Philip K. Dick y su esposa Anne Williams
Philip K. Dick y su esposa Anne Williams

Es el umbral de los años sesenta. Él, Philip Kindred Dick (1928-1982), viene de publicar un puñado de novelas y cuentos aún preparativos, pero donde la ciencia ficción ya ha dado un vuelco hacia la teoría de la sospecha. Ella, Anne Williams, es viuda de Richard Rubistein, un beatnik menor, con quien tuvo tres hijas. Comparten una casa modesta en Point Reyes, cerca de San Francisco. Después de dos matrimonios anteriores, este es el primer amour fou del escritor. Él se comporta de maravilla. Ella, también. Pero el campo de experimentación de ideas donde se reflexione, nerviosamente, acerca de su propia condición de marido y padre postizo no será la realidad fenoménica, sino la página literaria. Y ahí se harán daño. Se echarán encima a las niñas y propio psiquiatra, que ambos comparten a intervalos. En ese desgaste conyugal, habrá revelaciones místicas −qué remedio, son los sesenta− para ambos.

Sé que esto da para algo más largo. Sé que tiene ramificaciones importantes no solo para la obra de Philip Dick, sino para el curso de la propia literatura estadounidense. ¿Cómo un evento en apariencia doméstico, algo íntimo de una pareja de clase media, comienza a transparentar los mecanismos de una ficción que acabará definiendo, en suma, la realidad cultural de mitad del siglo XX?

Junto con un par de textos para libros que hablarán del futuro que ya llegó −qué remedio, son los años 2000−, preparo un curso completo sobre Philip Dick. Para ello, he leído y releído cuestiones que entrañan su estrambótica vida privada, una vida que a él dio para tanto y a sus biógrafos, más. Su hermana gemela, muerta al nacer. La sobremedicación constante con psicofármacos por parte de psiquiatras negligentes. Una madre hipocondríaca, que a ratos parece la madre de Molloy o la de Ignatius Reilly. Una revista que encuentra en sueños, pero cuyo número definitivo, El imperio nunca cayó, que le revelará el secreto del universo, no es capaz de asir. El delirio final de cohabitar su contexto, el de la persecución paranoica estadounidense post Segunda Guerra Mundial, un contexto anterior, el de la persecución paranoica cristiana, durante el Imperio romano.

Lo cierto es que, desde muy joven, Dick tuvo una afición: hacer trampa en los tests psicológicos. Y en todos supo burlar el reductivo esquema de ese libro de fantasy y horror cósmico llamado DSM para ser diagnosticado como él quería. Además, había abrazado la idea de ganarse la vida escribiendo, en un estilo donde la ciencia ficción solo era el cascarón de algo más riesgoso (para su propia mente y para la de sus lectores): el desenmascaramiento de que la política utiliza los mismos mecanismos que la ficción pulp para construirle, a sus personajes, un mundo posible donde operar, sin que se note el engaño. Se había casado con una clienta de una tienda de discos, con quien duró pocos meses. Luego, con una activista política, a quien también terminó abandonando. Hasta que apareció una vecina, que, según la tradicional biografía de Emmanuel Carrère, parece una Mrs. Robinson proletaria (aunque no es tan así): Anne Rubinstein.

Desde entonces, compartieron todo, desde lecturas del I-Ching hasta al psiquiatra, el doctor Flibe (clave para esta historia). Tienen una hija, Laura. Después de hacer el amor, su conversación favorita era repasar hasta el último detalle el modo en que se fue construyendo su relación (es decir, reelaboran, a través del lenguaje, el pasado; en suma, hacían literatura). En ese momento, Dick está escribiendo El hombre del castillo. Ella lo alienta a seguir, pero también a plantearse la idea de escribir una novela mainstream, para ganarse el prestigio que ella, de antemano, sabe que ese bruto guarda como diamante en bruto. El I-Ching le revela que debe instalarse en la pequeña cabaña que usa el sheriff del lugar para poder escribir. La conducta de Dick es la de un esposo atento, un padrastro solícito que inventa juegos divertidísimos que las niñas Rubinstein replicarán luego con sus compañeritas de escuela. Pero, se sabe, y más se sabe leyendo a Dick, que la conducta es lo más superficial que un ser humano tiene. Su mente barrunta hacia otros sitios y, entonces, se abre la disociación. Todo cuanto sale de la máquina de escribir de la cabaña del sheriff (El hombre del castillo, El clan de la luna alfana, Tiempo desarticulado, etc.) plantea esta cuestión. Aún más: no solo la conducta va por un lado y la mente va por otro; además, las condiciones de trabajo como escritor (las paredes de madera, la mesa de trabajo, etc.) parecen abrir una tercera posibilidad de entender su identidad. Esas paredes se imantarán de algo más trascendental que su comportamiento y sus pensamientos y lo harán desdoblarse, pues, como el hombre del castillo.

