El mexicano David Huerta estuvo escribiendo como un sobreviviente de aquel fin de la historia vaticinado por los teóricos de la posmodernidad que nunca ocurrió.
Yo no soy gongorino en lo que escribo, aparte de algunos pastiches que hice para divertir a Marta Lilia Tenorio, que los aprobó y hasta los leyó en España para asombro de algunos peninsulares. Esa fama de gongorino a pie juntillas no me incomoda en absoluto porque don Luis es mi poeta de cabecera; es un ejemplo de muchas cosas que nos faltan continuamente.
¿Cómo hablar de un libro que nos gusta si no es desde el placer? Si ese libro es además luminoso en su estilo, sagacísimo en su mirada y amistosamente humilde como ‘Las hojas sobre poesía’, de David Huerta, me imagino dos caminos.
El endecasílabo es parte de la tradición hispánica desde 1526, cuando Boscán escribió los primeros sonetos y canciones, y es el primer escalón de las construcciones mayores. Todo poeta que se precie de escribir en español ha caído en el endecasílabo, ya sea para usarlo o evadirlo. David Huerta sueña con ese taller poético, en que un alumno avanzado vela las armas mientras construye una sextina, poema de 39 endecasílabos, de tema regularmente grave.
Es el amigo quien aparta del poeta el cáliz terrible. El vaso no es cualquier vaso. Ni siquiera es un vaso de alcohol, que ya sería mucho decir. Es un vaso que separa el pasado del futuro (un límite, una frontera) y contiene las entrañas y los ojos heridos de quien duda entre resistírsele o apurarlo.
A diferencia de ciertas posturas críticas recientes, Huerta tiene siempre presente que la literatura es, en principio, lengua (el primer Borges la definía esencialmente como un hecho sintáctico). De ahí su interés en las formas poéticas (tan maltratadas por editores descuidados) y en las palabras en sí.