Tener estilo, en vida y obra,
no es fácil ni difícil, es
un don extraño que usted tuvo,
Jorge Mañach, para nosotros.[1]
En medio de tantas carencias, algunas han sido las alegrías que en el ámbito de la cultura nos han proporcionado los últimos años, entre ellas se halla el reencuentro con importantes personalidades de nuestras letras que, por abandonar el país tras el triunfo de la Revolución, habían sido marginadas. Así, un día apareció publicado un libro de poemas de Agustín Acosta, en otra ocasión se reeditó El Monte de Lydia Cabrera, vio la luz un conjunto de narraciones de Novás Calvo y se celebraron dos eventos sobre la obra de Severo Sarduy. Puede agregarse también el nombre de Jorge Mañach, quien se marchara de Cuba en 1960. Su caso, zarandeado como ningún otro, merece sin embargo una operación de limpieza.
Tras un largo período sin que se reimprimiesen algunos de sus valiosos textos, en 1989 resultó incluido su ensayo “Perfil de Martí” en la selección Letras. Cultura en Cuba, y al año siguiente la Editorial Ciencias Sociales lanzó al mercado una nueva edición de su biografía Martí, el Apóstol. La resurrección de este autor había comenzado.
Pero aún subsisten torcidas intenciones. Durante un encuentro científico celebrado, meses atrás, en cierta institución cultural habanera se hizo referencia a este autor y en una de las intervenciones se dijo, entre otras cosas: “La realidad es que a Mañach no podemos borrarlo de nuestra cultura”. Luego, si pudiera ser borrado, se borraba. ¡Como si la cultura de un pueblo se fundamentara en borrar, tachar o inflar a sus representantes!
Animado por el deseo de ofrecer un poco de luz sobre uno de los mejores prosistas de la literatura cubana, quien resulta además un intelectual de primer orden durante el período republicano, he leído con detenimiento sus obras y revisado parte de su papelería. También me he acercado a algunos juicios que sobre él se han emitido. El resultado ha sido este apretado trabajo.
Tras haber cursado estudios en Madrid y en la Universidad de Harvard, donde sus excelentes calificaciones le proporcionaron una beca para la Universidad de París, Mañach regresa a Cuba en 1922. Cuenta entonces con veinticuatro años y muy pronto se convierte en un asiduo colaborador del Diario de la Marina y de la revista Bohemia. Sus “Glosas” le proporcionan un rápido reconocimiento como escritor y comienza a frecuentar tertulias literarias donde otros jóvenes intentan encauzar sus inquietudes al margen de los patrones conceptuales de sus predecesores. En el poder se halla Alfredo Zayas, quien abre vía a la malversación y a la irregularidad administrativa. Los fraudes se suceden ante la repulsa general. En mayo de 1923 la compra del convento de Santa Clara por las autoridades, a un precio excesivo, sirve de detonante. En un acto público varios miembros de las tertulias literarias dan a conocer su repudio al gobierno. A este hecho se le conoce como la Protesta de los Trece y marca el comienzo de la participación de una nueva hornada de intelectuales, con voluntad regeneradora, en la vida pública del país. Mañach se encuentra entre ellos.
En correspondencia con esta postura cívica, a continuación, tomó parte en la Falange de Acción Cubana y en la Junta Cubana de Renovación Cívica, pero ambos empeños rectificadores tuvieron corta vida Su quehacer literario continúa y en 1924 publica su primer libro, la novela Belén el Aschanti, que todos coinciden en señalar como una obra fallida A pesar de sus dotes como prosista, pocas condiciones ostentaba Mañach en cuanto escritor de ficción. Sus cuentos poseen escasa relevancia y su obra teatral Tiempo muerto (1928) sólo merece interés por tos postulados contrarios al injerencismo yanqui. Pronto admitió sus limitaciones en este campo de creación y fue en busca de horizontes apropiados en el ensayo y en el periodismo.
Después de reunir sus “Glosas’” en un volumen, en 1924, sus ansias renovadoras se desplazan hacia la cultura, y al año siguiente, tras un minucioso estudio de la situación imperante en el país, pronuncia la conferencia “La crisis de la alta cultura en Cuba”. Con aguda visión y propósito de censura, señala algunas de las deficiencias principales de nuestra sociedad que repercuten en el desarrollo de la nación: el analfabetismo, la desorganización administrativa, la crisis en la pedagogía y en la jurisprudencia, la subordinación económica a intereses foráneos, el monocultivo y la indiferencia de nuestros gobernantes por las cuestiones del espíritu. Si bien este alegato de Mañach constituyó una oportuna clarinada, tuvo además el mérito de incluir dentro del plan cultural a la política y a la economía, como bien señala Jorge Luis Arcos,[2]y contribuyó a despertar conciencias aletargadas, no puede decirse que haya sido por completo justo. Lanzó el mayor peso de la responsabilidad a las generaciones anteriores, lo cual no era desacertado, pero al mismo tiempo les negó méritos a sus antecesores. Al decir: “…las dos generaciones últimas no han producido, ni en número ni en calidad, una sola hornada literaria capaz de representarnos con el debido prestigio ante los pueblos extranjeros”,[3] estaba haciendo tabla rasa y ninguneando a los poetas Boti, Poveda y Acosta, a los narradores Hernández Catáy Jesús Castellanos y a los ensayistas Chacón y Calvo y Fernando Lies, para sólo citar a unos pocos. Años después recibiría en carne propia los latigazos injustos que aquí propinó.
