En el comienzo de la película, nos sorprende un gigantesco caballo de madera, varado en la costa. Si no bastaran con algunas de las virtudes que en tanto espectáculo pueden admirarse en La Odisea de Christopher Nolan, valdría apuntar a su favor que ya desde antes de su estreno ha vuelto a poner ante muchos lectores las diversas traducciones e interpretaciones del poema homérico. Compuesta alrededor del siglo VIII antes de Cristo y atribuida al bardo ciego, el texto canónico expone en sus 24 libros o cantos el largo viaje de regreso que emprende Odiseo a Ítaca, su hogar, de donde partió para integrarse al ejército comandado por Agamenón en su anhelo de conquistar Troya. Veinte años se tarda, mientras Penélope, su esposa, resiste el asedio de los pretendientes que intentan ganar ese trono, dando por muerto a Odiseo, y Telémaco, su hijo, intenta dar con su rastro. Colmada de símbolos, dioses, criaturas fantásticas y terribles, ha sido la base de infinitas versiones, ampliadas por otros autores que han ido una y otra vez a La Odisea y a La Ilíada para encontrar claves desde las cuales otras edades, otros tiempos, otras eras, también puedan ser reinterpretadas y sobrevividas. Tras el poderoso impacto de Oppenheimer (2023), esta fue la carta que decidió jugarse Nolan, prometiendo una versión de La Odisea que de acuerdo a sus presupuestos cinematográficos, apostaría por una dimensión, en todo sentido, espectacular. Y ese es el punto fuerte de su película, que por casi tres horas reimagina los versos de Homero. Y también, vale decirlo, su flanco más débil. Su talón, expuesto en toda la dimensión y el detalle que permite el IMAX 70 mm, si es que usted puede verlo en tal calidad de proyección.
Matt Damon ha sido el actor elegido para encarnar a Odiseo, a la cabeza de un amplio elenco colmado de estrellas, y en el que no hubo espacio para un solo intérprete de origen griego. Ese es uno de los ejes del debate en el que La Odisea se vio envuelta desde los días de su extenso rodaje, al que se han añadido otros, desde las voces escandalizadas que reaccionaron al saber que el actor trans Elliot Page interpretaría a uno de los soldados del asedio a Troya y que Lupita Nyong’o encarnaría a Helena de Troya, la mujer por la cual se desencadena la trama de La Ilíada, a la que Nolan acude no solo como antecedente, sino como una fuente crucial de lo que realmente discute ahora: el peso de la ambición que arrasa civilizaciones y culturas, y provoca en quienes ponen en marcha esos ataques consecuencias y heridas inocultables, capaces de alterar para siempre el destino de quienes se cruzan en esas y otras muchas batallas. Nolan se aferra a la Ley de Zeus, que ordena recibir con hospitalidad a los extraños, para referirse al desequilibrio de un mundo que será conquistado a golpe de sangre y violencia, incluyendo en esas maniobras el insulto a otros dioses, aunque en esta ocasión solo veamos el rostro de Atenea, o más bien de Zendaya, quien aparece de cuando en cuando en una suerte de cameo extendido, junto al protagonista, como eco de los remordimientos de su conciencia y el peso de su culpa.
Con la actuación de Anne Hathaway como Penélope (felizmente libre de muchos de los melindres a los que se le sometió en la desangelada secuela de The Devil Wears Prada, como si 20 años no hubieran transcurrido desde la primera película), Robert Pattinson como un despreciable Antínoo, Tom Holland en el papel de Telémaco, y John Leguizamo como el fiel porquerizo Eumeo, La Odisea de Nolan repasa la mayoría de las peripecias del héroe, aunque elimina pasajes que no solo los puristas echarán de menos, como su encuentro con Nausícaa y los feacios. Entretejiendo pasajes de La Ilíada y La Eneida con otros de La Odisea, el director se concentra desde su guion en la personalidad de Odiseo, víctima de sus propios actos, desde que imagina la trampa que les permite, tras una década de intentos fracasados, atravesar los muros de Troya. Odiseo, esencialmente, es celebrado desde los días homéricos por su astucia, y prueba de ello es ese caballo encabritado con el cual Nolan inicia su película, en una declaración rotunda de lo que él persigue con esta adaptación: golpe de efecto resuelto con una visualidad deslumbrante y, a la vez, metáfora de las dimensiones políticas a las que intenta referirse hoy en esta reinvención. Acá pesa más la idea de un héroe leído en términos acaso menos problemáticos e impuro de lo que se descubre en los cantos homéricos, y el Odiseo de Nolan es más bien un canal para que se explicite el punto de vista del director, a riesgo de que (como ocurre en varias secuencias) ese posicionamiento quede sobreexpuesto, explicado en demasía.
