David Huerta

Por la riqueza de su obra poética, por su naturaleza cambiante, por la variedad de sus influencias, por el dato mismo cuantitativo del número de páginas que la conforman, los lectores de David Huetra necesitábamos una antología como la que acaba de lanzar Galaxia Gutenberg en España, seleccionada y anotada por el poeta y crítico Jordi Doce. La naturaleza antológica de El desprendimiento, como se titula el libro, nos permite apreciar con mayor claridad y mejores perspectivas algunas de las páginas más brillantes escritas por Huerta a lo largo de una trayectoria que se prolonga ya por más de medio siglo, tiempo que ha transcurrido desde 1972, cuando apareció su primer libro de poemas, El jardín de la luz. La publicación de la estimulante antología nos da el pretexto ideal para proponer al poeta el siguiente cuestionario.

Algo dices ya en el texto que cierra El desprendimiento, tu antología poética publicada a fines del año pasado por Galaxia Gutenberg, con respecto al modo en el que ha cambiado tu obra, que forzosamente tiene que ver con un cambio de mirada hacia el mundo. Ahora que se cumplen cincuenta años de la aparición de El jardín de la luz, tu primer libro, publicado en 1972, ¿cómo describirías el trayecto que suponen esos cambios de mirada?

Desde luego, no veo lo que he hecho, si lo veo a lo largo del tiempo, como una línea recta, que avanzara a un ritmo constante; más bien, como un sendero accidentado, rocalloso, lleno de anfractuosidades y enredos. Los cambios que ha habido en mi trabajo son, quiero creer, los connaturales a una obra que –quiero creer una vez más– está viva, animada por dentro y con brillos externos que anuncian o proclaman su vivacidad interior. Me gusta, me fascina esa frase que le da título a un libro de Coral Bracho: El ser que va a morir. Las almas sencillas piensan, ante esas palabras, que Coral habla, o hablará en su libro, del ser humano, “el ser que va a morir”; pero, ojo, esa frase está al frente de un libro. El ser que va a morir es, me parece, el libro, ese mismo libro de una poeta mexicana, el volumen mismo que tenemos en las manos, ante los ojos; esa frase pensada en relación con el libro significa que si el libro va a morir es porque está vivo, ha vivido, lo que en mi opinión es una visión formidable de la literatura, de la poesía. Formidable, sí, pero que tiene que ser la única en la que creamos. Lo dice Lezama Lima: “Ya sabemos que la poesía no es cosa de exquisitos ni de acuario impresionista, sino de íntimo, entrañable centímetro taurobólico”. El taurobolio mitraico entrañaba un sacrificio; de eso habla Lezama, pero no nada más de eso: también de cómo el poeta se vuelve forma, de cómo la poesía llega a “disolver nuestro cuerpo”, para transformarnos. Las transformaciones en los poemas que he escrito a lo largo de cincuenta años han sido también una transformación de mí mismo, y de eso no es tan fácil hablar, pues no nada más son la mirada o el estilo, sino la agitación de la sangre dentro del corazón lo que cambia. Podría hablar en estos términos de cada uno de mis libros o etapas, pero lo dejo aquí.

Imagen de cubierta de El desprendimiento. Antologia poetica 1972 2020 de Davida Huerta Galaxia Gutenberg Barcelona 2022 | Rialta
Imagen de cubierta de ‘El desprendimiento. Antología poética 1972-2020’, de Davida Huerta, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2021

¿Por qué quisiste ser tú quien seleccionara las páginas de Cuaderno de noviembre e Incurable que están recogidas en El desprendimiento y no dejaste esa tarea a Jordi Doce, autor de la antología? En tu acto de selección tiene que haber habido, por fuerza, un ejercicio de autocrítica. ¿Cómo te guiaste para escogerlas? ¿Cuál fue tu criterio para hacerlo?

