Así como los perros sienten cuando una tormenta se acerca, puedo reconocer el viento que antecede a un tornado, el viento que está a punto de convertirse en un desenfrenado remolino. Como el viento terrible de aquel enero del 2019. Es una sensación que ya he incorporado como una especie de conocimiento ancestral, de sabiduría primitiva, adquirida luego de aquel 27 de enero en que inesperadamente pasó por La Habana el tornado de mayor magnitud que hasta ahora se conoce. Ese mismo día, casi a la misma hora, murió mi madre. Aquel tornado se convirtió en la viva imagen de toda la furia y los torbellinos que tenía reprimidos en mi mente, en mi cabeza llena también de remolinos y nubes negras. Sentí que la naturaleza era un desdoblamiento de mí misma. Con aquel tornado se cerró un período de tres meses de enfermedad de mi madre y se abrió para mí una nueva dimensión sensorial y mística de la vida que nunca había tenido.

La ciencia meteorológica concibe los ciclones como una combinación de altas temperaturas en el agua de los mares y bajas presiones en la atmósfera; y los tornados como columnas de aire a alta velocidad cuyo extremo inferior entra en contacto con la tierra y la superior con una nube cúmulo nimbo. Pero la objetividad de la meteorología no descarta la variedad y riqueza de explicaciones de que es capaz la mentalidad habitual y el pensamiento religioso. La interacción entre la psiquis humana y estos peligrosos fenómenos naturales posee también una gran riqueza.

Se sabe que el viento afecta el equilibrio mental y el estado de ánimo. Puede causar irritabilidad, ansiedad, falta de concentración, aumento de la agresividad y excitación nerviosa, sobre todo en personas que padecen de trastornos psíquicos. Esto está dado en gran parte por los ruidos que provoca el viento a su paso. No podemos verlo, pero oímos los estruendos y los mil sonidos inquietantes provocados por su fuerza invisible: chirridos, portazos, búcaros rotos, crujir de árboles, el traqueteo de lo que estaba suelto o mal amarrado. Es un zumbido oscuro, atemorizante. Ambos, la invisibilidad y el ruido, forman parte importante de los desastres asociados con la fuerza del viento, sobre todo el de las tormentas, los remolinos, los rabos de nube, los tornados, los ciclones. Este último es el más común y peligroso de los desastres naturales que ocurren en Cuba.

El ciclón ha sido el fenómeno de la naturaleza más temido en Cuba y en las demás islas del Caribe. El gran diámetro que a veces alcanza y la relativa lentitud de su traslación hacen que sus daños y estragos afecten a una gran parte del territorio y ocasionen la muerte de muchos pobladores. De ahí que su gran poder haya sido visto como algo sobrenatural y que ocupe un papel importante en las diferentes cosmogonías míticas y religiosas de la región. Los aborígenes indocubanos veían esta fuerza implacable y misteriosa como una deidad. Una representación del dios Jurakán, según las figuras analizadas por Fernando Ortiz en su libro El Huracán, mitologías y simbolismos, está formada por una cabeza humana y dos brazos sigmoideos que salen de ella. Ortiz deja abierta la hipótesis de que esta cabeza humana podría ser también una calavera, como la representación de un espíritu o ente fantasmal.

En la religión afrocubana de la Santería o Regla de Osha también encontramos una poderosa asociación entre estos fenómenos meteorológicos y la muerte a través de una fuerza sobrenatural femenina: Oyá Yansá, oricha mayor, dueña de la centella, los temporales, los remolinos y los vientos en general. Oyá es también la dueña del cementerio, vive en su puerta o en los alrededores. Uno de los patakíes o historias sagradas que recoge esta tradición de origen yoruba reelaborada en Cuba, habla del poder y la furia de la temida Oyá, que para rescatar a su amante Changó de la prisión, rompió la reja de su celda con una centella y se lo llevó al cielo en un rápido remolino. La mejor forma de representar esta fuerza huracanada de Oyá no ha sido sin embargo a través de la gráfica, sino del baile, de la danza: “este baile es agitado, frenético, la acción coreográfica es rapidísima, vertiginosa. Es la bacante que, en su delirio, quisiera incendiar con la llama purificadora que flamea en su diestra y forma remolinos girando siempre a la izquierda”, escribe Ortiz.

En la danza se reproduce el movimiento rotatorio de los ciclones, en dirección contraria a las manecillas del reloj, sinestrógiro dice Ortiz, que es el mismo movimiento que supieron representar los aborígenes indocubanos en sus figuras del Huracán y que mitológicamente ha estado asociado a lo siniestro. Hay otro elemento interesante en los rituales de Oyá que se haya relacionado con el viento, con los sonidos provocados por el viento. El acheré, especie de maraca usada en el ritual para saludar y llamar a la Orisha, es la vaina alargada que contiene en su interior las semillas del framboyán. Al agitar el acheré de Oyá se produce un sonido semejante al de las ramas y vainas secas del árbol cuando chocan movidas por los fuertes vientos. Es el oído el que nos hace ver la fuerza del viento.