Desde que se dejaron ver los primeros tráileres y fotos del rodaje, que ocurrió durante la primera mitad del 2025 en locaciones de Grecia, Marruecos, Islandia, Italia, Escocia y los Estados Unidos, ya saltaron las alarmas de muchos, discutiendo la fidelidad con la cual se representaría el mundo descrito por Homero, en atención al vestuario, las armaduras, el diseño de los barcos, etcétera. La polémica en ese sentido ha continuado, y la elección del director a favor de la traducción de Emily Wilson, la primera mujer en verter al inglés íntegramente los versos de La Odisea, también movilizó la discusión, por su tratamiento del lenguaje que lo hace más accesible al lector contemporáneo, aunque ello también ha sido motivo de debate desde su publicación en 2017. En todo caso, Nolan apeló a referentes cinematográficos que no acuden a otras versiones previas de esos cantos, sino a los imaginarios de Andréi Tarkovski y Akira Kurosawa (Andrei Rubliov y Ran) para visualizar su concepto de La Odisea, y no hay que olvidar que lo que llega a la pantalla es eso: su aproximación, y no un filme de carácter histórico ni una película que aspire a reconstruir su fábula desde un apego estricto a una noción de veracidad que el propio Homero ya desequilibraba. Algo así puede encontrarse en The Return, el filme de Uberto Pasolini estrenado en 2024, con las actuaciones de Ralph Fiennes y Juliette Binoche, que despoja a La Odisea de dioses y monstruos para concentrarse en el dilema del reencuentro entre Odiseo y Penélope. Aunque Christopher Nolan subraye ese punto, acá los elementos fantásticos y míticos no se eluden, y en secuencias como las de la caverna de Polifemo, el descenso al Hades, el paso por Escila y Caribdis, y la visita a Circe, son de lo más notable en su versión.
Lo que vemos ahora en glorioso IMAX es un resultado a medio camino, pues, entre Ulysses, el filme de 1954 dirigido por Mario Camerini en el que Kirk Douglas vivía las aventuras de Odiseo y Silvana Mangano era Penélope y también Circe, y lo que eligió narrar Uberto Pasolini. Todo esto amplificado a un formato que desde el rodaje hizo crecer a dimensiones astronómicas el costo de esta Odisea, filmada íntegramente con cámaras de ese formato. Con un presupuesto de 250 millones de dólares, el producto final es una película que si bien aprovecha con creces las bondades de esa megapantalla y la definición de imagen que la tecnología le aporta, pocos podrán ver tal y como Nolan lo pretendía, porque no abundan precisamente las salas de cine dotadas de todo lo que una proyección en IMAX de 70 milímetros requiere para su disfrute ideal. Y uno acaba preguntándose si tal aparataje era necesario, cuando se recuerda que otros títulos de ambiciones no menos épicas filmados en celuloide de 70 mm (Lawrence de Arabia, Ben Hur…) conseguían impactar de pared a pared sin demandar tantas exigencias: la cámara empleada por Nolan apenas podía emplearse más de tres minutos por toma. Y sí, a pesar de varias momentos bruscos en el guion, que arranca en el palacio de Ítaca con una invocación a la musa en la voz de un rapero (Travis Scott), mientras Odiseo sigue amnésico y atrapado en Ogigia consumiendo flores de loto bajo los hechizos de Calipso (la siempre hermosa Charlize Theron), la película fluye a lo largo de sus 173 minutos, cumpliendo con lo que aquellos tráileres prometían: un espectáculo de secuencias logradas, que confirman a Christopher Nolan como uno de los directores más capaces de la actualidad. Aunque uno no deje de sentir que esta Odisea suya no consiga, del todo, llegar al trasfondo de lo que nos hace volver, una y otra vez, al texto atribuido durante siglos a Homero, a ese misterio que la poesía, en su variante épica, logra elevar a una dimensión que, a tantos siglos ya, sigue haciéndonos volver a la fuerza primigenia de esos mitos.