La dedicatoria lo dice todo: “A Anne, mi mujer, sin cuyo silencio este libro nunca se hubiera escrito”. La respuesta de Anne va más allá de lo emocional. Esos libros, en sí mismos, más allá de sus paratextos, la revelan como alguien amenazante. En una discusión, ella, a lo Angelina Jolie, lo amenaza con un cuchillo. Los gritos y los sapos y culebras que salen de su boca se hacen más frecuentes. Le reprocha, básicamente, lo evidente: que no tiene más vida fuera de su influjo como esposa. Los amigos de Dick son los amigos de Anne, la casa de Dick es la casa de Anne, y si ha conocido la emancipación de ser padre ha sido por ella. Dick empieza a pensar que sí, que quizás. Pero, además, empieza a pensar si Richard Rubinstein en realidad murió más accidentalmente de lo que él es capaz de aceptar. Dick se comporta como alguien temeroso, pero su pensamiento es otro: cómo huir de allí empleando los mecanismos de la ficción. La máxima es la de muchos de sus personajes: soy un paranoico, pero a los paranoicos también los matan. La paranoia es, pues, la forma en que puede alinear pensamiento, conducta y oficio de escritor.

La historia acaba mal, pero bien. Empieza como tragedia, sigue como comedia, termina como ciencia ficción. Anne y Phil emplean al psiquiatra, el Dr. Flibe, como un nuevo oráculo, un I-Ching junguiano que sirva de árbitro. Al final, Flibe se decanta por la forma en que Dick elucubra las evidencias de que Anne es una trastornada. Una noche, llegan a la casita de Point Reyes dos agentes, con la orden psiquiátrica de internar a Anne. Algo que duraría solo unos días, para una observación atenta, termina volviéndose un asunto de meses. Dick se siente culpable. Va a hablar con el psiquiatra. Este le dice que lo normal es que sienta culpable, pero que esa culpa debe externalizarla a algo productivo. Si ama realmente a su esposa, debe cuidarla bajo los esquemas que él, como médico, le va entregando (cosa que, por supuesto, como buen paranoico y escéptico, duda si hacer). La frase del doctor es fabulosa, absolutamente fabulosa para el curso de la literatura contemporánea: “Usted se comporta como un tipo que intenta arrancar un coche que no tiene motor y se culpa por no conseguirlo”.

Eso. Ahí es. Fuera de este juego burdo de Hamlet y Ofelia de la vida cotidiana de Dick y Anne (pero, ¿cómo confiar, ahora, que es la vida cotidiana?), este es el fundamento de cómo funcionará a partir de ahí la producción de Philip K. Dick pero, también, cómo funcionará el mundo (sí, ese, el que percibiremos tú y yo cuando nos salgamos de este artículo) post-El hombre del castillo. Si algo hace un paranoico es forzar que el coche camine, aunque no tenga motor, fingiendo que ha instalado otro, revolucionado.

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Vendrá, después, la conversión al catolicismo cuando vea en el cielo un rostro que lo azore. Vendrán, luego, la conferencia de Metz y obras maestras en cualquier género, como ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Ubik o Valis. Pero la pregunta obvia −y por lo tanto, la pregunta bullshit− que se hacen los biógrafos y críticos es qué había en la cabeza de Philip K. Dick, cuando la pregunta realmente trascendental es qué no hay en nuestra cabeza y en la suya sí. Qué se nos está pasando, si no somos capaces de pensar de ese mismo modo en un mundo de algoritmos virtuales y pandemias mediáticas. ¿No es lo más paranoico tratar de alinear, pensamiento, conducta y ambiente? Ayer, ¿estaba realmente el picaporte de la puerta de ese lado cuando la abrimos para salir de casa?

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Felipe Ríos Baeza (Santiago de Chile, 1981). Escritor, comunicólogo social y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Es autor del volumen de cuentos Satori (2018) y de las novelas Clowns (2016) e Infectados (próxima aparición: 2020). Ha publicado, además, El texto desbordado. Aproximaciones contemporáneas al fenómeno literario y artístico (2019); El desvarío ilustrado. Ensayos sobre literatura hispanoamericana contemporánea (2014) y los dos volúmenes de Roberto Bolaño: una narrativa en el margen (2013 y 2016), entre otros libros académicos. Se ha desempeñado como profesor e investigador en varias instituciones de educación superior, en materias de literatura, cine, filosofía y estética, además de escribir y coordinar libros críticos dedicados a autores contemporáneos como Enrique Vila-Matas, César Aira y Juan Villoro, entre otros.

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