La elección de Cuba como escenario de la primera presencia del Salón de Mayo en América no es un hecho fortuito. Si el Salón de Mayo es la expresión universal de la revolución en la pintura –concentra en sus creaciones disímiles y retadoras todas las tendencias de las artes plásticas contemporáneas, remontadas señeramente por Pablo Picasso–, Cuba encarna hoy, en prodigiosa síntesis, el sueño y la realidad de la Revolución aquende el Atlántico y el camino repleto de audacias y sorpresas de la Revolución dentro de la Revolución. El nuevo mundo que alborea en esta ínsula prometeica es fruto de la edificación simultánea de la sociedad socialista y comunista por un pueblo empeñado indoblegablemente en traer el cielo a la tierra y representa el séptimo día de la creación en la lucha del hombre por encontrarse a sí mismo y vivir en el reino de la libertad como conciencia de necesidad, en fastuoso despliegue de sus inagotables aptitudes y potencias. Me atrevo, por eso, a aseverar, rotundamente, que la atmósfera más tonificante que hasta ahora ha respirado el Árbol de Mayo es el de la Revolución de julio, mes que en Cuba rezuma las fragancias sobrevivientes de la primavera y los hervores iniciales del estío. Nuevo tiempo en la historia y tiempo nuevo en la vida.

El Salón de Mayo abre sus arbitrarios vergeles –espléndida eclosión de colores, formas, metáforas, candores, enigmas, levedades, gravitaciones y sabidurías– coincidiendo, significativamente, con la conmemoración del XIV Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada, la apertura de la Primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, el coro exultante de la Canción Protesta, el crecimiento de la guerra de guerrillas en la América Latina, la corajuda batalla de la población negra norteamericana, la resistencia victoriosa del pueblo vietnamita y los sonados triunfos de nuestros deportistas en los Juegos Panamericanos. Y, entre tanto, la OEA haciendo el ridículo y el imperialismo yanqui mordiéndose la cola.

Los fautores de la revolución en la pintura no son ajenos a esa conjunción simbólica de sucederes. Bracean, con admirable denuedo y multiforme estilo, en esa corriente tormentosa que desembocará, con júbilo ensangrentado, en el mar eternamente niño de la convivencia humana en perpetuo ascenso espiritual y material. A la completa liberación del hombre corresponderá, inexorablemente, ese día, la liberación completa del arte y de la escritura. No quedará ya vestigio de alienación ni en el pensamiento, ni en la imaginación, ni en la memoria, ni en la sensibilidad, ni en la conducta. En ese mundo inestrenado, el Salón de Mayo tendrá floraciones insospechadas.

Los fragmentos de la revolución en la pintura que exhibe el Salón de Mayo encuentran, asimismo, resonancias profundas en la pintura en revolución que se desarrolla, con valores propios y perdurables, en nuestro país, y aquí se muestra. Podemos ufanarnos de que la inmensa mayoría de nuestros artistas plásticos no sólo han revolucionado la pintura cubana, sino que parejamente están identificados con la Revolución. No tardará esta en palpitar en sus obras como testimonio recreado o inventado de mil maneras y matices. Se percibe ya el advenimiento de insólitos fulgores.

Creo que estas palabras profanas se van haciendo demasiado largas. Agradezco sobremanera la honrosa encomienda de pronunciarlas. A fuer de sincero, debo, sin embargo, puntualizar, para que no quepan dudas, que en materia de artes plásticas soy un lego de alcurnia: pertenezco a la grey tan familiar a vosotros que frente a un cuadro sólo sabe decirse entre azoros o defraudaciones: me gusta; no me gusta.

Mas, no quiero concluirlas sin evocar unas apreciaciones definitorias del Primer Ministro, comandante Fidel Castro, que resumen la política cultural de la Revolución y que se relacionan directamente con nuestros artistas y escritores:

Permítanme decirles, en primer lugar, que la revolución defiende la libertad, que la revolución ha traído al país una suma muy grande de libertades; que la revolución no puede ser por esencia enemiga de las libertades; que si la preocupación de algunos es que la revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es innecesaria y no tiene razón de ser.

Creo que esto es bien claro. ¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho.

