En la lectura de ‘El desprendimiento’ se pueden distinguir, al menos, tres momentos distintos en los recursos de las enumeraciones: el de la dispersión fragmentaria, bajo la pérdida del sentido del mundo; el de la proliferación enunciativa, guiada por el gozo de nombrar; y el de la unidad restablecida con el universo, bajo el aura del amor y la lectura.
‘El desprendimiento’, si se toma en sentido lato, deviene un homenaje, un darse a los otros: a quienes alimentaron su vida amorosa y sus desamores; al niño y al adolescente, al hombre y los hombres que, desde el profundo lago del azogue, con todos sus fantasmas y demonios, lo han mirado ir y venir en el tráfago del mundo.
Desde hace algún tiempo me propongo compilar una antología de versos iniciales. El criterio para tal compilación no ha sido otro sino la oportunidad del asombro, sin detenerme a contemplar en ellos los rasgos, las dimensiones, las características que los habitan. Del poeta David Huerta he incluido muchos, y varios preferidos.