A Ichaso y a Lizaso no los traté hasta más tarde. Íbamos allí a las juntas de la Revista de Avance, y ellos todos hablaban de los escritores de vanguardia de Europa y América, y yo oía y callaba. A veces, venían escritores de México y del Perú y de otras naciones, de tránsito. Me parecía que nada iba conmigo y que yo no podía meterme a hablar de lo que no podía entender bien, yo, un chófer. Muchos creían que yo era el que limpiaba las oficinas y no me hacían caso. Luego nos despedíamos en el parque San Juan de Dios, y yo iba, luego, por la noche, al café El Yauco a hablar con los apristas y comunistas que se reunían allí. Estos hablaban mal de los que dirigían la revista. Decían que representaban a la burguesía y que toda burguesía estaba podrida. A mí mismo me atacaban porque era amigo de ellos, a pesar de mis poemas proletarios. Viamontes era uno de ellos, y Maziques otro, y De la Osa otro, y mi primo Benito también. Todos apristas por entonces. No había conocido todavía a los comunistas Mella, Villena, Barceló y los otros. Había uno, Foncueva, que había dirigido una revista universitaria, que no saliera sino una vez. Era un joven alto, de dientes dañados y ojos grandes. Él y yo hicimos luego varios formatos de revistas que pensábamos publicar, pero que no llegamos a publicar nunca. No había dinero. La misma revista Atuey había vivido lo que había vivido gracias a la generosidad del embajador de México, Lerdo de Tejada, y otros contribuyentes. Foncueva estaba enfermo. Más tarde murió en el hospital, tuberculoso, y con él una gran inteligencia. Muy pocos lo fueron a ver, y muchos no sabíamos siquiera que estaba enfermo. No había llegado a los veinticinco años.

Más tarde diremos más de ellos. Entonces conocí mejor a Ichaso y a Lizaso. Ichaso escribía en los periódicos, de música, de cine y de otras cosas. Es un vasco nacido en Cuba. Su estilo se parece al de Araquistáin, y su cuerpo también. Con Ichaso tuve yo una pelea. Mañach me decía que le diera mis cosas para que me las juzgara, y yo me iba a su oficina, en el Departamento de Obras Públicas, con los cuentos que hacía. Había allí un coronel, que era su jefe, pero Ichaso dice las cosas directamente, sea a quien sea. Sabe muy bien dónde están los fallos. Recibe libros comunistas y él mismo se va radicalizando rápidamente. Antes leyó mucho a Baroja, y él mismo hubiera querido ser un Baroja. Lo es en la crítica. Tiene un ensayo examinando el embullo, que es de lo mejor que ha hecho. Al juzgar mis cuentos no se andaba con paños calientes. Decía casi siempre que estaban mal, porque yo me andaba con ensayos de estilo y de actitud. Un día fui allí encantado con una cosa que creí ser un hallazgo en mí, y él movió la cabeza y dijo: “No, no; eso no sirve”. Yo me enfadé y no volví, hasta pasados varios días, con otro cuento.

Este es Ichaso. Tiene un opúsculo, el único libro que ha publicado sobre el gongorismo; él, que no tiene nada de Góngora. Tiene algo de humorista en el fondo, esa cualidad rara entre nosotros, y las críticas no le hacen daño. Usted lo ve siempre optimista y saludable frente a la vida, y en sus críticas de palabra hay siempre un fondo de humour. Su risa es todo salud. Oyéndolo parece que campea sobre las cosas y que no las toma en serio. Y las toma, con todo. Un día se habló allí de que el coronel Amiel, de Santa Clara, se iba a alzar en armas. Otro día se dijo que Amiel no se podía alzar. Ichaso dijo entonces que sería bien escribir un libro que se titulara Amiel o la Incapacidad de alzarse. Así es él. Luego supe que él mismo se había comprometido a tomar parte en la revolución; al menos eso fue lo que me dijeron, no él.

