Jorge Luis Arcos:“Jorge Mañach: un pensador polémico”

Tomado de ‘La Gaceta de Cuba’, n. 4, julio-agosto, 1994, pp. 2-6.

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Jorge Mañach (1898-1961)[1] nace justamente al finalizar la segunda guerra de independencia, cuando ocurre la primera guerra imperialista, es decir, la guerra hispano-cubano-norteamericana que trajo como resultado la mediatización de la independencia y la nación cubanas, y la instauración de un régimen neocolonial. Su muerte ocurre, mientras tanto, apenas unos años después del triunfo de la Revolución cubana. De este modo, su vida y su obra públicas van a manifestarse a lo largo de casi toda esa época aludida, y de su estudio dimanará un valioso testimonio y una pauta para indagar en las complejidades y contradicciones de aquel momento histórico.

En Mañach, más que en otros intelectuales cubanos, es importante considerar las particularidades de su formación intelectual. Fue, más definidamente que otros profesores universitarios cubanos, un típico scholar o savant, entonces rara avis en nuestro medio cultural. Proveniente en parte de una familia de comerciantes catalanes, luego de sus primeros estudios en España (1908-1913), los proseguirá en los Estados Unidos (1914-1917), donde, desde 1920 y hasta 1921, ejerce como instructor del Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Harvard. Allí, en 1920, había obtenido el título de Bachelor of Sciencies, cum laude. En 1921 matricula Derecho en la Universidad de París y en 1924 y 1928, respectivamente, recibe el doctorado en Derecho Civil y el de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. Más tarde, exiliado en los Estados Unidos, donde prolonga su estancia desde 1935 hasta 1939, ejerce la docencia en la Facultad de Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad de Columbia, Nueva York. A partir de 1940 será profesor titular de la Cátedra de Historia de la Filosofía en la Universidad de La Habana, actividad de la que se deriva su Historia de la filosofía (1947). En 1961 muere en Puerto Rico, mientras impartía un curso en la Universidad de Río Piedras.[2]

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Mañach desarrolló además una intensísima actividad académica y cultural —repárese, por ejemplo, en su papel en la Revista de Avance. Esta faceta de su vida pública incidirá sin duda en su vocación de magister, en su afán por “sentar cátedra” en los más disímiles asuntos, y en cierta vanidad intelectual, en cierta sobrevaloración de la inteligencia, de las minorías cultas, que lo alejaron, acaso a su pesar y como a contrapelo de su intensa actividad política (en un principio revolucionaria y después más conservadora), de las posiciones más radicales y progresistas de la intelectualidad cubana, especialmente de todo contacto con el marxismo, ideología que no sólo no compartió, sino contra la cual argumentó en reiteradas ocasiones. Sin embargo, resulta simplista aquel enjuiciamiento algo extendido que lo considera, sin ningún matiz, un pensador reaccionario y proimperialista. No podía ser así en quien el desvelo por la cubanidad y la nación encarnó el centro mismo de su obra. Precisamente lo que se puede denominar como lo trágico de su destino consistió en la inadecuación entre lo ideal y lo real, entre su ideología y los cauces de la realidad. Mañach quiso ser el ideólogo de una burguesía nacional inexistente. Articuló su pensamiento para propender hacia lo que constituía a todas luces una utopía irrealizable en la práctica. De ahí que los contenidos progresivos de su pensamiento (nacionalismo, antiimperialismo, desarrollo de una industria nacional), y todo su ideario de democracia, permanecieron siempre como ideales, como signos de una falsa conciencia de las relaciones reales de la sociedad cubana. Mucho más si la obtención de estos ideales la preveía Mañach a través de una suerte de evolucionismo social, a partir de una política reformista, confiada sobre todo en la acción de la cultura y la educación, posición esta última a la que arribó luego de su juventud revolucionaria antimachadista y minorista, de su participación activa en el ABC —organización en un principio terrorista y que derivó luego hacia un reformismo de corte conservador—, y, finalmente, como máxima evolución de su ideario político, de su integración al Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Por todo ello, es natural que haya sido un antibatistiano convencido —sobre todo después del “golpe” anticonstitucional de 1952— y que, desde sus controvertidas posiciones políticas y su honestidad, haya sido incapaz de interpretar el proceso histórico desde su lado políticamente más fecundo y creador. Por ejemplo, inmediatamente antes y después del triunfo de la Revolución cubana, Mañach se mostró como su simpatizante, pero la inmediata radicalización del ideario de la Revolución tuvo, necesariamente, que dejar muy atrás los ideales burgueses y, sólo en este sentido, nacionalistas de Mañach.[3]