A la fotografía de Hoyte van Hoytema debe mucho de su éxito este nuevo filme de Nolan, quien vuelve a emplearle por cuarta vez tras los premios que también obtuvieran con Oppenheimer. El cuidadoso trabajo en conjunto les permitió trabajar eludiendo la inteligencia artificial, y apelando a la fusión de diversas técnicas y elementos de producción para mezclar efectos prácticos e imagen digitalizada. Así, por ejemplo, el Polifemo de esta película fue interpretado en el set por Bill Irwin, aunque para lograr determinadas reacciones del elenco se construyó una marioneta de 18 metros, y la fusión de todo ello es lo que vemos en pantalla. Lástima que en ese pasaje Nolan desaprovechó otros detalles de la relación del monstruo con Odiseo, y solo sepamos que el monstruo es capaz de hablar cuando, ya cegado, invoca a su padre Poseidón para que desate toda su furia contra quienes lo han atacado. Otro punto desaprovechado, a mi parecer, es la ausencia del encuentro durante el descenso al Hades entre Odiseo y su madre Anticlea, para ceder sitio al diálogo que ahí tienen él y Sinón, el soldado sacrificado como parte de la estratagema del Caballo de Troya, aunque Elliot Page saque partido de ese momento, imagino que para mayor molestia de Elon Musk y otros ultraconservadores. Por boca de Sinón se le reclama a Odiseo el haber sacrificado a tantos inocentes, y se le exige que una vez que vuelva a Ítaca, les rinda el tributo que merecen a fin de ganar el verdadero descanso.
La Odisea de Nolan es pues una selección de algunos pasajes reorganizados en una lectura no lineal, “casi” La Odisea: si bien nos impacta con su escala de diseño y superproducción, pierde fuerza cuando evita recordar a Odiseo como el hombre mucho más complejo e impulsado por algo más que esa culpa en la que su director insiste tanto. La música de Ludwig Göransson (con amplio uso del aulos, la “doble flauta” tantas veces representada en el arte griego), la edición de Jennifer Lamme, el diseño de producción de Ruth de Jong y el vestuario de Ellen Mirojnik colaboran eficazmente al conjunto que aspira a impresionarnos, aunque también han sido motivo de críticas por este o aquel detalle. Incluido el de los acentos en el habla de los actores, o el de haber elegido locación en la ciudad de Dajla, ocupada por el gobierno marroquí, y sin el consentimiento del pueblo saharaui. Matt Damon afronta el reto de encarnar a Odiseo desde esta perspectiva elegida por el director en su guion, y logra evitar que recordemos que esta es ya la tercera o cuarta vez que interpreta a un personaje cuyo objetivo es regresar a su casa, como ya nos mostraba en The Martian o Interstellar, su anterior colaboración con Nolan. A su modo, esta Odisea repasa los ejes de toda la filmografía de este realizador, y nos remite a Memento, a Inception, etcétera, como si todas esas otras obras hubiesen sido un entrenamiento para llegar a lo que vemos ahora. Con poderosas imágenes, pero menos contundente de lo que se esperaba en relación a sus fuentes: esa Odisea de la que falta aquí ese otro trasfondo de lo épico, esa textura que la define como un poema en una escala más trascendente y estremecedora; y no una fidelidad ciega, pero sí un acercamiento menos abrupto a su estructura que, por ejemplo, Andréi Konchalovski no descuidó al dirigir en 1997 su adaptación para la televisión, con un elenco no menos brillante, y que todavía puede ser recomendada.
