Poeta: A mi regreso a La Habana hace unos días, hallé sobre mi mesa, cargada de los recuerdos de la ausencia, un ejemplar de su último libro, titulado La fijeza. También encuentro el “regalo cordial” que Cintio Vitier me hace de su obra más reciente, El hogar y el olvido, publicada igual en esas bellas ediciones de la revista Orígenes que usted viene dirigiendo desde hace algunos años con heroísmo y prestigio sumos.

Primorosos volúmenes ambos, sobre todo el de usted, con esa cubierta citrón (le gustará a usted que no diga el color en castellano, para que el adjetivo no se domestique demasiado) que lleva el nombre de usted en modestas letras blancas, como una cicatriz antigua o un vago rubro estelar: con una viñeta en sepia de Portocarrero, donde se conjugan una lámpara, una oreja y algo que parece un caracol de tripa mágica; y dominando ese tranquilo misterio de la portada, el título austero de sus versos, La fijeza, como una negra pupila escrutadora.

Al mismo tiempo que el de Vitier he abierto y leído no poco de este libro suyo, al cual particularmente quiero referirme; y todo ello con mucho agradecimiento por el bondadoso recuerdo de ustedes, y con vehemente y ávida expectación. La dedicatoria de su libro me ha movido a escribir esta carta, cuya condición de “abierta” le ruego me excuse si, por desventura, no piensa usted, como lo pienso yo, que también en las cuestiones de arte nos está haciendo falta desde hace tiempo un poco más de oreo y franqueza. Esa deferente dedicatoria suya dice: “Para el Dr. Jorge Mañach, a quien Orígenes quisiera ver más cerca de su trabajo poético –con la admiración de José Lezama Lima. Agosto y 1949”. Obviamente, la generosidad de la inscripción, que tanto avalora para mí su regalo literario, envuelve, sin embargo, un reproche. Usted no me siente lo bastante cerca de la obra poética que Orígenes viene haciendo y de la cual es usted, notoriamente, máximo inspirador. Y como me estima usted lo bastante para deplorarlo y mandarme reiteradamente sus libros –ninguno de los cuales he dejado de leer–, lo menos que puedo hacer yo es descargar mi conciencia ante usted y los demás escritores de Orígenes que, en distintas ocasiones y por modos más o menos directos, me han hecho patente la misma actitud a la vez de estimación y reserva.

Lo primero que yo quisiera decirle, Lezama Lima, es que escribo esta carta con el más alto respeto y la más genuina modestia. No ha de ver en ella usted ni nadie especie alguna de desestimación o altivez crítica, ningún desconocimiento del magnífico ejemplo de devoción, de fecundidad y de austeridad que ustedes están dando en su ya abundante obra ni mucho menos pretensión alguna de leerles la cartilla literaria. Están ustedes demasiado crecidos ya para eso. Le escribo precisamente para ver si puedo lograr que ustedes no interpreten como falta de estimación lo que más bien es una falta de… adhesión o si se quiere, de comunidad en el modo de querer y preferir la obra poética. Y para que todo se comprenda mejor, haré un poco de historia.

Hacia 1925 –la fecha que se va haciendo convencional para señalar la generación literaria a la que pertenezco– empezamos a liquidar en Cuba, como usted sabe, una rutina literaria en que los residuos del modernismo, ya en su mayor parte raídos, llenaban un lamentable vacío de poesía y de prosa significativa, pero se avenían bastante con la efusión provinciana y oratoria que por las letras cundía. En el momento mismo en que Cuba se hallaba más libre y al parecer más madura para afirmar su personalidad artística, había quedado relegada a comarca segundona en el mapa literario hispanoamericano. No había gusto fino, empuje creador, sutileza de pensamiento ni de emoción. Rezagados respecto de los mejores ejemplos europeos y americanos, todo nos sabía aún demasiado a fórmula agotada y a provincianismo, a improvisación y a poco más o menos. En el mejor de los casos, era aquella “almohada en donde ya se ha dormido”, que decía desde España Eugenio d’Ors.

