De la serie ‘Sin título’, Linet Sánchez, fotografía digital, 2012-2016

Ella hace cajitas. Pero no son exactamente cajitas. Diciendo que hace cajitas el ojo la trae a su propia manera de ver las construcciones que hace: porque les recuerda a Lorenzo García Vega, su obsesión por las cajitas; a aquel homenaje de Charles Simic en Alquimia de Tendajón a ese otro obseso por cajitas, Joseph Cornell, al que Lorenzo a su vez amaba. Todo mezclado. Y es el ojo, porque para empezar ella ni siquiera hace exactamente cajitas.

¿Por qué el ojo ve en esos espacios que ella hace, en esas maquetas que no son cajitas, a Lorenzo, a Simic y a Cornell? Todo reducido para ver bien de cerca, para que el ojo se haga una idea. Construir espacios vitales. Encierros. Vacíos donde no hay restos de nada humano pero donde sólo lo humano es por ser un espacio de su invención.

Por eso el ojo se ve habitando allí, construyendo un sitio similar a ese, una cajita, metido en ese sitio para llenar una vida y al levantarlo darle una coherencia, un área específica, unos límites precisos, un saber que dentro de eso “se es” y allí hace, actúa. A la vez que arma esa solidez física arma también un paisaje mental que lo atraviesa, toca, interactúa con él y da una finalidad a sus pasos.

Esto hace el ojo mientras mira “eso” que ella construye y piensa que son cajitas que ella hace tanto como él, como Lorenzo, o Simic o Cornell, como todos en fin. Esto podría llamarse razón, la cordura que establece un conocimiento exacto sobre los actos y las cosas para ejecutar la lógica de una vida.

Pero el ojo entra en pánico. Nota que a medida que ha levantado esos espacios, esos vacíos, buscando cada vez más la construcción de una cajita perfecta y organizada, más se acerca a un límite que no puede percibir, y se halla allí donde comienza la locura y termina la razón, esas paredes realmente separan un vacío de otro.

Las paredes levantadas comienzan a chocar con el lado desconocido de allá, de ese otro lado, y el ojo pega su oído en cada pared, tantea, olfatea, busca con la esperanza de encontrar algo o alguien que le comunique otra cajita, otro hueco. Intenta salir, abre rendijas, mira a lo que está afuera de esa cajita impoluta que ella ha construido.

Al ojo, de nuevo, se le acercan Lorenzo, Simic, Cornell. Tantea en ellos, en sus cajitas. ¿Qué verdadera diferencia hay más allá de que esta cajita que ella hace no tiene nada y que las de ellos están abarrotadas de trastos? ¿Es necesaria la visión de tarecos para suponer una huella humana, la memoria, el deterioro, el silencio y el vacío? El vacío no le llega al ojo sólo por la ausencia de objetos, el vacío está dado por la nada, por la ausencia. Tanto el destrozo y lo sucio, como la asepsia y la blancura, provocan la misma “tierra baldía” acompañada de una imagen borrosa cuando se deja de mirar hacia adentro del espacio y se busca afuera.

¿Cómo salir y ver al otro lado, tocar otra cajita?

En medio de todo esto se ve como un “innombrable”, sembrado en el centro de todo lo construido, una casa, un cuarto, una ventana, una vida. Y el ojo nota que lo que ella ha construido desde la razón, palito a palito, sin dejar mancha alguna, ocupando todo de blanco, fue también levantado desde la locura, y nada es lo que realmente se le muestra porque todo se ha creado para ocultar lo que hay afuera, otro espacio, para engañar y quedar así, invisible en la asepsia, innombrable y solo, callado, luchando por darle coherencia a un espacio hasta la locura, a cada motivo que queda disperso entre los límites de las paredes blancas de una cajita que simula lo que se es.

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