Lizaso trabajaba también en otra oficina pública. Es un poco mayor en edad que los otros. Su vida está ahora consagrada a dos cosas grandes: la cultura del Plata y el pensamiento y la acción de Martí. Tratándolo se le quiere y se le admira a la vez. Ninguno tan modesto y tan abnegado y tan falto de ambiciones desmedidas. En el fondo tiene algo de monje franciscano, pero con una rebeldía que le permite enfrentarse con los lobos sin llamarles hermanos. América, la América hispana, es su amor grande después de Martí. Es amigo de nuestro Chacón y Calvo. Es contemporáneo suyo, y entre ambos hay alguna semejanza de estilo y sensibilidad. Tiene un libro antológico en colaboración con Fernández de Castro, y una colección epistolar de Martí, y muchos ensayos. Últimamente había una revista de revistas que dirigía el doctor Fernando Ortiz, y él era jefe de Redacción. Ahora desempeña un cargo en la Sociedad Económica de Amigos del País, que publica una Revista Bimestre, que es lo mejor que nos queda. Lizaso es, además, un investigador. Él hubiera querido hacer como Chacón, meterse por los archivos y escribir luego acerca del goce del investigador. Todo lo hace con método y mesura. En el tranvía –vive muy lejos, allá en Marianao– hace todos los apuntes, y luego los ordena en su casa. Para verlo hay que ir por las librerías de uso a ciertas horas. El tiempo es para él una cosa de quilates. No fuma, no bebe, no habla nunca mal de nadie. Para él todo debería hacerse en el mundo con inteligencia, comprensión y amor. Cuando ve que no es así, no se inmuta. Lo mira con sus ojos claros, al través de los cristales, como se mira un Cristo.

De los noveles que girábamos en derredor de ellos, los dos que mejor conocí son Ballagas y Florit. Florit tiene un libro de décimas remozadas, Trópico, que le valió discusión y admiración. Es funcionario público y abogado. Es un niño pequeño que quiere encerrar las cosas de los grandes en imágenes de juguete. Debido a esto complica las cosas y las hace difíciles. A veces quiere hacer teatro y cuento y ensayo, pero luego se encuentra con que el verso es su mujer celosa y no lo deja salir de él. Hace que se le va, y entonces Florit vuelve a él y lo acaricia mejor y lo trabaja como una joya. Lee y traduce a los franceses. Por las noches nos reuníamos a veces en los cafés y hacíamos planes que ya sabíamos que no se realizarían. Eso no importa. Nuestro objeto era hacer planes. En temperamento éramos dos polos, pero a la hora de los planes, que no podrían ser, y sabíamos que no podrían ser, estábamos de acuerdo. Él es un hombre musical y con una metafísica de niño. Entre sus estudios estuvo el de piano. Una noche lo llevé a casa de una pianista, hermana del comunista Barceló, y al sentarse ante el piano se le olvidó todo lo que sabía y no pudo tocar. Había por allí gente mirando y escuchando y Florit se puso nervioso y renunció.

Con Ballagas la cosa fue diferente. Él me llevó una noche a casa de las hermanas Buceta, que escriben cuentos y poemas, y la mayor simpatiza con los pobres del mundo. Ballagas discute con esta por discutir. En el fondo también él simpatiza, pero en su temperamento hay escapes que dejan ir a la rigidez política y hacen aparecer el poeta. Ballagas es eso, esencialmente poeta, uno de los mejor dotados para lo que el verso tiene de poesía independiente del verso. Es camagüeyano y el más cubano de todos. Por dentro está teñido de mulatería y de sandunga criolla. Es un amante del son y del psicoanálisis. Es pedagogo, y da clase preparatoria en una academia de barrio. Es un niño en edad y en espíritu. En su casa tiene un secreto. Es un fichero de los literatos cubanos para uso propio. Nadie ha podido ver nunca ese fichero. Yo solo he podido cazarle una vez una palabra, que se refería a Mañach, y que decía que con el tiempo inventaría la luz fría. La Gaceta Literaria publicó un poema suyo recientemente, que dejó a muchos desconcertados. En sus versos habla de órbitas, de nalgas lentas y de meneos suaves y de senos de mulata y qué sé yo de cuántas cosas más.

Este fichero se refiere exclusivamente a los hombres que hay detrás de los literatos, a los hombres que yo traté. Roa fue uno de ellos, pero de los menos. Roa es un hombre evasivo. Lo traté poco y en dos tiempos. El primero fue cuando él escribía poemas y ensayos de letras puras. Era estudiante en la universidad, lo mismo que su amigo Maestry, y ambos escribieron en la Revista de Avance. En el primer tiempo Roa hablaba mucho deprisa, como siempre, pero sin la violencia del segundo. Todavía no era entonces enteramente comunista. Luego se hizo. En el segundo tiempo andaba huyendo a la porra de Machado y planeando un libro en colaboración con Torriente Brau, otro comunista, sobre problemas sociales de Cuba. Un día fue a la librería y me habló de la revolución social que se avecinaba. Llevaba un sombrero panamá que le ocultaba el rostro. Roa es un joven alto y delgado como un hilo, y tiene una inteligencia fulminante y rápida como el éter. Habla mal de los demás y lo hace con tal gracia que pocos se molestan por ello. “Son cosas de Roa”. Las cosas de Roa son todas así. La última vez que lo vi fue en casa de Tallet. Estaba allí escondido. Valdés Rodríguez y yo fuimos a verlos y a hablar de la tormenta que se cernía en el aire.

