país reaccionario
Cubanos protestan contra el Gobierno en el capitolio habanero el pasado 11 de julio (FOTO EFE)

El título anterior se refiere a Cuba, por supuesto. No por la obviedad de que la Isla está regida por un manojo de consignas que data de hace seis décadas y por un fantasma atrapado en una piedra cual si de una historia de Las mil y una noches se tratara. (¿Dije obviedad? No lo es tanto cuando muchos se empeñan en llamarle “revolución”, como si algún cambio brusco se hubiese producido en aquella tierra durante el último medio siglo. Como si la velocidad de los cambios en Cuba no recordara más a la geología que a la historia.) Sucede que las fuerzas que pugnan por el cambio, los reclamos de una parte considerable de la sociedad tampoco parecen el último grito de la teoría política. Ni el penúltimo. En la Habana o en Palma Soriano se ha gritado “Libertad” con una frescura y una inocencia inéditas desde hace décadas. Hasta el grito de “Abajo el comunismo” llega treinta años tarde, cuando la caída del imperio soviético permitió a las ajadas democracias occidentales vivir una segunda luna de miel consigo mismas. Las protestas cubanas, por insólitas que sean, han dejado a esa entelequia llamada “opinión pública internacional” más bien fría. En un mundo sacudido a cada minuto por la última revuelta digital, el rarísimo espectáculo de una revuelta real en un Estado totalitario no parece especialmente atendible. O lo es de un modo equívoco. Los manifestantes dicen una cosa y los periodistas extranjeros entienden otra muy distinta. Tal pareciera que no hablaran el mismo idioma.

Si algo llamaba la atención de las protestas de julio, aparte de la masividad, ese atributo que hasta entonces era monopolio del Estado, fue su civilidad, su pacifismo. En un planeta en que cualquier revuelta popular se resuelve como mínimo con barrios arrasados por el fuego y el saqueo, estaciones del metro asaltadas y algún que otro linchamiento, las cubanas alcanzaron una condición cuasi gandhiana. Alguna que otra pedrea, unos pocos carros de policía volteados, algún gendarme golpeado fue todo el gasto de violencia de manifestantes que en general se limitaron a marchar y gritar. (Alguien dirá que la destrucción previa del país los habrá disuadido de contribuir a la obra del Gobierno que repudiaban. No le faltaría razón.) El civismo, la contención, la claridad y sencillez de los reclamos y el uso intensivo de las redes sociales que permitió la fulminante propagación de las protestas podrían haber hecho de ellas un modelo universal de revuelta, y sin embargo algo falló en la transmisión de su mensaje. Donde parecía muy fácil ver una combinación de hastío ante un sistema fallido y la súbita pérdida del miedo que permitió expresarlo, los corresponsales extranjeros y luego los expertos coincidieron en que los manifestantes hablaban por boca del embargo norteamericano y la pandemia china.

También hay que reconocer que, en su incomprensión ante el fenómeno, los periodistas fueron imparciales: tampoco le creyeron al aprendiz de tirano Miguel Díaz-Canel. No le creyeron su afirmación de que los que protestaban eran mercenarios al servicio del imperialismo –lo cual tiene sentido dadas las dificultades que tiene el imperialismo para repartir dinero a tanta gente por toda la Isla–, pero tampoco aceptaron la afirmación del vocero del castrismo de que la protesta ciudadana era contra su régimen. No se trata tanto de ignorancia o malicia por parte de periodistas o académicos –aunque en ciertos casos es imposible obviar alguna de esas razones– como de una comprensión muy clara de las necesidades del público al que se dirigen. Hace ya demasiado tiempo que esa parte de la humanidad cuya opinión cuenta para algo experimenta las ventajas y las desventajas de la democracia y de la libertad de expresión, asociación y reunión. Y no le entusiasma demasiado que un pueblo se lance a la calle clamando cosas que hace rato dejaron de tener atractivo. La humanidad desconfía cada vez más de lo que ella misma puede hacer con la libertad y la democracia y de momento le tienta encomendarse a hombres fuertes e ideologías extremas. Para esa opinión pública una revuelta como la cubana debe parecer sospechosa. Y tan anacrónica como una demanda para abolir la esclavitud.