Entonces se produjo bajo las consignas críticas, primero del Minorismo y después, más explícitamente, de la Revista de Avance, que Ichaso, Lizaso, Marinello y yo dirigíamos, la campaña que se llamó del “vanguardismo”. De lo que se trataba era de barrer con toda aquella literatura trasudada y de estimular una producción fresca, viva, audazmente creadora, capaz de ponerse al paso con las mejores letras jóvenes de entonces. Fue una revolución –el preludio, en el orden de la sensibilidad y estética de la revolución política y social que quiso venir después–. Y como toda revolución, tuvo que incurrir en exageraciones e injusticias. Le negamos la sal y el agua a todo bicho viviente que no compartiera nuestro credo, y el credo mismo tuvo a veces mucho de desaforado. Exaltamos lo que por entonces el sagacísimo Mariátegui se atrevió a llamar “el disparate lírico”, adoramos la “asepsia” y el pudor antisentimental, hasta el extremo de darle cabida a aquella escandalosa “Oda al bidet” de Giménez Caballero; le abrimos la puerta del sótano a toda la microbiología freudiana, pusimos por las nubes –adonde ella ya de por sí se encaramaba– la metáfora loca, la imagen de tres o cuatro estratos simbólicos, los adjetivos encabritados, las alusiones a toda la frenética de nuestro tiempo, los versos sin ritmo y sin rima. Tomamos muy por lo serio aquello de Huidobro de que el poeta crea un poema –o el pintor un cuadro– “como la naturaleza crea un árbol”, y echamos enteramente por la borda todo lo que fuera arte representativo. Participamos del rescate de Góngora, beatificamos al Conde de Lautréamont, y a Baudelaire y a Mallarmé y a Apollinaire. Hicimos la estética de lo feo y de lo ininteligible. A propósito de Mariano Brull y de otros aún menos comunicativos hice yo la apología del arte como expresión pura, del sentido poético como mera irradiación mágica de imágenes y vocablos. Mucha gente sensata nos insultó, y nosotros los insultamos de lo lindo a nuestra vez.

Ya ve usted, pues, mi querido Lezama, que yo tengo mis antecedentes penales y que estoy un poco curado de espanto en eso de la poesía sibilina. Pero voy a confesarle un secreto, del cual ya me he descargado algo en otras ocasiones: no siempre pude yo entonces asimilar todas las insolencias estéticas a que solíamos entregarnos. En el fondo, conservaba mi fe candorosa en la poesía como idioma comunicativo y no sólo expresivo, y aunque consideraba que la mediocridad y la rutina tenían ya muy abusados todos los viejos cánones, repugnábame un poco, para mis adentros, la anarquía que cultivábamos, y apetecía –por estos resabios clásicos que sin duda tengo– algún orden de la expresión capaz de asegurarle a esta a la vez profundidad y claridad.

Más que una batalla estética, para mí fue todo aquello una batalla cultural, una rebelión contra la falta de curiosidad y de agilidad, contra el provincianismo, contra el desmedro imaginativo y la apatía hacia el espíritu de nuestro tiempo. Me parecía bien que la batalla prescindiese al principio de todos los miramientos con tal de desalojar aquel modernismo flatulento y aquel academicismo gordo e inerte; pero abrigaba la esperanza de que, una vez despejado el campo, volviesen nuestras letras más finas (las no periodísticas, las no académicas, las no universitarias, las no oratorias) a juntar en sobria disciplina la pureza, la novedad, la hondura y la claridad. Y no dejé de comprender aquella advertencia de Varona ante nuestro vanguardismo: “Andan por las nubes: ¡ya caerán!”.

Pues bien: ustedes, los jóvenes de Orígenes son, amigo Lezama, nuestros descendientes, como los pintores y escultores “nuevos” de hoy lo son de aquellos que nos ayudaron en nuestra batalla vanguardista: los Víctor Manuel, los Gattorno, los Abela, los Sicre. Si usted me reprocha a mí mi desvío respecto de ustedes, yo a mi vez podría reprocharles a ustedes su falta de reconocimiento filial hacia nosotros. Nos envuelven ustedes hoy en el mismo altivo menosprecio que entonces nosotros dedicábamos a la academia, sin querer percatarse de la deuda que tienen contraída con sus progenitores de la Revista de Avance, que fuimos los primeros en traer esas gallinas de la “nueva sensibilidad”. Cierto que los más de nosotros nos hemos “formalizado” ya mucho: apagamos los fuegos revolucionarios, escribimos como dicen que Dios manda, hasta hemos entrado en academias y ganado premios. Esto es tan inevitable como echar abdomen después de los cuarenta años. Pero a nadie se le ocurre renegar de su padre porque ya no tiene la esbeltez de antaño.