Valdés Rodríguez daba entonces sus últimas lecciones de marxismo. Escribe una crónica de sociedad burguesa en El Mundo, y por dentro detesta esa sociedad. En la Revista de La Habana hacía ensayos cinematográficos y traducía a Michel Gold. Es un joven de gran cultura, gran inteligencia y serenidad en sus estimaciones. Por su gusto, la revolución social se haría por medio del cinematógrafo avanzado. Pero él ve muy bien que no se puede hacer así y está dispuesto a meterle el cuerpo cuando llegue la ocasión. A la librería iba a rebuscar en la colección de la Revista de Occidente los libros que le faltaban. En su casa tiene libros de todas clases y un ambiente confortable. Fui allí a última hora y hablamos de importar a Cuba el Cineclub de Giménez Caballero. Valdés Rodríguez no ha escrito ningún libro, pero él mismo es un libro vario. Y uno en cultura, y en espíritu, y en cordialidad, y en fuerza. Yo creo que Tallet lo ha contagiado un poco con su radicalismo rubio y terrible.

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A Maestry lo había visto una sola vez en Cuba. Salió de la universidad becado por la Hispanocubana de Cultura, que preside el doctor Ortiz, para Alemania, y ahora acaba de hacerse una escapada a Madrid. Fue aquí donde le vine a tratar de verdad. Maestry había escrito un audaz y profundo opúsculo sobre latifundismo cubano que le valió la beca y repercusión en muchas partes fuera del país. Su especialidad es la economía. En esta materia es lo más promisorio que tiene hoy Cuba. Alemania lo ha hecho dúctil y profundo. Lo ha germanizado. Desde entonces habla mal de la frivolidad hispánica y del pragmatismo yanqui y del espíritu de indisciplina que nos mina y anarquiza. Creo que pronto saldrá un libro suyo sobre el fascismo alemán. Mientras estuvo en Madrid nos reunimos todas las noches a hablar de filosofía y de problemas sociales en los cafés. Dijo que quería irse pronto de aquí, que la vagancia lo contagiaba, que quería meterse en su estudio y trabajar noche y día. Así es Maestry. Vino a España a estudiar el latifundismo andaluz para el Diario de la Marina, y aprovechó este viaje para estudiar también las ciudades y el arte español. Fuimos a Toledo a ver al Greco. Por el camino me habló del paisaje metafísico de Castilla y de otros temas profundos. Luego discutimos sobre el humour. Me reprochó mi yanquizamiento y mi propensión a la ironía. Luego me hizo un esquema de Alemania. Sabe ya cuatro idiomas y es hombre todo él de universidad. Por dentro es todo cordialidad y sencillez, sin embargo.

Todos los jóvenes escritores de Cuba somos hijos o de la Revista de Avance o del doctor Fernando Ortiz o del doctor Chacón y Calvo o tenemos influencias extrañas. El doctor Ortiz está ahora en los Estados Unidos, adonde fue por asuntos revolucionarios. Es el máximo organizador de empresas intelectuales y el folclorista nacional. Yo lo traté cuando él dirigía la revista Surco, revista de revistas. Iba a llevarme traducciones y luego se ponía a hablar con los dueños de la librería. Siempre habla el doctor Ortiz con gente del pueblo y caza sus palabras y sus ideas. Al entrar abría la palma de la mano y saludaba así: “Salud”. No sé nada íntimo de él. Lo intelectual es público y universal. De niño estuvo en Cataluña, y hoy mismo tiene un acento medio catalán. Su pasión es la pasión de sir James Frazer, el autor de The Golden Bough. Muchos hemos pensado en él como futuro presidente de la república. Sabe mucho de todo, especialmente de cosas de negros y de temas jurídicos.

El doctor Chacón es también folclorista y filólogo. Lo he venido a tratar a fondo en Madrid. En Cuba lo visité una vez en una clínica. Estaba enfermo. La noche anterior había creído morirse, y me dijo:

Creí llegar a mi fin; estaba solo; en otro cuarto se había muerto un hombre y yo supe esto sin que nadie me lo dijera. Entonces me puse a pensar qué diría llegado el último momento, porque hay que decir siempre algo antes de morirse. Pues yo diría: he vivido toda mi vida en una edad media deportiva.

