‘Un violador en tu caminoʼ y el artivismo feminista cubano

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Performance ‘Un violador en tu camino’ en el Instituto Superior de Arte de La Habana (FOTO Alba León / El Toque)

Hace más de dos meses que viene sonando por el mundo el himno “Un violador en tu camino”, y viralizándose en las redes, mientras se le van sumando en avalancha las voces de más y más (y nunca menos) mujeres. Cantada por primera vez por Lastesis, frente a la Segunda Comisaría de Carabineros de Chile, el 18 de noviembre de 2019, la letra de esta performance feminista de participación pública (por lo general masiva) nació con cuatro treintiañeras de Valparaíso que integran ese colectivo, siguió enarbolándose, y ya el 25 de ese mes era coreada en el país por dos mil mujeres. Lea Cáceres, Paula Cometa, Sibila Sotomayor y Dafne Valdés, quienes provienen de los ámbitos de la actuación, el diseño y la historia, se sumergieron con esta canción –que es ya un hit– en las luchas de reinvidicaciones sociales de su país, y han dado eco y hecho cuerpo presente a través suyo (a) las frustraciones y (a) las rebeliones del otrora llamado “bello sexo”, con una fuerza tal que pone a pensar severamente sobre la situación en que sigue (sobre)viviendo nuestro género.

El nombre de Lastesis se sostiente justamente porque estas creadoras habían estado explorando las teorías feministas de ensayistas como la antropólaga argentina Rita Segato, en vistas de una obra de teatro que estaban a punto de representar antes del estallido social chileno del pasado octubre. Práctica y ejercicio del pensamiento se unen en la acometida iniciada por el cuarteto. Y no en balde encarnarlo en cada país ha sido intregrarse a las demandas glocales por la aceptación de la diferencia, por la despenalización del aborto y por la igualdad entre hombres y mujeres, así como contra los feminicidios, la opresión y las subalternidades de género, y en pro de que ni el abuso ni el acoso queden impunes judicialmente ni sean vistos con normalidad –como parte del juego de roles– en nuestras sociedades patriarcales.

Tanto su título como el himno en sí están atravesados por intertextualidades y así también la performance, ya que citan y parodian, de un lado, el himno de los propios Carabineros de Chile y, por otro, una campaña de los noventa en que aquellos se hacían anunciar bajo el lema “Un amigo en tu camino”. La coreografía en que todas las participantes se involucran exponiéndose en carne viva habla igualmente del “vigilar y castigar” permanente a que está expuesta la corporalidad femenina. Tanto se alude a las prácticas de cacheo de la policía de ese país (donde las mujeres son obligadas a agacharse y a hacer cuclillas o “sentadillas”, como se les conoce en otros lugares de América), como a los prejuicios que existen y los juicios que se emiten (tanto en público como en privado, tanto por la Ley como por el Estado o la Familia) sobre los modos en que decidimos vestirnos o conducirnos, o contra las horas y los lugares que elegimos para pasear. “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía. / El violador eres tú…” –gritan a voz en cuello las que protestan, muchas veces vestidas con ropa ligera, corta, ceñida o escotada: según su deseo, según su rabia.

Multitraducido e interpretado en mapuche y en quechua como en inglés y árabe, en portugués como en griego y turco, y en euskera, francés y catalán –por supuesto– como en alemán y en lenguaje de señas…, el himno ha dado la vuelta al mundo en menos de ochenta días (Ecuador, Colombia, Venezuela, Perú, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Costa Rica, Panamá, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Dominicana, Estados Unidos, Islandia, Reino Unido, Alemania, Suiza, casi innúmeras ciudades de España, Francia, Italia, Grecia, Chipre, Japón, India, Líbano, Kenia, Turquía, Túnez…). Y su letra –sin dudas inspiradora– ha sido adaptada a ratos a las variantes del español de otros países hispanohablantes, a los contextos y a las exigencias de sus manifestantes.

