Marcia Morgado con Lydia Cabrera durante los años de Mariel (Foto cortesía del escritor Juan Abreu)

“Marcia Morgado fue fundamental para la revista Mariel, por su experiencia como editora y por su capacidad de trabajo. La revista se hacía en la sala de su casa”. Eso lo dice Juan Abreu, escritor fundamental de la generación del Mariel y la revista del mismo nombre. Y exmarido de la autora de 69: memorias eróticas de una cubanoamericana. Debemos confiar en los elogios de esa especie tan poco inclinada a la generosidad como es la de los excónyuges. Sobre todo si se trata de un grupo como el de los escritores del Mariel que, siendo tan generoso en todo lo demás, lo fue poco en cuanto a presencia de mujeres en sus filas. Otro destacado miembro de Mariel, el narrador Luis de la Paz, coincide con Abreu en la importancia de la Morgado para Mariel, revista en la que “se contó con el apoyo fundamental de Marcia Morgado, que por llevar muchos años en el exilio, sabía cómo había que conducirse para llevar la publicación adelante”. Mejor hablar con la propia escritora sobre una generación y una revista a las que, por otra parte, no se siente especialmente ligada ni en estilo ni en espíritu.

Enrique del Risco

¿Dónde nació? 

Un sábado habanero a pocos metros de la Calzada de Luyanó, allí transcurrió mi primera infancia.

¿Cuándo y cómo vino al exilio?

A la hora de partir vivía con mis padres y abuelo en Santos Suárez, e iba a la Academia Valmaña. El 2 de septiembre de 1962 mi madre y yo volamos en un avión de Cubana de Aviación rumbo a Miami. Llegar a esta ciudad representó un impacto, un proceso involutivo en cuanto al entorno y realidad personales: ir de una ciudad a un pueblo (como ir de París al Cotorro), de niña mimada a vivir en casa de otros, a depender de su generosidad. Mi padre se quedó en Cuba hasta 1964 cuando los esfuerzos de mi madre lograron que saliera por México. El plan original estipulaba que él viajara a Miami en noviembre de 1962 pero la Crisis de Octubre no se lo permitió. En 1964 nos mudamos a West New York, en New Jersey, donde vivían dos de mis tíos paternos. Estuvimos allí, al margen de la gran metrópolis, hasta 1969 cuando regresamos a Miami.

¿Quién era usted en 1980?

Terminé la secundaria en la escuela Immaculata-La Salle de Miami, estudié Ciencias Políticas en Miami Dade College y después literaturas española e inglesa, en Biscayne College. A mediados de 1970 trabajé como editora de la revista The Fugue, publicación mensual de WTMI, entonces la emisora de música clásica. Esa fue mi iniciación en el mundo editorial y una oportunidad de acercarme más íntimamente al de la música clásica, una de mis pasiones. Impulsivamente decidí dejar la revista y unirme a Carlos M. Luis para inaugurar Meeting Point Art Center, experimento único en el que participé durante una de esas etapas de ebullición artística que aparecen y desaparecen en Miami. Volví a Nueva York donde trabajé en Teatro Repertorio Español con René Buch. Nuevamente en Miami comencé a trabajar en COTAL, una revista de turismo. Entretanto, me relacionaba con escritores y artistas, desde los llegados durante los sesenta hasta los que arribaron por el puente marítimo del Mariel. Mantenía una amistad con Evelio Taillacq y me había reunido varias veces con Reinaldo Arenas.

¿Cómo recuerda el éxodo de Mariel

Mi primer recuerdo es el de estar acodada en un balcón del hotel The Mutiny en Coconut Grove, desde donde WTMI transmitía, cuando vi pasar un contingente de tanques del ejército norteamericano. Al llegar a casa descubrí que se había desatado un guirigay en la ciudad. Otra tarde, tras un ensayo para montar una obra de teatro con Alberto Sarraín, salimos a la calle 7 del NW y nos topamos con un desfile de autos en apoyo a los que intentaban escapar del infierno cubano, de inmediato nos unimos a ellos. Cuando aquello vivía en la casa de mis padres en Coconut Grove; junto a ellos mi pequeña hija Alejandra, abuelo y tía maternos.