Este es su retrato. Es franciscano y adora al sol. Se va a las playas de Santander a jugar al tenis con los pescadores. Conoce todos los archivos de España, y siempre que hay que desenterrar algo de ellos se acude a él. Pero sus investigaciones de documentos inéditos para la historia política y literaria de Cuba las hace con un amor místico y poético. Sus libros de creación y ensayo, independientes, son libros de poesía. Su trato es también poesía y religiosidad. En su cuarto hay miniaturas de la Pasión, sobre las cuales ha escrito D’Ors, y un piano que va a tocar Lorca, y una baraja para jugar al tute. Su piel está tostada por el aire y el agua y el sol, y su espíritu purificado por la meditación y la penitencia. En el Manzanares ha descubierto una playa, y se baña en ella en pleno invierno. No va nunca a los cafés, pues sabe que allí se habla mal de todo el mundo, y él no quiere hablar mal de nadie. Su aspiración se cifra en tener seis horas para el estudio y seis para el deporte. No cree en sistemas, sino en personas. Uno ve muchas veces que tiene amigos analfabetos, con los cuales habla en el lenguaje de la bondad, no en el lenguaje del saber. Si una persona une las dos cosas, es su mejor amigo; pero si tiene más que el saber, no es su amigo. Prefiere a los que no saben si no querer el bien. Es secretario de la embajada de Cuba en Madrid.

Entre los literatos que yo he conocido hay otro diplomático, que está ahora en París. Es nuestro poeta más perfecto, de verso mejor labrado. Últimamente tradujo “El cementerio marino”, de Paul Valéry. Brull es nuestro Valéry. Su último libro, Poemas en menguante, da su medida más alta. Lo conocí poco, pero intensamente. A diferencia de Agustín Acosta, que es el poeta de los temas criollos, de los problemas nacionales (véase La zafra), Brull es el poeta de los contornos líricos. En su trato no es nada de eso. En su reciente viaje a Cuba hablamos de varias empresas intelectuales que sabíamos no se podrían realizar. Pensábamos publicar Les Oeuvres Libres cubanas. Brull iba un poco europeizado, un poco parisiense. Hablaba de problemas intelectuales y artísticos con gran fervor, y él fue quien nos informó de los surrealistas y demás istas franceses. Fue, además, el primero que vaticinó allí el advenimiento del señor Azaña como primera figura política de España. Por recomendación suya leímos su libro –el de Azaña– sobre política francesa. Por entonces, Brull estaba un poco inquieto. Se sentía fuera de su centro y quería volver pronto a Europa. A veces iba por la librería en compañía de su cuñado Baralt, gran conocedor de la cultura anglosajona. Baralt y yo habíamos planeado hacer una obra de teatro bilingüe en colaboración. Como todos nuestros planes, no se llegó a realizar. Brull llevaba su bastón –una prenda que no se usa en Cuba– y su traje pulcro y escrupulosamente planchado. Sus poemas son igualmente pulcros y finos.

Existe otro diplomático extraoficial y poeta que nadie sabe dónde está. Es el último bohemio neto de Cuba. Al principio se le auguró como la promesa más extraordinaria de los poetas actuales, pero no se sabe qué le ha pasado. Hace tiempo que no se ve nada suyo. Un día embarcó para Europa, y a estas horas yo no sé por dónde anda. Se llama Pita Rodríguez, y es casi un niño en edad. Allá vivía aislado, en los cafés y en las buhardillas. La primera vez que lo vi fue en un cuarto bohemio que tenía con unos dibujantes y escultores frente a la catedral. Es un tipo raro, de melena copiosa y ojos grandes e intensamente negros. En su vida dice que no ha leído sino a Valle-Inclán, Parra del Riego y Oscar Wilde. No quiere leer más. Se iba al café de Martí y hablaba con los amigos y tenía relaciones con las artistas. Puede que también le gustara el ron, como a todos los demás bohemios. Entonces escribía unas cosas burlescas para la revista Bohemia y poemas para la Revista de Avance. Un día se le ocurrió publicar una revista que se llamaría Espiral. Reunió el material y lo mandó a la imprenta. La imprenta hizo la tirada, pero como luego no había con qué pagarla, no se entregó. Allá se quedó, pues, en la imprenta, la revista. Al poco tiempo embarcó para Europa.