Jorge Mañach, uno de los exponentes más altos de nuestra ensayística republicana, fue también un escritor, es decir, un prosista con una definida voluntad de estilo. Es conveniente tener en cuenta que en su juventud escribió una novela, Belén el Aschanti (1924); que una comedia teatral suya, Tiempo muerto (1928), fue premiada y publicada en 1928, y que su relato “O.P. No. 4” resultó laureado en un concurso del Diario de la Marina, junto a otro de Hernández Catá, en 1926. Ello revela una sensibilidad literaria que también se manifestó en su ensayística y crítica literarias. En este sentido pueden situarse su lección “IX. El poeta”, de su curso de 1951; El espíritu de Martí (1952);[4] así como su ensayo El sentido trágico de la “Numancia” (1959), a propósito de la obra teatral de Cervantes, autor a quien también dedicó dos ensayos —aunque de aliento más bien filosófico—, Filosofía del quijotismo (1949) y Examen del quijotismo (1950), para imbricarse dentro del Corpus de estudios cervantinos, tan fructífero durante la República, y que tuvo dos mentores ideológicos muy importantes en José Ortega

y Gasset y Miguel de Unamuno.

También ejerció Mañach la crítica o comentario literarios. Su juicio sobre el vanguardismo cubano continúa siendo uno de los más lúcidos y objetivos, y es notable que su valoración del modernismo hispanoamericano se anticipe con creces a la revalorización más moderna de este movimiento. Dice Mañach en su ensayo “El estilo en Cuba y su sentido histórico” (1944):

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“Pero aquí, como en otros países de América, el Modernismo fue un producto histórico mucho menos postizo de lo que suele pensarse. Tenía, eso sí, una fidelidad negativa respecto de su lugar y su momento, mas no por eso menos real. Los que le reprochan su insensibilidad social, su falta de emoción americana, simplifican demasiado las cosas: olvidan que un pueblo no es solamente lo que es, sino también lo que quiere ser. El Modernismo traducía el ansia de eso, de modernidad, en pueblos que por largo tiempo se habían sentido como detenidos en la historia, como secuestrados a la corriente de su época. Expresaba también, y por eso mismo, una impaciencia de refinamiento frente a la burda textura de nuestras realidades sociales. Quería universalidad donde sólo había provincialismo, o pura aldea. Aspiraba, en fin, a la salvación integral del individuo, con todos sus matices de gusto, de inquietud y de ensueño, en pueblos que se habían fundado para la plenitud de la vida espiritual.”

Con tanta frecuencia como la crítica literaria —que espera aún por ser recopilada—, ensayó Mañach la pictórica. Siendo pintor aficionado —lo cual también revela una sensibilidad artística particular—, escribió, por ejemplo, sus dos conferencias, La pintura en Cuba (1925), y La pintura en Cuba. Desde sus orígenes basta nuestros días (1926); su excelente ensayo Goya (1928), y, amén de otros artículos o comentarios, su Paisaje y pintura en Cuba (1957).

La cualidad literaria, artística, de su prosa, se manifestó también en su crítica y literatura costumbristas, de hondo contenido cultural y sicosocial, como puede apreciarse en su Glosario (1924), conjunto de artículos y ensayos aparecidos en la sección “Glosas”, del Diario de la Marina, acaso a la manera de Eugenio D’Ors, y muy elogiadas por Raúl Roa y Juan Marinello. Estos artículos, en cierto sentido dentro del ámbito del modernismo más que del vanguardismo, constituyen un antecedente de su obra más orgánica y lograda dentro de esta dirección, Estampas de San Cristóbal (1926) y, ambas, de las reflexiones ensayísticas de su Indagación del choteo (1928), ya un clásico de nuestras letras. En Estampas de San Cristóbal retoma Mañach un personaje de su Glosario —“Luján, el moralista”—, y a través de esta figura va develando todo un fresco costumbrista de La Habana anterior a 1926.

