El proyecto Ensayo Cero en Galería Taller Gorría: del ‘think’ al ‘doing’

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Foto de portada de la cuenta de Facebook de Ensayo Cero

El 12 de septiembre desde las 7:00 p.m. y hasta que el cuerpo físico pudo y cedió el batón al ánima virtual, asistimos a Neoperreo con Ensayo Cero, un festejo preliminar que quiso acariciar, sinestésicamente, todos los sentidos de los que se atrevieron, al tiempo que servir de sitio de encuentro de los que darán voz a su primera publicación –que ya viene en camino–. Este descoyuntamiento de “la coyuntura”, que sí “dura” –como proclaman ellos mismos en su página de Facebook–, aconteció en San Isidro # 214, entre Picota y Compostela, en el corazón del corazón del barrio de Yarini, de Martí y de la Galería Taller Gorría (GTG).

Ensayo Cero comenzó como blog cultural en el lugar donde más agradable es todo –según Legna Rodríguez Iglesias–. Porque primero vivió en la mente asociativa y presta a las contaminaciones, a la osmosis, de Gabriela Román González (La Habana, 1994) y otros tantos. Así, asomó la nariz por noviembre de 2017, como una célula cuya membrana citoplasmática dejara entrar todo lo que llama a ser incorporado: proyectos curatoriales (como Ejercicios de natación al aire libre, Ensayo Cero_Recaptcha y Ensayo Cero_Entrópica), producciones audiovisuales (como una entrevista a Raiko Valladares), el laboreo incesante en las redes que los identifica, y ahora, por si fuera poco, una revista que viene semestral.

Según el statement del proyecto, Ensayo Cero se presenta cual plataforma cultural flexible de creación-innovación y promoción-apoyo-desarrollo “de iniciativas experimentales e investigativas en áreas del arte, la ciencia y la comunicación”. Red que abraza y se propulsa inyectada (e inoculándose) por (y entre) otras redes colaborativas y sociales, y sobre todo por los creadores como individuos, sean profesionales o (mejor) no… Gabriela y su team lo quieren interdisciplinar y ansían acaparar entre sus seguidores no sólo a seres del arte, sino a matemáticos y a otros entes de ciencia. Junto al hacer, persiguen “ampliar la información sobre la producción” de esas iniciativas y difundir “la interconexión de personas, colectivos e instituciones” afines.

De ahí que incluya Ensayo Cero “el gesto, el proyecto, la idea; hasta el objeto en su doble condición simbólica y material”. (La quimera y su concreción –diríamos–, para seguir hacia otra utopía o distopía, ucronía o anacronía… conectados, sin dudas, con el gozo siempre cambiante, siempre en fuga: proteico.) Ensayo Cero está ávido por observar y focalizar los procesos: “todo lo susceptible a crecer, mutar, reformular constantemente sus bases” –y aquí me parece oír hablar, aunque no venga (y claro que viene) al caso, a la escritora y editora Martha Luisa Hernández Cadenas, sobre su trabajo y su ojo en lo que ha teatralizado, desde los suyos y desde sí.

Eso y mucho más practican y teorizan los de Ensayo Cero. Me refiero a Gabriela Román, la editora Gabriela Rey, el community manager Ángel Triana y un eficaz etcétera que hace que el team se expanda o se contraiga según el alcance de lo que se gesta. Todo se puede (re)conocer navegando y saltando, deslizándose por sus páginas en las redes, y también descubriendo sus vínculos con ese otro síntoma del pulso de lo contemporáneo en Cuba que es la revista Spam, de Miguel Rey (La Habana, 1992).

Ese viernes, para avistar el lanzamiento de lo que será su magazine, aconteció, pues, la no-apertura revisteril –porque no se tiene que abrir lo que ya está abierto–. Quiero subrayar que la negativa a la afirmación, a lo certero o estático, es una de las marcas de quienes han nacido en la Cuba de lo post. Por eso Ensayo Cero pudiera decir que hizo una no-fiesta de un no-proyecto, donde no-confluyeron la no-exposición del no-artista visual Ezequiel Suárez con no-danza, no-música de no-DJs, no-proyecciones audiovisuales y un no-bar que cumbancheó toda la no-che, al fondo de la GTG. Esto, si no sonara monótono, ¡y ellos sí que no lo quieren ser!