Si la tesis del director se localiza en momentos como la tensa conversación entre Penélope y Telémaco acerca del destino del trono, o en el diálogo que ella misma sostiene con Odiseo acerca de la verdadera identidad de los temidos “pueblos del mar” que arrasan con otros pueblos y civilizaciones; lo que tal vez recuerde de esta Odisea, más allá de su prodigioso empaque, sean otros detalles: la aparición de Tiresias en el Hades, interpretado por James Remar; o la mejor actuación de todo el filme, a cargo de Samantha Morton quien encarna a una Circe desaliñada y perturbadora, y que extrae de su rostro y su trabajo físico un golpe de verdadera hechicería en el momento en que transforma a los hombres de Odiseo en cerdos. Amén de que es ella quien, a lo largo de casi tres horas, logra deslizar el casi único chiste de todo el guion, al referirse a su hermana, a la que ha convertido en cuervo, porque “así nos entendemos mejor”. Morton, a quien recuerdo haber elogiado desde que la vi en Minority Report, logra mostrar en pantalla ese grado de misterio, encantamiento, alucinación y delirio que nos aportan varios pasajes del texto atribuido a Homero, ese punto de fascinación y horror que sobrepasa la visión áurea del Olimpo que nos regaló en la niñez Clash of The Titans, o los ejércitos de esqueletos animados por Ray Harryhausen, a los que Nolan volvió la mirada también en busca de sus referentes para este empeño. Es esa, su presencia, la que probablemente perdure más en mi memoria.
Pero esa es solo mi opinión, no la de los encendidos comentaristas que se lanzan a hacer reels proclamando “lo que no le perdono”, o “lo que amé y odié” de este empeño de Nolan, como si de un juicio sumario se tratase, y no del criterio con el que podemos responder a lo que nos parece o no acertado en este retorno a una obra de ficción, y no a un tratado de Historia. La peor secuela de su Odisea ha sido tener que ver, en las distintas plataformas, a tantas personas que de un día para otro se han “graduado” de helenistas, o hablan de Homero como si hubieran estado con él mientras supuestamente entonaba sus hexámetros, para discutirla, negarla o alabarla sin colores intermedios. No solo a su director, a la propia Emily Wilson la han encendido tras la circulación de un video en que se le ve declamar en griego algunos de esos versos, y si los que hablan de wokismo en esta adaptación siguen dando guerra, no faltan los que por otro lado exigían un mayor destaque de personajes y temas que desde sus perspectivas no ponen suficientemente al día este regreso a los pasajes del poema. Entre la marea de opiniones, elogios y reproches, los espectadores siguen acudiendo al cine, y en términos de ganancias, incluso las pocas salas que aseguran una proyección tal cual Nolan imaginó ya tienen reservadas sus proyecciones por lo que queda de este año. Así que todavía habrá Odisea para rato.
Todo ello habla de una batalla cultural que se parece, en cierta medida, a la que describen los recuerdos y pesadillas de Odiseo, y del reacomodo que la tradición y el pasado sufren a ratos en pos de lecturas extremadamente intencionadas. Quizás esa sea la mejor admonición que nos aporta esta “casi” Odisea, filmada a todo lujo y con algunas de esas tensiones a flor de piel: hablarnos de la pérdida de un mundo y de una idea de la cultura, y del respeto que deberíamos emplear para referirnos a quienes han muerto o dado sus mejores empeños en pos de ella. Justo ahora, cuando precisamente, otra idea de la cultura parece estar agonizando. Y el mundo mismo, a la manera de una diosa decapitada, se nos presenta como una imagen en la cual el saber y la cultura no funcionan ya exactamente como una brújula o una bitácora. Y es con esa advertencia con la que me quedo, mientras corren aún por las pantallas los extensísimos créditos finales. A la puerta de esa idea del mundo, a la salida del cine, nos espera otro sospechoso caballo encabritado.



