Qué puntual elegancia, mi querido amigo, muestra usted en su epístola, que le ha permitido enseñar sus más esenciales discrepancias, burlando ciertas furias, pero, con tacto fino para evitar la posibilidad siquiera de un rasguño, entregándonos sin paliativos sus negaciones, lejanías o indiferencias. Así también, quisiera yo, evitando sus enojos, mostrarle al descubierto lo que va implícito en las secretas progresiones de esa poesía a la que usted alude, corriendo ya expresa en el alegre despertar de sus imágenes y metáforas.

Por una cuestión formal en el tratamiento de los símbolos, en la portada, de un color que gusto de llamar verde tierno, aludiendo a esa ternura que la capilla natural de rocío coloca en el verde de nuestros alamillos; aparece una viñeta y allí donde usted creyó ver una lámpara, sin que sea acaso necesaria la rectificación, se trata de un tornillo sin fin… Referencia tal vez a cierta plaza de la cultura cubana, donde pocos deseaban situarse y donde yo precisamente he insistido en levantar mi tienda con tan reiterada constancia que ha motivado siempre el total entrecruzamiento de flechas.

Aunque usted se declare una y otra vez convicto del “no entiendo”, nosotros no vamos a caer en la trampa de igualarlo a celui qui ne comprend pas. Pero usted sabe, mi querido amigo, que la frialdad disidente y el ardor neófito se entrecruzan en la misma divinidad enemiga. Expresiones como “eso ya lo hice en mi juventud” y “nosotros queremos empezar de nuevo y equivocarnos”, en apariencias opuestas por el vértice, se allegan, se tocan y se destruyen.

Es lo raro que aquello que no entendemos se nos oponga en tal forma, que nos despierte, haciéndose evidente, alejamientos y diferencias. Pues el no entendimiento surge, ya de indolencia o indiferencia en la penetración o de una opacidad particular que lanzan sobre nosotros ciertas escrituras u objetos. Pero gusto de suponer que apenas una sustancia se mantiene ininteligible para nosotros, nuestro ardor para su apoderamiento bate su crescendo. El incentivo de lo que no entendemos, de lo difícil o de lo que no se rinde a los primeros rondadores, es la historia de la ocupación de lo inefable por el logos o el germen poético. ¿Qué es lo que entendemos? ¿Los monólogos misteriosos del campesino o el relato de sus sueños a la sombra del árbol del río? ¿Y qué es lo que no entendemos? ¿El artificio verbal, esa segunda naturaleza asimilada ya por la secularidad, y en el cual el hombre ha realizado una de sus más asombrosas experiencias: otorgar un sentido verbal, destruirlo y verlo como de nuevo se constituye en cuerpo, liberado del aliento de la palabra o del ademán de su compañía? En realidad, entender o no entender carecen de vivencia en la valoración de la expresión artística.

Es muy improbable que al posarse la oscuridad sobre un texto, aumente su índice de ininteligibilidad. Pues la oscuridad no motiva una obligatoria refracción en cualquier estructura, por el contrario, los psicólogos más novedosos concluyen que no es el rayo cenital el que, al penetrar en nuestro yo más oscuro, clasifica y define, sino que esos estratos últimos del yo, requieren la sombra de planos oscuros para surgir y ganar sus vicisitudes. Desciende el geómetra o el bailarín por la escala del sueño, después de haber recorrido sus últimas mansiones, al ascender lleva, en lo que se ha llamado tan sutilmente la memoria muscular, resuelta una nueva proporción en los lados del isósceles o una nueva proporción en los saltos del pas de quatre.

Gran parte de su epístola está recorrida por el pro domo sua; muestra usted el orgullo de su ciudad intelectual y enarca la Revista de Avance. Leí sus páginas en mi juventud y las repaso hoy que su fineza y tratamiento me obligan a un colmo de sinceridad. Me pareció siempre un bric-à-brac, producto tal vez de las opuestas sensibilidades de sus directores. Alternaban allí poetas neoclásicos de México con delirantes hirsutos de Chile o Perú; se carecía de una línea sensible o de una proyección. Sus cualidades eran, como usted subraya, de polémica crítica, mas no de creación y comunicación de un júbilo en sus cuadros de escritores. En sus viñetistas y pintores se confundían Valls, Segura, Gattorno, y Víctor Manuel, propiciando una confusión de actitudes y de valoraciones. Ninguna traducción de Valéry, Claudel, Supervielle, Eliot, o los grandes poetas de aquellos momentos que serían después de todos los momentos. Hasta Alberto Insúa irrumpía en algunas de sus páginas. Perdóneme usted esta total discrepancia, pero a su sinceridad he querido oponer la mía, cosa de que al final los dos quedemos en paz… al menos con nuestra conciencia crítica. Es innegable que usted manifiesta un sentimiento delicado al amar aún tan apasionadamente esa obra de su juventud.