Al valorar la obra de Mañach la crítica ha incurrido en una inexplicable contradicción valorativa: mientras elogia los aspectos estilísticos de su prosa, hace depender su perdurabilidad sólo de los valores literarios de Estampas de San Cristóbal y de su biografía Martí el Apóstol (1933), y elude la valoración de su controvertido pensamiento e incluso de la calidad estilística de su prosa propiamente ensayística. Es cierto que las cualidades expresivas, literarias, de su escritura se explayan más en los textos referidos, pero no es menos cierto que en el resto de su obra, su prosa, aunque más funcional, accede a una precisión conceptual, a una contención expresiva que —sin eludir un léxico variado, cierta elegancia en sus períodos, un tono elevado, una adjetivación original y eficaz— logra conformar un discurso con un ritmo interno coherente, armónico y, sobre todo, siempre ajustado a sus objetivos y contenidos ideológicos, faceta esta que hace de su prosa reflexiva —incluso de su frecuente oratoria ensayística— una de las más pulcras y de mayores calidades formales en Cuba. Un ejemplo de ello son las cuatro conferencias que conforman su Historia y estilo (1944), acaso el libro más importante de la obra de Mañach, y uno de los más polémicos, pero por ello mismo más significativo —y perdurable— de su ensayística.

La profundidad de su pensamiento y, en muchos aspectos, su relativa vigencia teórica, se expresan sobre todo en su conferencia La crisis de la alta cultura en Cuba (1925) —publicada con un apéndice compuesto por dos “Glosas” aparecidas en el Diario de la Marina, bajo el título de “Algunos remedios a la crisis de la cultura”, I, II—; en su Indagación del choteo —reeditada, corregida y ampliada varias veces hasta 1955, y

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en Historia y estilo —libro compuesto por su discurso de ingreso en la Academia de la Historia de Cuba, “La nación y la formación histórica”; el ensayo publicado en el Diario de la Marina, en 1932, “Esquema histórico del pensamiento cubano”; un artículo que recibió, en 1935, el Premio Justo de Lara, “El estilo de la Revolución”; y su discurso de ingreso en la Academia Nacional de Artes y Letras, “El estilo en Cuba y su sentido histórico”, 1943-1944, que de algún modo contiene, diversifica y profundiza los tres anteriores.

En su conferencia La crisis de la alta cultura en Cuba, Mañach realiza un pormenorizado análisis y una valoración general de todos aquellos aspectos negativos que se manifiestan en el panorama cultural cubano de las dos primeras décadas de la seudorrepública, y ya es altamente significativo que el autor incluya dentro del ámbito cultural a la política e incluso a la economía. En cierto sentido esta conferencia expresa el ideario del Grupo Minorista, con sus virtudes y con sus limitaciones características. De ahí que Mañach preconice —como fue común en aquella época— la reforma de la enseñanza como principal remedio a la crisis de la cultura, y vea sobre todo en esta última, y no en otros órdenes más esenciales de la sociedad, el origen de la crisis republicana.

Comienza Mañach definiendo lo que entiende por cultura nacional, y a propósito de la crisis en la conciencia nacionalcubana afirma: “la formación de la alta cultura en los pueblos jóvenes suele estar condicionada por la aparición de un ideal de independencia y de peculiaridad, es decir, de independencia política, como Estado, y de independencia social, como nación” (1925: 13). Sin embargo, a veces es evidente un causalismo idealista en sus juicios, como cuando hace depender en cierto modo la falta de contemplación —como actividad necesaria para la cultura— de las consecuencias de la acción—las guerras de independencia. Y en este sentido idealiza la época anterior a estas, “aquella época que engendró el espíritu de nacionalidad” (1925:16), pero no señala —luego sí lo hará— uno de los factores esenciales de la crisis republicana: la intervención norteamericana y todas sus consecuencias. Por otro lado, introduce el tópico del choteo —que luego desarrollará extensa e intensamente en su libro ya referido, y hace el elogio del scholar; crítica al pragmatismo y al utilitarismo norteamericanos por ir en detrimento de ciertos valores culturales y espirituales. Asimismo, aparece aquí su ideario burgués nacionalista, cuando señala:

“[que] permanezcan sin resolver, con los problemas actualísimos de la Nación: el analfabetismo, la subordinación económica, la corrupción administrativa, el atraso y al desorden jurídicos, aquellos otros problemas mediatos tan vitales como el de nuestra monoproducción azucarera, que nos obliga a ser un pueblo con una sola oferta y múltiple demanda.” (1925: 28)

