José Kozer y Gerardo Fernández Fe en 2012 (FOTO Joaquín Badajoz)
José Kozer y Gerardo Fernández Fe en 2012 (FOTO Joaquín Badajoz)

Hubo un tiempo en que el chileno Alejandro Zambra, sin duda la voz más relevante de la generación de escritores formada en democracia, autocaracterizaba su producción y la de los suyos como la literatura de los hijos. Oponía así, de forma algo mañosa, la literatura anclada en las representaciones de la memoria o alimentada por la experiencia de los años de dictadura, en contraste con las novelas y obras que una generación –la suya propia– menos “contaminada” por el pasado reciente era capaz de producir. Sintonizada con los mercados, la globalidad de la llamada “literatura mundial”, la profesionalidad de los agentes literarios y traductores que hoy pueblan los gimnasios editoriales, esta nueva literatura de los hijos se concebía ligera, representativa de las nuevas sensibilidades, refinada y también profunda. De eso hace ya veinte años y el logro no ha sido menor (el último libro de Zambra lleva por título Literatura infantil, de modo que los abuelos ya estamos avisados).

Todo esto se me vino a la cabeza leyendo José Kozer: tajante y definitivo, el volumen de conversaciones con el poeta cubano que Gerardo Fernández Fe publicó en 2020, plena pandemia, con la editorial de este mismo magazine que es Rialta. No hay pérdida, ni grasa ni óxido, en la palabra hablada de Kozer. La recomendación viene de muy cerca, se dirá. Que se diga y se repita, qué más da: al autobombo de algunos, bienvenido el bombo mutuo, decía Parra. El lector sabrá actuar con indulgencia, pero quien se haya asomado a las 300 páginas del diálogo que sostienen Kozer y Fernández Fe entre los años que van del 2013 al 2016, podrá diferenciar con facilidad entre lo que es propaganda y revelación pura, negocio de un día y auténtico deslumbre. Tanto así que, a poco andar en la lectura, mientras más pasaba páginas y más subrayados y anotaciones hacía, más evidente se me hacía el hecho de estar escuchando aquella literatura de los padres que había sido destinada al olvido por la generación de los felices. No porque Kozer recomiende leer a Defoe y su memorable Robinson, que sí lo hace, o porque instale en la conversación a Góngora y Quevedo, a los clásicos orientales y a los trascendentalistas norteamericanos con Thoreau a la cabeza, sino por su libertad de palabra, su frágil despojamiento de cualquier pretensión totémica o autocelebratoria, su fuerza en un exilio personal que no cede un gramo de musculatura a la ideología política, sea a favor o en contra de Cuba, su humor desaforado y la claridad con que expone lo esencial en tiempos oscuros y de universal frivolidad.

José Kozer
José Kozer

Mucho de lo anterior tiene su fundamento en el propio trayecto de Kozer, quien a los 20 años llegó con lo puesto a vivir en Nueva York, en 1960, cuando la época de oro de la revolución aún no asomaba los dientes ni era imaginable la bancarrota en la que derivó. Kozer era un migrante, no un escapado, y había decidido serlo por incomodidad con su isla, por ansias de mundo y amplitud (“Era un momento durísimo para uno. Yo no hablaba una palabra de inglés, no tenía un centavo en el bolsillo, estaba totalmente solo, no se hablaba español, no había con quien compartir, y al otro día tenía que ganarme la vida. ¿Qué hacer? Pues salir a buscar trabajo: cualquier cosa, me daba lo mismo”). Kozer informa sobre su andadura a lo largo de la extensa conversación, y lo hace casi en tono de disculpa por la distancia prematura que adoptó con Cuba, buscando igualarse con los demás y sabiendo que aquello le estaba vedado en su condición de escritor que escribe, escribe y escribe por más que a veces no publique. Es decir, todo lo contrario de la popularizada consigna de Lamborghini de publicar y publicar y publicar para después escribir, un juego provocador y de aliento subversivo en los dramatizados años setenta, y que la literatura de los hijos domesticó e hizo suya hasta ahogarla en la puerilidad durante el cambio de siglo.

Tajante y definitivo, una definición que Kozer calzó de boca de su amigo Lorenzo García Vega, otro escritor migrante de Cuba, pero de talante erizado y menos apto para vivir en la intemperie, el ejercicio diario de escritura y sobrevivencia en tierra extraña hicieron de él un lector voraz de su lengua materna, con influencias tempranas de Vallejo y Parra, hasta liberar una voz propia que hoy suma más de diez mil poemas, según su propia contabilidad.