Quise aligerar el trabajo de Jordi, la verdad. No hay otra explicación. Los poemas de Cuaderno… y de Incurable son de trato difícil, me parece; aunque Jordi es un lector sagaz, muy astuto y penetrante, valía la pena ayudarlo un poquitín. No hay otra explicación. En realidad, escogí los pasajes de esos dos libros con un criterio, diría yo, “histórico”: son las partes que he leído en público algunas veces, que he releído con un cierto grado de avidez, que en cierto modo resumen para mí ciertos rasgos de legibilidad ideales para una antología como la de Galaxia. Digo que esos libros son “de trato difícil” porque me lo han dicho muchas veces y lo creo; son, dicen “poesía intelectual”, lo que me pone los pelos de punta: alguien llegó a protestar porque yo hablo en mis poemas de los libros que he leído y dije: “caray, es una postura de un adocenamiento escandaloso”. ¿Por qué no he de hablar de lo que leo, si leer forma parte de mi experiencia cotidiana, suele darme estremecimientos imborrables, me permite asomarme a otros mundos? “Ah, no –dicen en la asamblea de esos pazguatos–, tienes que escribir sobre tus experiencias sensoriales, episodios sangrientos, trances místicos, coitos trepidantes…” Los que dicen esas cosas son los mismos que adoran a Charles Bukowski, paradigma del artista como adolescente perpetuo, cuyos mayores gestos de rebeldía consisten en no hacer la cama en la mañana y robarle dinero a la abuelita para ir a apostar al hipódromo, aparte de ponerse unas borracheras (que en su momento me puse) y andar ligando con una sonrisa babeante en la cara.

Entre los poetas mexicanos en activo, eres uno de los que defienden e incluso ostentan el espíritu de la tradición de manera más visible y con los mejores argumentos, como queda claro en tu libro Las hojas (sobre poesía). Tus muchos argumentos, los ejemplos que incansablemente ofreces, las ligas que estableces entre autores y épocas, resultan muy convincentes. ¿Cómo está presente la tradición en tu propia poesía, más allá de las ideas que ella supone? ¿Cómo la vives tú, a solas, digamos que en términos prácticos, en tu escaño de poeta?

En un primer momento, vivo la tradición como lector y hasta como “profesor de literatura”. Pero, desde luego, la tradición es algo que amamos; no es ese cachivache que nos quieren mostrar quienes siempre la han caricaturizado: la tradición, dicen esos jorgolines, es cosa de viejitos, de ahí el sesgo peyorativo de la palabra “tradicionalista”; son, desde luego, tonterías, pero han hecho daño y han echado raíces en el ánimo de mucha gente. La tradición es el pasado, desde luego: esto es una obviedad que de inmediato se problematiza en cuanto le hacemos algunas preguntas. ¿El pasado inerte, el pasado olvidado o por lo menos difícil de recordar, el pasado “museificado” y sin energía, sin huesos ni fibra…? No, sino un pasado que a nosotros nos toca “presentificar”; es lo que significa la consigna de Ezra Pound: Make it new. Ese it es el pasado, es la tradición. ¿Qué hacen Joyce o Derek Walcott con Homero? Lo reaniman y le dan savia, movimiento, nuevos rostros, casas y escenarios sorprendentes, sin traicionarlo nunca, trayendo a su actualidad, la de ellos y la nuestra, el pasado de la guerra de Troya y de los guerreros griegos, el incendio de Ilión que no ha acabado de apagarse, la historia más grande jamás contada. ¿Qué hicieron los poetas del 27 con los poetas de los Siglos de Oro? Aprendieron su lección y la entretejieron con otras tradiciones. Ve nada más a un poeta prodigioso como Federico García Lorca, uno de los espíritus más potentes de nuestra lengua: reinventó a Góngora y a Lope y los mezcló con los poemas arábigo-andaluces que había leído, arrebatado, en las versiones de Emilio García Gómez. Algo parecido hace José Gorostiza; se equivocan quienes lo ven como un poeta clásico o convencional, no advierten su fuerza subterránea, su potencia para darles nueva forma a ciertas sustancias del pasado, como las estrofas del romance o las seguidillas, que en Muerte sin fin renacen y brillan de nuevo y nos interrogan y nos vuelven a presentar el misterio y el deslumbramiento de la gran poesía… y lo hacen gracias a que Gorostiza había pensado y repensado la tradición.

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El poeta y crítico español Jordi Doce compiló junto al autor los poemas que componen ‘El desprendimiento. Antología poética 1972-2020’, de David Huerta (Galaxia Gutenberg, 2021)

Es sabidísima y está más que justificada la intensa admiración que la poesía de Góngora provoca en ti. ¿Podríamos decir que hay algo que hayas aprendido e incluso tomado directamente de sus poemas? Me refiero a algo más concreto que las virtudes generales que pueden señalarse en ellos, como su belleza, su expresividad, su gracia, su inteligencia.