No le es necesaria, al menos para la continuidad de Orígenes, nutrirse de hipertrofias polémicas o negativas. Creemos que aquella Revista de Avance cumplió y se cumplió. Si le ponemos reparos es para propiciar claridades y luces nuevas que tienen que acercarse otra vez con sus faroles y terrores. En muchos años que llevo haciendo gemir las ruedas impresoras con papeles y aleluyas líricas, no he hablado nunca, ni en leves confidencias o en pechosas arrogancias, de esos trabajos. Su epístola viene ahora a darme la oportunidad histórica de hablar de esas gestas casi hercúleas en nuestra circunstancia cultural. Orígenes era la culminación de unos esfuerzos anteriores, en cuadernos y pequeñas revistas, que al fin logran alcanzar cierto ecumenismo, huyendo siempre del énfasis, –producto de que había constituido–, huyendo también de la excesiva omnicomprensión, una pequeña república de las letras. Saint-John Perse, Santayana, Eliot, autorizaban en sus páginas la inserción de sus manuscritos, al igual que lo autorizaban para muy pocas revistas del resto del mundo culto. ¿Filiación y secuencia con la Revista de Avance? A Orígenes sólo parecía interesarle las raíces protozoarias de la creación, la propia norma que lleva implícita la riqueza del hacer y participar. Sus pronunciamientos no se reducían a la simpleza del manifiesto o índice marmóreo que en su humoresca señala tan sólo un camino y un camino. Decir lo dicho solamente por sus propias huellas, que fuese su progresión lo que quedase de su flecha. Dispénseme, pero su fervor por la Revista de Avance es de añoranza y retrospección, mientras que el mío por Orígenes es el que nos devora en una obra que aún respira y se adelanta, que aún demanda como la exigencia voraz de una entrega esencial, que volquemos nuestras más rasgadas intuiciones en la polémica del arte contemporáneo.

Esa falta de filiación es lo que según usted le levanta cierto resentimiento. No podíamos mostrar filiación, mi querido Mañach, con hombres y paisajes que ya no tenían para las siguientes generaciones la fascinación de la entrega decisiva a una obra y que sobrenadaban en las vastas demostraciones del periodismo o en la ganga mundana de la política positiva. No era, como en México, con el caso ejemplar de Alfonso Reyes, o en Argentina, con Martínez Estrada o Borges, donde la gente más bisoña, se encontraba, cualquiera que fuese la valoración final de sus obras, con decisiones y ejemplos rendidos al fervor de una Obra. Muchos entre nosotros no han querido comprender que habían adquirido la sede, a trueque de la fede y que están dañados para perseguirse a través del espejo del intelecto o de lo sensible.

Me asombro de nuevo al ver que para usted la extralimitación de una obra está en razón inversa de lo fruitivo o voluptuoso.

Comme le fruit se fond en jouissance, precisamente, como en la estrofa que todos recordamos, cuando el poeta aspira sus más secretas humaredas. Casi todo el arte y gran parte de la filosofía contemporánea llevan sus problemas más allá del contorno, del muro o de las limitaciones de la lógica causalista. “El contorno me huye”, decía Cézanne, obstinándose en construir lo que ha sido para los artistas posteriores una épica de la plástica. Y Dostoievski, Claudel, Proust, Joyce, y todos los que se han afanado en llevar el lenguaje a inauditas posibilidades. ¿No es más allá del límite donde han situado sus flechazos e insinuaciones? ¿Y no es precisamente en su furia contra el límite, contra el lenguaje o situaciones ya enquistadas por un tratamiento burgués, donde encontramos la mayor fruición para un intelecto voluptuoso de la primera mirada? Quizás todo esto resulte un poco obvio para la malicia de su “no entiendo”.

Algunos finos intelectuales de otras latitudes, como el mexicano Octavio Paz, considerado como el mejor poeta de su generación en su país, habían encontrado en esas extralimitaciones que aparecen en los Diez poetas cubanos, la magnífica antología de Cintio Vitier, las motivaciones suficientes para afirmar que de este libro “se irían desprendiendo algunos nombres, llamados a ser excepcionales en la poesía de nuestra lengua y de nuestro tiempo”. No todo iba a ser, mi querido Mañach, rudas negaciones e incomprensiones vacilantes.

Con cierta socarronería de ágil criollo, nos afirma usted que fue la Revista de Avance la que trajo la gallina de los huevos de oro del arte nuevo. Quizás en eso reconozcamos su verdad, porque ese arte fue para nosotros alción o albatros. Cínife sombrío, o soledad brumosa del alción, que llevaron nuestras adolescencias a desgarrarse en la soledad del que se sabe en una labor sin compañía, del que se sabe sobre una lámina estática y grosera. Albatros del que se siente ahogado por la realidad tatuada de la imagen que no penetra en la historia. Pero de esa soledad y de esa lucha con la espantosa realidad de las circunstancias, surgió en la sangre de todos nosotros, la idea obsesionante de que podíamos al avanzar en el misterio de nuestras expresiones poéticas trazar, dentro de las desventuras rodeantes, un nuevo y viejo diálogo entre el hombre que penetra y la tierra que se le hace transparente.

Siga usted, mi querido Mañach, mostrando esa cortesía que no le secuestra la inquietud y esa curiosidad que particulariza sus deseos. Así ha provocado los más nobles contentamientos de su amigo.


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