Y en este mismo sentido se preguntará:

“¿No será hora ya de que disipemos esta conmovedora resignación agrícola que tenemos como pueblo, y que paremos mientes en otras manifestaciones posibles de la energía colectiva: en la industria y en la cultura, por ejemplo? ¿Cuándo convendremos en que el prestigio personal depende más, a la larga, de los ingenios intelectuales que de los azucareros?” (1925: 41)

Hasta aquí llegó la máxima radicalidad de su ideario, junto a su concepto de la minoría intelectual, la alta cultura, a la que Rubén Martínez Villena opuso algunos reparos, según testimonio de Raúl Roa.[5]

En Indagación del choteo, Mañach realiza una importante aproximación a este fenómeno desde una perspectiva sicosocial y, a través de un riguroso —metodológicamente discurso analítico, abordará numerosas características de nuestra sicología y conciencia sociales—. Las fuentes de pensamiento idealista —Simmel, Scheler, Bergson, entonces muy difundidas por la Revista de Occidente— no constituyen siempre un cerrado impedimento para que el autor cale con agudeza en ciertos rasgos de nuestra idiosincrasia a tenor del análisis de circunstancias sociales concretas. A veces su discurso se resiente de cierta tendencia positivista, cierto fatalismo, como cuando alude a la influencia del medio natural (el trópico, el clima). Sin embargo, alcanza claridades indudables cuando alude, por ejemplo, a ese “deseo de familiaridad con las cosas, a esa “familiaridad criolla” como “el rasgo más ostensible y acusado de nuestro carácter” (1928: 56—57), o cuando se refiere a aquel nativo espíritu de independencia” (1928: 87). En sentido general, el libro se salva de un peligroso estatismo metafísico por su visión historicista: “la historia misma deja su impronta en el carácter” (1928: 64), expresa, y se refiere, en una nota agregada en 1955, a los cambios a que el choteo se ha visto sujeto según los avatares de nuestro proceso histórico.

Antes había adelantado que acaso su Historia y estilo constituía el exponente más importante del pensamiento de Mañach. Esto es así a pesar de las innumerables limitaciones de enfoque idealista de nuestra historia, y no solo por la calidad de su prosa, por la seriedad de sus argumentaciones, por la funcional erudición, sino, sobre todo, porque aun desde aquella perspectiva Mañach abordó con profundidad teórica muchos problemas esenciales de nuestro proceso histórico, incluso sin desconocer sino precisamente tomando en cuenta y tratando de refutar las tesis del materialismo histórico en más de una ocasión. En este sentido son evidentes sus juicios positivos, como el que compromete el propio objetivo de su primer ensayo, “La nación y la formación histórica”, cuando alude al “deber en que todos los cubanos estamos de crearnos la nación que nos falta” (1944: 19). Además, su propio criterio metodológico es válido en muchos conceptos: la valoración de nuestro proceso histórico según la historia de la lucha primero y formación después de nuestra nacionalidad, la frustración de la Nación, así como sus aproximaciones a los conceptos de patria, nacionalidad, nación, conciencia nacional o colectiva, la importancia de la valoración de “nuestras denotaciones históricas” (1944: 50) —a lo que se le ha llamado más recientemente, por el propio discurso marxista, “denominaciones étnico-nacionales”—, así como el mismo planteamiento de estas problemáticas dentro del ámbito del pensamiento cubano, entre otros elementos.

Mientras, algunas de sus limitaciones que corren paralelas son: sus falsas interpretaciones de la teoría marxista de la sociedad; el preconizar la “integración social” a través de una suerte de evolucionismo social que contrapone al papel de la lucha de clases como dinámica de la historia social; su sobrevaloración del papel “decisivo” de la cultura; su apego a la concepción idealista de la historia de un Benedetto Croce, por ejemplo; la sobrevaloración idealista del héroe y, en sentido general, del grupo social —específicamente dentro del grupo lo que él denomina como “minorías históricas”— por sobre los conceptos de masa, clase y pueblo. No obstante, habría que apreciar en cada caso específico si sus propuestas teóricas se

oponen a las tesis de un materialismo histórico revolucionario o a otro metafísico. En última instancia, lo que se debía valorar es si sus proposiciones se avienen o no con la práctica histórica.