Este enfrentamiento generacional fue una de las razones principales de la formación del Grupo Minorista, que en 1924 se había dado a conocer por medio de un artículo de Mañach publicado en la revista Social. Entre los frutos de aquel empeño colectivo, sólo mencionaré la fundación de la Revista de Avance, órgano de las concepciones vanguardistas, que ha de tener en Mañach a uno de sus principales impulsores. Para estos jóvenes se impone la necesidad de un arte nuevo que derribe falsos valores, gustos trasnochados y postulados finiseculares. Así lo exponía Mañach:
“¿Es lícito hacer arte como el de otras épocas, o resulta por el contrario, imperativo que nuestra obra traduzca la fisonomía peculiar del tiempo que vivimos? Contestaré escuetamente mi sentir. La manera vieja es lícita y justificable; pero ya no es fecunda ni vitalmente interesante. Siempre será grato, a no dudarlo, encontrar un hombre de retina tan sensible, de mano tan diestra, de espíritu tan sobrio que pinte como Velázquez […] Pero ya ese arte, en lo esencial reproductivo, consabido, mimético y tradicional, no nos comunicará sino, a lo sumo, una subalterna delectación en la técnica; estará vacío de todo mensaje y, por consiguiente, no nos moverá vitalmente.”[4]
Nuevos aires llegan a la cultura cubana, mas la circunstancia histórica no le es propicia. El dictador Machado arrecia la represión y el ambiente se torna hostil al normal desenvolvimiento de la creación literaria. Por su espíritu renovador, crítico y antimperialista, la Revista de Avance también es víctima de la agresividad gubernamental. Uno de los editores, Marinello, es encarcelado en 1930 y el resto decide suspender la publicación. A partir de ese instante los pasos de muchos de los integrantes del Grupo Minorista, ya disuelto, se orientan hacia la activa oposición política.
Dos años antes Mañach había pronunciado otra conferencia que no podemos pasar por alto: “Indagación del choteo”. A través de ella realizó un análisis sicosocial de este fenómeno y señaló no sólo sus manifestaciones externas más comunes -—a burla mordaz, la negación gratuita, el desconocimiento de toda autoridad—, sino también sus causas inmediatas —los políticos venales, el profesional improvisado, la mala prensa, los nuevos ricos incultos—. No obstante lo que sus detractores le han señalado, sin motivo, Mañach reconoció que el choteo en algunos casos había resultado saludable por servir de escapatoria a la frustración ciudadana y de recurso para desinflar a personajes fatuos y encumbrados. Al publicarse, este ensayo fue recibido con elogios tanto por Unamuno y Mariátegui como por Marinello, Manuel Pedro González y Raúl Roa.[5]
La ejecutoria oposicionista de Mañach ha de encontrar en la organización clandestina ABC un plano de realización tan significativo que es designado uno de los principales redactores de su Manifiesto-Programa. El objetivo inmediato que persigue esta agrupación, fundada en septiembre de 1931, es el derrocamiento de Machado, mas pretende establecer con posterioridad un sistema social basado en el nacionalismo económico, la austeridad moral en la vida pública, la defensa del derecho de campesinos y trabajadores, libertad política y formación de hombres nuevos. Su mirada estaba centrada en la clase media y pronto logró atraer a numerosos simpatizantes. Sin embargo, el hecho de considerar intocable la propiedad privada le granjeó enseguida la enemistad de quienes sustentaban principios marxistas. De igual modo fue condenado su método de lucha: el acto terrorista. A la violencia represiva del régimen, el ABC oponía otra no menos destructora basada en la bomba de dinamita y la escopeta recortada. Siempre me ha parecido incongruente la figura intelectual de Mañach y las acciones truculentas de la organización en la que militaba con vehemencia.
