Arnaldo Ochoa y Fidel Castro (FOTO 14 y Medio)

Me ha sorprendido saber que la famosa Playa Girón, en Cuba, debe su nombre a un pirata francés del siglo XVII llamado Gilberto Girón, conocido en las Antillas por sus frecuentes incursiones ligadas al saqueo y el contrabando. De esta playa supe en mi adolescencia, gracias a la canción homónima de Silvio Rodríguez. Después me enteraría de que “el Playa Girón” del tema hacía referencia a un barco pesquero en el que el cantautor trabajó una temporada a finales de los años sesenta. Ya en la universidad leería sobre la historia del descalabro militar de la invasión de la Bahía de Cochinos, orquestada por el gobierno de J. F. Kennedy en abril de 1961. Sobre este episodio sí habla otra canción de Silvio Rodríguez, “Preludio a Girón”.

Me pareció una sutil ironía que el nombre de esa playa, que se convirtió en un símbolo nacionalista para la Revolución cubana, rindiera honores a un corsario francés protestante que pasaría a la historia por una tropelía similar a la de los estadounidenses: la invasión de la isla el 29 de abril de 1604 para perpetrar el secuestro del obispo de La Habana, Juan de las Cabezas Altamirano. Este hecho a su vez quedó registrado en lo que se considera el primer poema de la literatura cubana, Espejo de paciencia (1608), de Silvestre de Balboa.

El poema épico de Balboa está compuesto por dos cantos. En el primero se cuenta el secuestro del Obispo, las vejaciones que sufrió a manos de los piratas franceses, el rescate cuantioso que tuvo que pagar por su liberación y, en especial, la santa paciencia del prelado durante su martirio: “De amor diré las grandes maravillas / que obró en el pecho de este obispo santo; / pues por sus enemigos de rodillas / rogaba a Dios con lágrimas y llanto”.

De ahí el título, sugerente, del poema.

Si en el primer canto copa la escena el personaje del obispo (“tan justo, tan benévolo y tan quisto; / que debe ser el sucesor de Cristo”), en el segundo el protagonista es el pueblo, representado por unos personajes que hacen prisionero al corsario Girón y lo decapitan. “Este orgullo comunal es la base de la creación del sentimiento de destino común entre los vecinos, que unen fuerzas para defender el territorio de su localidad frente al ataque de los piratas franceses”, dice Raúl Marrero-Fente en la documentada introducción a su edición de Espejo de paciencia (Cátedra, 2010).

El poema en sí no me ha impresionado mucho. Más interesante ha sido conocer el trabajo de arqueología textual que ha ayudado a fijar su importancia en el tiempo. Y es que no existe el original del poema. Este solo pudo ser recuperado gracias al obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, que lo transcribió de manera integral en su Historia de la isla y la Catedral de Cuba, publicada hacia 1760. La razón para que incorporara posteriormente el poema de Balboa en su propio texto se debe a que el obispo Morell también fue secuestrado y expulsado de la isla en 1762. En este caso, por piratas ingleses. Setenta y cuatro años después, en 1836, José Antonio Echevarría encontraría el manuscrito de Morell y, en él, el poema de Balboa, iniciándose así su andadura bibliográfica.

Al no existir un original, se levantaron firmes sospechas sobre su autenticidad. ¿Se trataría de una invención de Morell? Los hallazgos de antiguos documentos de la época han permitido a los investigadores verificar la existencia de Balboa, así como de los personajes y sucesos históricos mencionados en el poema. Estos descubrimientos han arrojado luz sobre las verdaderas intenciones de Balboa y las circunstancias que rodearon el secuestro del obispo.