¿Cómo reaccionó la ciudad a la llegada de los marielitos?

De manera contradictoria: algunos apoyaban la salida masiva, otros expresaban resquemor ante el posible caos que podría desatarse; no existían antecedentes, ni logística probada para asumirles. Muchos alababan a Jimmy Carter, otros lo maldecían; evidentemente eso no ha cambiado.

Prevalecía un estado de conmoción, la radio cubana contribuía a la agitación, los medios norteamericanos presentaban a los cubanos exiliados con típico enfoque distorsionado, exento de compasión. La inclusión en el éxodo de presos comunes y enfermos mentales afectó la percepción general de todos; los marielitos debían probarse sin haber cometido ningún crimen.

¿Cómo participó en la recepción de los marielitos? 

Un primo materno se instaló en nuestra casa; él estuvo viviendo con nosotros durante meses antes de marchar a New Orleans. Norma Nyurka, periodista de El Nuevo Herald, llamó para avisarme que Reinaldo Arenas estaba en el estadio Orange Bowl. Norma sabía cuánto me había impactado la lectura de El mundo alucinante, y que intentaba seguirle la pista a Arenas porque me preocupaba su estado en Cuba: Carlos M. Luis me había puesto al tanto del SOS que Arenas le había enviado a Jorge y Margarita Camacho, en París.

¿Había leído algo más aparte de El mundo alucinante antes de conocerlo? 

Celestino antes del alba, gracias a una edición que conseguí en mi deambular neoyorquino.

¿Cómo conoció a Reinaldo Arenas?

Norma Nyurka fue el enlace. Hacía años que frecuentábamos las peñas literarias auspiciadas por Nancy y Juan Manuel Pérez-Crespo en la Librería SIBI. Allí conocí escritores como Carlos Montenegro y Enrique Labrador Ruiz, René Ariza y Guillermo Rosales, con quienes mantuve amistad. Arenas y otros llegados por el Mariel también participaban en eventos auspiciados por SIBI, en Miami y más tarde en la Librería Fidelio Ponce que los Pérez-Crespo inauguraron en Hialeah. En ambas organizaron reuniones inolvidables.

¿Qué expectativas tenía sobre Arenas?

Me parece injusto formar una idea a priori de alguien por lo que ha escrito y yo leído.

¿Qué impresión le causó?

Arenas me deslumbró. En aquel momento yo idealizaba a Reinaldo, era un héroe para mí. Sin dudas, hasta el día de hoy respeto y admiro el compromiso con su obra y la libertad de Cuba. Tratarlo era un poco descubrir el mundo a través de su mirada singular.

¿Qué fue lo que más la impresionó de Arenas a lo largo de los años?

Era difícil resistirse a su energía, le caracterizaban la curiosidad, inteligencia y sentido del humor. Entre muchos momentos delirantes destaca la lectura que hizo en la sala de mi apartamento de “La cena pascual”, capítulo de La loma del ángel, su versión de Cecilia Valdés que Mariel Press publicó en 1987. Aún puedo verle abrir los ojos desmesuradamente mientras alzaba el tono de voz para subrayar alguna frase; porque si bien en este capítulo Arenas hace uso de la exageración desmedida, el texto leído por él fue un ejercicio de desmesura alucinante.

Tengo entendido que usted fue una pieza fundamental en el desarrollo de la revista Mariel. ¿Cómo y cuándo se incorporó a Mariel

Formé parte del proceso inicial de Mariel; dentro de ese contexto jugué el papel que estimé necesario: apoyar un proyecto que podía presentarle al mundo que el éxodo del Mariel no constituía un monolito humano. Dar a conocer que entre la mayoría decente y trabajadora de los 120 000 hombres, mujeres y niños que escaparon, había un grupo de artistas con el potencial de enriquecer su entorno.

¿Cuál fue exactamente su contribución a Mariel?

