Carolina Barrero el 27 de enero frente al Ministerio de Cultura en La Habana (FOTO Reynier Leyva Novo)

Todavía tengo estampado en la retina el recuerdo del 27 de enero. En la retina, y en el tímpano, porque la acústica del abuso de poder fija impolutas las imágenes a la memoria.

Habíamos llegado hasta al Ministerio conducidos por el engaño. Esa mañana, a donde realmente íbamos era a la estatua ecuestre de José Martí en la Avenida del Puerto. Era la víspera del natalicio del poeta y queríamos dejarle flores, leer un poema, compartir la imagen impresa de un Martí hecho de estrellas. Un gesto sencillo, como sus versos, que sin interrumpir el ritmo sosegado de la mañana, nos permitiera recordar.

Fernando Rojas no lo permitió. En una llamada no prevista en horas de la noche anterior, le pidió Solveig Font que en su lugar acudiera al Ministerio junto a Camila Lobón y Yunior García, portavoces del 27N. Finalmente, Fernando se había decidido a dar respuesta a los muchos correos y documentos que desde el 27 de noviembre la institución prefería ignorar y desacreditar.

A las nueve de la mañana, camino de la cita, Camila fue interceptada por la policía a escasos metros del Ministerio, y Sol recibió otra llamada, en la que se postergaba la reunión a horas del mediodía, mientras un operativo policial dejaba en prisión domiciliaria a Tania Bruguera y detenía a Camila Acosta, Katherine Bisquet y Amaury Pacheco.

Otra vez, los funcionarios del Ministerio de Cultura, y sus superiores, los funcionarios del Ministerio del Interior, usaban el diálogo como señuelo para el engaño. Esta vez, no lo íbamos permitir. Lo que está en juego es la legalización de la censura y la restricción de la libertad de expresión implementadas en las figuras penales decreto 349, 370 y 373.

Así llegamos la mañana del 27 de enero a las puertas del Ministerio. Pedíamos transparencia, responsabilidad institucional, y la liberación inmediata de las personas detenidas; queríamos diálogo sí, pero diálogo real, no la escenificación del diálogo.

En apenas unos minutos la policía y las fuerzas de la Seguridad del Estado acordonaron la zona. A ambos lados de la calle se multiplicaban patrullas y efectivos. Entonces comenzamos a leer el poema “Dos patrias”. Lo repetíamos una y otra vez como si se tratara de un talismán, como si la poesía pudiera protegernos de la barbarie.

Es verdad que el viceministro salió y nos pidió que entrásemos, pero sin retirar a la fuerza policial. Nos negamos, claro. No se puede dialogar con quien te pone un cuchillo en la yugular. Eso no es diálogo, es coerción.

Si el ministro se hubiera dirigido a la policía para pedirle que se fuera, si les hubiera explicado que los asuntos del arte no constituyen delito, si hubiera defendido a los artistas, lo que es, en definitiva, la razón primera de su cargo, habríamos entrado al ministerio, y nada de lo que vino después hubiese ocurrido.

Pero el ministro se dirigió a nosotros, y de golpe dio inicio al operativo represor. Nunca pensé ver a un ministro dar manotazos a jóvenes que leen poesía. Bastaría con ver el video una vez para saber que Alpidio y su gabinete deben renunciar. Y si no tienen la decencia de hacerlo por su propia voluntad, el gobierno los tendría que cesar. Mucho me preocupa que algo así se tenga que explicar.

Después del golpe del ministro todo se hizo confuso, como si un sueño monstruoso hubiera usurpado la realidad. La mujer de verde que vino a por mí tenía ya la mano alzada. Yo la miré y le dije fuerte, “no, no se te ocurra” y ella despertó. Como si saliera de un trance bajó la mano y junto a otra mujer más joven me agarraron de los brazos. No volvió a mirarme a los ojos, pero por el rabillo le vi el rostro de la vergüenza. La operación buscaba inmovilizarnos y meternos en una guagua. Lo lograron a fuerza de golpes o de la amenaza de golpear a un amigo. Nos decían: “Cállate, si vuelves a gritar le doy más duro”.

La travesía desde el ministerio hasta la estación de Infanta y Manglar se me hizo eterna. La impunidad era cuanto quedaba lejos del alcance de las cámaras. Se sabían a salvo, y en ese punto ciego derramaron la frustración. No sé si subimos por la calle Paseo, pero sí sé que cruzamos la Plaza de la Revolución. Entonces el tiempo transcurrió para mí muy despacio, y los símbolos del poder, como las imágenes de un caleidoscopio, se mezclaron en los cristales. En medio de todos, como un punto de fuga, vi la estatua de Martí.

Cerré los ojos y vi a la isla oscilando lentamente en posición fetal, inmersa en el líquido amniótico de los sueños justo antes de despertar.

En la estación nos llevaron hasta un salón de actos. Alguien preguntó por qué no estaba allí detenido el ministro, si había sido él quien propinó el golpe. Nadie respondió.

Uno a uno nos requisaron, uno a uno nos interrogaron. Hubo amenazas, vejaciones, chantaje. También hubo risas. Creo que al primero en salir, el ingenio lo despidió diciendo: “Bueno, ya sabes, nos vemos en el MINCULT”.

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CAROLINA BARRERO
Carolina Barrero. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana y Máster en Instituciones Culturales por la Universidad Complutense de Madrid. Entre 2013 y 2014 formó parte del equipo curatorial de la XII Bienal de La Habana. Durante 2015 fue becaria del Museo Nacional del Prado en el Departamento de Patrocinio y Comunicación. Desde 2016 ha trabajado en galerías de arte de Madrid, como Elba Benítez y Travesía Cuatro. En 2019 fue invitada a participar en la organización del programa de coleccionistas de la feria Drawing Room.
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