Y esto no sería ninguna ley de excepción para los artistas y para los escritores. Este es un principio general para todos los ciudadanos. Es un principio fundamental de la Revolución. Los contrarrevolucionarios, es decir, los enemigos de la revolución, no tienen ningún derecho contra la revolución, porque la revolución tiene un derecho, el derecho de existir, el derecho a desarrollarse y el derecho a vencer, y ¿quién pudiera poner en duda ese derecho de un pueblo que ha dicho “Patria o muerte”, es decir, la Revolución o la muerte?

La Revolución no puede pretender asfixiar el arte o la cultura cuando una de las metas y uno de los principios o propósitos fundamentales de la Revolución es desarrollar el arte y la cultura, para que el arte y la cultura lleguen a ser un real patrimonio del pueblo. Y al igual que nosotros hemos querido para el pueblo una vida mejor en el orden material, queremos para el pueblo una vida mejor en el orden cultural. Y lo mismo que la Revolución se preocupa por el desarrollo de las condiciones y las fuerzas que permitan al pueblo la satisfacción de todas sus necesidades materiales, nosotros queremos desarrollar también las condiciones que permitan al pueblo la satisfacción de todas sus necesidades culturales.

De la misma manera debemos propiciar las condiciones necesarias para que todos esos bienes culturales lleguen al pueblo. No quiere decir eso que el artista tenga que sacrificar el valor de sus creaciones, y que necesariamente tenga que sacrificar su calidad. Quiere decir que tenemos que luchar en todos los sentidos para que el creador produzca para el pueblo y el pueblo a su vez eleve su nivel cultural a fin de acercarse también a los creadores. No se puede señalar una regla de carácter general; todas las manifestaciones artísticas no son exactamente de la misma naturaleza. Hay expresiones del espíritu creador que por su propia naturaleza pueden ser mucho más asequibles al pueblo que otras manifestaciones del espíritu creador.

Hay que esforzarse en todas las manifestaciones por llegar al pueblo, pero a su vez hay que hacer todo lo que esté al alcance de nuestras manos para que el pueblo pueda comprender cada voz más y mejor. Creo que ese principio no contradice las aspiraciones de ningún artista, y mucho menos si se tiene en cuenta que los hombres deben crear para sus contemporáneos.

¿Quiere decir que vamos a decir aquí a la gente lo que tiene que escribir? No. Que cada cual escriba lo que quiera, y si lo que escribe no sirve, allá él. Si lo que pinta no sirve, allá él. Nosotros no le prohibimos a nadie que escriba sobre el tema que prefiera. Al contrario. Y que cada cual se exprese en la forma que estime pertinente y que exprese libremente la idea que desee expresar. Nosotros apreciaremos siempre su creación a través del prisma del cristal revolucionario. Este también es un derecho del Gobierno Revolucionario, tan respetable como el derecho de cada cual a expresar lo que quiera expresar.

Ni pautas, ni vendas, ni orejeras, ni micrófonos: la Revolución garantiza y exalta el derecho de los artistas y escritores a expresar libremente la realidad que deviene y la que adviene, amasada, entre fecundos y fecundantes esfuerzos y sudores, por nuestros obreros, campesinos y estudiantes. Pero ese derecho tiene la contrapartida de un deber: la de estar presto, como todo el pueblo, a donar la vida en defensa de su independencia, de su creación y de su dignidad. Y estamos seguros de que, llegada la coyuntura, cumplirán esa obligación sagrada con la íntima convicción de que ninguna otra obra, por valiosa que fuese, les depararía la inmortalidad que trae consigo el sacrificio por la patria socialista y comunista.

¡Bienvenido el Salón de Mayo a la pequeña gran cuna de José Martí! ¡Bienvenida la rutilante constelación de escritores, poetas y creadores europeos y de todas partes que nos acompañan en estos días gloriosos de recordación y esperanza, empavesados de rojos estandartes y verdes augurios, de fe militante en nuestra Revolución y en la Revolución que preña el vientre ubérrimo de la humanidad oprimida! El pueblo de Cuba y el Gobierno Revolucionario se sienten orgullosos y agradecidos de vuestra presencia en el Primer Territorio Libre de América.

