José Bianco

“Como el cristal o el aire, el estilo de José Bianco es invisible. Las palabras, aunque armoniosas, no se interponen entre el autor y los lectores. Este es un modo de afirmar que su estilo es clásico […]. José Bianco es uno de nuestros primeros escritores y uno de los menos famosos”, escribía Borges. Aunque sería difícil no suscribir enérgicamente, al menos en lo esencial,[1] esta afirmación borgiana, es necesario, según creo, matizarla: su afirmación sobre el estilo puede aplicarse, quizás, a los relatos pero resulta singularmente inapropiada si intentamos extenderla a la escritura ensayística: no hay nada de invisible o transparente en la densa urdimbre de estos textos absolutamente idiosincrásicos[2] que combinan una sutil meditación sobre cuestiones estéticas con una francofilia desenfrenada.[3] En efecto, es en los grandes ensayos sobre Marcel Proust donde podemos escuchar con mayor pureza “el timbre distintivo de su pensamiento”.[4] Por consiguiente, mi artículo se concentrará, ante todo, en esos textos.

Si consideramos el primer ensayo importante de Bianco, “Stendhal y Proust” (1933), lo primero que sorprende es la precocidad de su talento: con apenas veinticuatro años escribe con innegable agudeza sobre dos autores notoriamente complejos. Aún más asombroso resulta el aplomo, la displicente y casi escandalosa seguridad en sí mismo que rezuman todos sus juicios: es preciso comprender lo que significaba elogiar sin reservas a Proust en Buenos Aires hacia 1933: El tiempo recobrado[5] había aparecido en 1927 (evidentemente Bianco lo leyó en el original)[6] y ni siquiera en Francia existía un consenso definitivo sobre los méritos de la obra proustiana. Sin embargo, Bianco sencillamente asume que se trata del mayor escritor francés de los últimos cien años (nunca demostró demasiado interés por Flaubert) y sigue adelante con glacial impasibilidad (“que debatan los profesores”, habrá pensado). Ahora bien, la supremacía estética de Proust será el único dogma jamás cuestionado por el escéptico Bianco: durante más de cincuenta años En busca del tiempo perdido fue algo así como “la roca del fundamento”, el criterio supremo de Verdad con el que este hombre –tan indiferente a la religión como a la botánica o la zoología– juzgó cualquier texto literario:[7] la casi infinita novela proustiana llegó a ser para él precisamente aquello que durante mil años representó la Vulgata para los clérigos medievales.[8]

Pero regresemos al artículo que ya he mencionado: allí Bianco parece establecer al principio una contraposición insalvable entre ambos narradores: esto no era, ciertamente, demasiado arduo, sobre todo si consideramos que el propio Proust criticó severamente a Stendhal:[9] “Beyle colocaba la literatura, no solamente por debajo de la vida, sino también de las más insípidas distracciones […] he aquí todo lo contrario de ese poema o bien de ese alejandrino único hacia el cual tienden, según Mallarmé[10] las diversas y vanas actividades de la vida universal”.

Sin embargo, como habrán notado, he escrito que Bianco “parece establecer una contraposición insalvable”: era demasiado inteligente para contentarse con este lugar común de la crítica,[11] y entonces se esfuerza por desentrañar lo que ambos comparten, más allá de las dicotomías simplificadoras. Sería un error suponer, sin embargo, que Bianco desconoce la potencia de ese argumento más o menos ramplón: por el contrario, precisamente porque tiene un conocimiento casi enciclopédico no sólo de la obra proustiana, sino de toda la literatura francesa en los últimos trescientos años,[12] puede articular un lúcido análisis de ambas poéticas, señalando los elementos antitéticos pero también, finalmente, la desmesurada ambición que comparten, esa voluntad delirante de producir un texto que –como en la interpretación cabalística de la Torah– contenga el mundo y todos sus arcanos. Podrá objetarse que eso sólo sucede con Proust pero Bianco respondería que Stendhal también fue atenazado por esa pasión insensata[13] (pero sin la cual sería inútil escribir una palabra): ciertamente los dos diseccionan la sociedad de su época con incomparable agudeza: es la lucidez desmitificadora, hipertrofiada y casi teratológica de los grandes novelistas, que les permite captar la estructura profunda oculta tras el denso tejido de apariencias que suele obnubilar incluso a muchas inteligencias de primer orden.