Los silbatos y las cazuelas u otros instrumentos más rítmicos que musicales han acompañado por lo general la performance, ya por emplear o descontextualizar lo que el aparato represor utiliza para imponer el orden, o ya para recuperar los cacharros de cocina como armas de protesta, como altavoces que van de la domesticidad al combate. Como parte de la indumentaria se han visto esgrimir allí el pañuelo verde de las manifestaciones pro aborto y la venda negra que simboliza la prisión y la invisibilización de nuestras luchas. De modo que en este solo acto resemnatizador se acrisolan (por la convocatoria in crescendo que ha tenido, pero asimismo por el espesor del texto como detonador de referentes de los imaginarios de la opresión y la rebelión) la teoría y la práctica feministas, la política y el arte –como antaño: música, teatro, poesía– y el llamado al despertar de les preterides / violentades / ninguneades, más allá de lo biológico, lo etario y lo geográfico. O sea, considerar la lucha de las subalternidades en relación con las mujeres (las niñas y las adolescentes) y también las personas trans y con identidades no binarias, pero también todo lo que hay por hacer contra el racismo, la xenofobia, la homofobia y otras discriminaciones.

Me detengo a contextualizar porque esta ola llegó también a puerto cubano y el himno se interpretó en La Habana en fecha bastante temprana de diciembre. Fue el miércoles 4 en la tarde, en la pradera del Instituto Superior de Arte (ISA, hoy Universidad de las Artes), previa consulta con las autoridades de la institución y habiéndoles presentado la letra tal cual la escribieron Lastesis, decididas las cubanas a no a hacer ninguna adaptación conciliadora con leguleyos ni gobernantes (“Son los pacos [la policía] / los jueces /, el Estado / el presidente. El Estado opresor es un macho violador”). La voz se corrió desde el 1ro de diciembre, a través de un grupo de WhatsApp nombrado redundantemente –por qué no– Grupo Feminista.

El espacio (el fuego) lo abrió La Manada –ese colectivo cubano de creadoras y gestoras que hace el festival comunitario A Puerto Padre me voy, quienes a su vez pertenecen a diversos ámbitos del arte y están diseminadas en distintos proyectos, más o menos personales, al tiempo que se unen para soñar juntas–. Mas no fueron ellas las únicas implicadas. Por el contrario, unas cuarenta y cinco mujeres de todas las edades y de distinta proveniencia se reunieron para la performance en el ISA y, sin haber ensayado en días previos, se vendaron los ojos con cintas negras y se imbricaron en una coreografía que lanzaba dardos en varios sentidos. De un lado, puntualmente, empatizar con la lucha del activismo chileno –al que se sienten vinculadas directamente a través de las CUDS que visitaron La Habana con Inservi–; del otro, sumarse desde nuestras experiencias de acoso a las protestas mundiales contra la tachadura y el silenciamiento de los femi(ni)cidios y todo tipo de violaciones, de hecho y de derecho, que violentan a las mujeres del planeta –actos de los que, por cierto, estuvo salpicada la performance, puesto que, mientras ocurría, unos jóvenes, alguno que otro enmascarado, les gritaron obscenidades desde el muro divisorio del ISA o les mostraron los órganos sexuales a las participantes.

Ciertamente, la convocatoria no se hizo frente a ninguna estación de policía o bufete colectivo, ni en G ni en la Plaza de la Revolución, sino en una planicie del ISA, que muchas de La Manada consideran su casa, porque allí han ido creciendo como creadoras. Ciertamente, las artivistas no cambiaron la letra, porque tras considerarlo quisieron dejar intacto el legado del texto, la historia de su composición, el entramado de heridas y revueltas que lo provocó. Como quien dice, dejar tal cual la obra de arte, ajustarse al libreto, que es también una forma de asumir la representación –aunque hay que decir que lo hicieron en lo tocante a la letra, que no al escenario–. Es cierto quizás que poca gente pudo verlas, en relación con las que las hubieran escuchado, de haber elegido otro radio de acción; y que probablemente pocas mujeres –pocas personas en general—, más allá de las vinculadas al arte o de las activas en este filón de las redes sociales, se pudieron enterar.

