La cuarentena por Manuel Almenares

Con su paradójica celebración de la vida, las fotografías de Manuel Almenares suscitan un extrañamiento particular. Estas imágenes despiertan tanto interés por las decisiones visuales a que somete al espectador, hay en ellas una percepción singular de la realidad representada. Dije “un extrañamiento particular”, además, porque el acto de mirar que configuran desestabiliza nuestra percepción situada de las cosas, sobre todo cuando lo que en ellas vemos está atravesado por la experiencia radical del coronavirus.

Estas fotografías entrañan la sediciosa capacidad de advertir la belleza allí donde todo parece rotundamente ordinario. Y es que en su centro mismo se instala una paradoja radical: aun cuando el propósito es un escrutinio testimonial de la temporalidad inaugurada por la Covid-19, el autor no puede sino embellecer la realidad. El quid del trabajo de Manuel Almenares radica en la manera en que conjuga la cartografía de un paisaje humano con la elaboración tan particular del código visual seleccionado. La espesura del plano expresivo no obstruye la huella del tema. Al contrario, las disposiciones de la forma –la rigurosa estructura de la composición, el carácter dramático de la luz, el manejo expresionista del ángulo– se responsabilizan de las resonancias que emanan de lo representado. En tal sentido, considero que en la fotografía de Manuel Almenares existe menos una conciencia social que una necesidad de discernir el ethos de un escenario urbano. Al acentuar el artificio, este artista quiebra la correspondencia, casi siempre imposible, entre la índole estética de la representación y la situación existencial encarnada en la imagen. La alusión a una circunstancia puntual, independiente a la excepcionalidad fundada en la visión fotográfica, no hace derivar estas instantáneas hacia el fotoperiodismo o la documentación. La descripción testimonial adquiere relevancia por razones extrínsecas al gesto fotográfico, impactante debido a la altísima carga emotiva producida por el estilo.

Heredero de la tradición consolidada por los fotógrafos de Magnum Photos, este joven funda su gramática también en una aprehensión de la realidad en la que sus determinantes éticos, políticos e ideológicos no constituyen condicionantes para la representación. Las rutinas cotidianas, las actividades, las costumbres, los personajes, los hábitos retratados son motivos autosuficientes. Apuntes del mundo, escenas de todos los días, fragmentos de la vida corriente, estas fotografías resultan impactantes en la medida en que resuelven detener el tiempo de un entorno social concreto. Emplazadas en Centro Habana, cada una de ellas, así como la totalidad del conjunto, contienen una experiencia: son una crónica de la vida durante el confinamiento. Ahí radica, en buena medida, un distintivo autoral de la mirada de Manuel Almenares, en su capacidad para trascender el mero registro. Este artista consigue convertir la experiencia de la cuarentena en una manera de ver, una manera que, de cuajo, violenta o trasgrede nuestra visión común.

Caracterizadas por su intensidad visual y narrativa –hay una tensión entre anécdota y fijación del instante–, estas fotografías llaman la atención también por los diversos perfiles que explora la tematización. Llega a ser particularmente sustantivo el vínculo estrecho entre los individuos y el espacio que los acoge. Las imágenes aquí reunidas son, en definitiva, una vibrante representación del habitus inconfundible que compone Centro Habana. Aquí la captura del entorno urbano, la arquitectura y la gente –inmersa en sus rutinas cotidianas, en la calle, en sus trabajos, sentados en alguna esquina del barrio o la casa– es sólo una primera instancia visual que posibilita articular una manara de estar en el mundo. En estas instantáneas late el alma de un perfil único de la ciudad. No quiere esto decir que la mirada de Manuel Almenares sea definitiva, sino que su descripción personal esboza, discierne, entre tantas, diría, una imagen legítima de ese horizonte social; y escribo esto a sabiendas de que, como sospechaba Susan Sontag, la única verdad de la fotografía es la de una realidad vista fotográficamente.

Es cierto que tenemos en estas imágenes una certificación de la cuarentena. Sin embargo, aparte quizás del carácter dramático constatable en alguna de ellas, sobre todo en las que las personas “esperan” tensas en sus casas, tendidas en el piso, sentadas en un sillón o recostadas a la pared, es impresionante la sensación de “normalidad” instalada en el entorno. Si acaso se retirara el nasobuco que visten la mayoría de los sujetos retratados, estas instantáneas podrían ser las de un tiempo cualquiera del día de ayer. Elevado a signo por excelencia de la cuarentena, el nasobuco es acá el resorte esencial que evidencia la excepción histórica. Es el motivo capaz de activar toda la significación. Con él todo el paisaje urbano cobra un relieve diferente.

Ahora que nos enfrentamos a lo que han dado en llamar “nueva normalidad”, este relato ensayado por Manuel Almenares invita no sólo a una experiencia estética, también a pensar el mundo tal como fue impactado por el coronavirus. Fuera de los límites de la composición e incorporado a la imagen por el carácter indexativo del nasobuco, está el rotundo golpe asentado por la pandemia. En estas fotografías está inscrita más de una interrogante sobre las ordenaciones de la sociedad, sobre el lazo apretado entre la estratificación social y la labor de las instituciones. En la realidad del cuerpo –un punto perfectamente articulado por el autor– se advierte la huella del desastre.

Ángel Pérez

De la serie ‘La enfermedad sobre la enfermedad’

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