Como lo recapitula Marrero-Fente, el contrabando y otras actividades ilícitas eran una práctica extendida en la isla, de la cual participaban tanto los pobladores, como las familias más adineradas y las autoridades locales. Entre los acusados de contrabando se encontraban Balboa y el obispo. De hecho, era tan endémica la corrupción que el gobernador de Cuba, Pedro de Valdés, solicitó al rey Felipe III un perdón real para todos los contrabandistas por el miedo a que se levantara una rebelión en su contra. Este perdón fue concedido el 27 de enero de 1607 y es entonces cuando el obispo encarga a Silvestre de Balboa la escritura del poema para limpiar y enaltecer su nombre.

“Todo parece indicar”, concluye Marrero-Fente, “que el verdadero trasfondo de los hechos narrados en el poema tiene que ver con las actividades de diferentes grupos de vecinos contrabandistas, algunos de los cuales se sintió afectado por la intervención del obispo Cabezas y decidieron entregarlo a los franceses para que Estos obtuvieran un pago por su secuestro. En todo momento se trataba de una transacción económica y no de una acción militar como presenta la versión poética”.

Una versión colonial y caribeña del tema del traidor y del héroe, como vemos.

Lo que me atrae de esta historia, además de la picaresca de su tramoya, es que el azar haya convertido precisamente este poema en la piedra fundacional de la literatura (y quizás de la historia) de Cuba. Es lo que explica la resemantización de Playa Girón, que de ser una de las orillas predilectas de la piratería europea en el Caribe, en el siglo XVII, se convirtiera en un bastión de la resistencia cubana contra el imperialismo norteamericano en la segunda mitad del XX.

Los ecos de este baile de contrabandistas, donde unos portan las máscaras de los santos y otros las de los piratas, alcanzan a la Revolución cubana y la acompañan como un ruido de fondo que se mantuvo disimulado hasta mediados de 1989. Concretamente, hasta el 12 de junio de ese año cuando Fidel Castro ordena la detención del general Arnaldo Ochoa y de los hermanos Antonio y Patricio de la Guardia por sus vínculos con el tráfico de drogas.

Para muchos se trató del mayor cisma en treinta años de la Revolución cubana. Jorge Masetti, en El furor y el delirio, lo recuerda de esta manera:

A principios de 1989 los rumores lanzados desde Estados Unidos implicando a Cuba en el narcotráfico se hicieron más persistentes: la revista norteamericana Newsweek publicó un reportaje en el que dejaba demostrados los hechos. A la administración Bush se le brindaba un argumento de peso que le permitiría tomar la revancha que había quedado pendiente desde 1961, tras el fracaso de la invasión de Playa Girón.

Masetti era por entonces un joven guerrillero argentino con amplia experiencia en países como Nicaragua, Guatemala, México y Angola. Se acababa de casar, en febrero de 1989, con Ileana de la Guardia, la hija de Tony. Sus memorias y su historia personal son un documento valiosísimo y desolador para auscultar las entrañas del monstruo de la Revolución cubana.

Mientras seguía el juicio por televisión, cuyo desarrollo solo podía conducir al paredón, Masetti afirma que “trataba de ver más allá de las imágenes, de escuchar entre palabra y palabra la improbable irrupción de un jirón de verdad”. Del otro lado de la pantalla, al otro lado del espejo, tras bambalinas, tampoco perdían pista del juicio: “Se comentó que Fidel, Raúl y Abrantes[1] habían seguido las secuencias del proceso a través de un espejo sin luna”.

El juicio fue una pantomima estalinista, con pruebas falsas y autoinculpaciones obtenidas a través de torturas. En apenas un mes condenaron a los acusados. El 13 de julio se ejecutó el fusilamiento de Arnaldo Ochoa, Tony de la Guardia, Jorge Martínez y Amado Padrón. Mientras que a Patricio de la Guardia se le condenó a treinta años de cárcel.

