Aproveché que Chile quedó fuera del Mundial para no sufrir delante del televisor. Decidí, en cambio, seguir con afán de coleccionista prácticamente todos los partidos y sus daños colaterales, algunos de ellos sin duda más sorprendentes que la mayoría de los goles televisados y minuciosamente revisados por las tecnologías de apoyo arbitral. Una primera conclusión es que el futbol sudamericano está siendo sustituido en imaginación por africanos y asiáticos. Otra, es que el Mundial dejó un montón de perlas para regalar y compartir por parte de ese mismo fútbol hispanohablante. Según el ex primer ministro de España, Mariano Rajoy, y de la senadora paraguaya Celeste Amarilla, por ejemplo, en Francia los jugadores negros no son franceses sino africanos colonizados y entrometidos en la selección de fútbol mayor. El máximo goleador del Mundial, Kylian Mbappe, sería un camerunés camuflado: “Ese bruto ni siquiera aprendió a escribir”, señaló Amarilla. “En lugar de leche materna, se alimentó de cocos”, apuntó la parlamentaria, con la misma ajustada diplomacia con que los jugadores paraguayos repartieron patadas y puñetazos en el partido que perdieron contra Francia. En la selección de Uruguay, una guerra civil de proporciones estalló entre el cuerpo técnico y los jugadores liderados por el capitán Federico Valverde, con saldo de varios muertos para la próxima convocatoria de la Celeste y el propio DT condenado al exilio eterno en tierras charrúas, luego de caer eliminado sin pena ni gloria en la fase de grupos. Mexicanos y ecuatorianos se odiaron religiosamente durante los días previos y posteriores al partido que los enfrentó por el paso a octavos de final, con linchamientos en las calles y amenazas del narcotráfico que nunca fueron confirmadas. Por su parte, Colombia se mostró impecable: lideró su grupo y se fue con la frente en alto después de una tanda de penales con Suiza, sin que ningún jugador fuera eliminado de un balazo al regresar a casa, como ocurrió con Andrés Escobar tras un autogol en el Mundial de 1994, el primero jugado en Norteamérica.
En este otro Mundial, jugado en diecisiete sedes repartidas entre Canadá, México y los Estados Unidos, la perla del pastel latinoamericano se la llevó Argentina: sufrió lo indecible contra Cabo Verde en dieciseisavos, acumuló enemigos en el camino por sus relaciones íntimas con el arbitraje, acudió al VAR para detener a Egipto de forma inédita, acudió al soplonaje para desequilibrar el empate con Suiza y lograr la expulsión de Breel Embolo (sanción que fue desautorizada posteriormente por el IFAB, el Directorio de la Asociación Internacional de Fútbol que regula las normas y leyes que se aplican en el campo de juego). Para más inri, en el único partido donde brilló con destreza táctica más que con hemorragias de pasión, sacó lo peor de su bandera para insultar a los ingleses con una reivindicación fracasada de Islas Malvinas, rememorada con un banderazo una vez terminado el partido. En la final con España, le dieron la espalda al fútbol durante 120 minutos y luego siguieron haciéndolo con el vencedor de la Copa del Mundo en la ceremonia de coronación. De no creerlo, pero al cierre de este recuento catastrófico más de 60 mil hinchas argentinos firmaban una carta exigiendo la repetición de la final con España, acusando un arbitraje “polémico y corrupto” de Slavko Vincic. No se sabe si los firmantes echan de menos los arbitrajes mediocres que beneficiaron al equipo a lo largo de todo el campeonato o buscan que la Argentina de Scaloni muestre un poco más de talento en una segunda oportunidad final. Lamentable por donde se lo mire, porque el método de la protesta argentina recuerda al peronismo en su punto más alto de matonaje populista.
Pero si la política se tomó el fútbol en esta Copa del Mundo, no fue Argentina ni sus remontadas épicas con ayuda del VAR lo que contaminó al Mundial. Tampoco fue el opaco liderazgo de Messi para orientar como capitán la conducta de sus compañeros en el momento de la derrota. La manzana podrida no es Argentina, y en esto los argentinos llevan la razón en acusar un sentimiento de odio colectivo hacia ellos y extensivo más allá de lo sucedido en una cancha de fútbol. Politizar el fútbol ha sido desde siempre una vieja consigna de la izquierda nostálgica, y utilizarlo para su beneficio ha sido la práctica común de las derechas autoritarias. Antes del Mundial, la izquierda soñaba con el fracaso de las sedes y la inasistencia en los estadios. A quién le interesa ese multiespectáculo de dinero y publicidad, comentaban con franca supremacía moral. Pero bastó que se llenaran los estadios y millones encendieran el televisor a la hora de los partidos para que la infumable pareja de Bardem con Penélope Cruz y los líderes de derecha quisieran participar también de la fiesta, sentados junto al presidente de la FIFA en la tribuna preferencial. Graficado de esta forma, es claro que la intervención personal de Donald Trump con su llamada telefónica a Gianni Infantino para levantar la tarjeta roja sobre el delantero norteamericano Folarin Balogun antes del partido decisivo con Bélgica, dio el puntapié inicial a las manipulaciones de todo orden: con la tecnología del VAR, con los arbitrajes dudosos, con las delirantes teorías de complot, con el precio inflado de las entradas al estadio, con la publicidad en las mal llamadas “pausas de hidratación” y, en particular, con las reglas de juego limpio. De hecho, el fair-play supone un código de honor al momento de representar a un país y mantener un mínimo de profesionalismo ante millones de televidentes repartidos en los cinco continentes en el más jugoso mercado de jugadores conocido hasta ahora.