Colaboré en el concepto del diseño con Juan Abreu, en buscar tipógrafo, imprenta; ayudar a montar las páginas, en leer, corregir galeras, buscar financiamiento y promocionarla. Trabajamos en la mesa del comedor o el piso de nuestro apartamento. En fin, hice el máximo dentro de mis límites porque además de hacer la revista, yo trabajaba para mantenernos.

¿Qué nos puede contar del funcionamiento de la revista en general? 

Informal, la dinámica del grupo no propiciaba asignar un orden. Fue un proceso armado sobre la marcha, sin estructura laboral ni empleados. Con la excepción del trabajo físico de imprimir la revista, todo estaba en nuestras manos. Siempre fue inconveniente para algunos hacer labores tediosas pero esenciales, como leer y corregir las galeras.

Tengo entendido que en una primera etapa lo que vendría a ser el consejo de redacción de Mariel funcionaba en Miami y luego se desplazó a Nueva York. ¿Qué me puede decir de ese cambio? 

Como en la mayoría de estos proyectos, suceden desacuerdos; para el cuarto número Arenas y los miembros del consejo directivo residentes en Nueva York insistieron en llevarla para allá, y desde allí hicieron las cuatro ediciones restantes. En la quinta edición cambiaron el diseño por uno menos limpio y bastante agresivo. En el invierno de 1985, con la publicación del número ocho concluyeron que les resultaba demasiado difícil continuar.

¿Mariel murió de muerte natural o por eutanasia?

Más bien por desidia; los chicos del norte se cansaron, el trabajo les resultó abrumador.

¿Pudo Mariel haber durado más tiempo o le parece que ocho números eran suficientes? 

Creo que pudo haber tenido una vida mucho más extensa, pero para lograrlo se necesitaban los fondos y la estructura que nunca existieron.

Esta etapa de desarrollo de la revista ¿Qué le reveló a usted de la personalidad de Arenas? 

Su peculiar manera de manejar la realidad, de manipular situaciones para lograr el fin deseado en el momento; era bastante utilitario. Creo que en ocasiones no calculaba los resultados a largo plazo: en él reinaba la inmediatez. Quizás tenía la premonición del poco tiempo que disponía para lograr su principal objetivo: escribir y publicar su obra. Supongo que algunos rasgos de su personalidad se perfilaron como mecanismos para sobrevivir en Cuba.

¿En qué sentido tanto él como el resto de los integrantes de Mariel eran diferentes al resto de los intelectuales del exilio? 

En la persistente denuncia anticastrista, sin la mordacidad que destila la obra de Thomas Bernhard. Una carga de irreverencia distinta a la de escritores como Carlos Montenegro o Enrique Labrador Ruiz, y sin el uso abarcador que le da Peter Sloterdijk. Además, el resentimiento contaminaba la producción de muchos de los integrantes de Mariel.

¿Qué recuerda de su interacción con generaciones anteriores de exiliados?

Se suscitaron conflictos generacionales, afloraron antípodas filosóficas; prevaleció la incomunicación mutua entre el exilio denominado histórico y la nueva ola. El puente que me planteé no resultó.

¿Cuál fue el impacto que tuvo la revista en su momento? 

Menor del que esperábamos, no tuvo una acogida cálida ni por el exilio ni la prensa, no recibió la difusión que merecían el esfuerzo y la calidad del material. Si bien hizo eco entre medios académicos interesados en las artes cubanas, no trascendió fuera de esos confines. Los latinoamericanos y españoles que hubieran podido interesarse, históricamente se han mantenido distanciados del exilio cubano; en parte por desconocimiento, por tildar al exilio de monolito derechista y porque el mito de Castro como figura redentora era todavía más fuerte en aquel momento.

¿Qué piensa de la revista desde la distancia? 

En realidad, no lo hago con frecuencia. Cuarenta años después la veo como un vehículo que unió a individuos que poco tenían en común fuera del país donde nacieron, el haber escapado del infierno por el mismo punto geográfico y la urgencia de publicar. El elemento aglutinador fue Arenas, cuya presencia arrolladora es una constante en Mariel, tanto en piezas propias o acerca de él.

¿Qué significó Mariel para usted y para su modo de enfrentar la creación?