Por supuesto, en el plano estilístico no podrían ser más diferentes: Stendhal, con su sequedad antinatural, arduamente buscada,[14] que tanta influencia ejercería (Hemingway, por ejemplo, nunca ocultó su admiración);[15] Proust, con sus períodos barrocos, sus oraciones interminables, su voluntad maníaca de representarlo todo y comprenderlo todo, que Bianco resume en una frase de lapidario esplendor: “En busca del tiempo perdido es un ininterrumpido silogismo desarrollado en dieciséis volúmenes”. Y sin embargo, en lo esencial no hay divergencia alguna: “ambos arriban a idéntica desoladora conclusión respecto al individuo”. !Ah!, pero a pesar de todo, Bianco no puede ocultar su preferencia por Proust:[16] la superioridad de este último radicaría en que “no lo guía ningún propósito ulterior a su tarea de novelista […] Stendhal censura al clero y la sociedad italiana, Proust simplemente anota”: y en esa gloriosa imperturbabilidad se cifra, para Bianco, la pureza de su Arte.

Y, por cierto, resulta evidente que el ensayista argentino ha adquirido, en su dilatada frecuentación de los clásicos franceses, algunos rasgos admirables de esa gran tradición que se extiende, como mínimo, de Montaigne a Camus (claridad expositiva, elegancia estilística, agudeza conceptual, un refinado y corrosivo escepticismo), rasgos cuya feliz conjunción en su escritura producen una extraña, adictiva mezcla de placer estético y dolor cognitivo: no es Borges, ciertamente, pero tampoco lo necesita: ningún otro ensayista latinoamericano ha conseguido escribir así sobre Marcel Proust.

Acaso el mejor de estos ensayos sea “Proust y su madre”: verdadera apoteosis de erudición sobre todo lo concerniente a su autor favorito y, al mismo tiempo, un texto de notable densidad metafísica donde, por momentos, Bianco despliega una penetración en los arcanos de la literatura comparable a la de su ídolo. Es curioso, pero nada parecía prefigurar la grandeza de este ensayo (probablemente el título, que parece prometer más de lo mismo,[17] haya influido en ese sentido). Y sin embargo, Bianco convierte el más gastado de los tópicos en un pretexto para meditar sobre aquella idea inquietante que Proust, a pesar de las apariencias,[18] comparte con Cioran y Dostoievski: la del sufrimiento como camino de perfección espiritual, como poderosa herramienta epistemológica que permite acceder a todo aquello oculto a “los seres felices e irreflexivos” (El mundo de Guermantes).

Así, el ensayista argentino, con su instinto infalible para aislar, en el océano proustiano, las frases decisivas, detecta un fragmento que, sin duda alguna, resulta esencial para comprender En busca del tiempo perdido: “La única utilidad de la dicha es hacer posible la desgracia: mientras somos felices debemos crear vínculos muy dulces y que la confianza y el apego vuelvan extraordinariamente fuertes, para que su ruptura nos cause el tan precioso desgarramiento que se llama desgracia […] porque las tristezas son servidores oscuros, aborrecibles […] servidores imposibles de reemplazar y que por vías subterráneas nos conducen a la verdad y a la muerte”.[19]

Después de leer algo así, ¿qué puede decir un mero crítico literario? No mucho, en rigor de verdad, pero es preciso intentarlo. Dos cosas me sugiere este pasaje, más allá de su evidente –pero siempre sujeta a discusión– profundidad metafísica: primero, la melancólica constatación de que todo un universo de inmarcesible esplendor verbal me está vedado para siempre: ignoro con probidad la lengua francesa y sé que jamás podré leer À la recherche du temps perdu en el original. Segundo, la intuición de que quizá eso no sea, en definitiva, tan importante pues, como Bianco ha sido quizás el primero en mostrarnos (me refiero, por supuesto, al ámbito hispanoamericano) es mucho lo que perdura incluso en las imperfectas traducciones de Pedro Salinas o Consuelo Berges: un saber de la forma que en vano buscaríamos en otros narradores; la meditación más profunda jamás articulada sobre “esa enfermedad llamada amor” y, por encima de todo, aunque sólo podamos percibirlo oscuramente, la soberanía aplastante de un estilo que sólo compite consigo mismo: la purpúrea plenitud de su prosa.