Y todavía otro poeta, también aislado. En un tiempo se llevó todos los primeros premios de la Academia Nacional de Artes y Letras; pero últimamente le oí decir que en el próximo concurso firmaría con un seudónimo, pues no quería enturbiar más su nombre con premios oficiales. Ha evolucionado mucho. En las últimas revueltas estudiantiles se batió con la policía, y publicaba una revista clandestina que se titulaba Cuba Libre. Andaba siempre huido, burlando a la policía y haciéndole frente. No sé si habrá estado en la revolución, me figuro que sí. Se llama García Bárcena. En un tiempo nos veíamos en el pueblo de Guanabacoa, donde él residía, junto con otros poetas provincianos. García Bárcena era el centro de ellos, el mentor. Es un joven pálido hasta la cera y un espíritu heroico y una gran sensibilidad de poeta. Tiene libros de poemas y artículos de combate. A última hora publicó también en la Revista de Avance.

Suárez Solís publicó también en esta revista. Hizo un artículo titulado “Ortega y Gasset, gitano”, y otras cosas. Tiene un opúsculo sobre arte, una conferencia, titulada “Molde imagen”, y un artículo de periódico por cada día de su vida. Es el que mejor interpreta allí la realidad española. Su vida está ligada a Cuba y su espíritu también. Con motivo de las revueltas estudiantiles lo prendieron varias veces. Trabajaba, como Mañach, de jefe de publicidad en una casa comercial. Como periodista, pertenece también a la escuela joven y combativa. Lo conocí a última hora. Es un hombre trabado, de palabra firme y mirada acusadora. Habla poco y tajante. Su prosa tiene muchos filos. A veces se pone a hablar de un tema sin tocar el tema. Y es que solo así puede él insuflar en la mente de los lectores ciertas ideas sin nombrarlas. Su ironía lo salva. Nació en Asturias y tiene algo de socarronería nórdica. El sentimiento republicano de los españoles emigrados de allí se debe, ante todo, a él. Su labor ha sido larga y firme. Es un hombre de impulso. Él fue quien le sugirió a Mañach el tema del “choteo”, y por eso Mañach le dedicó el libro. Cuando embarqué me dio una carta para Díaz Fernández, que todavía no he podido entregar.

De los escritores del interior apenas traté ninguno. Traté, sin embargo, a Navarro Luna, el poeta manzanillero. Un día vino a La Habana, y fue a buscarme para ir a tomar un café especial a casa de un amigo en Marianao. Todo lo que sea autóctono es grande para él. Íbamos en la partida él, Núñez Olano, Ramón Rubiera y yo. Navarro Luna tiene también otro nombre. Para los poemas tiene su nombre y para la prosa se llama Mongo Peneque. Es un aragonés por ascendencia, y un cubano por su amor casi salvaje a su tierra. Su mejor libro de poemas es Surco. Su mejor prosa es la del libro Cartas de la ciénaga. En la prosa es agresivo y zumbón. Es un formidable ironista, con una ironía que llena todas sus letras. Su pasión irradia de él y le conquista amigos y enemigos. A su lado no puede ver injusticias. Hace como Don Quijote: arremete, en su caso a puñetazos, contra los malhechores. Sus cartas son de una bondad seráfica. En la misma medida que se apasiona en contra se apasiona en pro. En vez de dar la mano, abraza a los amigos. Tiene un poema contra San Francisco de Asís. Y, sin embargo, él mismo tiene algo de franciscano a veces. A mí me parece que su hacerse el oso es pose. Él fue quien llevó a la provincia, al interior, los aires de literatura nueva que están cundiendo por allá. Un día me recomendó el Shelley de Maurois: lo había leído cuatro veces.

Rubiera es también poeta. Tiene un libro, Los astros ilusorios. Es profesor de la Normal, actualmente clausurada, y antes dirigía la revista Bohemia. Su biblioteca es francesa en su mayoría. Entre él y yo hemos planeado varias revistas que no llegaron a ver la luz. Parece que ha renunciado a hacer versos. Vive un tanto aislado, personalmente, de los demás, y muchas veces tuvo polémicas con ellos, especialmente con Ichaso. En su trato, sin embargo, no es nada agresivo. En sus poemas fue uno de los más genuinos de aquel movimiento. Traduce cuentos para las revistas, y en su mesa tiene las principales que se publican en el mundo. Él mismo publicó en la Revista de Avance, al principio, antes de disgustarse con sus editores, y sus versos gustaron mucho. Es un hombre saludable y sin prisa. Uno no puede saber a ciencia cierta sus verdaderos planes tratándolo. Habla de cosas ajenas y lejanas. Últimamente estaba entusiasmado leyendo a los franceses más nuevos en una antología.