Sacrificio personal y familiar, le entregué tiempo y recursos que pude haber concentrado en objetivos más provechosos para mí y mi hija. Mi forma de escribir poco tiene que ver con los integrantes de Mariel; está mucho más relacionada al periodismo norteamericano y lecturas de autores anglosajones. La revista tampoco propició que publicara mi novela.

Después de Mariel ¿Cómo se comportaron las relaciones de Arenas con Juan Abreu y contigo? 

Arenas continuó participando en nuestras vidas, la amistad entre Abreu y él se mantuvo hasta el final. Telefoneó días antes de su muerte: una despedida que no captamos. Durante esa conversación le dije que intentaría traerle para que estuviera cerca del mar, él respondió con una evasiva típica en él.

¿Qué nos puede decir de su personalidad? 

Conflictivo, valiente; en cuestiones de principios iba hasta el final. Inasible, un maestro en escurrirse cuando no quería hacer o decir algo, manejaba las situaciones con un je ne sais quoi muy suyo. Disfrutaba del papel aglutinador que jugaba, de ser centro; también podía ser temible cuando desataba alguna campaña vengativa ya fuera política o personal.

¿En qué medida era diferente del Arenas que conocemos a través de sus libros? 

Me parece que estaba muy presente; era un personaje surrealista, vivía de una manera insólita, con la intensidad que define a muchos de sus personajes.

¿Puede pensar en anécdotas concretas?

Cada vez que anunciaba un viaje a Miami se desataban lluvias torrenciales. No obstante, la primera parada después de recogerle en el aeropuerto era Key Biscayne; me parece tenerlo delante despojándose de la ropa para quedar en un bañador y lanzarse al agua. Con la luz del mediodía iluminándole la piel se sumergió en el agua. Al emerger a la superficie y comenzar a nadar me recordó a una anguila regresando al mar. Parecía fundirse al elemento, ser parte del oleaje. Su piel refulgía con vida.

Siempre nos acompañaba a los museos cuando íbamos a New York; me comentó que ir a museos era una de las razones por las que disfrutaba de nuestras visitas. Viajamos durante The Age of Caravaggio en el Met; esa muestra fue de especial interés para él, no solo por el genio de Caravaggio sino por su inherente rebeldía, su calidad de outsider, con la cual se identificaba.

Recuerdo una vez en que regresábamos de Princeton en el verano de 1985; Abreu conducía, Rey y mi pequeña Alejandra iban sentados en el asiento trasero del auto. Ella de apenas nueve años estaba sumida en la lectura, él comentó que a pesar de su predilección por Herodes, podía hacer alguna excepción. Escuchábamos una grabación de Joan Manuel Serrat, al rato Juan y Rey le hicieron coro a las canciones. Al día siguiente retomamos la carretera para ir a ver una muestra de Chagall en el museo de Filadelfia a la que Alejandra y yo habíamos ido mientras ellos hacían una presentación sobre el Mariel en Princeton. Delante de una escultura de Louise Nevelson a la entrada del museo, le tomé una foto que ha aparecido en algunas publicaciones. En ese viaje también fuimos a la Estatua de la Libertad; camino al ferry que conduce a Ellis Island encontramos a un hombre protestando la presencia militar norteamericana en Nicaragua; Arenas lo interpeló y yo me quedé junto a él traduciendo lo que le decía: fue un intercambio agresivo, terminó escupiendo al hombre. Más tarde tomé la foto en la que aparecen Arenas y Abreu junto a Alejandra que se usó en la portada de A la sombra del mar, la memoria que años más tarde publicó la editorial Casiopea en Barcelona.

 ¿En qué medida Arenas impactó su vida personal?

Arenas jugó un papel importante no sólo por Mariel sino por su relación con Abreu, lo cual entonces impactaba mi vida personal.

El éxodo del Mariel, sobre todo en lo que concierne a los escritores parece haber sido abrumadoramente masculino. ¿A qué lo atribuye? 

