su(s) autorretrato(s).

Reuniendo su fascinación por el amor al desnudo, los tatuajes y los baños –gusto este que comparte con el posgrafiti #delaserielimpio de Carlos Vilá–, Evelyn Sosa nos impacta ahora con un conjunto de fotos que viene haciendo a parejas de esas que han durado o se dijera que durarán toda la vida. El acceso a la intimidad se entrelaza con algo mucho más volátil y de doble filo: ¿cómo retratar la pasión sin violentarla, sin trasmutarla? Si esa es parte de la obsesión de muchos fotógrafos volcados a lo social o a la filmografía erótica, puede que ciertamente ella logre conjurar el miedo a la metamorfosis de lo que recoge con la reconstrucción del momento inenarrable. Del beso al reposo, de lo escatológico a lo lúdico. Para los que se preocupan por la persistencia del blanco y negro en esta autora, y la quisieran haciendo saltar los marcos y los resortes en los que ha funcionado hasta hoy, dejo el anuncio de que Love Portraits se mueve con soltura hacia el color y que sí se atreve a jugar, a nadar más allá de la bañadera del revelado y la lluvia de grises.

Sábado 6: Llega el final del diario. César y Carlos Vilá entran en escena. “Podría pensar el lector que se trata de un déjà vu”. Hermanos, estudian o estudiaron en la Universidad de las Artes (ISA) y en la Escuela de Fotografía Creativa de La Habana (EFCH), expusieron juntos Con ver gen (2015) en la pared negra de la Fábrica de Arte. Según Peré: César es “sinecdótico”, el zoom “en sus registros visuales, la observación en detalle de la realidad, a veces desfigura o abstrae la totalidad escogida”, como “uno de los resortes fundamentales de su estética”; entretanto, Carlos “comienza a despertar en otro lenguaje: el video arte” desde ¿Dónde estoy yo? Homenaje a las masas, su muestra en El Oficio, durante el Noviembre Fotográfico de 2017.

Confluí justamente con el minimalismo de César Vilá en la revista Negra de la EFCH por 2014. El reto era escribir de fotos y entré en los pasadizos de Re-constructivo –una muestra con la que expuso ese año en la Fototeca de Cuba, por haber sido premiado en la bienal “Alfredo Sarabia in memoriam”–. Me recuerdo devanándome los sesos por ver de dónde provenían geometrías, patrones y rupturas, hasta que renuncié a adivinar. Porque el forcejeo entre sugerencia y misterio, la dádiva de hallar analogías en el paisaje urbano o natural es lo que inunda la imaginación con él. Ese ver la misma pero también otra cosa al atender “lo desatendido”, por tendederas y asimismo por texturas, rejas, escaleras, tragantes, llantas, nervaduras… puede desembocar en imágenes tan dispares como Sobrevivientes –serie de cactus marcada por las mujeres de su vida– o Aire (2015), ese globo intenso y violeta que alude a lo maternal como a lo festivo. Con César, el ojo capta lo rizomático de fractales, pero singulariza igualmente los objetos, como si fuera su retratista.

Igual poder sugestivo / sugerente (y quizás el mundo movedizo que ya lo desvela) posee la serie Energía (2020), de Carlos Vilá, con ese insondable cuadro de café mañanero en cuarentena del que apenas expone hoy unas porciones. Pos/zos, geografías, astros, rostros en que nos sumergimos para leer, en efecto, los vaticinios de nuestra “imagen” y las reminiscencias de “imaginarios” colectivos, como quien considera el futuro observando estrellas, vísceras de pájaros, nubes… La adivinación no como certeza sino como incertidumbre. Lo contemplativo se conecta con un mirar dentro y afuera –y en este punto ni doy ni quito razones a Peré sobre el dilema insalvable entre forma y contenido–. La abstracción reconecta con el documento porque ella misma es el archivo de las horas, la visión de una época, tal cual sucede con la foto Rastros (2019) de César Vilá, donde la goma que contamina la corriente del Naranjito –ese afluente del río Almendares– nos cuenta a través de sus estrías los caminos que transitó.

El curador se ha desplazado por el corpus de los Vilá y afirma de uno y de otro algo que, a mi parecer, por la naturaleza de su arte, podría ser clave en ambos, cada quien a su ritmo: sus “imágenes [las de Carlos] están sustentadas por un trasfondo contemplativo” y “una aspiración conceptual”; “[en César] advierto cierto desvío hacia el terreno de los significados, lo cual me induce a pensar en una relación más profunda sustentada en la cognición del lenguaje estético. […] La imagen y su anécdota parecen aquí lo de menos. […] No es la imagen como fijeza sino como posibilidad”. Si lo transdisciplinario y lo documental los deslumbrarán o no está por ver; yo prefiero pensar en su comparecencia ante Vistar en 2015, bajo el título “El raro encanto de lo cotidiano”, y verlos revolverse contra toda etiqueta al decir: “nos gusta tanto la fotografía conceptual como la documental”. Detalle, repetición y variaciones conciertan en la obra –por separado y reunida– de los Vilá una jam session que nombra muy bien el latir de lo que enfoca. Siendo que los reencontré, no voy a dejar de escucharlos.

Lo escrito por Jorge Peré en esta expo-diario podrá apuntalarse o no, avivado con el devenir de sus actores. Pero lo cierto es que los seis artistas de Imagen / Imaginarios, más que una mancha plateada de peces, parecen ellos mismos lobos de mar. Lente en mano, resuenan con el torbellino que los y nos envuelve, mientras sus anzuelos recalan en la contemporaneidad, para permitirles llevar a las redes (sociales) su condumio –como esos pescadores de los malecones que agitan la vara de la tarde, con los ojos cortantes fijos en el horizonte.

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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