Notas:

[1] Ciertamente, Bianco es, paradójicamente, uno de los grandes prosistas “olvidados” en la literatura argentina.

[2] Entre otras cosas –y no es poco–, se trata de uno de los poquísimos escritores que no imita a Borges (al menos entre aquellos relacionados con la revista Sur).

[3] Además de sus espléndidos ensayos en torno al portentoso valetudinario que se recluyó en una habitación forrada de corcho para pergeñar su Obra, Bianco escribió con brillantez sobre Valéry, Paul Léautaud, Julien Benda, Voltaire, Julien Green, y Camus (la lista no es exhaustiva).

[4] La frase pertenece al filósofo Alain de Botton.

[5] El último volumen de En busca del tiempo perdido.

[6] Necesariamente debió leerlo en lo que Samuel Beckett llamó “la abominable edición de la Nouvelle Revue Francaise”.

[7] Eso podría explicar la –en ocasiones excesiva– severidad que desplegó hacia sus contemporáneos (sus páginas sobre Roberto Arlt, por ejemplo, exudan un mal disimulado desprecio).

[8] Y también para algunos obsesos geniales como Léon Bloy, en pleno siglo XX.

[9] A quien, sin embargo, apreciaba, “pero sólo hasta cierto punto”.

[10] Recuerden la frase escandalosa y sublime pronunciada en sus conferencias de Oxford: “Sí, la Literatura existe y, si se quiere, sola, a excepción de todo”.

[11] Stendhal: mundano, decadente, más interesado en sus proezas eróticas que en la literatura; Proust (al menos tras la muerte de su madre) un anacoreta en la habitación forrada de corcho, dedicado exclusivamente, con devoción casi sacramental, a la escritura de su Obra: algo de eso hay, pero las cosas no son tan sencillas.

[12] Desde Racine, como mínimo (recordemos que este artículo es de 1933).

[13] ¿Acaso es necesario recordar aquí lo que Balzac dijo sobre La cartuja de Parma? (“Muchas de sus páginas contienen todo un libro”). También Tolstói elogió esa novela (en particular la narración de la batalla de Waterloo, cuya influencia resulta ostensible en algunas secciones de Guerra y paz).

[14] No hay nada “espontáneo” en su celebrado laconismo. De hecho, si podemos dar crédito a cierta célebre anécdota, solía leer cinco páginas del Código Civil Napoleónico antes de comenzar a escribir (para purgar su prosa de cualquier lirismo innecesario).

[15] Por lo demás, no desprovista de cierta envidia hacia el hombre que dictó La cartuja de Parma mientras estaba enfermo…, y en sólo siete semanas.

[16] Esta desenfrenada admiración por el narrador parisino lo conduce a forjar algunas frases extraordinarias, verbigracia: “ese rudo ascetismo profano que es la pasión”.

[17] Es necesario comprender que a esas alturas (1954), el tema de la veneración proustiana por su madre se había convertido en un lugar común de la crítica: “Proust no creía en la iglesia católica ni en Dios pero adoraba el rostro de su madre como muchos católicos adoran a la Virgen: más que a Dios” (Maurice Sachs).

[18] Innúmeros son aquellos que no han podido ver más allá de la superficie poblada por aristócratas frívolos y arribistas frustrados. No es raro, después de todo, que un imbécil como André Gide, se negase a publicar Por el camino de Swann: mucho más perturbador es el rechazo radical de Cormac McCarthy: sólo puedo suponer que en realidad nunca se molestó en leer a Proust (y lo mismo pasa con Borges).

[19] No me sorprendería que este pasaje haya influido a Cioran. Compárese con este otro de su Cuadernos (1957-1972): “Y, en efecto, la amplitud y la profundidad de una inteligencia se calibran por los sufrimientos que ha aceptado para adquirir la sabiduría. Nadie sabe sin haber pasado por duras pruebas. Una inteligencia sutil puede ser perfectamente superficial. Hay que pagar por el menor paso encaminado a la sabiduría”. Por otra parte, nunca debemos olvidar que el novelista favorito de Proust era, sorprendentemente, Dostoievski. (Aunque acaso, a la luz de lo que ahora sabemos, ya no resulta tan asombroso.)

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