Solo en la final, sesenta millones de aparatos de televisión se mantuvieron encendidos en los Estados Unidos a través de las cadenas Fox y Telemundo. Y antes de ello, todos vimos cómo la manzana podrida se introducía en el campo de juego y ordenaba las fichas a su mayor antojo. El efecto fue inmediato: el equipo de Mauricio Pochettino iba direccionado a la gloria de los cuartos de final cuando llegó la intervención de Trump y todo se arruinó. El equipo norteamericano arrugó el deseo de la noche a la mañana, más dispuesto a perder con la credibilidad en los suelos que a ganar con la vergüenza de la ayuda de papá. Algunos salieron en defensa del fútbol, y los belgas jugaron su mejor partido de la historia con el apoyo de la UEFA, las protestas del ministerio belga de asuntos exteriores y el espanto mediático que provocó el telefonazo de Trump y su colusión con Infantino. Así no se juega, fue el reclamo unánime, pero el antecedente existía. Tal como reportó desde Santiago el sitio en línea ExAnte, durante el Mundial de 1962, jugado en Chile, una intervención del primer ministro de Brasil, Tancredo Neves, golpeó la puerta del entonces presidente de la FIFA, Stanley Rous, para solicitar la amnistía del célebre delantero Manuel dos Santos, más conocido como Garrincha, quien había sido expulsado en la semifinal con Chile (victoria de la Verdeamarela por 4-2) y ahora se iba a perder la final con Checoslovaquia. Con Pelé en la banca por lesión, Garrincha era la esperanza brasilera del gol para la final, y curiosamente el gobierno de Perú se sumó a la petición de Brasil, considerando que el árbitro que había expulsado a Garrincha, Arturo Yamazaki, era de nacionalidad peruana. La ola de clamor a favor de Garrincha subió hasta el despacho del presidente chileno, Jorge Alessandri, quien no dudó en sumarse a la petición de Brasil y Perú para levantar la sanción. La FIFA accedió, y con 39 grados de fiebre Garrincha salió a la cancha del Estadio Nacional el 17 de junio para celebrar la segunda Copa Mundial para Brasil (victoria 3-1 sobre Checoslovaquia, sin goles de Garrincha eso sí).
La politización del fútbol viene de lejos, y acaso la única forma de salirle al paso de manera contundente sea parafrasear a Walter Benjamin y futbolizar la política, como él proponía que hiciera el arte con el fascismo. Es la estrategia de los equipos chicos que llegan sin cartel de ganadores a una confrontación internacional. Un ejemplo de este retruécano lo ofreció el mejor gol del Mundial que acaba de terminar, cuando Cabo Verde enfrentó a Argentina por el pase a los octavos de final. En total fueron doce toques, desde que el arquero Vozinha saca en corto hacia el lateral derecho, donde dos defensores, Diney Borges y Pico Lopes, consolidan la salida hacia el mediocampo. Allí Kevin Pina recoge la pelota y la manda de inmediato hacia sus compañeros de media cancha para romper la presión argentina. La pelota va y vuelve a sus pies, y ahora Pina cambia de improviso el punto de ataque hacia el lateral izquierdo, donde está ubicado Jovane Cabral, que amaga y filtra el pase decisivo hacia su compañero Sidny Lopes. Es el décimo segundo toque desde que la pelota salió en corto desde los pies de Vozinha. No hay rastro alguno de impaciencia en toda la jugada, que ha recorrido prácticamente a toda la oncena de Cabo Verde y ahora se coloca en punto de tiro a los pies de Lopes Cabral, que encara hacia el centro y busca el ángulo adecuado antes de lanzar el misil definitivo y letal. El disparo dibuja una curva inconcebible sobre la portería argentina y se clava en el ángulo superior derecho como un prodigio inalcanzable para Dibu Martínez.
No hay figuras individuales en toda la secuencia: es una operación colectiva de aniquilación en base al juego de conjunto, paciente y ordenado, midiendo los tiempos a cada tramo para llegar desde el arco propio hasta el fondo de las mallas del rival. Equilibrio y perfección en un equipo sin publicidad ni figurines: no hay un solo jugador que toque la pelota más de dos o tres veces ni avance en solitario con la pelota en los pies más de cuatro metros como un guerrero extraviado. Es el minuto 105 de un partido que se alarga demasiado para Argentina ante un rival inesperado que no se achica ante nadie ni se refugia en el área propia. Al contrario, no llega al gol robando una pelota o aprovechando un error del rival, sino componiendo, creando, ejecutando una música que parecía perdida entre los dimes y diretes de la manzana podrida que se ha introducido en la competencia con la tarjeta roja de Trump. Ni siquiera España, el campeón del torneo, logra vencerlo en tiempo normal. Pero lo más sorprendente de todo llega al término del partido, cuando Vozinha y sus compañeros de escuadra se acercan a felicitar a los argentinos que acaban de convertir en el alargue, dejando para el recuerdo el gol de Cabral. El partido lo ganó Argentina, sí, pero con el gol colectivo de Cabo Verde ganó el fútbol, y por eso se convirtió en el gol del Mundial. Quien perdió fue la manzana podrida que asalta el Congreso y no reconoce su derrota ante el mejor juego del rival.