Núñez Olano pertenece un poco a la actitud de Rubiera, pero mucho más afrancesado. Núñez Olano es mulato como la aceituna y de una sensibilidad quintaesenciada. Los Goncourt le han hecho mucho daño, tal vez. Tiene mucho talento y dos libros inéditos de poesías. En esos libros está su evolución. Un día me dijo que quería publicarlos sucesivamente, como recuerdos de sus distintas vidas; pero que sabía se los iban a patear. A la librería iba a buscar libros franceses para entresacar cuentos para traducir. Con él hablaba también de literatura. Tiene un gran amor al lujo de las cosas y de las formas. D’Annunzio le entusiasma todavía. Viste con elegancia y tiene un porte aristocrático que no lo abandona nunca. Sus escritos son también aristócratas. Él hubiera querido ser un príncipe indio y tener un serrallo y una biblioteca con toda la sabiduría de Occidente, y mirar esa sabiduría sin padecer la experiencia que la determina. Es de los que no están identificados con el grupo nuevo “de color”, ese grupo luchador y abierto.

A este grupo pertenecen Urrutia, Guillén, Marco, Pedroso y otros. No forman un estado literario aparte, pero tienen problemas específicos sobre los cuales hablan. Son los problemas del negro. Aparte de esto, ellos no se diferencian en nada de los demás. Escribiendo, Ballagas, que es blanco, es a veces negro; y Guillén, que es mulato, escribe con frecuencia en blanco. No hay ninguna frontera en esto.

Guillén es un poeta sencillo. Nadie había llevado antes al verso el folclore negro con tanto acierto. Tiene un librito, Motivos de son, que son versos para cantar acompasados de bongoes, maracas y güiros por un poeta que fuera a la vez sonero. Tiene también muchos otros poemas donde lo nuevo está asentado sobre los sentimientos de siempre. Tiene uno sobre el amor filial que vale mucho. Es original, modesto y fuerte. El tema negro lo mira él desde un plano de hombre cultivado, y no desde el centro ciego de una raza. La raza misma no existe para él, sino como una realidad social a tener en cuenta. Fuera de esto, Guillén es un poeta como otro poeta, sin distinción de color. Hablando con él, uno no sabe de qué color es. Es del color de todos los jóvenes que allí luchan ahora por el saber, y todavía más, por el ser. Marinello me decía un día que esa amabilidad del carácter cubano se debía principalmente a la influencia de los negros. Guillén es así, un hombre sencillo y cordial.

Urrutia escribe en los periódicos con el título “Ideales de una raza”. El Diario de la Marina tenía una sección dominical dedicada a este tema. Casi todo lo que hace Urrutia es en torno a esto. A veces sostiene polémicas, altas polémicas, como de hombre inteligente y culto. Es un buen periodista, enterado de lo que pasa dentro y fuera de su reino. Los negros norteamericanos tienen con frecuencia acogida en su radio. Un día vino allí Langston Hughes, ese niño negro de la poesía y la novela del norte, y Urrutia fue su introductor. Yo traté muy poco a Urrutia. Es un hombre alto y flaco, y viéndolo nadie diría que sabe lo que sabe. Lo conocí una vez en casa de Mañach, cuando este estaba enfermo. Pero oyéndolo se le ve su saber y su comprensión de las cosas.

Pedroso es también poeta. Le llaman el herrero, porque trabajó en este oficio y tiene un formidable poema titulado “Salutación fraterna al taller mecánico”. Tiene otro poema único en su clase. Es una fingida traducción del chino, que da esa impresión. Él mismo tiene algo de chino en sus venas. Es pequeño de cuerpo y usa espejuelos, y detrás de ellos unos ojillos oblicuos del Oriente. Ríe mucho y habla con calor alegre de las cosas. No lo conocí hasta el día antes de embarcar. Es difícil verle. Anda allá por su barrio y no acude nunca a las tertulias. Me dijo que hacía muchos poemas, pero que no le importaba publicarlos. Los hace para sí y los enseña a sus amigos.

A Marco lo conocí más, pero no mucho. Es contratista de obras, y es todavía más difícil verle que a Pedroso. Cuando menos uno lo piensa se presenta. A mí me vino a ver cuando supo que era amigo de Mañach. Él mismo quiere mucho a Mañach y lo admira. A veces sigue su ejemplo de prosa difícil. Tiene un sensualismo de la forma que, a mi ver, le hará daño. Para mí todo debería decirse en analfabeto, pero con sabiduría. Marco se me parece a veces a Jarnés. Lo que ha escrito hasta ahora es una serie de ensayos interpretativos de distintos temas. Tiene uno sobre la psicología africana que está maravillosamente escrito. Hasta en el trato es lujoso Marco. Prodiga sus deferencias con gran generosidad. Tal parece que anda oculto por eso, porque teme prodigarlas demasiado.