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Yo no soy gongorino en lo que escribo, aparte de algunos pastiches que hice para divertir a Marta Lilia Tenorio, que los aprobó y hasta los leyó en España para asombro de algunos peninsulares que deben haber dicho: “Vaya, vaya, estos americanitos, estos changos, estos calibanes hirsutos, saben hacer rimas y hasta componen octavas reales –y se permiten fraguar imitaciones gongorineras…–” Esa fama de gongorino a pie juntillas no me incomoda en absoluto porque don Luis es mi poeta de cabecera; es un ejemplo de muchas cosas que nos faltan continuamente: una cierta soltura combinada con una visión del mundo amplia e increíblemente original; su sentido del humor es algo que no tenemos presente y eso es culpa, en parte, estoy seguro, del retrato que le hizo Velázquez: ceñudo, serio, juzgón. Él no era así; los testimonios abundan acerca de su sangre ligera y su sonrisa, su hedonismo, su espíritu juguetón… todo eso acompañado por una capacidad para la poesía comparable a la de Dante. Yo suelo decir que Góngora no se quedó en el pasado, sino que nos sigue esperando en el futuro; es un clásico del porvenir. A pesar de la reivindicación de su obra y su figura que emprendieron los poetas del 27, a cada momento vuelve la animadversión por la poesía difícil y se echan a andar los prejuicios contra don Luis.

Me parece que te has alejado de los presupuestos de Medusario (FCE, 1996), aquella antología de poesía latinoamericana en la cual fuiste incluido en los años noventa. ¿Qué significó para ti tu paso por esa experiencia, la comunidad que hiciste en cierto momento con aquellos poetas a algunos de los cuales admiras especialmente?

Yo nunca me alejé de los presupuestos de Medusario porque nunca estuve cerca de ellos, lo que no significa en absoluto que no sienta viva simpatía, y hasta admiración, por quienes hicieron ese libro. Yo entiendo a Lezama a mi manera, no programáticamente; me he alejado de él y luego me he acercado, en una especie de movimiento pendular que, por lo menos a mí, me resulta interesante. Tampoco entendí o acepté –no la acepté porque no la entendí– la palabra neobarroco y menos neobarroso. Vi a Néstor Perlongher una sola vez y conversé con él como si fuéramos viejos amigos. Ya lo he contado: le dije cuánto y me gustaba su título Aguas aéreas y él me dijo “te lo doy, haz con él lo que quieras”; no lo tomé muy en serio hasta que Nacho Solares me invitó a escribir una columna en la Revista de la Universidad de México y la bauticé como “Aguas aéreas”, en homenaje explícito a Perlongher y con el crédito debido. Alguna vez tuve trato amistoso con Beto Echavarren y José Kozer me cae muy bien, no se diga Jacobo Sefamí, a quien me une una amistad fraternal por donde la veas.

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Imagen de cubierta de ‘Medusario. Muestra de poesía latinoamericana’, compilación de Roberto Echavarren, José Kozer y Jacobo Sefamí, FCE, México, 1996.

¿Por qué razones te parece que fuiste incluido en esa antología? ¿Qué vieron sus autores en tu poesía, como para considerar tu obra como parte de ella? ¿Y qué es lo que te hace sentirte ajeno al Medusario?

La verdad no puedo explicármelo y no se lo he preguntado a ninguno de ellos. Tengo mis sospechas sobre esa inclusión, y trataré de explicarlas, con mucha inseguridad, como puedes suponer. Creo que se debe a cierto aire moderno, rizomático o “medusario”, en lo que escribo; rasgo que desde luego no me he propuesto nunca poner de relieve ni destacar con toda intención; es algo cuya descripción exacta se me escapa, como no sea hablar de ese “aire moderno”, que es una frase que no llega muy lejos. Eso de que los textos literarios tienen “un aire” suena raro, pero los escritores que escriben con un miligramo de originalidad tienen un aire propio, sin duda; es lo que suele llamarse “un estilo”. Hay escritores deliberadamente anacrónicos, que siguen la huella de, digamos, los parnasianos; otros hacen pastiches o escriben sonetos o se sumergen en la composición de silvas laberínticas. Los demás escribimos como podemos; si somos modernos, pues como unos modernos, lo cual no deja de ser una triste fatalidad. Hay otro elemento en la explicación de mi presencia en Medusario: la sedicente complejidad o dificultad de lo que escribo. La ecuación está servida: si Lezama, el dios neobarroco, escribía como escribía (un amigo decía que era “puro engrudo”), mezclando alegremente datos e intuiciones, metáforas y nombres antiguos, chifladuras con aciertos, todo mezclado como en un caldo criollo; entonces los que escriben siguiendo esa huella deben ser neobarrocos también. Ya hablé de Lezama y no voy a abundar. Creo que por ahí va la cosa.