Al margen de los escasos resultados reales, el Manifiesto del ABC —y no la actitud posterior de algunas de sus principales figuras, que sería otra cosa— no debe ser tachado de “fascistoide” y puesto a un lado como se ha hecho en otras ocasiones, sino leído con rigurosidad para definir sus análisis correctos y sus remedios desacertados. Con ese espíritu lo han abordado algunos historiadores y no han dejado de hallar aspectos dignos de reconocimiento.[6]
En medio de su quehacer político, Mañach se enfrasca en una empresa literaria de gran envergadura: la confección de una biografía de Martí para la Editorial Espasa Calpe. Logra vencer no pocos inconvenientes y a principios de 1933 ve la luz en España Martí, el Apóstol, una obra que por sus excepciones literarias, acertada presentación de la trayectoria vital de El Maestro y correcto enfoque de su pensamiento, ha tenido el privilegio de la perdurabilidad, no obstante la copiosa bibliografía sobre nuestro Héroe Nacional Varias limitaciones se le ha indicado a esta biografía en el orden histórico, y no podía ser menos después de los avances realizados en la investigación de la vida del Apóstol, pero algunos críticos han hecho mayor hincapié en lo que consideran el escamoteo, por parte del autor, de los principios antimperialistas del héroe. Quizás no lo hizo con la insistencia que éstos hubieran deseado; sin embargo, salta a la vista que Mañach también abordó esa importante faceta del pensamiento martiano, como apunta Toledo Sande.[7] Otro impugnador ha ido más lejos y, además de considerar esta obra como “peligrosísima, falaz”, ha declarado que “es un ejemplo patente de diversionismo ideológico”.[8] A pesar de juicios tan devastadores, Martí, el Apóstol continúa hoy, en manos de las últimas generaciones, despertando interés y admiración por la vida de El Maestro.
También por aquellos días Mañach buscó tiempo para fundar y comenzar a dirigir el programa radial La Universidad del Aire: primer intento cultural de su índole en América Latina. Dos veces por semana diferentes intelectuales de reconocida autoridad ofrecían una disertación sobre algún tema cultural para despenar la apetencia de conocimientos de los oyentes En momentos en que la Universidad de La Habana se encontraba cerrada por la dictadura, esta iniciativa representó un provechoso recurso educacional.
Ante el inminente desplome de la tiranía, acosada por la repulsa ciudadana, la crisis económica y las acciones de los oposicionistas, el gobierno de Washington envía al embajador Sumner Welles para que medie entre las fuerzas en pugna. La mayor parte de los antimachadistas, y en primer término las organizaciones de izquierda, se niegan a participar en la negociación; pero el ABC acepta y Mañach es uno de los presentes en el diálogo con el gobierno. Asistimos entonces a una demostración suya de inconsecuencia política, explicable tal vez por disciplina partidista o por ingenuidad. Quizás al calor de los complejos acontecimientos, o en busca de una salida a la situación nacional que no estuviese acompañada de un rio de sangre, aceptó lo que en varias ocasiones había condenado por escrito: la injerencia norteamericana en nuestros asuntos.[9]
De nada sirvieron el rejuego político y la resistencia de Machado. La ola revolucionaria rebasó la mediación y barrió con sus planes y con el régimen. Se inicia entonces un período convulso en el que la organización ABC transita desde la oposición al gobierno hasta formar parte de él, para retornar, poco después, a la oposición, dejando atrás una estela de muertos suyos o ajenos. Cuando se ve impulsada hasta la cresta de la ola, Mañach es nombrado Secretario de Educación del gabinete presidido por Mendieta, aunque en realidad es Batista quien dirige la orquesta desde el Cuartel de Columbia. Durante los cuatro meses que permanece en el cargo intenta llevar a efecto una gestión educacional destinada a combatir el analfabetismo y actualizar los métodos pedagógicos, pero las circunstancias están muy lejos de serle propicias. Al romper el ABC con el gobierno, y dejar Mañach su puesto, sólo podía mostrar como méritos relevantes de su ejecutoria la creación de la Dirección de Cultura y el establecimiento del Desayuno Escolar.
Es nombrado entonces director del diario Acción, vocero del ABC, y se dedica a escribir numerosos artículos de proselitismo y de polémica que, a pesar de la función utilitaria que los anima, no ofrecen una prosa envilecida. A este período pertenece su importante artículo “El estilo de la Revolución”, donde proporciona un apretado recuento de su actuar, y el de su generación, en la vida pública. Y llega entonces el momento de preguntarse: ¿Por qué razón se adentró tanto Mañach en las pugnas políticas de su época? La respuesta hay que hallarla en las concepciones que él sostenía sobre el tema. En 1929 escribía: “Lo político es esa ilusión de una domesticidad superior que todos llevamos dentro y que, a veces —amantes frustrados—, recatamos por timidez, o por despecho, o por miedo al cotejo de nuestra imagen con la realidad pública. El hombre sensible es normalmente político.”[10] Pero ya con anterioridad había expresado: “A nosotros, espíritus sensibles, el hedor de la política nos ahuyenta también; pero no para convertirnos a mayor gracia, ni movernos a renunciación estoica. ¿No hemos de ser, a más de sensibles, prácticas criaturas del siglo?”[11]No era suyo el caso del individuo que irrumpe en el panorama público para satisfacer deseos de mando o notoriedad, sino el del hombre sensible que no puede dejar de participar en el ordenamiento de los asuntos de la nación. De ahí toda su tráyectoria a partir de la Protesta de los Trece y su convicción acerca de la responsabilidad de los espíritus más cultivados en la búsqueda de salidas a la problemática del país, para evitar que esta sólo estuviese en manos de los politicastros. A igual conclusión llegaron también otros intelectuales de la época —Fernando Ortiz, Marinello, Roa—, aunque tomaron derroteros diferentes.