Desde el punto de vista de la Revolución, los vínculos entre figuras destacadas del gobierno cubano y el narcotráfico suponía un escándalo que contradecía los valores defendidos desde 1959. Castro podía ser un gánster, pero era un gánster con principios, era más o menos la creencia. A la manera de un Vito Corleone, siempre reluctante a participar en el negocio de la droga. No obstante, desde el punto de vista de Cuba, de su historia y ubicación estratégica, el juego y el contrabando de mercancías ilegales formaba un continuum que ni siquiera la llegada de la Revolución pudo interrumpir del todo. Al contrario, la instauración de un nuevo régimen que cortaba de raíz con el orden político y social del pasado, apertrechándose de una moral también recién estrenada, terminó siendo la mampara perfecta para que continuara el tráfico de drogas.[2]

Esta faceta de Fidel Castro como aliado del narcotráfico sigue siendo para muchos algo de lo que no se habla o una simple teoría conspirativa, cuando en realidad formó parte de un proceso de autogestión que dentro de la Revolución se manejaba sin mayor secreto. Diversas circunstancias le servían al discurso oficial como atenuante: principalmente, el embargo estadounidense, pero también la inminente crisis en los años previos al desplome de la Unión soviética y, sobre todo, los costos descomunales de la desastrosa participación del ejército castrista en la guerra de Angola. En la más reciente biografía sobre el dictador cubano, Fidel Castro. El último “rey católico”, de Loris Zanatta, se abunda en este sentido a través de informes del Estado norteamericano según los cuales desde 1979 se tenía noticias ciertas sobre el negocio del narcotráfico en Cuba. Es decir, una década antes de la entrada de Cuba en el llamado Periodo Especial y de los juicios sumarios de junio de 1989.

El título de “último rey católico”, como lo aclara Zanatta, no es una ocurrencia ni una provocación. Se trata, antes bien, de subrayar lo que el autor considera como las raíces que configuraron la visión de mundo y el modo de ser de Fidel Castro:

No es extraño que el monarca comunista del siglo XX sea heredero ideal de los monarcas católicos del pasado: creció en una isla que fue España durante siglos, en un ambiente familiar y social hispánico y católico. Tampoco lo es su reacción despreciativa a la difusión, en Cuba y en América Latina, de los valores y las practicas del liberalismo anglosajón y protestante: el nacionalismo católico, antiliberal y anticapitalista es un trazo común de la entera tradición populista latinoamericana, en la cual Fidel se inscribe a pleno título.

La comparación permite, entonces, dibujar una línea de tiempo que conecte al obispo Cabezas con Fidel Castro. Ambos compartían un mismo rechazo católico hacia el protestantismo y el “espíritu del capitalismo”, para decirlo con Max Weber. Al menos, en su retórica, pues ambos se vieron implicados en el negocio del contrabando y despacharon a sus respectivos chivos expiatorios de manera cruenta: decapitación, en el caso de Girón, y fusilamiento, en los de Arnaldo Ochoa, Tony de la Guardia, Amado Padrón y Jorge Martínez.

La investigación literaria sobre el poema de Silvestre de Balboa ya ha demostrado las mentiras que escondían sus exaltaciones líricas. Los vientos de cambio que soplan en la isla muestran que las nuevas generaciones de cubanos han decidido cambiar también la banda sonora y marcial que regía la monotonía de sus días.

Más “Patria y vida” y menos “Playa Girón”, parecen decir.

Un jirón de verdad, en todo caso.

Un golpe de impaciencia que rompa el espejo sin luna.


Notas:

[1] José Abrahantes Fernández era, para el momento del juicio a Ochoa y los hermanos De la Guardia, Ministro del Interior. En agosto de 1989 fue encarcelado mediante un juicio secreto. Moriría en 1991 de un infarto, según las fuentes oficiales de la dictadura castrista.

[2] Otros libros que trabajan el tema de la Revolución cubana y el narcotráfico, además del de Masetti, son La conexión cubana. Narcotráfico, contrabando y juego en Cuba entre los años 20 y comienzos de la Revolución, de Eduardo Sáenz Rovner, y las memorias de un antiguo escolta de Fidel, Juan Reinaldo Sánchez, La vida oculta de Fidel Castro.

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