Sin carácter ritual pero muy popularizado dentro de los practicantes de la Ocha, es el uso del infantil rehilete. A los hijos o hijas de Oyá se les recomienda poner un rehilete en el exterior de la casa para recoger o quizás desviar los malos vientos. Se debe colocar en una zona donde transite el viento, en un jardín, balcón, cerca de la ventana o de la puerta.

Otras representaciones en la religión afrocubana están relacionadas también con la energía de los vientos. En el Palo Monte, Mariwanga es el equivalente de origen kongo (etnia africana de origen bantú) de la oricha Oyá. La firma de Mariwanga, representación gráfica usada por los paleros cubanos para trabajos rituales, está formada por líneas espirales alrededor de un punto central. En este caso más que una relación directa con el viento, se trata a veces de una combinación de la fuerza giratoria de los vientos y la presencia del terrible poder de los rayos, de la centella. En otra firma de palo, de Engüelle Lubamba, equivalente de Elegguá, aparece representado el ciclón a través de un círculo con cuatro líneas sigmoideas que se cruzan en un punto central, simulando el movimiento giratorio de este fenómeno natural.

- Anuncio -Maestría Anfibia

También en el Palo existe una relación entre los espíritus y los misteriosos sonidos provocados por el viento, como mismo ocurre con el acheré de Oyá. Se trata del Oro, instrumento aeritivo usado con carácter ritual en algunas ramas del Palo Monte para llamar a los Egguns (espíritus). Está formado por un pedazo de tabla ovalada o con extremos de punta roma, con un hueco en uno de los extremos y una cuerda atada a él. Para ejecutar el sonido del Oro o Kingüénguere (nombre con que se conoce también en el palo), el palero lo hace girar en círculos sobre su cabeza, produciendo un zumbido similar al del viento. Fernando Ortiz compara el efecto del Oro con la honda: “Al voltearla sobre su cabeza, el hondero oye como un bufido de viento que se apodera del proyectil y lo conduce a su objetivo. Ahí, en el remolino de la honda hay una fuerza misteriosa giratoria, como en el remolino del viento, en la tolvanera, la tromba, el tornado y el huracán”.

La diferencia del ciclón en Cuba respecto a otros desastres naturales es que implica tres fases: esperar el ciclón, pasar el ciclón y recuperarse. En la fase de preparación todos salen a comprar pan y velas, muchas velas, porque nunca se sabe cuántos días durará el apagón (la última vez fue un apagón total en toda la Isla). Se sacan todos los objetos acumulados en las casas para casos de desastres: botellones plásticos para guardar agua, bloques usados como base para separar del suelo los refrigeradores por si hay inundación, listones de madera para sellar las persianas, clavos para clavetear lo que no está seguro. Se refuerza la casa, se pegan precintas en forma de cruces en los cristales, se apuntalan las ventanas, se guardan bajo techo todos los objetos que puedan salir volando con el viento. Y se espera. Se espera que el ciclón pase rápido, se espera que aguanten las persianas que están casi en el aire, que la placa no filtre agua, que la comida no se eche a perder por la falta de electricidad. Cada familia se mantiene atenta a los partes meteorológicos. Se sigue la trayectoria del ciclón a través de la radio.

Decía Eladio Secades en sus estampas costumbristas sobre el ciclón de 1944: “El cubano cree que para la Noche Buena y para el ciclón, debe estar toda la familia reunida […] Un ciclón es una acumulación de víveres y un acuartelamiento urgente de apellidos. Existen los que se visten de invierno. Sin que nadie haya sabido jamás por qué. Y suben de precio en estimación espiritual los que han tenido el cuidado de guardar una linterna. La noche del ciclón tiene fuertes pinceladas de velorio. Porque siempre hay una vieja colando café. Y una tía solterona que se acuesta sin quitarse la ropa”.

Cada familia tiene sus propias historias sobre ciclones. Y un cúmulo de cuentos y vivencias transmitidos de forma oral de generación en generación. Crecemos escuchando las amargas historias sobre los estragos de la Tormenta del Siglo, las pérdidas ocasionadas por el Ciclón del 44 y el impredecible y funesto recorrido del Flora.

Alrededor de los ciclones también se generó, fundamentalmente en las zonas rurales del país, una serie de supersticiones y creencias populares. Se pensaba por ejemplo que tener una piedra de centella en la casa protegía a sus habitantes de los rayos y las tormentas. Algunos tenían la costumbre de cubrir los espejos con telas porque se creía que los espejos atraían los rayos. Otra de las prácticas más usuales para alejar la tormenta era la quema de guano bendito. En el artículo Los fabulosos remedios cubanos contra rabos de nubes, trombas y mangas de viento, publicado en la revista Signos en 1977, Samuel Feijóo junto al dibujante Adalberto Suárez, recopilaron numerosos testimonios sobre este tipo de creencias y prácticas populares en los habitantes de la región villaclareña. Dentro de los “remedios” más comunes y conocidos hasta hoy, y no sabemos si aún alguno se practica, se encuentran: hacer cruces en el aire con un machete o una cuchilla para romper el rabo de nube, cortar el viento con tijeras mientras se reza una oración y hacer cruces de ceniza en el patio y clavar un machete en el centro de la cruz.

