Fotograma de ‘Karnawal’, Juan Pablo Félix dir., 2020
Fotograma de ‘Karnawal’, Juan Pablo Félix dir., 2020

El Corto (Alfredo Castro) tiene el pelo largo, amplio, abundante, salvaje, justo como su hijo adolescente el Cabra (Martín López Lacci). El hombre resulta una suerte de espejo de futuro erosionado y rudo, donde el joven puede observarse durante todo el breve, pero intenso tiempo comprendido por el relato de Karnawal (2020), dirigida por el debutante director argentino Juan Pablo Félix. En este espejo donde el chico puede otear las posibilidades y las imposibilidades que le depara el porvenir, allende o aquende los áridos territorios del norte argentino que concomita con Bolivia, donde nació, sobrevive y baila malambo como un poseso.

El malambo gauchesco es una danza solo para hombres, un ritual de masculinidades que se baila a ingentes golpes de tacón sobre el piso, con furiosa energía, con desafiantes bríos. Cada taconazo una reafirmación y un grito de conquista. El Cabra está dispuesto a arriesgar la vida por este baile. Le entrega todas sus fuerzas. Le concede todo el silencio tras el que emboza el torrente de emociones contenidas que constante y calamitosamente implosionan tras su rostro duro y porfiado, que bullen tras sus escuetas ráfagas de palabras como escapadas de su tozuda reserva.

La salida temporal de prisión del Corto, donde lleva siete años expiando las culpas suyas y de otros, obligan al Cabra a bailar otro tipo de malambo con este padre intensamente ausente. Aquí no se danza en solitario, pataleando libremente contra el mundo, sino en ineluctable pareja, en rumbo de colisión hacia la recuperación del amor aturdido por la ausencia, la recapitulación de la pérdida, el restablecimiento doloroso y apresurado de nexos afectivos.

Fotograma de ‘Karnawal’, Juan Pablo Félix dir., 2020
Fotograma de ‘Karnawal’, Juan Pablo Félix dir., 2020

Triunfadora en el 24º Festival de Málaga y en los recientes IX Premios Platino –premiada en ambos la actuación “de reparto” de Alfredo Castro y laureada la cinta respectivamente como Mejor Película Iberoamericana y Mejor Ópera Prima–, Karnawal también es el viaje trepidante y azorado del adolescente hacia la recuperación de modelos paternales y patriarcales, los que, como se evidencia en el filme, no pudieron ser nunca suplidos por la madre recesiva, dependiente y enamorada que es la Rosario encarnada por Mónica Lairana.

El antojadizo parecido físico que guarda la argentina con Shelley Duvall, la insuperable mater dolorosa de The Shining (Stanley Kubrick, 1980), sugiere caprichosas lecturas dialógicas entre ambas cintas tan aparentemente lejanas en tono, tema, tiempo y espacio, pero para las que parece valer la extraña ley de los seis grados de separación, y también (sobre todo) el delirio interpretativo del crítico.

Como la Wendy Torrance de la película de Kubrick, la Rosario de Karnawal se deja arrastrar por la tromba dominante que es el Corto, cuya salida en libertad le hace recuperar sobre ella toda la dominación que apenas reposó en suave estado de latencia durante su encierro. La mujer experimenta alivio luego que el hombre retoma las riendas de sus rumbos vitales, incluido el hijo díscolo, amotinado bajo las banderas del malambo y el silencio.

Su rol pasivo le confiere a Rosario una naturaleza satelital, sin que se anule por completo como presencia, gracias sobre todo a las sutiles destrezas con que Lairana esculpe este plúmbeo personaje, desde una modesta imposición en escena que no permite ser obviada u obliterada por completo por las trombas de testosterona. Sus reales y difusos sentires se diluyen bajo la luz tóxica de su Astro Rey de crines grises e incontinencia iracunda; lleno como está de secretos, repleto y atormentado por “cosas de hombres”, sujeto a pactos velados que lo hacen derivar hacia su destino inevitable, hacia su no futuro.

A priori, el chileno Alfredo Castro parece ser siempre el actor inadecuado para los personajes que interpreta. Y siempre resulta una telúrica sorpresa verlo transformar todo el entorno a su alrededor, no solo los caracteres, amoldando el universo a sus ignotas reglas. El Corto es otro de los personajes aparentemente ajenos por completo a Castro. El actor termina fagocitándolo casi perversamente, suplantándolo, como los sutiles extraterrestres de Invasion of the Body Snatchers (Don Siegel, 1956). Y así construye un seductor y misterioso macho cabrío con las venas abiertas, cuya piel es de un cristal indestructiblemente frágil que revela debilidades inexpugnables y es cruzada por múltiples heridas abiertas a cal y canto.