Fernández de Castro es, ante todo, historiador. Periodista-historiador. Ahora es jefe de redacción de la revista gráfica Orbe. Tiene un libro de historia colonial y una antología en colaboración con Lizaso. No sé desde cuándo es comunista; pero es lo cierto que ha tomado con pasión esta corriente. A veces, esta pasión le busca polémicas. Publicó un largo ensayo sobre Mayakovski, y prepara otro libro no sé sobre qué. Es un hombre extraño y terrible. Es casi imposible de definir. Todos los demás literatos lo han querido definir alguna vez, sin lograrlo. No se le puede asir por ningún lado, porque en él se contradice el mundo. Le encantan las cosas de barrio y las mulatas de la playa y los chóferes y las fritas y las palabras que sabemos decir los que vivimos en solares y que nadie más sabe. En los idiomas que sabe –francés, inglés…– conoce especialmente los términos marxistas y los de las novelas rusas. A mí me parece que es, sobre todo, un derrochador. Todo lo da de más, lo mismo el elogio que la censura, y se queda sin nada. Con los libros hace lo mismo. A veces va a empeñar uno, tan solo para comprarlo nuevo a los pocos días. La enciclopedia le domina. Le molesta el capital y la metafísica.

Martín es el rival del doctor Ortiz en asuntos folclóricos. Es un joven pálido y flaco que sabe más de veinte idiomas y dialectos. Tiene un libro titulado Ecué, Changó y Yemayá, de investigaciones afrocubanas. Lo conocí dos veces en Orbe, donde él escribía entonces sobre el juego llamado de la charada. Estudiaba entonces el chino. Sus escritos son para los grandes especialistas. Es jefe de cables de El Mundo, y estudia su especialidad con un fervor loco. Los temas de sus artículos son siempre raros y chocantes. Lo que entre los jóvenes es Portell Vilá en historia, lo es él en filología.

Portell Vilá tiene el mejor libro sobre Narciso López y su época. Ahora acaba de publicar Espasa-Calpe su Biografía de Céspedes. Además tiene muchos ensayos sobre la historia de Cuba. Últimamente pasó a los Estados Unidos, becado por una fundación cultural. En sus trabajos desdeña el estilo. Para él, el dato inédito es todo. Esto hace que esté siempre de buen humor, pues los datos no tienen vuelta y él lo mira todo al través de los cristales desde el dato. La última vez que lo vi me dijo que preparaba una biografía de Dieguito, el desconocido pirata cubano. Venía a la librería en compañía del doctor Ortiz. Venía siempre asustando a la gente con la revolución que se avecinaba. “Aseguren las vitrinas”, decía. En tanto, tomaba datos de lo que pasaba, y no será difícil que a él se deba muy pronto la obra total de la historia de Cuba que Ramiro Guerra no ha terminado ni podrá terminar.

Recientemente apareció un libro que llamó la atención. Se titula Batey, y lo escribieron en colaboración dos jóvenes, un médico y un comunista. El médico es Mazas y Carbayo, y el comunista es Torriente Brau. Yo hice la crítica del libro y luego tuve una pelea con Mazas. De la pelea surgió la amistad. Torriente Brau se había radicalizado ya y preparaba cosas nuevas. Con la policía había tenido varios encuentros. El libro es una colección de cuentos. Los cuentos de Mazas tienen algo de clínica y los de Torriente mucho de deporte. Es el primer libro de ambos. Torriente Brau puede decirse que quiso ser el Montherlant cubano. Él mismo no había leído a Montherlant. Mazas había escrito ya un libro de poemas que no tuvo acogida. Ahora se está depurando. Torriente está en la cárcel, y Mazas no sé dónde está.

Entre los cuentistas hay dos que tienen un puesto principal: Carlos Montenegro y Luis Felipe Rodríguez. Carlos salía de presidio el mismo día que yo embarqué. Es un hombre aventurero. Estuvo en casi todos los países de América y parte de los de Europa. Fue marino, minero y todo lo que hay para ser. En su vida hubo muchos choques. La vida lo acostumbró a los choques y a no temerlos. El último fue algo terrible. Surgió en los muelles de La Habana y lo llevó catorce años a presidio. Allí comenzó a pensar en la vida. Pasó a la biblioteca y comenzó a escribir. Sus cuentos fueron a los concursos y triunfaron. Luego fue la Revista de Avance y editó su libro, lo mejor que tenemos en cuentos, El renuevo y otros cuentos. Luego se casó, antes de salir, con la poetisa Emma Pérez Téllez. Todo en él, hasta el mismo momento de salir, es novela, vida extraordinaria.