Sin embargo, y a pesar de todos sus esfuerzos, Mañach estaba poco dotado para desempeñarse en estas lides. Como apunta Andrés Valdespino:
“Mañach no era, por vocación, un político. Es más, la política en sus manifestaciones cotidianas de luchas comiciales, rejuegos partidistas y compromisos electoreros, resultaba vulgar y, en cierto modo, repelente a su sensibilidad de hombre de letras. Tenía, además, plena conciencia de su incapacidad o su inhabilidad para llegar a las masas, condición indispensable para el triunfo en política. Tras sus ideas liberales y sus fervores democráticos había en él un aristocratismo intelectual que lo hacía sentirse incómodo en los menesteres de la política militante.”[12]
Trató de crecerse por encima de sus limitaciones, pero el resultado no fue el apetecido. Y para colmo de desventura, tras su muerte no faltó quien le reprochara su labor pública por considerar que así “perdió el tiempo de una vida que parecía llamada a producir las máximas obras culturales en el siglo XX”.[13] En marzo de 1935, al incrementar la represión los militares, Mañach se ve obligado a marchar al exilio. Se establece en los Estados Unidos y durante un tiempo imparte clases en el Departamento Hispánico de la Universidad de Columbia. Su prestigio como profesor se acrecienta y recibe magníficas ofertas para enseñar en otros centros docentes, pero su mirada está fija en Cuba. En cuanto la situación del país se normaliza y la Universidad de La Habana convoca a ocupar, por oposición, la Cátedra de Historia de la Filosofía, regresa y obtiene con facilidad el puesto docente. Acerca de su retorno expresó, no sin algo de hipérbole, Chacón y Calvo: “Una afirmación de austeridad, de disciplina heroica, de renunciamiento ala circunstancia por brillante que nos parezca, de sujeción cotidianas las puras esencias y a los fundamentales principios. Todo esto supone la actitud de Jorge Mañach al dejar una posición de primera categoría en una de las más importantes universidades del mundo para acudir al llamamiento indubitable y adolorido de la patria cubana, de su cultura, de sus ansias complejas, de su tradición histórica, de su vivo fluir creador.”[14] Hoy, cuando no pocos intelectuales cubanos buscan invitaciones de universidades extranjeras para marcharse del país, Mañach nos ofrece un ejemplo de sacrificio y cubanía.
Vuelve entonces a dirigir el diario Acción y resulta electo a la Asamblea Constituyente, donde su voz se escucha en varias ocasiones para señalar la orientación democrática y progresista que ha de tener la nueva Ley Fundamental. En 1940 triunfa en sus aspiraciones de alcanzar un puesto de Senador y en 1944, ya en las postrimerías del gobierno constitucional de Batista, es nombrado Ministro de Estado. Son sus años de esplendor como político, aunque sus aspiraciones más democráticas, algunas de ellas plasmadas en el Manifiesto del ABC, están muy lejos de haberse alcanzado.
Por aquellos días ve la luz Historia y estilo, donde reúne tres importantes ensayos acerca de la evolución histórica de la nación y del pensamiento cubanos. A través de ellos demuestra su indagación en torno al proceso de ordenamiento sociopolítico de Cuba, la búsqueda de nuestras raíces para iluminar las zonas más complejas de su presente. En estos trabajos de madurez, el estilo elegante e impecable va acompañado de la agudeza en el análisis de los fenómenos abordados y claridad en la exposición.
Al año siguiente, 1945, funda y comienza a presidir el Pen Club de Cuba. De acuerdo con su voluntad democrática e integradora, en el acto de creación están presentes como miembros desde los comunistas Marinello, Guillén y Pedroso hasta el conservador Agustín Acosta, el liberal Ramiro Guerra, el “neutral” Chacón y Calvo y los exiliados españoles María Zambrano y Antonio Ortega. Al frente de esta entidad literaria, no se limitó a organizar actividades y almuerzos, sino que trató de conducir sus empeños hacia otros planos de compromiso del intelectual y, por ejemplo, solicitó el apoyo de los integrantes del Pen Club a la propuesta de condena a la autocracia de Franco en las Naciones Unidas.[15]
Las elecciones de 1946 marcaron el inicio del declive político de Mañach. Aspiró a un escaño de Representante y no resultó elegido. En cambio, su correligionario, el adinerado y cavernícola Benito Remedios, alcanzó ese puesto. Los votantes, desconcertados ante la pulcra expresión y los finos modales del profesor, se inclinaron hacia el basto politiquero. Una vez más la inteligencia era barrida por la estulticia enjoyada.