Un ejemplo concreto de la objetividad de sus criterios a la hora de enjuiciar el proceso histórico cubano, a la vez que un ejemplo de la calidad funcional, sintética, de su prosa ensayística, es el siguiente:

“Quedó entonces Cuba lista efectivamente para lograr la Nación [se refiere al inicio de la segunda guerra por nuestra independencia], que es cosa muy distinta de la mera nacionalidad jurídica. Pero la insustanciación económica y social de la Independencia por un lado, y por otro el platismo, que dejó como intervenida por voluntad ajena la aspiración de la conciencia cubana, se combinaron para que lo meramente formal y jurídico prevaleciera. Durante los primeros treinta años de soberanía, sólo por excepción significativa (Sanguily, Juan Gualberto Gómez, Márquez Sterling) se invoca en Cuba a la Nación. Sólo se habla de «La República»: de la forma, no de la sustancia; de la ley, no de la vida; de lo convencional, no de lo real.

Se repitió en nuestra tierra lo que con tanta insistencia había advertido Martí al enjuiciar la independencia en as otras zonas de la América nuestra: “la colonia continuó viviendo en la República”. Y no se le ocultó al juicio contemporáneo más sincero que todo había venido a parar aquí en una mera figuración de himno y bandera, sin independencia vital efectiva. Economía precana de mando ajeno; tierra en fuga; moneda y banca extranjeras, españolidad enquistada y cubanidad en derrota; cultura perezosa y mimética; política vacía de sensibilidad social; conato de Estado en una patria sin nación.” (1944: 63)

En su segundo ensayo, “Esquema histórico del pensamiento cubano”, Mañach realiza una interesante síntesis histórica de nuestro pensamiento. Con respecto al anterior, en este sobresalen su crítica del autonomismo y su exposición explícita del antimperialismo martiano, así como, de nuevo, su valoración negativa del “platismo”, es decir, del neocolonialismo. El tercer ensayo, “El estilo de la Revolución”, sobresale por su profunda apreciación del vanguardismo cubano, por la perdurabilidad de la propuesta estética de un estilo revolucionario y por la calidad

estilística.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        [‘

Como ya se había advertido, el cuarto y último ensayo de Historia y estilo sintetiza de cierta manera todo su pensamiento anterior, por lo que no se insistirá sobre lo mismo. Su novedad radica en aprehender todo ese pensamiento desde una nueva perspectiva: el estilo como categoría histórica, el estilo como forma de expresión de la historia, o como imagen de la historia. Expone allí cómo el proceso histórico, sus específicas circunstancias sociales —en el caso del proceso cubano, sobre todo su afán de independencia, es decir, la lucha por la consolidación de la nacionalidad y el logro de la Nación— producen “una voluntad de estilo”, ofrecen determinadas imágenes, concreciones culturales. Es significativo que Mañach aprecie en José Martí la culminación integradorade todo ese proceso. Expresa así al respecto:

“No quisiera extremar la tesis que estas páginas sustentan —la de un sentido histórico del estilo—; pero señalo el hecho, que no me parece fortuito, de que esa máxima libertad expresiva no se produzca en Cuba hasta el momento y el hombre que representan la voluntad decisiva de emancipación de la conciencia cubana. Se diría que hay una profunda afinidad entre la voluntad de forma frente a la norma y la voluntad de carácter histórico frente al régimen que la limita.” (1944: 181)

Por otro lado, en este ensayo de imprescindible consulta para el estudioso de nuestras letras, se realizan agudas valoraciones de los momentos culminantes de nuestro proceso histórico y cultural cuya historia, puede ser presidida por el siguiente juicio conclusivo de Jorge Mañach: “Nuestro estilo no ha sido, en último análisis, sino el gesto artístico de nuestra conciencia en busca de su plena realización histórica” (1944: 206).