Este pequeño resentimiento no es, sin embargo, lo que de ustedes me aparta. Sé lo suficiente de la historia literaria general para no olvidar que todas las generaciones tienden a negar a sus predecesores inmediatos, a fin de acusar esa generosidad en que el alma del artista se apasiona. Lo que me tiene en esa distancia que usted dice es más bien (déjeme ver si acierto a sugerírselo) una incapacidad de fruición que muy bien puede ser un embotamiento de mi sensibilidad, pero que prefiero atribuir –y usted no me lo tendrá a mal– a una excesiva extralimitación de ustedes. Trataré de explicarme.

Yo leo asiduamente Orígenes, como leí todas sus revistas precursoras y afines de los últimos tiempos. Con la mejor voluntad me he sumido también en las páginas de los libros individuales con que ustedes me han obsequiado y en las de la Antología reciente de Cintio Vitier. Y le mentiría, amigo Lezama, si le dijese que fueron esas muy gratas lecturas, o que saqué mucho en limpio de ellas. No quisiera generalizar demasiado, porque más de una vez tuve ocasión de deleitarme intensamente con algún poema de rara sugestión y fuerza lírica –ya fuese de Baquero, de Gaztelu, de Cintio Vitier o de usted mismo, a quien todos tienen por maestro–, o con alguna prosa de finos matices expresivos y misterioso paisaje interior. Además, en todos los casos no he podido dejar de admirar, como quien admira una hermosa parada de quebradas luces y opulentos arreos, aunque no sepa exactamente a qué viene ni de qué se trata, la procesión de los vocablos y las imágenes, los relámpagos de la alusión culta o ciertos movimientos rítmicos imprevistos, ciertos complejos de prestigiosa sonoridad en el verso o en la prosa.

Pero ¿me permitirá usted poner ejemplos de su propia cosecha? En el primer poema de este libro que usted ahora me manda, después de leer esos sonetinos del “coro” inicial que empiezan

Son ellos, si fusilan
la sombra los envuelve.
Doble caduceo trituran,
pelota los devuelven.

Toscos, secos, inclinan
la risa que los pierde,
o al borde de la verde
ira taconan jocundos.

–etcétera– de los cuales, con perdón, no entiendo ni la gramática siquiera; después de eso, digo, hallo como un relativo alivio en la gran tirada del canto III que empieza:

Una ráfaga muerde mis labios
picoteados por puntos salobres
que obstinados hacían nido en mi boca.
Una ráfaga de hiel cae sobre el mar,
más corpulenta que mi angustia de hilaza mortal,
como gotas que fuesen pájaros
y pájaros que fuesen gotas sobre el mar.

lo cual, aunque todavía sea bastante sibilino, aunque contribuya muy poco a entregarme el misterio de esa hidrografía metafísica de su poema, siquiera tiene un sentido metafórico menos mediato y logrado con mucha energía y novedad. Pues bien, esta experiencia difícil, de momentos de fruición formal (yo todavía creo, y no por inercia retórica, en la diferencia conceptual de “fondo” y “forma” que tanto se ha dado en la flor de negar), aislados como islotes en arcanos mares espumeantes de palabras –esa experiencia es, amigo Lezama la que en general me queda de toda esta poesía de ustedes–. La admiro a trechos; pero no la entiendo.

Le repito: estoy dispuesto a admitir, humildemente, que se trata de una trágica limitación de mis entendederas. No vea ironía en ello. No puedo suponer que hombres de tanta probidad intelectual y de tan limpio espíritu y acendrada cultura literaria como ustedes, se entreguen a esas elucubraciones por puro camelo, como dicen los madrileños. No me pasa siquiera por la cabeza que puedan escribir y editar con tan primorosa devoción un libro tras otro de poesía y prosa semejantes si no creyesen de veras que están haciendo arte literaria de la más genuina y rigurosa en nuestro tiempo. Pues, además, eso de ustedes se parece mucho –no he de negarlo– a lo que todavía se lee en revistas y bajo firmas muy sonadas de otras tierras. De manera que el único consuelo que me queda, puesto a echarme del todo la culpa a mí mismo, es el de saberme acompañado en mi aflicción por no poca gente de indubitable sensibilidad y afinadísima cultura, de quienes frecuentemente recibo parejo testimonio de incomprensión aunque no se aventuren a publicarlo.

