El interés por reunir y dar a conocer —o rescatar— la crítica literaria de Jorge Mañach aún dispersa, nos referimos tan sólo a la que él publica entre 1922 y 1934, nos ha llevado a ir indagando en la casi totalidad de su actividad intelectual en la etapa señalada. Un primer análisis de los textos críticos encontrados en los archivos del Instituto de Literatura y Lingüística nos obligó a revisar buena parte de su quehacer periodístico, ensayístico, crítico y de ficción, debido a la presencia en ellos de algunos hitos de continuidad (temáticos, formales e ideológicos) que constituyen un. núcleo imantador de códigos transgenéricos, expresivos e ideoestilísticos. En otro trabajo nos hemos referido ya a sus “desconocidos” cuentos[1] y a lo que nos parecen préstamos de la ficción por el periodismo.
“Desconocida” es, puede decirse, su magra narrativa, pero todavía más su única pieza dramática. Hablaremos hoy, pues, de esa “rara” obra suya. Escritor eminente de textos reflexivos,[2] Mañach traslada a esta una intencionalidad más propia del ensayo, al meditar sobre un tema de actualidad. Tiempo muerto es obra de cuestionamientos y dudas, de planteamientos hipotéticos, de empleo de símbolos y de movilización de ideas y exposición de tesis; proponiendo así una perspectiva analítica a la observación del mismo tema emprendida en la década anterior por la narrativa.[3]
A juicio de Natividad González Freiré[4] el tema de Tiempo muerto[5] —representada en México por la compañía de la argentina Camila Quiroga[6]es sólo el qué dirán como
preocupación esencial de la sociedad habanera de aquellos años, cuando, en realidad nos parece que es el de la búsqueda para Cuba de un equilibrio entre ethos y animalidad, entre razón y sentimiento, expuesto a través del drama de la mujer frente al hecho social del matrimonio y el conflicto creado a partir de la posibilidad de elegir pareja.
A diferencia de sus otros textos de ficción, alistados formalmente unos en la antesala del vanguardismo,[7] más a tono otros con la vorágine del movimiento,[8] con predominio de temas escabrosos o de personajes descentrados, Tiempo muerto transcurre en un medio burgués bien delineado, pero también ubica al personaje femenino principal por su condición de transgresora en una posición de descentramiento frente al poder patriarcal.
Un juego de salón o mesa es el pretexto para iniciar lo que a todas luces, escondido tras ropaje dramático, es una obra reflexiva. Casi en el comienzo se nos plantea ya la situación genérica socialmente conflictiva: “Decididamente, caballeros, el Mah Jong está echando a perder la sociedad. Ya no se puede venir a los recibos, las mujeres a un lado, los hombres a otro… no interesando tanto, en verdad, tal dicotomía, sino que de alguna manera no haya lugar en él para los hombres […] es un juego idiota (dice otro personaje)… para mujeres solas.”
En tanto el grueso de los personajes femeninos, es una masa amorfa, sin personalidad atrayente, el personaje femenino principal ha sido caracterizada como un ser intelectual, pero esta caracterización es evidentemente un defecto y no una virtud como las otras que le destacan, el ser joven, bonita, y sobre todo el estar en posesión de una pequeña fortuna. Por supuesto, esta condición “defectuosa” de su identidad genérica no se refrenda por su capacidad socialmente integradora o productiva en ese sentido, sino dentro de los estrechos márgenes a que ya la autoridad patriarcal le había destinado como doméstica culta dentro del reducido espacio del hogar. No se trata de un ejercicio intelectual a lo Madame de Staël, sino de una versión criolla, de Salón, a todas luces reductora de la condición intelectual femenina hasta el absurdo.
Como obra cuya tesis central es que siendo mujer es imposible alcanzar los derechos sociales y por supuesto la felicidad motu proprio (en este caso la elección de la pareja matrimonial) Mañach esgrime la idea de que su destino es siempre trágico, mucho más en el caso de aquella que ha alcanzado un autoconocimiento de su condición femenina por la razón o la ilustración. En tanto más culta se es más infeliz.[9]
El debate es traído a colación a través del establecimiento de contraposiciones que a mi modo de ver tienen su génesis en el pensamiento cristiano, el racionalismo cartesiano y la ilustración. La mujer lleva el estigma del pecado original. Por la razón o el conocimiento, esa culpa se atenúa, pero también condiciona trágicamente su destino, la duda es ingrediente manejado por el autor hasta el final desde la proposición misma del tema y en la obra fuente de dolor y de distorsión de los caminos para llegar a la verdad, de la verdad misma.
Tiempo muerto pone a debate —en la búsqueda del modelo de organización social más conveniente a adoptar en una Cuba que se aboca a la Modernidad no suficientemente preparada, inmadura aún para enfrentar sus retos después de haber estrenado su condición de país “independiente”— los siguientes conceptos antitéticos: razón-fuerza; razón-sentimiento; hombre ilustrado-hombre natural; campo-ciudad. En ese contexto el sujeto femenino culto podría actuar como eslabón de equilibrio, portador incluso de lo más avanzado del espíritu moderno frente a tanta frivolidad reinante en los círculos burgueses. La razón es en la obra un símbolo del progreso hiperbolizado y sometido a cuestionamiento en el caso de la mujer, pues es la razón la que le permite elegir pareja, tomar partido en la vida, elegir un camino, es decir, elegir cuando la tradición indica que ha nacido para ser elegida. La mujer, por ella misma no puede alcanzar el matrimonio perfecto, la sociedad tampoco su equilibrio necesario, pues la razón, siempre desde la perspectiva de la mujer deja un margen más amplio al error.