El ABC se desintegra y al año siguiente Mañach se incorpora al Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), que acaba de fundar Eduardo Chibás, pues comparte los principios de adecentamiento gubernamental, nacionalismo y reformismo que sostiene esta organización, a la cual se unen muy pronto amplios sectores disgustados por la corrupción de los gobiernos auténticos. Por esta época colabora asiduamente en el Diario de la Marina con artículos de contenido cultural, y reserva para la popular revista Bohemia sus comentarios sobre la situación cubana. Ha de ser, sin embargo, en esta última publicación donde estalle, en 1949, la polémica que sostuvo con el poeta Lezama Lima, cuyo estudio preciso, al menos hasta donde conozco, aún está por realizar. Sólo abordaremos algunas de sus aristas, por razones de espacio, entre ellas la que tal vez resulte más evidente: el enfrentamiento generacional. Ya en su primer artículo Mañach hace referencia a “ustedes” y a “nosotros”, y se duele de que el grupo Orígenes no reconozca la deuda que tiene con la Revista de Avance,[16] en una reclamación que en verdad no procedía.
En su respuesta, Lezama descarta cualquier obligación hacia este órgano y hacia quienes lo sustentaban: “Esta falta de filiación es la que según usted levanta cierto resentimiento. No podíamos mostrar filiación, mi querido Mañach, con hombres y paisajes que ya no tenían para las siguientes generaciones la fascinación de la entrega decisiva a una obra y que sobrenadaban en las vastas demostraciones del periodismo o en la ganga mundana de la política positiva”.[17]En la figura de Mañach, el poeta descargaba los golpes que en justicia le correspondían a otros. Igual hacía Luis Ortega, uno de los editores de la revista Clavileño, al intervenir en la contienda con un artículo de significativo título: “Una generación que se rinde”.[18]
Pero esta pugna contaba con antecedentes que no deben soslayarse. En el primer número de la revista Verbum, como se sabe, predecesora de Orígenes, se le había propinado un alfilerazo a Mañach: “En este medio irrespirable, los artistas e intelectuales tienen una idea fija: irse, irse, irse lejos, olvidar esta podredumbre… Los unos emplean, cuando lo pueden, la carrera diplomática que les sirve así de puerta de escape. Los otros, como Mañach y Marinello, prefieren ser mercenarios y vender a países extranjeros, un saber y una cultura que tanto necesitamos.”[19]
Lo injusto de esta valoración se demostró pocos meses después, cuando ambos escritores, pertenecientes a la misma generación y exiliados entonces, retornaron a Cuba. Ahora, al surgir la discrepancia de modo público, se ponían de manifiesto, además de las diferencias generacionales, concepciones literarias opuestas y dos actitudes muy distintas de asumir la responsabilidad del intelectual ante los problemas de nuestra sociedad. “Para Lezama la crisis era política y la cultura funcionaba como un dispositivo secreto contra la escasa imaginación del Estado. Para Mañach la crisis era cultural y el espacio público ofrecía una zona neutra donde regenerar la ciudadanía y vigorizar la nación”.[20]
Mañach no menospreciaba el talento del autor de Paradiso y hubiera deseado tenerlo a su lado participando en las luchas cívicas, pero Lezama se encontraba encastillado en esta conclusión: “un país frustrado en lo esencial político puede hallar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza”. En cambio el profesor universitario sentenciaba: “Hacer cultura es entre nosotros, como siempre, un modo de hacer política; hacer política es también, hoy más que nunca, un modo de hacer cultura”.[21]
En su ataque a la generación anterior, Lezama lanzó una frase que ha hecho fortuna: adquirieron la sede a trueque de la fede. Si bien esta afirmación es muy válida para otras figuras, no lo es en el caso de Mañach, quien por entonces sólo podía ostentar sedes que tenían como base su bien ganado prestigio intelectual. Algunas de las que recibió por aquellos días fueron la dirección del Departamento de Actividades Culturales del circuito CMQ y la conducción del programa televisivo Ante la prensa.
Su labor ensayística no decae y publica Examen del quijotismo, en 1950, y Para una filosofía de la vida y otros ensayos, al año siguiente. En el primer texto analiza la esencia de la conducta del Quijote a partir de dos presupuestos: la valentía, en su modalidad externa, y la sed de justicia, en su modalidad ética. En el segundo volumen lo más notable es la definición de su filosofía personal, que denomina condicionalismo y se basa en el “progresivo y recíproco condicionamiento entre el objeto y el sujeto integrales, entre la totalidad del hombre y la totalidad del mundo”.[22]
Al ocurrir en marzo de 1952 el golpe de estado de Batista, manifiesta de inmediato su rechazo al acto de fuerza y exige el restablecimiento de la Constitución de 1940. En aquellos días la Universidad del Aire, cuya dirección había vuelto a asumir desde 1949, ofrecía un curso sobre el cincuentenario de la República y, al calor de los desdichados acontecimientos nacionales, tanto los conferencistas como el público asistente comenzaron a lanzar críticas más o menos veladas a los usurpadores del poder, quienes no dejaron de percibirlas. El 4 de mayo, en el momento en que el profesor Elías Entralgo, al ofrecer su lección, hizo una referencia al cuartelazo, un grupo de porristas batistianos protagonizó un acto de repudio con todos sus ingredientes: insultos, golpes y palabras soeces. Mañach estuvo a punto de ser agredido físicamente por los pandilleros y, cuando logró establecerse el orden, ante los micrófonos responsabilizó al régimen por aquel asalto.[23]
Esa actitud cívica motivó que la Federación Estudiantil Universitaria lo invitara a participar como orador en el acto programado para honrar, en la escalinata de la Universidad, el Día de la Independencia. Al usar la palabra, afirmó Mañach: “Quiero decir aquí, para que alguno lo escuche en la embajada de los Estados Unidos, que si el pueblo de ese país quiere tener el amor y el respeto de los demás pueblos de América no debe colaborar con los que subyugan la libertad.”[24]
Ante la crisis intensa que azota al Partido Ortodoxo rompe con él y más tarde integra el Movimiento de la Nación, que tiene como objetivo hallarle una salida pacífica a la coyuntura política del país. Mas la posición civilista de Mañach no encuentra eco. De un lado está la dictadura negada a entregar el poder y enfrascada en una sangrienta represión; del otro se hallan los que, ante tal realidad, sólo cifran esperanzas de cambio en la lucha armada. El enfrentamiento se intensifica y la Universidad de La Habana se convierte en una trinchera de combate. Recibe entonces una propuesta de disfrutar de un año sabático y parte hacia España, donde ha de permanecer un bienio. Allí realiza labores periodísticas, fustiga a la dictadura batistiana y se le detecta una enfermedad incurable que lo habrá de llevar a la muerte.