¿Misoginia? Muchos se sitúan por encima de las mujeres y no son capaces de comprender los procesos creativos femeninos, ni las limitaciones impuestas por la sociedad. La mayoría lleva entronizado el modelo femenino asignado por las mujeres que los criaron. Vale apuntar que, no obstante, el apoyo recibido por Lydia Cabrera, Mariel no enfocó su obra en la sección Confluencias como hizo con otros escritores. En ocho números solo aparece una pieza de su autoría (v. 1) y un texto de Rosario Hiriart (v. 5) sobre una muestra suya en la galería INTAR, en Nueva York.

¿Cómo se sentía usted al respecto? 

En lo personal, rechazada por la mayoría. Siempre he tenido opiniones propias, por naturaleza digo lo que pienso con lo cual no les resultaba simpática. Para algunos yo era/soy “confrontacional” o problemática porque rechazo lo que percibo como injusto y no me callo. Hubieran preferido que hiciera la revista pero que no opinara sobre lo que debía hacerse.

¿Cómo ubica su libro 69: Memorias eróticas de una cubanoamericana frente a esa generación? 

La novela tiene poco o nada que la vincule a la llamada la generación de Mariel: la rabia y el resentimiento no me definen, ni matizan mi voz narrativa.

¿Se siente parte de Mariel o más bien se ve como una disidente de la revista?

Formé parte de una aventura editorial: un proyecto que pensé podía servir de puente sociocultural y contribuir positivamente. Mi libro nada tiene que ver con Mariel como impulso creativo. Y aunque estaba y estoy en contra del régimen castrista, como de cualquier otro sistema represivo, me mantengo al margen de las coordenadas políticas de sus miembros.

¿Fue usted testigo del deterioro físico de Reinaldo?

Fuera del entristecimiento de su piel, no. Lo recuerdo sentado sobre el muro de un hotel en South Beach esperando por Jana Boková, quien estaba grabando el documental Havana. Comunicaba una energía más juvenil de lo que era, siempre transmitía ese aire de mozalbete a punto de hacer una travesura.

¿Recuerda cómo se enteró de su muerte? 

Mi madre telefoneó temprano en la mañana para dar la noticia.

¿Cuál fue su reacción en ese momento?

Consternación, confusión por la inmediatez, y preocupación ante la posible reacción de Abreu a quien le comuniqué de su muerte.

¿Qué significó para usted haber conocido a Reinaldo Arenas? 

Es complicado: conocerle fue un gran disfrute, guardo momentos deliciosos en su compañía. Me alegra que logró escapar del infierno cubano para vivir en libertad y que lo hizo a su manera. Pero también fue motivo de conflictos.

¿Cuál piensa que fue el principal aporte de Arenas a la cultura y el exilio cubanos?

Plantear y explorar una forma de acercarse al proceso creativo diferente a la que estábamos acostumbrados; usar elementos novedosos en la narrativa e insuflarle nuevos bríos a la denuncia del régimen castrista.

¿Quién es Marcia Morgado ahora, a cuarenta años del éxodo del Mariel? 

Una Marcia muy diferente en muchos aspectos, la vida nos lleva de la mano al cambio porque de otra manera nos anquilosamos.

¿Qué proyectos tiene entre manos?

Trabajo en dos novelas: una memoria, retomo esa ruta usando otra estructura; la segunda es una exploración de elementos espirituales que me interesan particularmente. Además, estoy actualizando un libro de cuentos que comencé años atrás y deseo concluir.

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ENRIQUE DEL RISCO
Enrique Del Risco Arrocha (La Habana, 1967). Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU), en donde actualmente se desempeña como profesor del Departamento de Español y Portugués. Ha publicado, entre otros textos, Obras encogidas (1992), Pérdida y recuperación de la inocencia (1994), Lágrimas de cocodrilo (1998), Leve Historia de Cuba (2007) y ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (2008), obra con la que ganó el V Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz. Turcos en la niebla, su primera novela, obtuvo el XX Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones en 2018 y fue publicada en 2019 por Alianza Editorial. Con el seudónimo Enrisco publicó una columna semanal en el diario digital Cubaencuentro por varios años y lleva un blog desde 2007.
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