Con respecto a sus valoraciones martianascabe agregar a lo expuesto aquí la conocida crítica de José Antonio Portuondo[6] a su excelente biografía Martí, el apóstol, donde Mañach, —como él mismo reconoció en una carta a Portundo— por su activa participación en la lucha antimachadista y por premura del editor, desarrolló más las distintas facetas de lapersonalidad de Martí y apenas las de su actividad revolucionaria y las de su pensamiento político y social. No obstante es justo señalar quecon posterioridad, en un discurso que leyó Mañach ante el senado y en presencia del entonces presidente de la República, conmemorando el natalicio de Martí, el 28 de enero de 1941, y titulado El pensamiento político y social a Martí (1941), el orador supo exponer, explicar y profundizar en el antimperialismo martiano y en el sentido de la república martiana con la misma objetividad histórica con que lo hubiera podido hacer un Emilio Roig de Leuchsenring o algún pensador marxista.[7] Asimismo, Cintio Vitier, en Ese sol del mundo moral. Para una historia de la eticidad cubana (1975), cita cómo Mañach, en un artículo recogido en el libro Pensamiento y acción de José Martí (1953), “recordando que, «como dijo el Apóstol, la perfección de la grandeza es siempre el acto»,añadía: «pero mientras no podamos servir a Cuba con los actos, deberemos servirla al menos con las actitudes»”.[8]

Además de a José Martí, el autor dedicó sendos trabajos a José de la Luz y Caballero Luz y “El Salvador»(1948)— y a Enrique José Varona —Semblante histórico de Varona(1949)— figura esta última sobre la que abundó en otros ensayos, muy especialmente, por ejemplo, en el contenido en su libro Para una filosofía de la vida y otros ensayos(1951), “El filosofar de Varona”, donde le hace serios reparos a los límites de su positivismo. Asimismo publicó dos ensayos sobre uno de los autores que más influyó en el pensamiento hispanoamericano, José Ortega y Gasset: Imagen de Ortega y Gasset(1956) y Dualidad y síntesis de Ortega(1957), pensamiento y, sobre todo, actitudante la filosofía, la cultura y la historia, que influyeron poderosamente en Mañach, incluso en su estilo, sin obviar otras fuentes, como pudo ser José Enrique Rodó. Por otra parte, se acercó también a la filosofía pragmática de John Dewey, en sus ensayos El pensamiento de Dewey y su sentido americano(1953) y en el similar Dewey y el pensamiento americano(1959), en los que realiza una exposición del pensamiento del filósofo norteamericano, con el que se sintió identificado en sus últimos años, no obstante señalarle reparos semejantes, aunque no tan radicales, a los que le realizara Medardo Vitier, por su exceso pragmático y su consiguiente ausencia de valores. En este sentido concluye Mañach: “Como ha escrito alguien con motivo de la muerte del filósofo, al tratar de iluminar el camino, Dewey sólo logró apagar las estrellas”.

Otros ejemplos de sus preocupaciones filosóficas son sus ensayos “Para una filosofía de la vida” y “Proceso de la curiosidad filosófica”, recogidos ambos en el libro Para una filosofía de la vida. Estos trabajos, empero, no aportan un pensamiento filosófico significativo. El propio Mañach expresa que, el primero de ellos, propició una crítica de Medardo Vitier donde este le señala su falta de “trasfondo filosófico”. En este sentido Vitier, siendo aparentemente más caótico, y menos ambicioso en sus juicios, tuvo mucha más hondura filosófica, sobre todo en el plano ético, y mayor resonancia espiritual.[9]

Entre sus escritos de carácter político —que son legión— pueden mencionarse Pasado vigente (1939), recopilación de artículos publicados en Acción, periódico del ABC, así concurrentes El ABC ante el régimen semiparlamentario (1942) —un discurso— y La posición del ABC (1943). Ya en 1923, Rubén Martínez Villena había publicado en el periódico Obrero, de Nueva York, su artículo: “¿Qué significa la transformación del ABC y cuál es el propósito de esa maniobra?”.[10] Por otra parte y como es conocido, Villena y Mañach habían sostenido más de una polémica. Por ejemplo, con motivo del artículo de Mañach, “Elogio de nuestro Rubén” Villena le escribe su famosa —y acaso exagerada—

Carta a Jorge Mañach”, publicada en El País, octubre de 1927, que motivó la contrarréplica, “Carta de Jorge Mañach”, aparecida en el propio diario y en el mismo mes.[11] Antes, en 1925, Villena polemiza con Mañach en su artículo “Con motivo de la muerte de José Ingenieros” también con un tono algo excesivo. En otra estera de ideas, es conocida la polémica entre José Lezama Lima, Cintio Vitier y Jorge Mañach.[12] Y hubo otras,[13] por lo que su vida, tan controvertida política y culturalmente,[14] estuvo plagada de ellas. Esta personalidad tan contradictoria y compleja, llena tanto de rasgos positivos como negativos, mereció unos años después de su muerte un poema de Cintio Vitier que, por su sutil captación de tantos elementos contrapuestos entre sí, y porque los logra aprehender desde la mirada unitaria de la poesía, sería conveniente transcribir; se titula “Jorge Mañach”.