Al ocurrir el triunfo revolucionario, su reputación entre los cubanos exiliados en España es tan notable que, tanto la representación del Movimiento 26 de Julio como el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, le proponen que asuma el cargo de Embajador de Cuba. Pero Mañach, fiel a los procedimientos legales, declina la oferta por no provenir de las nuevas autoridades, que ya se organizaban en la isla. En febrero de 1959 retorna a La Habana, vuelve a ocupar su puesto de Catedrático y apoya con entusiasmo las medidas populares y nacionalistas que comienza a tomar el gobierno revolucionario. Otra vez colabora en el Diario de la Marina y en Bohemia, y asume la dirección del programa Ante la prensa.
El proceso de transformaciones de nuestra sociedad marcha a pasos agigantados y afecta a todas las estructuras. Los cambios van más allá de lo que Mañach había imaginado —y deseado—. Su actitud se hace cada vez más crítica, pero no deja de respaldar la esencia del movimiento renovador. Tras el entierro de las víctimas del sabotaje al barco La Coubre, publica un emotivo artículo, de visión meridiana y profunda, al que pertenecen estos fragmentos:
“¡Qué saludable sería si, fuera de la isla, las autoridades norteamericanas más o menos pentagónicas y los cubanos en el exilio hubiesen contemplado, aunque sólo fuese por televisión, aquel impresionante espectáculo!… Unos y otros estarían ya menos engañados de lo que han solido estar.
Se habrían dado cuenta de que esto es de veras una revolución, no una revuelta latinoamericana más, y que con las revoluciones no se juega, porque ellas representan toda una tremenda carga de resentimiento, pero también de ilusión y de voluntad.
Se habrían percatado los primeros de que con “eso” no hay más remedio que entenderse, pues si de algún modo se lo tratase de suprimir, nunca podría ser sino un abuso de fuerza que, en el menos malo de los casos, dejaría sólo sumergido y agravado el problema. ¿Cuándo acabarán de comprender que ésta es una nueva hora histórica cubana; que el noventa por ciento de nuestro pueblo tiene puestas en ella sus esperanzas; que esa hora puede ser para bien si se la ayuda y encauza, y muy mal si se le pretende cerrar el paso apañando intervenciones y quemando cañaverales?[25]
Lejos de proponer un entendimiento, el gobierno norteamericano arreció su agresividad contra Cuba, lo que provocó una mayor radicalización de las medidas revolucionarias. En el plano individual, debe decirse que Mañach venía observando desde meses antes cómo su campo de participación se reducía paulatinamente. La Academia Nacional de Artes y Letras, la Academia de la Historia de Cuba y la Sociedad Económica de Amigos del País, instituciones a las que pertenecía, cesaban de funcionar. El Diario de la Marina era clausurado en mayo de 1960. Por aquellos días, el director de Bohemia, Miguel Ángel Quevedo, abandonaba el país y esta revista pasaba a manos del gobierno. La Universidad Católica Santo Tomás de Villanueva, donde había impartido varios cursos, cierra sus puertas. La emisora CMQ, donde también trabajaba, es intervenida por las autoridades. De igual modo dejan de imprimirse importantes publicaciones nacionales donde hubiera podido colaborar: El País, Información, Carteles… Su difícil situación personal se incrementa con los ataques, no exentos de insolencias, que desde las páginas de Lunes de Revolución le dirigen dos exponentes de la nueva hornada literaria, mucho más agresiva.[26] De igual modo, en el diario Hoy lo toman como blanco de sus críticas.