Pero la literatura de los padres que encarna Kozer no lo es por su número ni por su esencial hibridez, encabalgada como lo está por el modernismo literario, su interés por el budismo, las tradiciones orientales y el misticismo, o su judaísmo irredimible. Kozer es la palabra de los padres porque sabe que no tiene otro país donde pisar si no es el del lenguaje. Un viaje a España se lo reveló, cuando intentaba zafar del dominio del inglés que lo había atrapado en Nueva York: “para mí fue la salvación –le dice a su entrevistador–, fue lo que me permitió volver a mi idioma, que es central en mi existencia, porque no tengo otra cosa, no tengo un Dios, no tengo una religión, no tengo un país. Mis creencias no son fuertes, salvo la del lenguaje, la de este idioma en que te estoy hablando, y la creencia en lo intelectual, en los libros, en la música, en la poesía, en la escritura. Esa es mi gran creencia, mi gran centro, no ha habido otro”. Y enseguida dirá, con la convicción de una experiencia que excede la casuística personal para adentrarse en los territorios más espinudos y también crónicos del desarraigo latinoamericano: “la gente no entiende lo que es vivir sin un país. No tienes una sola prebenda, una sola posibilidad de nada. Hasta el día de hoy, a José Kozer tú lo invitas a algo, no tiene universidad, no tiene país, no tiene nada que ayude, que aporte a esa invitación. Entonces, ¿me quieres invitar?”.

José Cubierta Kozer: tajante y definitivo
‘José Kozer: tajante y definitivo’

Si la pregunta es lacerante, Kozer se encarga de quitarle peso y gravedad: no hay quejas, ningún afán de victimización, menos aún de convertir en mito romántico su condición de apátrida de las letras. Galardonado en 2013 con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, y de forma inesperada debido a su propia falta de expectativas, Kozer viajó a Chile ese año y aprovechó de visitar a su amigo Nicanor Parra, con quien compartió innumerables diálogos y conversaciones cuando ambos coincidieron en Nueva York y convinieron en la necesidad de cuidar la salud en medio del reventón de los beatniks. La sanación, la cura, se volvió entonces un concepto central de su trabajo, enfrentando la distancia y angustia por la muerte de sus padres en poemarios de piedra filuda donde, explica, “algo cambió, algo se curó de sí mismo” en relación al mito del poeta como pequeño Dios. Así escribió en Acta:

Mi padre, que fue sastre y comunista
mi padre que no hablaba y se sentó a la terraza
a no creer en Dios
a no querer más con los hombres
huraño contra Hitler, huraño contra Stalin
mi padre que una vez al año empinaba una copa de whisky

Si hay una literatura de los padres, ha de ser esta. Ninguna otra encaja con los dolores y terribles espantos a exorcizar, a batallar, a retorcer en el lenguaje, a sospechar hasta el cansancio, tan lejos de la celebridad literaria como de la insignificancia poética. La multiplicidad de sus fuentes ayudó a sostener el tipo, qué duda cabe, pero también su mujer Guadalupe está presente en la constancia y el cuidado que Kozer manifiesta para proteger ese mínimo entorno donde escribir y desaparecer él mismo tras el lenguaje. Hay una mínima moralia, entonces, de la cual sujetar la precaria soberanía del exilio. Y si el judaísmo opera como una facultad para situarse y hacer de un lugar cualquiera su sitio en el mundo, a la vez esa condición conlleva un desasosiego permanente (“Creo constantemente que esto se va a derrumbar, como judío estoy acostumbrado a que todo se derrumbe”, dice), lo que exige tensar aún más el arco, esta vez hacia la búsqueda del satori, las enseñanzas del budismo y el comienzo de un camino sin mandamientos. La flecha apunta hacia esos confines lejanos a lo largo de toda la entrevista, pero sólo hacia el final se descubre del todo, como si fuera el reverso de una montaña muy alta desde donde hacer balance con el mejor corresponsal que Kozer pudo tener en la presencia de Fernández Fe, poeta él mismo que interviene sólo lo necesario para que el diálogo se dispare en el torrente de la palabra hablada. Literatura de los padres, en suma, de búsqueda incesante y luminosa curiosidad, para disfrute de esos nietos que escucharán atentos la palabra de Kozer en las rodillas del abuelo.

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Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.

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