¿Qué imagen nos queda finalmente del pensamiento de Jorge Mañach? ¿Qué imagen posible, si se estima que su pensamiento debe ser todavía rescatado, valorado y criticado en profundidad? Por un lado, sus críticas al autonomismo y al positivismo lo sitúan más cercano al ideario martiano, al menos en su credo antineocolonialista e incluso antimperialista. Quizás el problema estribe en que no fue nunca, en este sentido un revolucionario radical. Incluso padeció la influencia positivista, cierto escepticismo “criticista” —por ello no pudo entender, por ejemplo, la raíz y la proyección “creadoras” origenistas, y tampoco pudo asumir las martianas, en última instancia; acaso por eso también Rubén Martínez Villena y él siempre estuvieron en lasantípodas. No obstante, su pensamiento no fue ajeno a positivos aportes críticos y creadores, sobre todo en el enjuiciamiento de nuestro proceso histórico y cultural, y en su enunciación de un estilo revolucionario, por ejemplo. Y su prosa ensayística de las mejores que hemos tenido, aunque dentro de una línea predominantemente reflexiva, funcional, instrumental, incluso académica. Y el valor múltiple de su periodismo es inmenso. Su ideal de República —o de Estado y Nación—, también de raíz martiana, estuvo mediatizado, empero, por un nacionalismo burgués En su proyección política y económica —preconiza el desarrollo de una industria nacional y el cese de la dependencia económica y política—pero se opuso a la idea de una Revolución social radical, propendiendo hacia una suerte de reformismo social, de corte evolucionista, a través de la acción de la cultura —de la alta cultura— y la educación, fundamentalmente. Es cierto que cuando triunfa la Revolución, la ve con simpatía, pero se aleja de ella en la misma medida en que ésta se radicaliza —incomprensiones aparte, mutuas y coyunturales, de un nacionalismo liberal burgués —su etapa antimachadista, y minorista—, pasando por una suerte de nacionalsocialismo de corte, primero, terrorista, y reformista conservador, después —que ejemplifica su trayectoria en el ABC—, al nacionalismo liberal burgués propio del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Por último, su pensamiento filosófico se nutre de fuentes predominantemente idealistas —vitalistas e irracionalistas—, y es decididamente contrario a la interpretación marxista de la historia, aunque le es afín una visión historicista, de fuente positivista. Todo ello indica que su limitación fundamental —la contradicción insoluble de su ideario, extremadamente complejo, cambiante y polémico—, estribó en su ideal de constituirse en un ideólogo de una burguesía nacional —patrón entonces foráneo, euronorteamericano, en última instancia— inexistente,porque nuestra burguesía podía asumir ideológicamente una proyección nacionalista pero no podía constituirse en una burguesía nacional independiente, en un país subdesarrollado y neocolonial. La única burguesía real que existió fue una burguesía dependiente. Mañach, con su proyección “nacionalista”, fue, pues, el ideólogo de una “modernidad” a todas luces utópica, imposible de alcanzar por nuestra burguesía insular En este sentido su “modernidad” fue incoincidente con la “modernidad” preconizada por Martí, aunque se debe reconocer que se nutrió en parte de ella. Se emparienta, pues, con toda una corriente ideológica “nacionalista” que nace y se desarrolla en el siglo XIX cubano: Delmonte, Arango, Saco, Montoro y, en sus momentos más radicales, Sanguily y cierto Varona, y que continúa en el XX: de nuevo Varona, y José Antonio Ramos, Francisco José Castellanos, Ramiro Guerra, Fernando Ortiz, Medardo Vitier (aunque este último merezca otras consideraciones). Se impone un deber ser minado de imposible en su ser. No tuvo, eso sí, veleidades neoanexionistas. Fue partidario de un nacionalismo burgués, conservador y reformista. Y esa fue su tragedia: ser el ideólogo de “una patria que no podía ser”. Sin embargo, su pensamiento y su obra encarnan un corpus de ideas importantísimo para comprender la historia política, filosófica, cultural, artístico-literaria, así como la historia misma, de la llamada seudorrepública, configurando, además, un hito imprescindible dentro del desarrollo del pensamiento cubano en su difícil, compleja y accidentada búsqueda de su identidad nacional y universal.


