En alguna ocasión, cierto malicioso crítico del posestructuralismo francés cuyo nombre ahora me elude, observó --acaso injustamente-- que en el fondo toda la así...
Ni la fe ni su negación son suficientes para Sarduy. Solo la escritura misma parece complacerle: su último reducto ante los embates de la enfermedad y la desdicha.
Hay siempre en el pensamiento de Cioran, una innegable exultación, un goce salvaje, un éxtasis perpetuo que convierte la lectura en lo contrario del desaliento.