Felipe Rodríguez es un producto de la tierra. Sus cuentos son de tierra, de tierra inculta como él. En el reciente concurso de la Revista de La Habana se llevó el primer premio. Había venido a La Habana enfermo. En las tertulias no hablaba apenas. Es el guajiro neto, intuitivo, genial. El campo lo ha interpretado él artísticamente mejor que nadie. El tema del guajiro, de la tierra, del latifundio, del ingenio, del bohío, del campo raso y sin abrigo, y la palma erguida y solitaria. Eso lo ha visto y vivido. Entre sus amistades de La Habana estaban las hermanas Buceta, la menor de las cuales hace también cuentos criollos, y admira mucho a Hernández Catá, de quien no es necesario hablar aquí. Felipe Rodríguez pasaba entre nosotros como otro guajiro cualquiera, sin dejar ninguna impresión especial. Eran luego sus cuentos los que nos la dejaban.

Como todos los países de América, Cuba tiene también su literato de nombre inglés. Este es Addison Durland. Durland, de madre cubana, es un sajón neto. Nadie que lo vea dice otra cosa. En sus escritos lo es también. Escribe artículos y ensayos. Pero donde vale más es en su palabra, llena de un humorismo zumbón y terrible. Era figura principal en Revista de La Habana. Un día me dijo: “Me voy a ir con unos pescadores de perlas americanos a Taití. Tengo miedo de enamorarme de la selva y no poder volver; pero de todos modos me iré”.

Y un cuentista que, si no es cubano, puede llegar a serlo. Se llama Manuel Millares Vázquez, y es secretario de Fernández de Castro. A veces hace un artículo y le sale un cuento. En la revista Orbe tiene una sección que está muy bien. Sus cuentos se parecen, por la raíz humana, a los de Montenegro. Pero tiene un estilo muy personal. El País le premió uno. A última hora me iba a buscar todas las noches a la biblioteca y nos íbamos por las calles y hablábamos. Tiene una gran ambición. En el fondo, es un humorista. Gorki le encanta. Todo lo ruso le encanta, después Valle-Inclán y Azorín. Entre nosotros había peleas. Él hablaba con pasión y terminaba gritando y la gente que pasaba nos miraba, y yo le llamaba salvaje. Él no se enfadaba.

¿Qué más? Mucho más, pero yo no estoy haciendo un índice de valores, sino un fichero –un fichero por hacer– de recuerdos personales. No un panorama de letras cubanas, que eso es mucho más vasto. Quedan muchas figuras aún entre los actuales. Queda Ofelia Rodríguez Acosta en la novela, ante todo. Pero esas figuras no las conocí yo sino al través del libro, y su estudio no es de este lugar. Este lugar no es de estudio, sino de apunte.

Y, sin embargo, en estos apuntes pudiera haber un recordatorio útil para hacer el estudio de las letras cubanas de la posguerra. Añadiríamos algunos nombres, como el de Roberto Agramonte en filosofía y moral, y tendríamos un cuadro edificante. Decimos de la posguerra nada más. Claro que habría que sacar a luz muchos jóvenes investigadores, como el de Aponte Domínguez y otros. Creo que Chacón y Calvo hará eso pronto. Nadie mejor que él.

Madrid, 17 de octubre de 1931

P. S.: Comienzan a surgir los olvidos. Marcelo Salinas, el mejor dramaturgo nacional, se quedaba entre las teclas. Basta mentar su drama premiado, Alma guajira. Quedan igualmente por mentar José Antonio Ramos, el gran novelista y ensayista; Medardo Vitier, también gran ensayista; Fernando Lles, ensayista y filósofo… ¿Y cuántos más? Pero a estos no los conocí personalmente. A Salinas, sí; últimamente era bibliotecario en Rancho Boyeros… Hace cuentos guajiros muy buenos. En un tiempo fue agenciero y plomero, y tuvo otros oficios de trabajo. Cuando habla mezcla varios temas y dice las cosas a medias. Estuvo en Europa. No se junta nunca con literatos. Su paradero es el barrio del Cristo, que era mi barrio. Allí está con los chóferes, y los carreros, y los agencieros, y mira pasar a las mujeres. Con tiempo, yo podría decir mucho más de Salinas.

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