Sin embargo, Mañach no renuncia a su puesto de intelectual cubano. Toma parte como jurado en el primer concurso literario convocado por la Casa de las Américas y, a pesar de los avances de su enfermedad, interviene como Catedrático en la reorganización de los programas de estudio y de las asignaturas en la Escuela de Filosofía y Letras. Se aprestaba a impartir un nuevo curso cuando el 8 de septiembre de 1960 recibe, imprevistamente, la noticia de que la Junta Superior de Gobierno de la Universidad de La Habana había determinado su jubilación. Ese mismo día le escribe a Ortega Spottorno, editor de la Revista de Occidente:
“Me están poniendo en trance detener que reorientar una vida que ya tenía hecha. Hoy, precisamente, he recibido la noticia de que me han “jubilado” a la trágala, es decir, sin yo solicitarlo ni tener por qué, como profesor de la Universidad, junto con otros muchos más de no poco prestigio. Y como yo no soy sino profesor y escritor, y ninguna de esas actividades las puedo desenvolver aquí, me veo en el caso de buscarme nuevos horizontes. Pero horizontes que supongan un modus vivendi, porque tampoco soy hombre de fortuna, ni puedo sacar de aquí la poca que tengo”.[27]
En estas difíciles circunstancias recibe una invitación de la Universidad de Puerto Rico para impartir un ciclo de conferencias. Decepcionado y enfermo abandona su patria. En el vecino país ofrece varias lecciones que más tarde serán publicadas bajo el título Teoría de la frontera (Puerto Rico, 1970). El propio Mañach se encarga de definir el tema: “…la frontera, particularmente nuestra frontera cultural con los Estados Unidos, y vista no sólo en sí misma, sino también en cuanto representa o simboliza las relaciones, actuales y posibles, entre las dos Américas”.[28] Si con anterioridad ha abordado la problemática cubana, en esta ocasión, que será la última, incursiona en un aspecto candente de la realidad hispanoamericana. No deja de señalar “la prepotencia del Norte”, recuerda la llamada de aviso de Martí en su carta a Mercado, mención a el “tajo imperial del territorio mexicano por los Estados Unidos”, llama la atención acerca de la influencia creciente del “estilo de vida yanqui” y afirma que a Puerto Rico “se le impuso un vínculo político con los Estados Unidos […] al que no se le consultó ni recibió su consentimiento y que, además, no revistió de entrada formalidad jurídica alguna, sino que se constituyó como un nudo hecho de ocupación militar y gubernativa”.[29]Su mirada no ha dejado de ser lúcida y crítica, pero biológicamente está condenada. Mañach muere el 25 de junio de 1961. Por extraña simetría, había nacido en el año en que terminó la dominación colonial; al desaparecer, se establecía en Cuba el socialismo.
En nuestro país su nombre es minimizado durante décadas. No recibe elogio alguno, sino censuras. Sus errores se exaltan y se le llama, entre otras lindezas, “reaccionario connotado”,[30] “proimperialista”[31] y comemierda.[32] El hecho de faltarle a la verdad es pueril. No se le perdona que se hubiera marchado de Cuba.
Ante esos calificativos, muy pocos se han detenido, con respeto y rigor, a analizar su obra y valorar su trayectoria política. De haber prevalecido esta actitud se hubiera comprobado que, si bien tuvo desaciertos, como otros muchos que participaron en la vida pública republicana, mantuvo una postura ética digna de elogio. No transigió con dictadura alguna, ni aprovechó en beneficio personal los cargos públicos, ni subordinó sus principios a las prebendas de los poderosos. Su pensamiento, que se enmarca en una línea reformista y nacionalista, recelosa del imperialismo yanqui, del caudillismo y del militarismo, distante de la filosofía marxista, fiel a los principios democráticos y permeada de civilismo, no deja de ser aprovechable. Como escritor, muy contados prosistas lo aventajan. Su labor docente y de animación cultural fue loable. Siempre mantuvo en primer plano la necesidad de regenerar el país. Por último: su lugar en las letras cubanas, compréndanlo, no podrá ser borrado jamás.
Y en el destello de sus lentes
hay un perfil de Cuba, único,
que al sucumbir quedó en el aire,
grabado allí, temblando, solo…
Notas:
[1] Estos versos, así como los del final del trabajo, pertenecen al poema de Cintio Vitier “Jorge Mañach”, publicado en Testimonios 1953-1968 (1968), pp. 152-153.
[2] Jorge Luis Arcos, : “Jorge Mañach: un pensador polémico”, no. 4. La Habana, julio-agosto de 1994. p. 3.
[3] Jorge Mañach: La crisis de la alta cultura en Cuba (1925), pp. 28-29.
[4] Jorge Mañach: “Vanguardismo”, Revista de Avance, año 1, La Habana, marzo, 1927, p. 7.
[5] A la pregunta: ¿Qué pensó ante la aparición de Indagación del choteo?, Raúl Roa responde: “Lo mismo que pienso ahora. La Indagación del choteo es un ensayo que define y caracteriza a Mañach: estilo pulcro, óptica astigmática y sensibilidad de cuello duro.” En La Revolución del 30 se fue a bolina, 1969, p. 297. Pero lo cierto es que cuando se publicó no le escatimó elogios. Ver su artículo “Mañach y el choteo”, Revista de Avance, año 2, n. 27, La Habana, 15 de octubre de 1928, pp. 292-293.