Relacionado con las creencias y costumbres populares en torno a los rabos de nube y remolinos de viento, me gustaría mencionar tres obras de la artista cubana Marta María Pérez Bravo. Las dos primeras, pertenecientes a la misma serie Dolores, del año 1983, muestran una documentación fotográfica de un performance realizado en solitario (sin público) en medio de un descampado rural. Marta hace una recreación de las cruces de cenizas usadas para disipar los rabos de nube. En Dolores I, la artista incluye al pie de las fotografías el rezo que formaba parte del ritual campesino de las cruces: “yo te corto nube / sin cuchillo y sin puñal / con las nueve palabras / sacramento del altar”. Para las imágenes que conforman la pieza Dolores II, Marta usa una de los testimonios recopilados por Samuel Feijóo en el artículo anteriormente citado de la revista Signos. Sobre esto último es importante señalar que el arte contemporáneo cubano realizado por artistas de las generaciones de los años ochenta (Marta María Pérez, Leandro Soto, entre otros) tuvo muy en cuenta la presencia de la cultura popular recopilada por Samuel Feijóo en las Revistas Islas y Signos.

La tercera obra de Marta María Pérez Bravo que quiero mostrar se titula Rabo de Nube. No se trata de una fotografía, sino de una instalación conformada por un rabo de nube hecho de papel y una tela roja con detalles y frase elaborados con lentejuelas. Esta pieza, realizada en 1984, hace referencia al rito de los paleros cubanos para cazar remolinos de viento. Según los testimonios de mayomberos recopilados por Lydia Cabrera en su libro El Monte, los remolinos se cazaban usando un caldero o un sombrero.

¿Será que, por vivir en una isla, en esta isla del trópico, somos más propensos a soñar con inundaciones, con remolinos de viento y tormentas que arrasan con todo? Soñar con desastres está asociado a los miedos. Ha sido precisamente el miedo el gran creador. Lo que unifica todas las representaciones y explicaciones científicas, fotográficas, artísticas, míticas y religiosas relacionadas con los desastres naturales a través del tiempo, no es otra cosa que el miedo. El miedo a lo desconocido, el miedo a la muerte.

La infancia es diferente. Volviendo a mis recuerdos, la llegada de un ciclón siempre estaba asociada a la alegría de quedarme en casa con mis padres, debido a la suspensión de las clases y el trabajo, hasta que la tormenta pasara. Mi mamá inventaba con sábanas una pequeña casa de campaña montada en medio de la sala de nuestro apartamento de La Víbora. No era algo que hacíamos solo durante el ciclón, pero tengo la imagen exacta, como si fuera una foto real, de nosotras dos bajo aquel frágil techo de sábanas amarradas a las sillas y una vela encendida por el apagón.


* Este texto forma parte del catálogo de la exposición La furia del viento, exhibida actualmente en la Fototeca de Cuba con curaduría de Luis Duno-Gottberg y Claudia Arcos Ponce. La muestra está integrada por los creadores Moisés Hernández, Ernesto Ocaña, Santiago Álvarez, Samuel Feijóo, Marta María Pérez, Raúl Cañibano, Armando Capó, Alfredo Sarabia Fajardo y Manuel Almenares.

Colabora con nuestro trabajo
Somos una asociación civil de carácter no lucrativo, que tiene por objeto principal la promoción y fomento educativo, cultural y artístico. En Rialta nos esforzamos por trabajar con el mayor rigor profesional en la gestión, procesamiento, edición y publicación de los contenidos y la información. Todos nuestros contenidos web son de acceso libre y gratuito. Cualquier contribución es muy valiosa para nuestro futuro.
¿Quieres (y puedes) apoyarnos? Da clic aquí.
¿Tienes otras ideas para ayudarnos? Escríbenos al correo [email protected].
CLAUDIA ARCOS PONCE
Claudia Arcos Ponce (La Habana, 1992). Historiadora del Arte, curadora y especialista de la Fototeca de Cuba. Ha publicado textos sobre fotografía cubana en catálogos y revistas. Desde el 2020 está a cargo de la organización y conceptualización del evento anual Noviembre Fotográfico. Además de diversas exposiciones, ha organizado otros eventos de fotografía como revisiones de portafolio y talleres de crítica. En el 2022 participó en la Bienal de Fotografía y Nuevos Medios Fotofest, Houston, Texas, mediante una beca otorgada por el propio festival.

1 comentario

Deja un comentario

Escriba su comentario...
Por favor, introduzca su nombre aquí