Nota:

[1] El presente ensayo, en esta versión con algunas modificaciones, fue escrito originalmente para la Historia de la literatura cubana, en el Instituto de Literatura y Lingüística, A.C.C.

[2] Consúltese: J. M. Souvirón (1961), ob. cit., y José Antonio Portuondo (1965): Critica de la época y otros ensayos, La Habana, Universidad Central de Las Villas, específicamente fragmento de carta de J. Mañach citado por Portuondo, p. 103.

[3] Consúltese: “Mañach en El Mundo”, El Mundo, La Habana, 60 (20073): 1, 6, junio 27, 1961; García-Hernández Montoro, A. (1960): “Respuesta a Jorge Mañach”, Hoy Domingo, Suplemento del periódico Hoy, La Habana, 2 (29): 6-7; y Souvirón (1961), ob. cit.

[4] Consúltese: revista Albur, La Habana, año IV, mayo de 1992, número especial.

[5] Raúl Roa (1982): El fuego de la semilla en el surco. Ciudad de La Habana, Letras Cubanas.

[6] José Antonio Portuondo (1982): “Retratos infieles de José Martí” y “El diversionismo ideológico en torno a José Martí”, en su Martí, escritor revolucionario, La Habana, Editora Política. La biografía de Jorge Mañach, Martí, el Apóstol fue reeditada en Cuba en 1990.

[7] Consúltese: Jorge Mañach (1941), ob. cit., pp. 10, 28, 30, 32-34.

[8] Cintio Vitier (1975): Ese sol del mundo moral. Para una historia de la identidad cubana, México, DF, Siglo XXI, p. 160.

[9] Consúltese: Jorge Luis Arcos: “Medardo Vitier”, manuscrito inédito de la Historia de la literatura cubana, en Instituto de Literatura y Lingüística, ACC.

[10] Rubén Martínez Villena (1964): Órbita de Rubén Martínez Villena, La Habana, Ediciones Unión, p. 174.

[11] Ibídem, pp. 209-214.

[12] Consúltese Ciro Bianchi (1981), nota 24, pp. 184-185. En José Lezama Lima (1981), Imagen y posibilidad, selección, prólogo y notas de Ciro Bianchi, La Habana, Letras Cubanas; y Emilio Bejel (1990), “Poesía de la naturaleza ausente”, Revolución y Cultura, La Habana, (2), febrero, pp. 8-15. 

[13] Consúltese Raúl Roa (1982), ob. cit.; y Juan Marinello (1989), “Carta a Jorge Mañach” y “Aventura y triunfo de la plástica de La Habana”, en Cuba: Cultura, La Habana, Letras Cubanas, pp. 273-274 y 235-241.

[14] Consúltese Graziella Pogolotti (1992), “Editorial”, Albur, ed. cit.


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Rialta, Alianza Iberoamericana para la Literatura, las Artes y el Pensamiento A. C. es una asociación civil con sede en Querétaro, México, de carácter no lucrativo, que tiene por objeto principal la promoción y fomento educativo, cultural, artístico, científico y tecnológico.

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Contorsiones en las galerías. Acerca de ‘Más allá de la ironía’, de Caterina Scicchitano

Los ensayos de 'Más allá de la ironía' (Pequeña Fortuna, 2026) son una delicia.

Expediente | Censura del documental ‘Sueños al pairo’, de José Luis Aparicio y Fernando Fraguela (2020)

La censura del documental 'Sueños al pairo' (2020) dio al traste con el evento que vio surgir y dotó de madurez al cine independiente cubano en el siglo XXI: la Muestra Joven ICAIC.

Sudar el totalitarismo: el cine cubano contemporáneo como régimen distópico

¿Hay una dimensión posutópica que se sirve de los enclaves de lo utópico actuando en este cine?
Premio Literario Lourdes Gil en Poesía 2026. Convocatoria de poesía para jóvenes de 15 a 25 años. Fecha límite: 30 de septiembre de 2026.

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