Keith Jarrett al piano durante una actuación en Zúrich en 1977
Keith Jarrett al piano durante una actuación en Zúrich en 1977

Al parecer, muy pocas cosas se mantienen fieles a uno hasta el final, y generalmente cuesta todo lograr que solo una lo sea. Jorge Luis Borges decía que, en su ceguera más profunda, veía el amarillo, que podía percibir destellos de su brillo, amarillo al que le rindió todo el tributo posible en su literatura. En una entrevista realizada poco antes de morir, una Jacqueline du Pré casi totalmente paralizada por la esclerosis múltiple, le habla a su entrevistador, el cineasta inglés Christopher Nupen, sobre cómo estaba haciendo una edición del Concierto para cello de Elgar que como nadie ejecutó. Freddie Mercury le pedía a sus compañeros de Queen que le llevaran a su cama, de donde ya no podía pararse, lo que tuvieran escrito para cantarlo antes de que fuera demasiado tarde. De esa fidelidad hablo, de una fidelidad unida a una pasión.

Hace unos años sigo un canal de YouTube sobre música, riguroso pero a la vez simple, didáctico pero también especializado. El músico y productor musical Rick Beato es quien lleva este canal. En él se puede ver una maravillosa entrevista de hace unos meses al gran genio del piano que es Keith Jarrett. Sus bellísimos discos en vivo y totalmente improvisados, The Köln Concert (1975), o el Paris Concert (1990), entre otros que grabó de este modo; el dedicado a Rose Anne, que fuera su esposa, The Melody at Night, with You (1999); los dos Standards (de los años 1983 y 1985) con sus grandes amigos el contrabajista Gary Peacock y el baterista Jack DeJohnette, por solo citar unos poquísimos ejemplos, más sus interpretaciones del repertorio clásico de Bach, Händel, Mozart y Shostakovich, tocando el piano clásico, el clavicordio, el clavecín o el órgano, hacen de Jarrett uno de los grandes genios musicales contemporáneos.

Jarrett poseía una forma enérgica y expresiva de tocar, a la vez que una notable elegancia y delicadeza. Su modo de tocar el piano le acarreaba un ejercicio mental y físico tremendo, y dieron al traste con su salud. Aquel enérgico Keith Jarrett ya no está, ni ya suenan pequeños sonidos de su boca mientras ejecuta pasajes al piano en esa entrevista de Rick Beato. Ya no se levanta del asiento casi levitando, retorciéndose en la silla o abandonándola, como solía hacer. De hecho casi ni se mueve. Pero sobre todo, solo puede tocar con la mano derecha. Su enfermedad no le permite más.

El amarillo en la vista de Borges sería para Jarrett su mano derecha, que produce un sonido ya entrecortado desde donde todavía se levanta su pasión para poder aún “estar” en la música.

En algún momento de la entrevista Beato le hace escuchar a Jarrett una interpretación suya en vivo del tema “Solar”, de Miles Davis, un largo solo en vivo que no recuerda ya. El rostro de Jarrett parece viajar sobre cada nota no sabemos a dónde, se sumerge en su propia olvidada música, hace gestos de aceptación como cuando un maestro aprueba lo hecho por un alumno diciendo: “¡Vaya, qué hermoso!” o “¡Oh, eso está muy bien!”. Cierra los ojos, se pasa la mano derecha por ellos, por la cara, mira hacia alguien fuera de cámara como buscando refugio, pidiendo ayuda, y pareciera a veces que casi está a punto de llorar, llorar por eso que fue y que ya no será nunca más, llorar de rabia o de afecto o de nostalgia o por la simple intensidad de ese recuerdo, o solo llorar ante su propia increíble música olvidada, ¿quién sabe? Pero cuando parece que va a caer de lleno se repone, vuelve a la pasión por la música que se impone como fuerza mayor y no llega al estallido de las lágrimas, se niega ese melodrama, elige estar en lo que aún lo ata a seguir: la fidelidad a la música, a “su” música. Y eso merece toda su atención. Ese momento de la entrevista es memorable, doloroso, pero a la vez admirable.

Una vez que termina de escuchar la ejecución dice: “Pienso que tenía más manos. Y solo tenía una más”.

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Frente a las vidas de Keith Jarrett, Jorge Luis Borges, Jacqueline du Pré o Freedie Mercury, uno se siente inclinado a creer, sí, tal vez de manera un tanto melodramática, que han sido condenados a una desgracia muy cruel que les ha privado de forma siniestra de sus grandes pasiones, y así de sus vidas. Pero ellos intentaron a toda costa persistir desde pequeñas atalayas, desde pequeños huecos que todavía les permitía la arbitrariedad, para resistir y ser fieles a lo que aún les era fiel, escudándose bajo esos signos de lealtad: Borges detrás del amarillo que aun veía a destellos, Du Pre revisando y editando hasta el infinito el Concierto para cello de Elgar, Mercury cantando con la voz que le quedaba desde una cama, Jarrett con su mano derecha, sacudiendo las teclas de cualquier piano. Actos de resistencia, incansable apego a aquello que les seguía siendo fiel.

Esta fidelidad puede tener un costo muy elevado. Keith Jarrett lo sabía y hablo sobre ello en el documental de Mike Dibb del año 2005, Keith Jarrett, the Art of Improvisation. En aquel entonces le preguntaron acerca de los sacrificios de una vida musical tan intensa y dijo: “Es tanto lo que me exijo que la víctima es mi salud. Ese es el mayor sacrificio. No es una cosa muy saludable. No es muy saludable ser tanto el ventrílocuo como el muñeco. Y mantener vivos a los dos”.

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