Pero tampoco la Solicitud de Ley Integral contra la Violencia de Género en Cuba, por cuya aprobación esperamos desde que fue fechada el 21 de noviembre de 2019, fue inicialmente firmada por más de cuarenta mujeres, y tampoco todas pudimos enterarnos o sumárnosles hasta después, aunque hayamos conocido a alguna que otra de las primeras abanderadas (Laura de la Uz, Georgina Herrera, Darsi Fernández, Haydée Milanés, Dazra Novak, Zaida Capote…). ¿Deja de ser válido o valioso el pedido por no haber sido multitudinario o por no haber sido aprobado –digamos que aún–? Yo creo que esa solicitud legal, como lo fueron las protestas por el Decreto 349 –como lo fueron en su momento Paideia, Tercera Opción y “la guerrita de los e-mails”– siguen siendo pasos de nuestra sociedad por apoderarse de su cuerpo y de su voz, por participar de un proceso que le ha sido escamoteado entre la unanimidad, las tribunas, la retórica y las organizaciones de masas. Así también la asunción de la performance de Lastesis en Cuba tiene peso y significa un trecho caminado y otro por caminar, aunque se le puedan hacer glosas a su representación, y pensar que preminenció su diálogo con el mundo (quedando en soliloquio respecto a buena parte de la sociedad cubana), o que se ajustó a un espacio público pero c(u)asi doméstico, por ser zona de confort de algunas de las participantes, en detrimento de asumir su acto como manifiesto en y para una colectividad, como espectáculo o mensaje movilizador de las “ciudadanas de a pie”, como escarmiento o advertencia de la fuerza de nuestro género ante los “machos cabríos” locales (del ámbito que fueren).

Puedo decir, eso sí, con responsabilidad, que donde lo hubieren hecho, de haberme encontrado en Cuba, no hubiera dudado en estar allí, ya en una de las padreras del ISA o en la vía pública. Porque no dejo de creer en lo que hicieron y en ese feminismo en construcción, que pasa entre nosotras como artistas, y como individuas, desde la ropa del día a día y la interacción social con personas y hechos, con contenidos y expresiones (nuestras o ajenas), hasta los materiales / los temas / las imágenes que elijamos para crear, y también para enamorar, para poner en el refrigerador, para marcar un libro o para hacer un regalo.

Ser y comportarnos como mujeres empoderadas con naturalidad, como lo más normal del mundo quieren quienes hicieron esta performance en Cuba. No una medallita, no un distintivo, no ser autoras intelectuales de nada. (Sin embargo, han ido aceptando con humildad que después de su protagonismo y de hacerse visibles lo mismo se las busque en pos de donar cien y más copas que nos hagan llevadera / placentera la menstruación, que en busca de asesoría para denunciar un abuso (laboral o sexual), que en pos de exhibir audiovisuales en contra del acoso y la violencia de género –como se anuncia que sucederá el próximo febrero, en colaboración con Ensayo Cero–. Por ese afán de ver lo mismo la igualdad que la masturbación de la mujer como lo más normal del mundo –como debería ser desde que el mundo es mundo–, a partir del deseo de asumir nuestra libertad con sencillez, pudiera entenderse por qué las organizadoras no buscaron la alharaca colectiva al cantar “Un violador en tu camino”.

Tampoco la frontalidad de la lucha feminista en países donde ni siquiera por violación o malformaciones genéticas se considera la posibilidad del aborto puede seguir la misma lógica en la Isla. Piropos (y –con suerte– contrapiropos), “pajuzos”, rescabucheadores, aprovechados, manosmuerta, machistas, golpeadores, violadores, abusadores de toda laya, sí; y también Federación de Mujeres Cubanas, CENESEX, círculos infantiles, licencias de maternidad, regulaciones menstruales, legrados, campañas y campañitas… O sea, que el despertar es distinto y es ardua la incorporación consciente al diario hacer por nuestros derechos y por defendernos contra la violencia no sólo de hechos concretos, palpables, sino de los síntomas envueltos detrás de las preguntas, los reglamentos, las condescendencias, los gestos, los imaginarios y las representaciones sociales (entre las que están, por supuesto, el arte y la literatura). Ver y entender todo lo que lacera nuestro albedrío, lo que nos coarta bajo un halo de amable protección, de homenaje televisivo, de ramo, de postal, de r/cosa dada…

Pasado el momento de máximo fervor, los vítores y las críticas en las redes, así como las resonancias de este cantar en la performance emprendida por Miami (donde en lugar de acusar al Estado, se emplazó al comunismo) y viendo que la estela de este Grupo Feminista continúa generando mensajes en el WhatsApp, unidas lo mismo para aprender a profundidad sobre sus dramas y alegrías menstruales que sobre los deleites del succionador o de las ventajas de las artes marciales para seguir saliendo de noche, vestidas como mejor les plazca…, me parece imprescindible descorrer el velo negro, mirar y mirar de frente (desde y hacia) el feminismo cubano contemporáneo, porque todes somos responsables del cambio. Como decía el post de Facebook donde se compartió el video de la performance de La Habana: “Porque yo sí te creo, porque yo también, porque ni una menos, porque en tu cuerpo decides tú, porque algún día camines por las calles sin miedo…”

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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