Harto conocida es la historia del Salón de Mayo. Se concibió, como un país libre constituido poéticamente por imágenes, en los días aciagos en que Francia, ocupada por las fuerzas tenebrosas del nazismo, en un país transitoriamente sometido. Los dieciséis artistas y escritores que se dispusieron a la proeza eran todos hombres de la resistencia, ligados entrañablemente al pueblo que peleaba por su liberación. Después y sucesivamente, dondequiera que el Salón de Mayo izó su oriflama revolucionaria y, por ende, popular, dejó la impronta indeleble de sus creaciones. Los seguidores de su trayectoria ulterior advertirán, al leer la página dedicada a Cuba, que el Salón de Mayo alcanzó su más alto, noble y próvido avatar en esta fusión viva, lozana y vibrante con el épico fresco de la Revolución Cubana, cuenca nutricia de concepciones, valores y formas impares en el heroico, afanoso y alegre proceso de construcción de la sociedad socialista y comunista y, a la par, ejemplo radiante para los pueblos sojuzgados de Asia, África y América Latina.

La Habana, 30 de julio de 1967

“Año del Viet Nam Heroico”

EXPEDIENTE | Salón de Mayo, La Habana, 1967

1. Del catálogo ‘Salón de Mayo’, Talleres de Granma, 1967
2. De la prensa y revistas de la época

2.1. Yvon Taillandier: “Historia del Salón de Mayo” (Revista del Granma, La Habana, 13 de julio, 1967, pp. 5-8).
2.2. Enrique Román: “Entrevista al pintor Jean Messagier” (Granma, La Habana, 9 de agosto, 1967, p. 5).
2.3. Enrique Román: “No creo en la pintura separada de la historia: Arroyo” (Revista del Granma, La Habana, 12 de agosto, 1967, p. 10).
2.4. Georges Boudaille: “Las lecciones del Salón de Mayo” (Revista del Granma, La Habana, 12 de agosto, 1967, p. 9).
2.5. [Un señor de edad observa el letrero que dice, en francés, ‘Salon de Mai’…] (Revista del Granma, La Habana, 19 de agosto, 1967, p. 3).
2.6. Leonel López Nussa: “Vísperas del Salón de Mayo” (La Gaceta de Cuba, La Habana, año 6, n. 60, julio-agosto, 1967, p. 5).
2.7. Pedro Pérez Sarduy: “Agustín Cárdenas” (La Gaceta de Cuba, La Habana, año 6, n. 60, julio-agosto, 1967, p. 9).
2.8. Pedro Pérez Sarduy: “Diálogo con el pintor Camacho” (La Gaceta de Cuba, La Habana, año 6, n. 60, julio-agosto, 1967, p. 8).
2.9. Raúl Palazuelos: “Varios participantes del Salón de Mayo opinan” (La Gaceta de Cuba, La Habana, año 6, n. 60, julio-agosto, 1967, pp. 6-7).
2.10. Roberto Valdés Muñoz: “Conversación con Rancillac” (La Gaceta de Cuba, La Habana, año 6, n. 60, julio-agosto, p. 8).
2.11. “Setenta y cinco intelectuales y artistas declaran su apoyo al Congreso Cultural de La Habana y a la lucha armada de los pueblos oprimidos” (La Gaceta de Cuba, año 6, n. 60, julio-agosto, 1967, p. 6).
2.12. Salvador Bueno: “Salón de Mayo. Escritores y artistas invitados” (Bohemia, La Habana, 8 de septiembre, 1967).

3. Otros

3.1. Alain Jouffroy: “La gran espiral” (Llilian Llanes, Salón de Mayo de París en La Habana, julio de 1967, Arte Cubano Ediciones / Consejo Nacional de las Artes Plásticas, La Habana, 2012, pp. 112-114).
3.2. Fidel Castro Ruz: “Discurso pronunciado en el Acto por el XIV Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1967” (sitio web oficial Soldado de las Ideas).
3.3. José Antonio Portuondo: “Itinerario estético de la Revolución cubana” [fragmento] (Unión, año XIV, n. 3, septiembre, 1975, pp. 18-19).

4. Audiovisuales

4.1. Santiago Álvarez, dir.: Noticiero ICAIC Latinoamericano: Salón de Mayo [fragmento], ICAIC, 7 de agosto, 1967, 1:36 min.
4.2. Bernabé Hernández, dir.: Salón de Mayo (documental), ICAIC, 1968, 17 min.

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