Pero también puede muy bien ocurrir, amigo Lezama, que no sea tanto una limitación mía como una extralimitación de ustedes. También es posible que ustedes se hayan forjado un concepto de la poesía demasiado visceral, por decir así, demasiado como cosa de la mera entraña personal, ajena a la sensibilidad de los demás. De viejo es sabido que la poesía ha estado oscilando siempre entre el polo de la expresión y el de la comunicación, y que se ha acercado más al uno o al otro según el humor de los poetas y de los tiempos. Pero en todas las épocas, hasta esta que vivimos, el poeta se sintió en alguna medida obligado a hacer comunicable, en términos de la común experiencia y del común lenguaje, la sustancia misteriosa de sus sueños y las aventuras de su fantasía. Llevaría un espacio, del que ahora no dispongo, el exponer la explicación que me tengo hecha de por qué, a partir de la resaca romántica, el individualismo poético se ha ido exacerbando con el humor mayoritario de nuestro tiempo, hasta dar de sí esos excesos de expresión sibilina, en que el poeta se queda ya casi enteramente solo con su misterio.

Pero lo cierto es, Lezama, que tal va siendo el resultado. La poesía, regalo de los dioses a los hombres –que se dijo con alguna novedad hace siglos– amenaza convertirse, si esos mismos dioses generosos no bajan a remediarlo, en una simbología puramente personal, a lo sumo en un idioma de pequeñas fratrías poéticas. No es ya lo que pensamos que debía ser, lo que fue en Homero y en Ovidio, en el Dante y en Garcilaso, en San Juan de la Cruz y en Bécquer y hasta en los más nobles momentos de Juan Ramón Jiménez y Neruda: una expresión, en símbolos inteligibles, de la más honda experiencia humana, sino que se va haciendo, repito, un idioma críptico de poetas para poetas… y para poetas de la propia capilla. Con lo que ocurre que, marginado por su propia soberbia expresiva, el creador poético se queda cada vez más incomunicado con el mundo que su voz debía iluminar y ennoblecer.

Créame, Lezama, que es muy vivo el pesar que me produce –velando por las dimensiones y fulgores de nuestra cultura– el ver que tanto talento literario de primer orden se esté frustrando para la gloria de nuestras letras y la edificación espiritual de nuestro medio, con semejantes ensimismamientos. Cierto es que nosotros abrimos esa vía, como antes dije; pero fue para apartarnos de la letra muerta o gastada y posibilitar el acceso a nuevos paisajes de expresión y de comunicación, no para que la poesía se nos fuera a encerrar en criptas. Y no me vaya usted a suponer, por Dios, ensayando ninguna apología de lo pringosamente descriptivo, o sentimental, o social. No me imagine tan descaecido de mi antigua rebeldía que ande ya reclutando sufragios para los sollozos romanticones, los erotismos empalagosos, las maracas tropicales que vienen a ser nuestra pandereta, o las efusiones ideológicas en verso. No es eso. Pero tampoco es lo otro. Tampoco es la dieta onírica a todo pasto, la imagen que se escapa a uno de la intuición cuando cree que le ha apresado su sentido, porque tiene algo de pájaro mecánico, el abigarramiento de las palabras por las palabras mismas, la superposición caótica de los planos imaginativos o las violentas asociaciones temáticas, el metafisiqueo gratuito de los símbolos, la desmesura, en fin, de ese supra o infra-realismo que ya no se contenta con calar súbitamente en lo oscuro de la existencia para aflorar de nuevo a la claridad del alma, sino que prefiere quedarse alojado en un nocturno de larvas… Tampoco eso.

Pero ya le digo: es posible que todo esto sea limitación mía. Si así piensa usted, no sabe cuánto le agradecería que nos ilustrase a todos un poco en un lenguaje que podamos entender –y digo esto, con perdón, porque demasiado a menudo ocurre que al tratar de explicarnos estas cosas resulta que la explicación necesita a su vez ser explicada.

Por lo demás, crea que le agradece mucho su amistoso recuerdo y que le admira muy sinceramente, más por lo que le adivina que por lo que le entiende, su amigo.

J. M.


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