La tarde se volvió madrugada con el neoperreo. Y ese término, allí bailado, es también instrumentalizable para hablar –desde donde lo define su reina, la mexicana Tomasa del Real– mucho más que de música, de autogestión mediática, de los cruces de la era digital, de empoderamientos versus subalternidades, de movimiento curvilíneo no uniforme, centrífugo.

Entre los invitados, el mismísimo Ezequiel Suárez: con su grafiti abrepuertas sobre “la expectativa”, conviviendo con unas escaleras que muy bien podrían haber sido suyas; con unas piezas coloridas o no-manifiestos en progreso/retroceso; con un sembradío de apuntes brevísimos en español y en inglés que dibujaban una línea en bisagra conduciéndonos de cabeza al bar.

Otros invitados que hicieron de la fiesta algo dispar e impar, para todos los gustos, y no con menos, fueron Ensamble Interactivo de La Habana, Lissett Ledón, La hija del sapo y el DJ El Gabi (Gabriel Morales) –según la difusión del cartel de Fulanaletal (Carmen Barrueco)–.

Con las obras de Ezequiel –exposición puntual que sólo podía verse esa noche–, pudimos tomarle el pulso a sus tachaduras y obsesiones, a su garabateo (¿garabato, ganzúa, garza, gamo?). Allí, sin dudas, Ensayo Cero reconoce un quehacer como el que quiere para sí: de prueba y error, del tratado o la monografía al comentario, sin opinares autoritarios ni generalizaciones conclusivas; más a la suspensión del juicio que al enfrentamiento fundamentalista, más a la postergación de lo seguro o lo severo; mucho a la percepción, a los sentidos despiertos de la esponja –nos adelantan.

Esas ganas de hacer como el que no quiere la cosa, como sin darle importancia a lo que viene, a lo que se traen entre manos –¡pero jugando a jugársela!–, es una de las marcas más llamativas de los que dizque vienen después de la Generación Cero. Esos que –en este caso–, curiosa, aunque tentadoramente, siguen acodados sobre la potencialidad de lo por comenzar (el huevo 0). Me gusta mucho escucharlos y escucharme desdecirme. Y más me gusta en tanto me recuerda un mundo a uno que viene a ser ya un dinosaurio para muchos, pero que es –desde que lo conozco y hasta hoy– un sistémico negador (ante todo, de sí mismo), como se puede entrever también en los libros que ha seguido publicando (así, por ejemplo, en Espantado de todo me refugio en Trump). Me refiero (yes, oh, yes!/ no, oh, no!) al terrorífico y nunca bien ponderado escritor Orlando Luis Pardo Lazo, OLPL, o mejor, Landy para nosotros, sus amigos.

Think and doing es parte de la divisa de Ensayo Cero. Sin embargo, nótese que ese doing busca el hacerse sentir, ponerle el bafle a lo que se quiere visibilizar (propio o ajeno, que no hay tal). Porque si no lo compartiste en Facebook, es como si no existiera; porque si nadie comentó o le dio un like es porque quizás tienes que volvértelo a pensar… Aunque tampoco así, aunque tampoco exactamente, aunque les importa mucho pero no pasa nada… No van a morirse en este intento. ¡La seguimos, la seguimos! –parecen decirse/nos–. Porque lo que hay es que moverse, estar de pie, darle de frente a la caliente (o de perfil u horizontal o normal-mente). Latiendo o hasta zombi…

Como una ráfaga que se expande, se atomiza, se fragmenta, se pixela y vuelve a cargarse y descargarse (de obsesiones), entre las fotos y los posts de las redes en que seguirá estando la marca de agua de lo que pasó este 12 de septiembre en GTG, queda el llamado de Ensayo Cero. Como si te hubieran dado una perdida que todavía no decidiste contestar.

La revista que proyectan lanzar como un número “00_2019” estará enfocada en los procesos creativos y han querido invitar a todo el que le dé aspecto y espesor de no-revista (un vade retro al documento como producto neto, hecho y derecho… ¡horror!). Entre ellos, como objetos o sujetos de discurso, o difuminados en terceros, hay muchos nombres que me gustaría soplarte en el oído, pero es mejor que te mantengas atento para que no te lo pierdas, para que te lo diga Ensayo Cero como te lo sabe decir. Su deseo es que esta revista sea consumida como esos legos que siguen haciendo las delicias de los que no tenemos edad. Y que seamos libres allí (como lectautores) de ser todo lo tradicionales o postpostpost que se nos antoje. Con libertad, con libertades. Porque de eso, sí, de eso también, y en primer lugar, se trata.

 

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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