Para una sociedad moderna la mejor organización no habría de ser el campo o el hombre natural, lo que habría de salvarla (y de ahí inferimos también el valor simbólico del título), como no habría de ser tampoco la ciudad con sus nuevos vicios, nacidos al calor de los tórridos y falsos aires de la Modernidad, la mejor organización había que crearla buscando un equilibrio entre las partes. Ni campo, ni ciudad, ni retorno al pasado, ni Modernidad a ultranza, sino el justo medio, el equilibrio entre las fuerzas.
Mañach realiza su análisis tomando como referencias los siguientes modelos de parejas (núcleo del conflicto en que se mueve el personaje femenino principal): mujer culta-hombre culto, mujer culta-hombre inculto. El modelo mujer inculta-hombre inculto no se propone. Si, según se nos presenta en la trama, los modelos de pareja fundados en las relaciones mujer culta-hombre culto y mujer culta-hombre inculto han fallado y el de mujer inculta-hombre inculto no ha lugar, entonces es de presumir que la tesis final esgrimida es la de que el mejor modelo es aquel fundado en las relaciones mujer inculta-hombre culto, ya que para la mujer letrada, el destino va a ser siempre trágico porque la sociedad nunca habrá de perdonarle el ejercicio pleno de su condición intelectual que es el de libertad de obra y de palabra. El precio a pagar habrá de ser siempre muy alto, en este caso el de la soledad.
Todas estas inquietudes se inscriben en una honda preocupación por la situación y sobre todo por “los peligros” a los que podrían conllevar el ejercicio de la libertad femenina si esta no era bien canalizada, por supuesto, por el hombre. Ahí están las glosas de Mañach con comentarios en torno a si existía o no una literatura femenina, sobre cuál era la feminista ideal o sobre el sexismo en el lenguaje. En última instancia, decía “las más de las feministas no aspiran a una igualdad de derechos, sino a una división de la autoridad máxima […]. Los hombres nos arrogamos el derecho de defender la integridad de la familia”.
Su encuentro en La Habana con Mrs. Chapman Catt, Presidenta de la Liga Internacional por el Sufragio Femenino fue de gran importancia en la profundización de sus inquietudes en torno al tema “[…] me fui [de la entrevista, quiere decir] contrito de mi masculinidad!” Y no lo dice, por cierto, en ese tono irónico que le es muchas veces característico. En realidad, creía que si el movimiento no había recibido una fuerte oposición se debía al poco impacto en la comunidad patriarcal, es decir, los hombres no se habían sentido seriamente ocupados por el asunto del feminismo y habían optado por asumir una actitud displicente por respuesta, como si dijeran: “Dejémosles hacer, pobrecillas, ya que de algo grave quieren ocuparse.”
Para Mañach el tema de la mujer entrañaba una alta problematicidad y ante todo un fuerte cuestionamiento del estado de la sociedad desde sus orígenes, y lo concebía como problema esencialmente de educación, pues la deficiente concepción de los programas educacionales y el no esgrimir la alta instrucción como baluarte de la modernización del país, incidían en la supervivencia de dudas tan antiguas como estas: ¿es la mujer un ser intelectual?, ¿puede llegar a serlo?, ¿conviene que lo sea?
Por lo pronto, la presencia en sus glosas de un interlocutor femenino nos deja en la duda consustancial a su sistema de pensamiento expresado en su único texto dramático: con la mujer se dialoga o sólo se le alecciona.
Notas:
[1] Marta Lesmes: “Acerca de los cuentos de Jorge Mañach”, Seis enfoques sobre Mañach, La Habana, Arquidiócesis de la Habana, Comisión de Cultura, 1999.
[2] Jorge Mañach: La crisis de la alta cultura en Cuba (1924); Utilitarismo y cultura (1927); Indagación del choteo (1928).
[3] Me refiero obviamente, a sus novelas Las honradas (1917) y Las impuras (1919).
[4] Teatro cubano (1927-1961), La Habana, Ministerio de Relaciones Exteriores, 1961.
[5] El primer acto se publicó en febrero de 1928 en el Diario de la Marina.
[6] Con esta obra Mañach había obtenido, en enero del mismo año, el segundo premio del Concurso Teatral de Obras Cubanas, convocado por la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes.
[7] Fundamentalmente Belén el aschanti (1924) y “O.P. no.4” (1926).
[8] Nos referimos a su participación en el proyecto que dio a la luz a Fantoches, el célebre cadáver exquisito del vanguardismo cubano. En Cuba Contemporánea, 1926.
[9] En uno de los diálogos la propia Adriana expresa “[…] en la vida tiene más suerte el que menos sabe”.