Fotograma de ‘Karnawal’, Juan Pablo Félix dir., 2020
Fotograma de ‘Karnawal’, Juan Pablo Félix dir., 2020

Alfredo Castro termina siendo un roba-escena imponente que desplaza el eje conflictual de la película hacia sí, con una fuerza gravitacional que difícilmente puede contrarrestar el debutante Martín López Lacci, campeón salteño de malambo devenido actor, a pesar de sus notables esfuerzos por defender al Cabra. El joven termina sumándose a su madre en su nicho recesivo. Las continuas acciones de soltar y recogerse el pelo, acorde sus sentimientos de realización o represión, sabotean además la potencia interna que el protagonista concentra en la mirada y las facciones severas. Se descubre con demasiada claridad la mano caprichosa de un director cuyas inseguridades lo llevan a caer en estas redundantes y didácticas fórmulas. Algo que por suerte Juan Pablo Félix vadea casi siempre, por eso se nota demasiado cuando incurre en ellas.

En terrenos diegéticos, el Cabra se deja arrastrar por la fuerza de la naturaleza que es el Corto, estableciendo una simbiosis que le permita crecer, florecer. Pero en el plano extradiegético no logra vibrar a cabalidad en la misma frecuencia histriónica de Alfredo Castro. En este malambo que bailan en pareja, el veterano zapatea con más rigor y poder. Aunque en algunas secuencias se logra que el amor filial refulja impresionantemente entre ambos, a golpe de exquisitas sutilezas. Compartir una simple cerveza entre padre e hijo deviene un ritual de comprensión, diálogo y legado.

El viaje apresurado y prácticamente inexplicado al que el Corto arrastra prepotentemente a su esposa y vástago durante tres días resulta también para él un proceso de brusca reconfiguración de afectos. Es una ruda operación de rescate de su familia, un intento por ganarse un futuro. Pero siempre desde la incapacidad para abrir el pecho, desde la imposibilidad de largar el exoesqueleto patriarcal y develar sus aristas sensibles.

La incomunicación es así uno de los principales territorios en los que se mueven el trío de personajes, al que se suma un innecesario y casi ridículo gendarme Eusebio (Diego Cremonesi), amante tontorrón de Rosario cuya prescindible presencia importuna más que aporta a la historia.

Pero también el amor es primado teatro de operaciones, permitiendo a Juan Pablo Félix sorprender en varias ocasiones con inesperados giros dramáticos, y con la negación saludablemente repentina de los estereotipos que se enuncian. El propio Corto es el mejor ejemplo. De la bravucona unidimensionalidad esperada de un personaje como este, se desliza hacia la complejidad emocional y motivacional con la misma fuerza del trágico Tom Doniphon que interpretara John Wayne para The Man Who Shot Liberty Balance, (John Ford, 1962).

Karnawal es una road movie que cumple con la esencia de este modo fílmico, donde el viaje por carretera deviene metáfora de un proceso psicológico, de una iniciación, de un posible segundo nacimiento. Sin embargo sus protagonistas parecen moverse en círculo. Regresan una y otra vez al kilómetro cero de la fatalidad. Se mueven, pero no escapan. Las respectivas trascendencias de sí mismos parecen destinos imposibles.

Cada uno es el correspondiente lastre del otro. Se hunden en el marasmo del periplo inútil, sus tragedias son la de Sísifo. Sus rocas son ellos mismos. Solo el malambo, al que tozudamente se aferra el Cabra, parece proporcionarle la fuerza suficiente para escapar a la inercia en que se descubre, para patear la fatalidad hasta destrozarla bajo su zapateo, y florecer en medio del estéril polvo pampero.

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Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos, 1981). Periodista y crítico de arte. Textos especializados suyos aparecen en publicaciones como La Gaceta de Cuba, Cine cubano: La pupila insomne, El Caimán Barbudo, Hypermedia Magazine, Altercine (IPS Cuba), Cine Cubano, Esquife, Noticias de Arte Cubano, Bisiesto (Muestra Joven ICAIC), Enfoco (EICTV), la revista del Festival de Cine de La Habana, y otras. Ha sido guionista de varios programas televisivos especializados en audiovisual como Lente Joven, Banda Sonora e íconos del celuloide. Ha integrado jurados de la prensa en eventos como el Festival de Cine de La Habana. Ha publicado libros de ficción y crítica de cine, entre los que se encuentran: Voces en la niebla. Un lustro de cine joven cubano (2010-2015) (Ediciones Claustrofobias, 2016) y Tras el telón de celuloide. Acercamientos al cine cubano (Editorial Primigenios, 2019). Un tercer volumen titulado “Críticas, mentiras y cintas de video” está en proceso de edición.

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