¿Por qué decidiste colocar tu poema sobre Ayotzinapa (y otro más, titulado “Contra los muros”), como apéndice de tu gran antología El desprendimiento?; es decir, en las páginas del volumen que la recoge, pero en un lugar aparte, en cierto modo fuera de ella?

Es cierto que esos poemas están en un lugar aparte, un poco fuera de la antología, pero no tanto; el hecho es que los poemas escogidos por Jordi Doce fueron tomados de libros y esos dos poemas “civiles” o “de protesta” no están en libros. Los dos poemas están acompañados por algunos otros textos, sobre todo un par de prosas que me interesan mucho pero que no tienen la resonancia de los poemas “sangrantes” que mencionas: “Lanzazo”, un texto cristológico, y “Hay lágrimas en las cosas”, con ese título virgiliano que me encanta y que en otro lugar utilicé irresponsablemente en latín (Sunt lacrimae rerum). Además, está el discurso que leí en la ceremonia del premio de la FIL, en 2019, en circunstancias difíciles y extrañas para mí, porque mi esposa Verónica no pudo ir a Guadalajara debido a un accidente que tuvo: una fractura en la pierna derecha. La parte fuerte de El desprendimiento es, sin la menor duda, la de los poemas de los libros. Los apéndices son acompañamientos, más o menos interesantes, según Jordi y yo. En fin, como suelo decir: la afición decidirá.

Con ser especialmente buena, me parece que la presentación de Jordi Doce (“Hay una llama viva”) adolece de una omisión: no menciona una influencia fundamental en ti: Gerardo Deniz. Te has referido tú mismo a ella en algunas ocasiones, siempre con emoción. Además, en los poemas de Cuaderno de noviembre, incluso en las páginas de Incurable (donde hay no pocas alusiones directas a su obra), encuentro el eco de un sistema operativo, si puedo llamarlo así, que está particularmente en su primer libro, Adrede. ¿Cómo explicarías esa influencia a un crítico español del siglo XXI?

No quedan registradas otras influencias o determinaciones que mucho me interesan, pero no tiene importancia. Lo que hizo Jordi ha sido muy satisfactorio para mí porque me hizo sentir que el trabajo llegaba a oídos sensibles en otro país. Él fue un lector ideal para ese largo momento de preparar El desprendimiento, y no nada más por su tarea como autor de la selección, del prólogo y como editor; sino porque hubo un diálogo muy intenso, muy rico, que no nada más me ha dejado un libro magnífico, sino un amigo y un interlocutor excepcional. Deniz, Gerardo Deniz… Hablar de él me llevaría días enteros; conocerlo fue una maravilla. Lo he dicho y no me canso de repetirlo: era un amigo fuera de serie. Y un maestro informal que con gestos mínimos o máximos nos abría mundos enteros y nos ponía a girar sobre nuestro propio eje, como unos derviches loquitos. Siempre tengo cerca sus libros, y su prosa –que tú editaste ejemplarmente, Fernando– es el gran libro mexicano de muchos años. No sé siquiera cómo empezar a hacer el elogio de Deniz; pero mejor me callo porque ya lo veo frunciendo el ceño y con una sonrisa socarrona soltarme la consabida orden amistosa: “calla, loco”.

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Un joven David Huerta y el poeta de origen español Gerardo Deniz

¿Y cómo le explicarías la importancia de Deniz en la poesía mexicana, en especial a un crítico español del siglo XXI como Jordi Doce? ¿Y cómo describirías su influencia en tu propia obra?