Cuba, que tantas pasiones causa casi siempre por las peores razones, se ve ahora cercada por la indiferencia. De un lado la de la derecha, con la arrogancia improductiva de quien ya viene de vuelta de todo y a la que las protestas del 11 de julio no le dicen nada nuevo. Quienes ya sabían que el comunismo era terrible desde el 1ro. de enero de 1959 o el 7 de noviembre de 1917 y nada de lo que ocurra va a hacerlos cambiar de opinión… ni mover un dedo en dirección a los desesperados de ahora. Y la tensa indiferencia de la izquierda, demasiado incómoda ante protestas que dejan en muy mal sitio su nostalgia por aquella revolución que tuvo algún momento –seguramente imaginario– en que no mataba ni oprimía y, si lo hacía, seguro que era por buenas razones. Porque si hay algo que la izquierda odia bastante más que la opresión es tener que darle la razón a la derecha.

Y luego está el asunto de la excepcionalidad cubana: gracias a su diferendo con Estados Unidos en el que la dictadura ha interpretado magníficamente el papel de víctima, Cuba se ha convertido en el único país donde explotar obreros o alquilar sexo adolescente no causa cargos de conciencia a los progres de este mundo. Allí los inversionistas y biempensantes coinciden en desoír los gritos de los cubanos o en malentenderlos. Gritar “Abajo el comunismo” les suena a macartismo, clamar contra la dictadura les parece cosa de mal gusto. Llamarle “singao” a Díaz-Canel a la derecha le parece chusma, y a la izquierda sexista, homofóbico o a saber qué otra exquisitez. Tanto Gayatri Spivak insistir en dejar hablar al subalterno, para que ahora ella misma se ponga del lado de los que les caen a palos.

La culpa de tanta indiferencia no la tienen otros que los propios cubanos que esperaron tanto para lanzarse a la calle. No es culpa de este mundo que los cubanos tuvieran que esperar a que la mezcla exacta de desesperación y telefonía móvil los lanzara a la calle en una época en que un tweet políticamente incorrecto de la celebridad incorrecta causa más conmoción que la angustia de todo un pueblo. De poco vale que algunos bienintencionados traten de vender las protestas de este verano como the next big thing en cuestión de movimientos sociales, la nueva tendencia que va a adoptar la humanidad como antes hizo con las religiones monoteístas o los Crocs. Tanto la opresión como la resistencia cubanas son demasiado anticuadas para que a esta última se la pueda marketear adecuadamente. ¿Qué es eso de “Patria y vida”, consigna retrógrada donde las haya? ¿No es acaso la patria la carnada del nacionalismo, refugio de la reacción? ¿Ya qué tanto lío con la vida? ¿Eso no los acerca a los antiabortistas y, de paso, no parece un ataque a la eutanasia, ese derecho humano recién conquistado? (También deberíamos aceptar que “patria y vida” es una redundancia de no ser porque en Cuba durante sesenta años la patria, más que espacio de convivencia para los cubanos, ha sido un sinónimo de sacrificio, opresión y muerte.)

Evitaré ese viejo vicio martiano de situar a Cuba en el centro del universo. De repetir aquellos mesianismos del Apóstol al estilo de: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy por Cuba se levanta para todos los tiempos”. Más vale tomar a Cuba en su machucada excentricidad. Pero en un mundo en que tanto se exalta la tolerancia y la aceptación de la diferencia, apelemos a ellas para apoyar el capricho de los habitantes de la Isla de ser libres cuando ya no está de moda. Apoyemos su derecho a reclamar un presente escamoteado eternamente en nombre de un futuro que 62 años después está más lejos que nunca. Marchemos un rato con esos cubanos, aunque eso perjudique nuestro prestigio de luchadores sociales de última generación. Aunque pidamos para esos cubanos cosas tan anticuadas como libertad, como democracia. Como patria. Como vida. Quien quita que algún día de estos vuelvan a ponerse de moda.

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Enrique Del Risco Arrocha (La Habana, 1967). Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU), en donde actualmente se desempeña como profesor del Departamento de Español y Portugués. Ha publicado, entre otros textos, Obras encogidas (1992), Pérdida y recuperación de la inocencia (1994), Lágrimas de cocodrilo (1998), Leve Historia de Cuba (2007) y ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (2008), obra con la que ganó el V Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz. Turcos en la niebla, su primera novela, obtuvo el XX Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones en 2018 y fue publicada en 2019 por Alianza Editorial. Con el seudónimo Enrisco publicó una columna semanal en el diario digital Cubaencuentro por varios años y lleva un blog desde 2007.

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