[6] Ver Lionel Soto: La Revolución del 33 (1977), tomo 2, p. 134, y Cabrera, Olga y Carmen Almodóvar: Las luchas estudiantiles universitarias 1923-1934 (1975), pp. 41-42.
[7] Luis Toledo Sande: “Prólogo a Martí, el Apóstol” (1990), p. XXI.
[8] José Antonio Portuondo: Martí y el diversionismo ideológico (1974), pp. 8 y 12.
[9] Ver sus textos “Crisis de la ilusión”, Revista de Avance, año 3, n. 40, La Habana, noviembre, 1929, pp. 321 -325 y 348; y “Esquema histórico del pensamiento cubano”, publicado en 1932 en el Diario de la Marina y reproducido en Historia y estilo (1944), pp. 69-90.
[10] Jorge Mañach: “Crisis de la ilusión”, Obra citada, p. 322.
[11] Jorge Mañach: Glosario (1924), p. 187.
[12] Andrés Valdespino: Jorge Mañach y su generación, Miami, 1971, pp 36-37.
[13] Gastón Baquero: “Jorge Mañach o la tragedia de la inteligencia en la América Hispana”, Cuba Nueva, no. 1, Estados Unidos, 1962, p 19.
[14] José María Chacón y Calvo: “Homenaje a Jorge Mañach”, Revista Cubana, no. XV, La Habana, 1941, p. 27.
[15] Ver documento mecanografiado. Archivo del Instituto de Literatura y Lingüística. CM Mañach No. 1124.
[16] Jorge Mañach: “El arcano de cierta poesía nueva. Carta abierta al poeta Lezama Lima”, Bohemia, año 41, no. 39, La Habana, 25 de septiembre de 1949, p. 78.
[17] Lezama Lima, José: “Respuestas y nuevas interrogantes. Carta abierta a Jorge Mañach”, Bohemia, año 41, no. 40, La Habana, 2 de octubre de 1949, p. 77.
[18] Luis Ortega: “Una generación que se rinde”, Prensa Libre, La Habana, 2 de octubre de 1949, p. 1.
[19] Guy Pérez Cisneros: “Presencia de 8 pintores”, Verbum, año 1, no. 1, La Habana, junio de 1937, p. 60.
[20] Rafael Rojas: “Mañach o el desmontaje intelectual de una república”, La Gaceta de Cuba, no. 4, La Habana, julio-agosto, 1994. p. 9.
[21] Jorge Mañach: “Discurso en el homenaje ofrecido por obtener la Cátedra de Historia de la Filosofía”, Acción, La Habana, 25 de diciembre de 1940, p. 1.
[22] Jorge Mañach: Para una filosofía de la vida y otros ensayos (1951), p. 92.
[23] Mario Mencía: El grito del Moncada (1986), tomo I, pp. 172-173.
[24] Ídem, p. 182.
[25] Jorge Mañach: “iDéjennos en paz! (Oración por el viernes de dolor)”, Bohemia, año 52, no. 11, La Habana, 13 de marzo de 1960, p. 51.
[26] Ver Heberto Padilla: “Mañach y la Marina”; y Antón Arrufat: “Las armas de la reacción”, Lunes de Revolución, no. 33, La Habana, 2 de noviembre de 1959, p. 15; y no. 38, La Habana, 7 de diciembre de 1959, p. 16, respectivamente. Arrufat, después de llamarlo “uno de los más connotados conservadores cubanos”, sentencia: “Mañach es ya un escritor liquidado”.
[27] Copia mecanografiada de carta a José Ortega Spottorno. Archivo del Instituto de Literatura y Lingüística. CM Mañach No. 1033. Ver también copia mecanografiada de carta a Elías Entralgo, con fecha 14 de septiembre de 1960. Archivo del Instituto de Literatura y Lingüística. CM Mañach No. 848.
[28] Jorge Mañach: Teoría de la frontera (Puerto Rico, 1979) p. 23.
[29] Ana Cairo afirma en su ensayo El Grupo Minorista y su tiempo (1978), p. 220: “Mañach hizo una contribución importante a la cultura del período neocolonial republicano, que no debe ser omitida, aunque se condene su diatriba contra la Revolución Cubana, en las conferencias publicadas póstumamente con el nombre de Teoría de la frontera (1970). He leído en dos ocasiones este libro y no he encontrado siquiera la más lejana referencia a la Revolución Cubana, así como tampoco a sus dirigentes”.
[30] Josefina Meza Paz: Rubén, antología del pensamiento político (1976), p. 40.
[31] Mario Mencía: El Grito del Moncada (1986), tomo I, p. 182.
[32] Raúl Roa: La Revolución del 30 se fue a bolina (1969), p. 314. La frase exacta de Roa es: “Mañach e Ichaso comían mierda a granel cavilando sobre «lo esencial castellano»”.