No nada más a un “crítico español del siglo XXI” sino a cualquier crítico, ciudadano interesado de poesía, profesor o historiador de la literatura, filólogo o lector de a pie, habría que explicar la importancia de Deniz en la poesía mexicana, o mejor dicho: en la poesía a secas. Es una tarea fatigosa, casi siempre condenada al fracaso: a cada pequeña explicación le salen a uno con sinrazones de todo pelaje y se muestran cada vez más cerrados e irritantes. Yo he renunciado a tratar de explicar no nada más la importancia, sino –de verdad lo digo– la grandeza de Gerardo Deniz. Para mí, ha sido uno de los espectáculos más fascinantes hablar con él y, sobre todo escucharlo, aparte de tomar nota muchas veces de sus recomendaciones. Sus aficiones literarias habían sido escogidas con una libertad soberbia y no se compraba ningún prestigio ni seguía ninguna moda, faltaba más. Hablar aquí de Deniz me llevaría a contar una porción grande de mi vida; pero eso lo evitaré. Lo leí con avidez cuando salió su libro Adrede en la hermosa colección Las dos orillas, de Mortiz; lo seguí leyendo, siempre asombrado e intrigado, siempre fascinado, a lo largo de toda su obra en verso y en prosa. Creía saber más o menos dónde estaban las huellas de esas lecturas en mis poemas; pero él mismo las reveló y documentó en unas cuartillas mecanografiadas que ahora obran en mi poder, gracias a la generosidad de una amistad sin tacha. En esas cuartillas Deniz recorre Incurable, mi libro de 1987, y recoge sin dificultad lo que encuentra de sus propios poemas y que yo tomé, cité, glosé o parafraseé en mis versos. Un documento extraordinario –para mí lo es–, y sospecho que para otros lectores podría llegar a serlo también. Deniz sabía de todo y lo sabía con soltura, con buen humor; no se compraba nada de la “inepta cultura” circundante, y se burlaba de instituciones, personas, ideas, ideologías y filosofías. Algunos de sus ídolos eran Linus Pauling y Georges Dumézil, entre no muchos otros; los menciono porque le oí hablar de ellos con frecuencia. Sus poemas son criaturas erizadas, desafiantes, vivísimas, brillantes, extrañas a más no poder.

Me consta, porque lo he visto en innumerables ocasiones, que eres un hombre extraordinariamente generoso y sé que el desprendimiento, que está en el título de la antología, forma parte tu manera de ser. Jordi Doce propone una sugerente lectura de ese título, a partir de la prosa “Matiz de un desprendimiento”. ¿Cómo explicas tú el que el volumen, que tú mismo has llamado “el libro de mi vida”, lleve ese título? ¿Cómo llegaste a él? ¿De qué modo resuena en ti su significado?

Casi no puedo agregar nada a lo que dice Jordi tan bien en el prólogo. Desprendimiento significa, para empezar, eso que dices: generosidad; pero cuando escucho o leo la palabra lo primero que aparece en mi cabeza es el desgajarse de pedazos inmensos de hielo ártico, que luego serán montañas (icebergs) para atrapar y rasgar los barcos insolentes que llevan la prosa del mundo por las aguas del universo. Esas montañas son en realidad, en esta fantasía, haces de palabras: poemas. Tú perdonarás esa ingenuidad. Y bueno, en un plano un poco pedestre, tuve hace años una sección completamente olvidada, en una revista cultural, que llamé “Desprendimientos”. La palabra me gusta por su longitud y por su sentido, por su lado moral y por su lado de fenómeno geológico, que yo interpreto como ya he dicho. Los poemas son desprendimientos de uno, ¿verdad? Eso creo.

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Fernando Fernández (Ciudad de México, 1964). Poeta, editor y profesor. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM, donde se especializó en poesía mexicana contemporánea. En la década de los años noventa fundó y dirigió las revistas culturales Milenio (1990-1992) y Viceversa (1992-2001). Entre sus libros publicados destacan los libros de poemas Palinodia del rojo (2010), Ora la pluma (1999), Chirimoya (2016), así como los ensayos Viaje alrededor de mi escritorio (2020) y Contra la fotografía de paisaje (2014). Desde 2009 conduce el programa La Feria Carrusel de Libros, en la estación Horizonte Jazz FM, del Instituto Mexicano de la Radio. Desde 2011 es editor de Quodlibet, la revista digital de la Academia de Música del Palacio de Minería.

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